La espada de Kaigen 10 La razón #2
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10 La razón #2

—Sí —respondió ella lacónicamente—. Tú, por otra parte, eres un memo. Tu padre y yo somos más lentos que tú. ¿Sabes por qué podemos atravesar tus defensas?

—Yo… —Mamoru bajó la vista para mirarse los brazos—. Estoy demasiado tenso.

Misaki asintió.

—Y, además, arremetes con una fuerza excesiva. Eso crea una apertura al acabar el movimiento en la que te vuelves vulnerable.

—No sé muy bien a qué…

—Te lo demostraré. Atácame.

Mamoru obedeció y Misaki se dio cuenta, con un dolor resonante en los antebrazos, de que su hijo estaba empezando a pelear contra ella en serio. Siguió defendiéndose hasta que, inevitablemente, Mamoru golpeó con demasiada fuerza.

—¡Ahí está! —exclamó, y salió disparada hacia delante.

Mamoru, con sus reflejos sobrehumanos, se las apañó para retroceder un paso con rapidez. El bokken de Misaki le rozó la parte delantera del kimono.

—Ah. —La comprensión le iluminó el rostro y bajó la vista para mirarse el pecho.

—¿Lo ves? —preguntó Misaki.

—¡Sí! —exclamó Mamoru con alegría—. ¡Lo veo! —Si hubiese estado peleando contra alguien de piernas más rápidas o con mayor alcance, lo habría partido por la mitad—. Bueno, ¿entonces cómo lo soluciono? —preguntó a la vez que la miraba con entusiasmo.

—Lo primero que tienes que hacer es relajar los hombros y dejar de empuñar la espada con tanta fuerza.

—Vale. —Mamoru soltó un suspiro—. Lo intentaré.

—Luego, debes mantener el cuerpo sosegado al hacer los cortes —prosiguió Misaki—. Estás intentando rebanar a tu contrincante, no aporrearlo. No hace falta que blandas la espada con tanta fuerza.

—Pero, si no lo hago, ¿cómo voy a atravesar nada?

—Con confianza —declaró Misaki—. Si haces un corte rápido y decidido no tienes por qué usar todo el músculo.

—Si hubiese estado peleando con tanto ímpetu como Mamoru, habría acabado hecha polvo—.

Un corte es la decisión definitiva por excelencia: tu vida o la de tu oponente.

Si no la tomas con determinación, entonces no te emplearás a fondo. Y, si no lo haces, fracasarás.

—Entonces… —A Mamoru se le volvió a tensar el cuerpo y se aferró a la empuñadura de madera—. Soy un fracaso.

—¿Qué? Eso no es lo que he dicho.

—Pero es cierto. ¡Soy un fracaso! —Mamoru se dio un golpe en la cabeza con el bokken—. Vacilo demasiado. Tou-sama dice que dudar es lo que me hace ser débil, y tiene razón. No puedo…

—¡Mamoru! ¡Mamoru! —Misaki atrapó el bokken antes de que pudiera volver a pegarse—. Creo que lo estás haciendo más difícil de lo que es en realidad.

—¿Cómo? —Se quedó mirándola desconcertado a medida que le salía un verdugón en el entrecejo.

—Estás desencantado con Kaigen. Lo entiendo. Pero dale una vuelta, ¿de verdad cambia tu razón para luchar?

—Supongo… ¿supongo que no? —Mamoru frunció el ceño—.

Es que no me sienta bien pensar en que hay gente que luchó y murió y que nosotros nunca vayamos a saber la verdad al respecto.

No sé si quiero luchar por un Imperio que le falta así al respeto a sus koronu.

Hay guerreros cuyas hazañas no se recuerdan…

—Bueno, ¿tú luchas para que te recuerden? —preguntó Misaki.

—No… no me refería a eso…

—Te lo pregunto en serio —afirmó Misaki—.

¿Luchas para alcanzar tu propia gloria, para que el nombre de Matsuda Mamoru pase a los anales de la historia?

¿Luchas por la emoción? ¿O por el privilegio de servir a tu emperador?

Tienes que formularte esas preguntas. La única forma de hallar la convicción que te falta es saber sin ningún atisbo de duda por qué luchas.

—Vaya… ¿y tú cuándo descubriste tu convicción, Kaa-chan? —preguntó Mamoru—. Cuando estabas en la escuela, cuando estabas en tu época dorada, ¿por qué luchabas?

Por fin una pregunta fácil de responder.

—Luchaba para proteger a mis seres queridos —contestó Misaki—.

Era simple. Mis amigos tenían grandes ideales por los que peleaban y que ellos representaban.

Yo no quería que les hiciesen daño. Algunas personas me tildaron de egoísta, y tenían razón, pero yo fui sincera conmigo misma y eso me hizo imparable.

Nunca dudé sobre por qué luchaba y no había nada que se resistiese a mis cortes.

—Kaa-chan… —susurró Mamoru, como si tuviese miedo de formular la pregunta que tenía en la punta de la lengua—. ¿Alguna vez has matado a alguien?

—No. —En la Academia del Alba, Misaki había asistido a una mezcla de clases de combate y clases de medicina, y después había entrenado para cortar con una precisión fría.

Atacaría a los puntos flacos de un delincuente, lo incapacitaría y después le coagularía la sangre para evitar que se desangrase antes de que llegaran las autoridades.

Había cercenado tendones, ojos y extremidades, pero nunca una vida—.

No me hizo falta, pero… —Misaki se detuvo para frotarse la piel entre el índice y el pulgar, donde le estaba saliendo una ampolla.

—¿Pero?

—Lo habría hecho. —Misaki levantó la cabeza para mirar a su hijo a la cara—. Si hubiese llegado a ese punto, habría matado sin pensármelo dos veces. Para salvar al Pájaro de Fuego, habría acabado con quien hubiese hecho falta.

—¿A quién te refieres? —preguntó Mamoru.

—Es… —La calidez. La esperanza. El sol ardiendo al atravesar la niebla—. Es un pájaro carythio. Una metáfora.

—Ah.

—Sé que ahora mismo todo parece muy difícil —dijo Misaki—, pero supongo que la única pregunta que importa en realidad es… Si unos desconocidos viniesen a intentar matarnos a ti, a tus hermanos pequeños y a mí, ¿qué harías?

—Los asesinaría —respondió Mamoru con determinación—. No tendría ni que pensármelo. Mataría a todos y cada uno de ellos.

—Ahí lo tienes. —Misaki le señaló el pecho—. Eso es lo único que necesitas.

—¿De verdad? —Mamoru reflexionó durante un instante—. ¿Es así de fácil?

—Para mí, sí. Aunque… puede que no quieras tener a tu anciana madre como ejemplo.

—Al fin y al cabo, Mamoru no se parecía mucho a ella.

Ahora que lo pensaba, él se parecía más a las personas por las que habría matado y muerto—.

Puede que descubras que tienes un ideal más grande por el que luchar. Eres una persona más noble que yo.

—Tú también eres noble, Kaa-chan. —Mamoru parecía sorprendido.

—Esa es la estupidez más gorda que has dicho en todo el día. En guardia.

Ahora que Mamoru había asumido que su madre podía pelear, su cerebro de koro había empezado a analizar el estilo de combate de Misaki.

A medida que él iba captando sus trucos, Misaki tuvo que ir dando con formas más creativas para contraatacar.

Era un baile que antaño había hecho con las personas más importantes de su vida: sus profesores, sus mejores amigos, sus enemigos más peligrosos.

No obstante, su cuerpo había cambiado desde entonces.

La espada no cortaba a la misma velocidad que sus pensamientos y, con cada ataque, las articulaciones le gritaban con más fuerza, hasta que no pudo soportarlo más.

Al darse cuenta de que en cuestión de dinmanu le cederían los músculos, esquivó un golpe desde arriba de Mamoru y se dispuso a hacer uno de sus ataques giratorios solo para comprobar si aún podía.

Se equivocó al dar los pasos y se quedó corta, pero por la expresión de Mamoru vio que estaba impresionado.

—Nunca he visto a nadie combatir así —confesó—, ni siquiera al tío Kazu. Esas no son técnicas Tsusano.

—No, no lo son. —Misaki se apoyó las manos en las rodillas y trató de disimular lo dolorosamente agotada que estaba.

Su primer maestro había sido su padre, que la entrenó con el resto de sus hermanos por diversión, sin percatarse de que estaba plantando las semillas de lo que acabaría convirtiéndose en un amor profundamente arraigado por pelear.

No obstante, él no era quien más le había influido.

Ese honor estaba reservado para el maestro Wangara, el salvaje espadachín de Yamma.

—¿De dónde salen esas técnicas? —preguntó Mamoru.

—No podemos hablar de ese tema —consiguió jadear Misaki mientras negaba con la cabeza.

—¿Estás bien?

—Sí. —Asintió a la vez que se masajeaba el antebrazo derecho—. Me he quedado sin fuerzas. Perdona, hijo. Creo que lo he dado todo. He perdido los músculos.

—¿Llevas todos estos años sin entrenar?

—Pues claro —contestó Misaki—. Las amas de casa no pelean.

—Lo siento —respondió Mamoru—. No me había dado cuenta de que… ha debido de ser duro para ti.

—No seas tonto. —Misaki se rio—. Hacía años que no me lo pasaba tan bien. Tendrás que seguir entrenando a solas hasta que vuelva tu padre. Si alguien pregunta, yo nunca he estado aquí.

—Te encanta pelear —dijo Mamoru. No era una pregunta—. ¿Cómo pudiste renunciar a ello?

—Yo… —Misaki hizo una pausa sin dejar de masajearse el brazo e intentó dar con una respuesta que su hijo fuese a entender—.

Algo que aprendí es que pelear en sí no es lo importante.

Lo que de verdad me importaba era proteger a mis seres queridos.

Jamás he necesitado una espada para protegerte, para criarte como quiso tu padre.

Cuidar de mi familia implicaba dejar de lado a la luchadora, así que eso hice.

—Mamoru se quedó un instante en silencio y Misaki levantó la vista para encontrarse con él mirándola con una expresión confusa—. ¿Qué pasa? —preguntó.

—¿Por qué dices que eres egoísta?

Pero antes de que Misaki pudiese plantearse cómo responder, un sollozo resonó por el pasillo y Mamoru se volvió hacia él.

—Izumo.

—Esa es mi responsabilidad. —Misaki le colocó la punta del bokken contra la mandíbula y lo obligó a mirar al frente—. Tú preocúpate por lo que tienes por delante.

El llanto de Izumo había despertado a Nagasa, aunque los dos niños habían dormido más de lo que creía Misaki.

—Gracias —murmuró mientras le revolvía el pelo a Nagasa antes de alargar los brazos hacia la cuna para levantar a Izumo. Gracias por haberme dejado pasar ese rato con Mamoru , fue lo que quiso decir, pero los pequeños eran demasiado jóvenes como para entender esa clase de sentimiento.