La espada de Kaigen 11 El patriarca #3
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11 El patriarca #3

—No, Misaki tiene razón —interpuso Setsuko, y soltó un suspiro—. Al pobre Takashi-sama nunca le ha gustado ser el director de Kumono. A veces pienso que lo que debería hacer, lo que quiere hacer en realidad, es cederle el puesto a Takeru o a Dai. Se les daría bien.

—Puede que a Dai-san sí, pero a Takeru… —Misaki fue incapaz de reprimir una carcajada de incredulidad. A Takeru se le daría de pena liderar, estuvo a punto de decir en voz alta. Para eso hace falta fuerza de voluntad.

—Takeru sí que tiene esa cultura propia de un noble —repuso Setsuko—, que es más de lo que se puede decir de mi pobre hombre.

—¡Setsuko-san! —Hyori abrió sus preciosos ojos de cervatilla de par en par, horrorizada—. ¡No deberías hablar así de tu marido, de verdad!

Misaki bajó la vista hacia la costura, se alegraba de haberse guardado sus pensamientos sobre Takeru. No quería que a la pobre Hyori le diese un infarto.

—No iba a malas —contestó Setsuko rápidamente—. Mi marido es un hombre maravilloso con sus propios puntos fuertes, pero no es un perfeccionista como Takeru. A él no le hace ninguna gracia el trabajo de oficina. Solo le aburre, lo vuelve cascarrabias y hace que sea menos divertido en la cama.

—¡Setsuko-san! —Hyori se tapó la boca con las manos y se sonrojó con tanta intensidad que a Misaki le preocupó que fuese a desmayarse al habérsele subido toda esa sangre a la cabeza.

—¿Qué? —preguntó Setsuko, y Misaki se preguntó si su cuñada también habría bebido un par de tragos de sake.

Ni siquiera Setsuko solía ser tan bruta—.

Cuando vuelve de entrenar en el dojo tiene las pilas mucho más cargadas que después de haberse pasado el día encerrado en su despacho.

Estoy segura de que a Dai-san le pasará lo mismo…

—Creo que no hace falta que hablemos de Dai-san —dijo Misaki, tratando de cambiar de tema de conversación cuanto antes—. Eh… Hyori-chan, ¿no tendrás algún carrete azul oscuro de sobra?

—Ay… s-sí —tartamudeó Hyori—. Yo no uso tanto azul como tú. —Los colores de los Yukino eran el blanco, el plateado y el verde salvia.

Misaki hurgó en el cajón donde estaba su caja de costura, sacó un carrete gris claro y se lo tendió.

—Te lo cambio.

—Ay… Misaki-san, no hace falta…

—Te lo cambio —insistió Misaki, y le lanzó el carrete a Hyori sobre el regazo.

—Vaya… Gracias. —Hyori levantó el carrete y lo estrechó contra el pecho como si fuese un tesoro—.

Eres muy amable, Misaki-san. —El rubor aún no había abandonado sus mejillas, y Misaki se preguntó cómo era posible que una mujer casada y con un hijo fuese tan absurdamente inocente—.

Dame un dinma. —Hyori se levantó para hurgar dentro del bolso que había traído—. Voy a buscarte un poco de azul.

Por lo general, a Misaki no le importaba coser, pero ese día estaba frustrada. Soltó una palabrota.

— Mattaka mou! Qué desastre. Voy a tener que llevárselo a Tamami-san. —La mujer de Kotetsu era una costurera bastante más apañada que cualquiera de las koro.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Hyori.

—Una pelea —respondió Misaki.

—Vaya. Pero… si Dai lleva meses sin entrenar con tu marido… —Se sabía que Dai era uno de los pocos espadachines que podía atravesar la guardia de Takeru con una katana de acero—. Entonces, ¿quién le ha hecho eso a su kimono?

—Mamoru.

—¿Tan hábil se ha vuelto? —Hyori soltó un grito ahogado.

—Tampoco tanto . —Por primera vez aquel día, Misaki se dio cuenta de que estaba sonriendo. Levantó el kimono de Mamoru de la misma pelea, que tenía tantos cortes que apenas se sostenía.

—¡Madre mía! —exclamó Hyori con una risa—. Va a hacer falta mucho hilo, ¿a que sí? ¿Te parece que este es el tono adecuado? —Alzó un carrete.

—Es perfecto —dijo Misaki, y alargó la mano para aceptarlo.

—¡Ay, Misaki-san! —espetó Hyori de pronto, y frenó en seco—. ¿Qué les ha pasado a tus manos?

—¿Cómo? —A Misaki se le cayó el alma a los pies—. ¡Ah, no es nada! —Apartó la mano rápidamente. Sabía que tenía que haberse esforzado más en curarse las ampollas—. Creo que el detergente nuevo me ha dado alergia. Me salió un sarpullido.

—Pues yo no he visto ningún detergente nuevo —respondió Setsuko. Misaki y ella compartían los mismos espacios para bañarse, hacer la colada y lavar los platos.

—Bueno, eso es porque lo tiré —contestó Misaki—. Era pésimo.

—¿Sabes? Casi parece que te han salido ampollas —contestó Hyori, preocupada—. Qué raro… a veces a mi marido se le ponen las manos así.

—Ah, ¿sí? —A Misaki se le aceleró el corazón.

Takeru ya estaba disgustado con ella; lo que menos necesitaba en ese momento era que alguien descubriese que había estado en su dojo y le había puesto las manos encima a sus armas.

Y si la inocente e ingenua de Hyori era la que acababa descubriéndola, no creía que su orgullo fuese capaz de soportarlo.

—¿Por qué tienes las mismas ampollas que Dai? —Hyori se acercó y alargó las manos para examinar las de Misaki.

Misaki se devanó los sesos para idear una mentira cuando…

—¡Takeru-sama! —exclamó, aliviada. No solía alegrarse tanto de sentir el desagradable frío de su marido invadir una habitación—. ¡Ha vuelto temprano!

— Shimatta! —maldijo Setsuko en voz baja a la vez que se levantaba el kimono para taparse el pecho.

—No sabía que esperábamos compañía —declaró Takeru sin molestarse a saludar a las mujeres—. ¿Qué hace el chico de los Kwang en nuestra casa?

—Ha hecho un trato con Mamoru —contestó Misaki.

—¿Cómo?

—Mamoru lo ayuda con el entrenamiento para pelear y, a cambio, él lo ayuda con sus deberes de kaigengua.

El pobre Chul-hee no solía durar más de un waati en el dojo antes de estar demasiado hecho polvo como para levantar el bokken, y entonces los dos iban al cuarto de estar para repasar el vocabulario en kaigengua hasta que anochecía.

Así fue como los chicos se pasaron la mayor parte de las vacaciones de invierno.

—Hmm… —resopló Takeru, y después volvió la mirada glacial hacia Hyori—. Y tú… ¿tú no deberías irte a casa a hacerle la cena a tu marido?

—Ah… s-sí, Matsuda-dono. —Hyori se dispuso a recoger sus cosas rápidamente antes de abandonar la sala con una reverencia.

—Qué maleducado —masculló Setsuko.

—Misaki —dijo Takeru—, despídete de tu amiga y ven a mi despacho.

Su monotonía inescrutable hizo que a Misaki le costase averiguar si estaba metida en un lío. Sea como fuere, pensó que lo mejor sería obedecer sin rechistar.

Ryota se puso a llorar cuando Hyori le dijo que era hora de irse.

—Yosh, yosh. —Misaki calmó al niño y le dio unas palmaditas en la cabeza—. Naga-kun seguirá aquí mañana.

—Como siempre, gracias por invitarme, Misaki-san. —Hyori hizo una reverencia—. Ah, y no te preocupes por el kimono de Mamoru —dijo con una sonrisita traviesa que no era propia de ella.

—¿Cómo?

—Te lo devolveré la semana que viene. —Hyori dio unos golpecitos al bolso.

—Hyori-chan, ¡no puedo dejar que hagas todo ese trabajo! —Misaki alargó el brazo hacia el bolso de Hyori, pero la mujer más joven se lo colocó contra el pecho.

—¡No, por favor! —respondió con seriedad—. Permíteme echarte una mano, Misaki-san. Dai suele tener la ropa tan impoluta que tampoco es como si tuviese mucho que coser.

—Vale —suspiró Misaki—. Te debo una. Tendrás que dejar que te eche una mano con la colada más adelante.

Aunque Hyori provenía de una buena familia, su jiya era débil. Esa clase de trabajo duro que requería mover mucha agua, y que a Misaki no le costaba nada, a ella la dejaba agotada.

—Siempre eres muy buena conmigo, Misaki-san. —Hyori le dedicó una mirada de ternura que Misaki no merecía y que tampoco entendía.

—Pasa una buena noche, Hyori-chan. —Y, después de hacer una reverencia, Misaki alargó el brazo sin poder contenerse y le dio una palmadita en la mejilla a su adorable amiga—. Nos vemos mañana.

—¡Buenas noches, bonita! —exclamó Setsuko a modo de despedida.

Después de que la sonrisa le desapareciese del rostro, Misaki cruzó la sala de estar y se dirigió al despacho de Takeru.

—Takeru-sama —susurró al llegar a la puerta—. ¿Quería verme?

Takeru no pareció percatarse de su presencia salvo para indicarle con un gesto que entrase. Seguía absorto en el kayiri que tenía sobre el escritorio, así que Misaki pasó tras hacer una reverencia y se acercó con cuidado.

Se arrodilló delante de Takeru, tal y como solía hacer con su padre, y esperó hasta que estuvo listo para hablar.

Por fin, dejó la brocha y levantó la vista.

—Ha llegado otra carta para ti. —Metió la mano en los pliegues del kimono, sacó un pergamino y se lo tendió. El kayiri enrollado estaba magullado y emborronado, como si hubiese venido de lejos.

—¡Es de Kolunjara! —exclamó cuando sus ojos se toparon con el remitente.

No había ningún nombre. Trazó el sello con los dedos y se detuvo cuando vio que no estaba abierto. Levantó la vista para mirar a Takeru a los ojos en un instante de sorpresa. No lo había abierto.

Misaki tenía el presentimiento, no, estaba segura, de que Takeru se había pasado los primeros años de matrimonio interceptando las cartas que le llegaban de fuera. Solo había recibido mensajes insulsos para felicitarla el día de su boda, nada sustancial. Nada que importase en realidad.

Debería haber recibido cartas que sospechosamente se perdieron por el camino.

Ya sabía lo que diría la mayoría. Elleen expresaría menos tristeza de la que sentía en realidad, antes de decir que respetaba la decisión de Misaki.

El maestro Wangara le diría que se cuidase.

Koli empezaría a soltar una retahíla que cobraría sentido justo antes de volver a salirse por la tangente con cosas sobre la naturaleza de la ambición humana y el libre albedrío.

Y Robin… en fin, intentó no imaginarse qué habría escrito. Le dolía demasiado.