11 El patriarca
P ara cuando Takeru regresó de la Academia Kumono, ya era de noche. Parecía distraído. El enfado no había desaparecido, si acaso su ceño fruncido era aún más pronunciado, pero se había disipado. Fue solo cuando pasó junto al dojo y vio a Mamoru entrenando que pareció recordar su amenaza.
—¿Listo, hijo? —preguntó.
—Sí, Tou-sama —contestó Mamoru con una sonrisita. Por agotado que estuviese, se le habían relajado los hombros.
Misaki se quedó en el umbral para observar la pelea, con Izumo apoyado contra la cadera.
En un abrir y cerrar de ojos, Kyougetsu estaba desenvainada.
Mamoru, con los músculos relajados, respondió igual de rápido, desenvainó su katana y adoptó una posición defensiva perfecta.
Las dos espadas repicaron la una contra la otra, Mamoru absorbió el impacto y se lo devolvió con un corte limpio que le rozó la parte delantera del kimono a su padre; una fracción de dinma antes de que la espada de Takeru se detuviese contra su cuello.
El hombre dio un par de pasos calculados, bajó la vista hacia el corte de la parte delantera de su kimono y soltó un hmm, de forma neutral antes de volver a levantar la mirada hacia su hijo.
—Otra vez —indicó.
Esa vez, Mamoru fue el primero en atacar.
Misaki notó cómo se le destensaban los hombros al ver que se había empapado de todo lo que le había enseñado en esa sesión rápida.
Al carecer de la tensión que lo había frenado antes, se había convertido en un nuevo ser, en un relámpago líquido.
En su movimiento vio la promesa de un luchador tan veloz como Yukino Dai, tan poderoso como Takashi y, puede que algún día, tan preciso como su padre.
El intercambio de golpes fue largo y salvaje, cada contendiente iba perdiendo y ganando terreno con la misma rapidez que Misaki podía seguirlos con la mirada.
Por fin, una acometida especialmente violenta de Kyougetsu hizo trastabillar a Mamoru. En lugar de presionar para acabar, Takeru se apartó. El chico recobró el equilibrio en un solo paso y volvió a ponerse en guardia.
Durante un instante de quietud, padre e hijo se quedaron mirándose.
Mamoru estaba muy enroscado en su posición, listo para recobrar la forma ante la menor sacudida de la espada de su padre.
Takeru pareció reflexionar. El hambre hizo brillar los ojos de Mamoru y una sonrisa producto del frenesí del guerrero le tiró de una de las comisuras de los labios.
Ya no temía el próximo movimiento de su padre, lo esperaba con ganas.
No obstante, en vez de atacar, Takeru asintió con rapidez y dijo:
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Puedes irte.
—¿De verdad? —Mamoru casi parecía decepcionado—. No ha…
Takeru devolvió la Aguja Lunar a su vaina con tanta fuerza que esta emitió un sonido metálico que hizo que Mamoru se encogiese.
—He dicho que puedes irte.
Aquella noche, Takeru no estaba en el dormitorio ni en su despacho. Misaki se lo encontró en el porche delantero.
—Hay viento.
—Ah, ¿sí? —Misaki echó una ojeada a su alrededor. Había una brisa suave y las ramas desnudas estaban quietas.
—En el mar —aclaró Takeru.
Misaki tenía una vista y un oído agudos, pero sus sentidos no tenían ni punto de comparación con los de su marido.
Él podía sentir el resbalar de una gota de agua por una brizna de hierba a media aldea de distancia y partirla por la mitad antes de que llegase a tocar el suelo.
Si notaba algo más que las corrientes de aire naturales perturbando el océano, no era algo de lo que fuese a hablar con su esposa.
Como solía decir, ese tipo de cosas no eran asunto de una mujer.
Así que, en vez de presionarlo, Misaki se apoyó en la barandilla y lo observó.
Puede que nunca hubiese amado a Takeru, pero la fascinaba, del mismo modo que solían hacer los theonitas poderosos desde siempre.
Por eso, cuando sus padres le dijeron que iba a casarse con un Matsuda, pensó en que quizás acabaría amándolo.
El amor podía nacer de la admiración. Sin embargo, después de todos esos años, Misaki seguía observando a su marido igual que una persona observa a un animal desde lejos.
Lo analizaba. Buscaba comprensión o puntos comunes. Sin conseguir dar con una conexión.
Objetivamente, Takeru era perfecto. Su cuerpo, desde las líneas precisas del rostro hasta los fuertes ligamentos de los brazos, podía haber sido esculpido por un ángel numu del mundo antiguo.
Era el arma perfecta.
Como el resto de los hombres de Takayubi, llevaba el pelo largo y recogido para apartárselo de la cara.
Mientras que a Takashi estaban empezando a salirle arrugas producto de una combinación humana entre sonreír y pasarse las noches en vela, la cara de Takeru tan solo albergaba un par de arrugas superficiales.
Aunque tampoco parecía joven, puede que atemporal fuese la mejor forma de describirlo.
Misaki se imaginó que cuando ella se volviese vieja y arrugada, él seguiría teniendo el mismo aspecto que entonces, el de un dios de hielo.
Esa idea habría hecho sentir insegura a cualquier mujer corriente, pero Misaki dudaba de que la edad fuese a cambiar de algún modo su situación con Takeru.
Él nunca había mostrado especial interés en su aspecto.
Al principio, eso la había ofendido. Misaki sabía que había ciertas cualidades que su esposo Matsuda jamás llegaría a apreciar: su dominio de la espada, su conocimiento sobre la química, su afinidad por las lenguas extranjeras; pero se suponía que a un hombre tenía que importarle que su esposa fuese hermosa.
A pesar de todas las costumbres extrañas y varoniles que tenía Takeru, ella seguía siendo una mujer, y todavía le hería el orgullo pensar que a su esposo no le pareciera deseable; fue en ese momento cuando se le ocurrió que, si Takeru la desease, estaría más dispuesto a tocarla.
Y entonces estuvo satisfecha de que se guardase esas manos gélidas para él.
A medida que iba recorriéndolo con la mirada hasta llegar a dichas manos, Misaki se percató de que se estaban aferrando con bastante fuerza a la barandilla de madera.
Tenía los nudillos magullados, y de pronto recordó los puños ensangrentados de Mamoru sujetándose las rodillas con demasiada fuerza.
Durante mucho tiempo había creído que Matsuda Takeru era más hielo que hombre, pero hoy se había comportado de forma distinta.
Jamás lo había visto pegar tan fuerte a Mamoru. ¿Puede que ese hielo tuviera grietas?
—¿Ha tenido un buen día, Takeru-sama? —preguntó con suavidad.
—Lo cierto es que no. —La madera emitió un quejido de protesta bajo sus manos.
—¿De qué quería hablar Takashi-nii-sama?
Su marido solía decirle que no metiese las narices en los «asuntos de hombres», así que en realidad no esperaba que le contestase. Por un momento dio la impresión de que iba a reprocharle la pregunta, pero después respondió con frialdad:
—Quiere que dimita de mi trabajo en la oficina del alcalde.
—¿Cómo? —Misaki fue incapaz de contener la sorpresa o el enfado en su voz—. ¿Por qué?
—Quiere que enseñe a pelear en la escuela.
—Pero si en Kumono ya hay un instructor de espada —contestó Misaki—. Tienen a Dai-san.
—Nii-sama va a convertirlo en instructor a tiempo parcial. Dice que Dai es demasiado blando con los estudiantes. Le preocupa que estén bajando el listón.
—¿Qué?
Saltaba a la vista que aquello no era cierto.
A Misaki le bastaba con el par de veces que había visto trabajar a Yukino Dai para afirmar que tenía tanta destreza con la enseñanza como con el dominio de la espada.
Quizá no pudiese ganar una pelea jiya contra jiya con ninguno de los hermanos Matsuda, pero en lo que a transmitir el conocimiento se refería, él valía varios Takeru.
Sabía por qué Takashi quería que su hermano menor regresase a Kumono y era un motivo puramente egoísta.
Takashi no tenía madera para lidiar con el trabajo administrativo.
Había asumido el cargo como director solo porque su padre y su abuelo lo habían tenido antes que él, no porque quisiese llevar las riendas de la escuela.
Cuando Takeru había trabajado con él en Kumono, Takashi dependía mucho del sentido de organización y de la profesionalidad de su hermano pequeño.
Misaki podía entender por qué quería que volviese; de todos modos, eso no significaba que fuese una buena decisión.
—¿Y qué se supone que va a hacer Dai-san entonces? —exigió saber—. Tiene una esposa y un niño pequeño en casa. ¿Cómo va a mantenerlos con un salario a tiempo parcial?
—Eso no le concierne a mi hermano —respondió Takeru con frialdad—, y a ti tampoco.
—¡Pues claro que sí! Hyori es amiga mía.
—No estás en posición de criticar al patriarca de la familia.
—Tiene razón, no lo estoy —admitió Misaki, tragándose el orgullo como llevaba haciéndolo muchos años—, pero ¿no puedo preocuparme por la felicidad de mi amiga… y la de mi marido?
—¿Qué felicidad? —preguntó Takeru con un tono más desconcertado que amargo—. ¿Qué tiene esto que ver con la felicidad?
—A usted le encanta trabajar en el ayuntamiento.
Le encanta cuadrar números. —Puede que «encantar» fuese una palabra demasiado fuerte.
Todo apuntaba a que Takeru era incapaz de ese sentimiento; sin embargo, las únicas veces que lo había visto medianamente animado era cuando hablaba sobre su trabajo en la oficina del alcalde.
Por lo general solían ser cosas que eran un peñazo, como gestionar presupuestos, pero parecían satisfacerle—.
Seguramente podrá convencerlo de que cambie de opinión.
—Le he pedido que lo reconsiderase —respondió Takeru—, pero la decisión ya está tomada.
—Siempre puede negarse.
Takeru le echó una mirada a Misaki como si se estuviese planteando internarla en algún sitio.
—Mi hermano es el patriarca de esta familia. No me corresponde a mí cuestionarlo, y a ti tampoco.