11 El patriarca #2
—Pero… —Acabas de echarle un sermón a Mamoru sobre no ser lo bastante fuerte como para disipar sus dudas. ¿Eres capaz de tumbar a tu hijo, pero no de pelear por ti?
—¿Qué pasa, mujer? —espetó Takeru, y Misaki sabía que no tenía más alternativa que recular.
—Lo siento. No debería haberlo contradicho.
Si quería ser infeliz, pues vale. Rebatírselo no era cosa suya.
Si Takeru seguía enfadado al día siguiente, no dio muestras de descontento, como tampoco Misaki. Durante el desayuno, ella le sirvió el té con la misma sonrisa de siempre y él lo aceptó con la misma expresión impasible que de costumbre.
—¡Buenos días, Misaki! —la saludó Takashi como si nada.
—Buenos días, Nii-sama —contestó, y le sirvió el té caliente en una taza en lugar de echárselo por el regazo.
—Nada de té, Misaki. —Apartó la taza—. Estamos de celebración.
—Uhm, eh… ¿A qué se debe?
—¿Cómo? ¿No te lo ha dicho? ¿No se lo has contado, Takeru-kun? —Echó un vistazo a su hermano—. ¡Takeru va a volver a enseñar en la Academia Kumono!
—Ah… Sí, algo mencionó, Nii-sama. —Misaki se esforzó por volver a estamparse una sonrisa en la cara—. Es estupendo. Le estamos muy agradecidos.
—¿A que sí? Es un día maravilloso. —Takashi estaba que no cabía en sí—. ¡Bebamos!
A juzgar por el color de las mejillas de Takashi y el volumen de su voz, él ya había empezado.
—Claro —respondió Misaki—. Iré a buscar un poco de sake.
Cuando entró en la cocina, Setsuko estaba allí, sirviendo la sopa de miso que había preparado Misaki en unos boles.
¿Qué está pasando? , quiso soltarle Misaki en cuanto la vio. ¿Qué demonios le pasa a tu marido?
Un instante después, se dio cuenta de lo injusto que era y quiso abofetearse. Puede que Setsuko tuviese mejor relación con su marido que la mayoría de las mujeres, pero no podía controlar lo que hacía él en su trabajo. Ella no tenía nada que ver en las decisiones de su esposo.
—Buenos días, Setsuko —saludó.
—Buenos días, Misaki. —Una mirada suya bastó para decirle que estaba al tanto de la decisión de Takashi y que entendía lo catastrófica que iba a ser—. Oye, yo…
—¡Kaa-chan, tengo hambre! —se quejó Nagasa a la vez que le tiraba del delantal a su madre.
—Siéntate. —Misaki señaló la mesa de la cocina con la cabeza, donde ella, Setsuko y los pequeños comían cuando los hombres estaban en la mesa principal—. Te pondré un poco de arroz en cuanto…
—Kaa-chan. —Mamoru asomó la cabeza por la cocina—. Izumo está llorando. Vaya. —Echó un vistazo hacia atrás por encima del hombro—. Y Ayumi también.
—Dame un dinma —dijo Setsuko mientras ayudaba a Misaki a preparar una bandeja con arroz, sopa y sake para los hombres—. Yo me ocupo.
—¡Miii-sa-kiii! —canturreó Takashi desde la otra sala—. ¿Y el saaa-ke?
—¡Ya voy, Nii-sama! —Misaki se apoderó de la bandeja y se dirigió hacia el comedor, solo para que Setsuko la detuviese tras colocarle la mano en el hombro.
—Ah-ah. Antes de eso… —Sirvió un tercer vaso y se lo colocó a Misaki contra los labios.
—¿Qué? No. Setsuko… no puedo…
—Lo necesitas.
—Está bien —cedió Misaki y dejó que le vertiese el sake en la boca.
—Buena chica. —Setsuko puso una sonrisa de oreja a oreja cuando Misaki cerró los ojos con fuerza y se tragó el ardor.
—Gracias —suspiró Misaki conforme el líquido ardiente le bajaba por la garganta hasta el pecho—. Lo necesitaba…
—Lo sé. —Setsuko le dio una palmada en la espalda y se apresuró a ocuparse de los bebés.
—¿Mamoru está por ahí? —preguntó Takashi mientras se inclinaba para echar una ojeada a la cocina cuando Misaki le puso la sopa y el arroz delante—. ¡Oye, Mamoru! ¡Ven aquí!
—¿Por qué? —preguntó Takeru con frialdad.
—Ahora es un muchacho. Debería sentarse con los hombres.
—Solo tiene catorce —respondió Takeru.
—Estás de morros porque es mejor que tú. Misaki, ve a decirle a Mamoru que salga… y tráele un poco de sake.
—No hace falta —indicó Takeru—, puede beberse el mío.
Misaki nunca estaba segura de si Takeru no quería beber porque le preocupaba que le adormeciese los sentidos o solo la capacidad de fruncir el ceño. Ese día, puede que solo fuese una forma suave de menospreciar a su hermano.
—Venga, no me seas aguafiestas —espetó Takashi—. Bébetelo.
—Nii-sama, ni siquiera es mediodía.
—He dicho que te lo bebas —ordenó tras darle un manotazo a la mesa con tanta fuerza que Misaki dio un bote.
Takeru le sostuvo la mirada a su hermano mayor y, por un momento, ella creyó que se negaría. Quería que lo hiciese. Bajó la vista y se bebió el vaso de un trago.
—¡Ahí lo tienes, hermanito! —Takashi le dio una palmada en el hombro.
Misaki se dio la vuelta y se dispuso a salir con la mandíbula apretada. Pero antes de llegar a la cocina, Mamoru apareció en el umbral con Izumo en brazos.
—¿Me ha llamado, tío?
—Pásale el bebé a tu madre, chico —dijo Takashi—. Acompáñanos.
—Gracias —contestó Misaki mientras se colocaba la bandeja en un brazo para recibir a un Izumi con un berrinche con el otro—. No tragues mucho de golpe —le susurró a Mamoru.
—¿Qué?
—Sentirás como si te hubiesen dado un puñetazo en la nariz, pero intenta no poner caras. Si no, tu tío se pasará el resto de la semana burlándose de ti.
—Ven, Mamoru —indicó Takashi, haciéndole señas para que se acercara a la mesa—. Tómate algo con nosotros. Ten… —prosiguió con una sonrisa de oreja a oreja cuando Mamoru se arrodilló a su izquierda—. Mírate. Mira lo mucho que has crecido. Te estás convirtiendo en todo un hombre, ¿a que sí?
—Ehm… eso espero, tío —contestó Mamoru sin saber muy bien qué decir.
—En todo un hombre —musitó Takashi cuando Misaki se marchó para calmar a Izumo—. Tu padre estará muy orgulloso.
—E-espero que lo esté algún día —respondió Mamoru, se lo escuchaba incómodo—. Creo que aún no me he ganado…
—Bueno, ya te lo ganarás. —Se escuchó un repiqueteo cuando Takashi se sirvió más sake—.
O te pasarás la vida intentándolo como lo hizo él, y nuestro viejo y el suyo antes de él.
Crecerás y entrenarás, crecerás y entrenarás con todo tu empeño hasta que un día acabes sentado tras el escritorio de Kumono preguntándote por qué demonios dedicaste tanto tiempo a convertirte en un guerrero tan poderoso.
¿Para poder pelear contra horarios y formularios de inscripción?
¿Para legarle esas tonterías tan aburridas a tu propio hijo?
—Nii-sama. —Takeru puso una voz tan tensa que parecía que iba a partirse—. Por favor, no hables así del legado familiar.
—Calla, Takeru-kun, que no estaba hablando contigo.
Te diré una cosa, Mamoru-kun. —Hizo una pausa para darle un buen trago al sake—.
Me alegro de tener una hija. —Hubo un silencio confuso—.
Me miráis como si estuviese loco. —Takashi se rio—.
Pero va en serio. Las chicas están hechas para los tiempos de paz.
Una chica puede prosperar en tiempos de paz.
Me consuela que mi pequeña Ayumi no tendrá que aguantar todas estas memeces.
Dejarte la piel entrenando solo para quedarte en una vaina hasta que te oxides…
—C-creo que no lo entiendo, tío.
—Y espero que nunca lo hagas. Eres demasiado brillante como para oxidarte. —Takeru soltó un suspiro que fue más bien un quejido—. ¿Sabes? Hace tiempo yo también fui brillante.
—Tío…
—Basta de cháchara —soltó Takashi de pronto—. Tómate una, sobrino. —Hubo una pausa, un trago doloroso y Takashi soltó una carcajada—. ¡Ay, Mamoru-kun! ¡Deberías verte la cara!
—Hablaré con él —les prometió Setsuko a Misaki y a Hyori más tarde—, por vosotras. Pero ahora no. Creo que esperaré a que se le haya pasado.
Las tres mujeres acababan de parar para disfrutar de un inusual momento de paz.
Mamoru estaba estudiando con Kwang Chul-hee en la habitación.
Hiroshi, Nagasa y Ryota estaban absortos, arrastrándose por el suelo con los mayores y jugando a las carreras con coches de hielo como les había enseñado Mamoru.
Izumo estaba dormido y Ayumi se alimentaba en silencio del pecho de Setsuko.
—Oh, no tienes por qué hablar con tu marido por nosotras, Setsuko-san —dijo Hyori con sinceridad—. Eso es cosa de hombres.
—Hyori-chan tiene razón —contestó Misaki con cansancio mientras escogía una aguja de la caja de costura.
No tenía ganas de hablar de la situación con Takashi y Takeru; lo único que quería era ponerse al día con sus labores, así que estaba impaciente por zanjar el tema cuanto antes—.
Kumono es la escuela de Takashi-sama. Así que, si quiere hacer un cambio de personal, entonces es cosa suya.
—Claro —afirmó Setsuko—, pero es una estupidez, así que alguien se lo tendrá que decir.
—¡Setsuko-san! —Hyori dio un grito ahogado—. ¿Cómo puedes decir cosas tan irrespetuosas sobre tu esposo?
—Él sabe que lo amo. —Setsuko se encogió de hombros.
—Estoy segura de que Dai-san ya se habrá quejado —señaló Misaki. Dai era lo bastante hombre como para hablar por sí mismo—. Si tanto él como mi marido tienen algún problema con la decisión de Takashi-sama, les corresponde a ellos hablar con él. Ya son mayorcitos, ¿no?
—Un momento. ¿Por qué iba a molestarle el cambio a tu marido? —preguntó Hyori, confusa.
—Takeru no suele quejarse —dijo Setsuko—, pero odiaba enseñar en Kumono.
—¿En serio? —Hyori parecía desconcertada—. Pero si mi marido lo describe como si fuese el mejor trabajo del mundo. Seguro que a un espadachín tan excepcional como Takeru también debe de encantarle.
—Bueno, ser un espadachín excepcional no implica que se te vaya a dar igual de bien enseñar —afirmó Misaki—.
Takeru-sama preferiría estar detrás de un escritorio rellenando papeleo antes que tener que instruir a alumnos.
Por eso Takashi-sama quiere tenerlo cerca, para que lo ayude con el trabajo administrativo que él aborrece.
—No sé yo… —Hyori parecía reticente—. ¿Seguro que deberías hacer ese tipo de suposiciones sobre el patriarca de tu familia?