10 La razón #3
—De nada, Kaa-chan —respondió Nagasa con educación mientras Izumo seguía llorando.
Después de darle de comer a Izumo, Misaki se ató al bebé a la espalda, ayudó a Nagasa a ponerse el abrigo y se pasó por la escuela para recoger a Hiroshi del entrenamiento.
Ir con Nagasa al lado ralentizó su camino por la nieve, pero aquel día estaba agradecida por la presencia del chiquillo que avanzaba con dificultad.
Le daba una excusa para descansar las piernas cansadas de vez en cuando.
—¡Oh-oh! —exclamó Nagasa cuando se cayó en un montón de nieve profundo por tercera vez—. ¡Mucha nieve!
El niño había desarrollado la capacidad de mover partículas de agua, pero carecía del control necesario para dirigirlas hacia donde quería.
Todavía necesitaba que su madre le despejase el camino que tenía por delante y le sostuviese la mano cuando había demasiado hielo.
Tanto Mamoru como Hiroshi habían sido más poderosos y hábiles que Nagasa al cumplir los tres, pero lo que al tercer hijo de Matsuda Takeru le faltaba en jiya, lo compensaba con cháchara.
—Me he caído, Kaa-chan —explicó cuando Misaki lo levantó y le sacudió la nieve de la parte delantera del abrigo—. Tres veces. —Enseñó tres dedos—. Me he caído tres veces. Si pasa otra vez, entonces serán cuatro. Estamos andando más. Veo nuestra casa.
Misaki había aprendido que en realidad no necesitaba que respondiese, él solo se seguía el rollo. No tenía ni idea de dónde había sacado Nagasa ese amplio vocabulario y su amor por darle a la lengua, pero tener a un niño capaz de entretenerse con su incansable monólogo podía resultar conveniente.
—Oye, arriba hay pájaros. Esos pájaros pueden volar muy alto. Igual Izumo puede ver los pájaros. ¡Ahí está la casa de Ryota! —exclamó con alegría mientras señalaba el recinto de los Yukino—. ¿Ves? Izu-kun, ¿ves la casa de Ryota? ¿Podemos ir a visitar a Ryota?
—Hoy ya hemos visto a Ryota-kun —señaló Misaki—. Te has pasado un buen rato jugando con él, cuando Hyori ha venido de visita.
—Me gusta jugar con Ryota —declaró Nagasa—. Ryota tiene coches de juguete en su casa.
—Lo sé, pero ahora tenemos que ir a recoger a Hiroshi del entrenamiento.
—Vale —contestó Nagasa, y después comenzó otro monólogo sobre a dónde irían los pájaros.
Cuando llegaron a la escuela primaria, Ameno Samusa estaba esperando en la puerta para despedirse de su alumno más joven.
—¿Qué tal le ha ido? —preguntó Misaki.
—Se está volviendo más fuerte —dijo Ameno—. Pasará un tiempo hasta que pueda enfrentarse a oponentes serios, pero es muy poco común que alguien de su edad posea un control tan bueno. Llevo dos décadas enseñando aquí y creo que nunca he visto nada igual.
—¿Y qué hay de Mamoru? —preguntó Misaki por curiosidad.
—Mamoru era excepcional —respondió Ameno—. Puede que este sea incluso mejor. —Se encogió de hombros—. Solo el tiempo lo dirá.
—Se lo agradezco, Ameno Sensei —contestó Misaki con una reverencia—. Hiro-kun, ponte los zapatos. Es hora de irse.
—¿A qué se refería con «solo el tiempo lo dirá»? —preguntó Hiroshi cuando emprendieron el camino de vuelta al recinto de los Matsuda.
—Creo que lo que Ameno Sensei quiere decir es que tendrás que esperar a ser mayor para pelear con tu hermano.
—¿Cree que puedo derrotarlo? —Hiroshi parecía vagamente fascinado por la idea.
—Puede que en diez años —respondió Misaki con una risa.
—Mamoru-nii-san es fuerte —dijo Hiroshi—. Es más grande que yo.
—Es verdad —afirmó Misaki.
—Pero yo podría crecer. Podría vencerlo.
—Es posible.
—¿Como Tou-sama derrotó al tío Takashi?
—¡Hiro-kun! —Misaki frenó tan rápido que Nagasa se chocó contra sus piernas—. ¿Quién te ha contado eso?
—A veces, los maestros lo comentan —respondió Hiroshi.
—Eh… vaya… Bueno, pues no lo menciones delante de tu tío, ¿vale?
—Sí, Kaa-chan.
La aldea entera sabía cómo había concluido el último duelo entre los hermanos Matsuda, aunque la mayoría eran lo bastante educados como para no mencionarlo.
Había pasado hacía años, cuando Takeru quiso dejar la Academia Kumono para trabajar en la oficina del alcalde y Takashi quiso que se quedase.
Por aquel entonces, su padre, que en ese momento era demasiado viejo y le importaban bien poco sus carreras profesionales, había exigido de forma iracunda que, en vez de importunarlo, pusiesen fin al asunto en combate singular.
Solo un par de personas presenciaron el combate en sí: Yukino Dai, que hizo de árbitro, y un par de hombres más, pero la gente lo comentó.
Una Espada Susurrante no tenía por qué ser igual a otra.
Takashi era un espadachín creativo con un poder devastador, un estilo de combate explosivo y mil ases bajo la manga.
Pero cuando la pelea se redujo a jiya contra jiya, su hielo no fue rival para la concentración de Takeru.
—Aunque Takashi-nii-sama también ha derrotado a tu padre unas cuantas veces en el pasado —señaló Misaki.
Era el destino de todos los hermanos Matsuda, ¿no?
Golpearse hasta alcanzar la grandeza, al igual que hacían los martillos con el acero—.
Su destreza en combate siempre ha estado muy a la par, aunque debes tener en cuenta que tienen más o menos la misma edad.
Pasarán diez años antes de que seas lo bastante grande como para retar a tu hermano mayor, e incluso entonces él tendrá mucha más experiencia que tú.
Cuando Misaki bajó la vista para mirar a Hiroshi, le desconcertó descubrir que su segundo hijo, siempre tan serio, estaba esbozando algo parecido a una sonrisa.
—Voy a crecer todo lo rápido que pueda —declaró.