10 La razón
M isaki no era ni la mitad de rápida que cuando había estado en Carytha, pero Mamoru estaba tan desconcertado que apenas levantó el bokken a tiempo para bloquearla.
El golpe sordo de las espadas de madera al chocar despertó una antigua alegría en Misaki, y de pronto empezó a moverse libremente por instinto y fue alejando a su oponente.
Mamoru era fuerte, pero Misaki se había labrado un nombre por haber combatido con theonitas con una fuerza física superior a la suya.
Si luchaban músculo contra músculo, el impacto le destrozaría las articulaciones.
En vez de eso, dejó que la espada rebotase contra la suya y le devolvió la energía en un contrataque, un truco que había aprendido durante los años que pasó peleando contra Kinoro Wangara.
La madera tenía una elasticidad de la que el metal carecía.
Cuanto más fuerte golpeaba Mamoru, más velocidad le proporcionaba.
Por la expresión de Mamoru, veía que se le había quedado la mente en blanco debido a la conmoción.
Su cuerpo se movía tirando de memoria muscular y fue equiparando por inercia cada uno de los pasos de su madre a la perfección, bloqueando con eficacia todos los ataques.
Sin embargo, por rápidos que fuesen sus reflejos, ese tipo de movimiento condicionado tenía sus límites. Para empezar, era predecible.
Misaki hizo como que le daba una estocada. El movimiento fue absurdamente lento en comparación con sus fintas de hacía quince años, pero Mamoru se lo tragó, que era lo que importaba en realidad. Cuando levantó la espada para bloquear, Misaki giró su bokken y le golpeó las costillas.
Mamoru soltó un gritito poco digno, más de sorpresa que de dolor. Misaki dudaba mucho de que pudiese hacerle daño con una espada de madera.
Retrocedió un paso y chasqueó la lengua.
—Vaya, hijo. No deberías haberte dejado engañar.
—Kaa-chan… —Mamoru tenía los ojos abiertos de par en par y la mano sobre el costado donde le había asestado el golpe—.
Esto… ¿ esto es lo que estuviste haciendo al otro lado del mundo, en la escuela?
¿Peleabas? —Mamoru negó con la cabeza, parecía costarle conciliar ese descubrimiento con todo lo que ya sabía.
Se llevó una mano a la frente, se la pasó por el flequillo y se quedó mirando fijamente a su madre—.
Supongo… supongo que no debería sorprenderme.
—¿No?
—Bueno, Chul-hee me ha estado hablando de los sitios en los que ha estado: Yamma, Sizwe y Kudazwe. En todos esos países, a las mujeres koronu se les permite pelear y servir en el ejército.
—Así es como funcionan las cosas en la mayor parte del mundo. —Misaki asintió.
—Vale —contestó Mamoru despacio—, o sea que asististe a una escuela fuera de Kaigen, lo que significa que, cuando tuviste edad de pelear, fuiste compañera de esas mujeres guerreras.
La tía Setsuko siempre dice que se te daba fenomenal.
Así que supongo que tiene sentido que puedas luchar como el que más.
Me parece increíble que no lo supiese… ¿Cómo es posible?
—Nadie lo sabe —dijo Misaki.
Aunque, sinceramente, no estaba muy segura de que fuese cierto.
Un luchador solía ser capaz de reconocer a otro por su forma de moverse, y Takeru y Takashi eran dos de los guerreros más perspicaces que había conocido nunca.
A veces le costaba creer que ambos hermanos hubiesen compartido techo con ella durante todos estos años sin darse cuenta de su pasado como luchadora.
Aunque era muy probable que el sexismo inherente a su crianza hubiese creado un punto ciego tan opaco que los volvía incapaces de reconocer esas habilidades en una mujer.
En cualquier caso, no se trataba de algo que fuese a comentar con su marido o con su cuñado.
—Entiendes por qué tu padre no lo sabe… por qué no puede saberlo —declaró Misaki con seriedad—. Jamás daría su consentimiento.
Takeru despreciaría su amor por pelear al igual que despreciaba todo lo que tenía que ver con su pasado. Misaki esperó el doloroso momento en el que su hijo hiciese lo mismo. Todo en su crianza indicaba que las mujeres no debían y no podían luchar. Eran muñequitas valiosas a las que proteger…
—¿Por qué no iba Tou-sama a dar su consentimiento?
—preguntó Mamoru—. Quiero decir, sé que no es común que las mujeres peleen, pero la gente siempre dice lo importante que es que los Matsuda mantengan un linaje poderoso casándose con mujeres de familias fuertes.
Si sabes luchar, ¿eso no demuestra que Tou-sama se casó con una mujer fuerte?
—¿Entonces… no estás enfadado? —preguntó Misaki, sorprendida por la fragilidad que había adquirido su voz. En ese extraño momento, se dio cuenta de que, por impropio que resultase, la idea de que Mamoru la rechazase le dolía mucho más que si lo hiciese Takeru—. ¿No te molesta que sepa luchar?
—¿Por qué habría de hacerlo? —contestó Mamoru—. Son buenas noticias. Soy hijo de dos guerreros fuertes, en vez de uno. Es bueno. Eso significa que debo ser fuerte también. Debería estar orgulloso.
Misaki se quedó mirándolo. Aquello desafiaba toda lógica: ¿cómo era posible que un bloque de hielo sin alma como Takeru y un ser tan egoísta como ella hubiesen creado algo tan brillante?
De algún modo, a pesar de todo, a pesar de esa aldea diminuta, de la gelidez de su padre, de la amargura de su madre, de la escuela lavacerebros, a pesar de todo, Mamoru se estaba convirtiendo en una buena persona—.
¿Kaa-chan? —preguntó Mamoru con reticencia—. ¿Qué ocurre?
—Nada. —Misaki recobró la compostura—. Tenemos trabajo que hacer. Vas a tener que golpearme en condiciones.
—No quiero hacerte daño. —Mamoru parecía nervioso.
Misaki sonrió. Si un chico le hubiese dicho eso mismo hacía dieciocho años, le habría enseñado los dientes y habría afirmado: «Inténtalo», pero en ese momento se limitó a sonreír.
—No son más que espadas de madera, hijo mío. Confío en ti. —Se puso en guardia y le asintió a Mamoru para animarlo—. Confío en ti.
Un momento después, Mamoru le devolvió la sonrisa y arremetió.
No se abalanzó sobre ella a toda velocidad.
Para ser sincera consigo misma, lo más probable era que Misaki no pudiese con él si lo hacía.
No obstante, si Mamoru pensaba dejar aperturas, entonces ella haría que se arrepintiese.
Esquivó un golpe especialmente vacilante del bokken de su hijo y le dio en los nudillos.
— ¡Auch! —Mamoru se alejó y se sacudió la mano—. ¿Cómo eres tan fuerte?
—No lo soy, solo estoy aprovechando tu fuerza mal empleada y redirigiéndola contra ti. Soy así de astuta.
—¡Eres impresionante!
—Puede que para una vieja. —Misaki echó el hombro hacia atrás y notó cómo le crujían algunas articulaciones de la espalda—. Deberías haberme visto en mi época dorada. Te habría destripado.
—¿Tan fuerte eras? —preguntó Mamoru y, qué mono, ni siquiera parecía decirlo con escepticismo.
—No —confesó Misaki—. Nunca llegué a ser tan fuerte o tan hábil como tú. Pero era decidida y estaba dispuesta a pelear sucio.
De los tres amigos que habían empezado a luchar contra el crimen en las calles de Livingston, Misaki fue la única cuyo rostro nunca llegó a salir en las noticias o en cartas coleccionables.
Por una buena razón. El Pájaro de Fuego y Ala Blanca eran símbolos que pretendían llamar la atención.
Entraban a una calle con la intención de que los vieran, escucharan y temieran.
A nadie se le ocurría temer a la Sombra que los acechaba hasta que era demasiado tarde.
Misaki era una depredadora de emboscada.
Su táctica predilecta para acabar con un delincuente era cortarle los tendones de Aquiles antes de que la viese agazapada en las sombras.
Si la veía antes de caer en su trampa, seguía contando con el factor sorpresa, pues pocos luchadores esperaban que una chica kaigenesa diminuta pudiese mostrar esa ferocidad imperturbable.
Y, cuando la cosa llegaba a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, espada contra espada, en fin, seguía siendo una caja de sorpresas.
Para el siguiente ataque, Misaki se sirvió de una de sus maniobras preferidas.
Dio un tajo y falló. Mamoru se adelantó para aprovecharse de ese instante de desequilibrio como cualquier persona.
Pero justo después, ella giró el bokken y empleó un agarre invertido.
Cuando Mamoru intentó golpearla, ella salió disparada hacia delante a su encuentro.
El bokken de Mamoru impactó contra su pantorrilla; en una pelea de verdad, habría sufrido una herida bastante fea en la pierna, pero Misaki tenía la espada contra el cuello de Mamoru.
—He ganado —jadeó cuando él soltó un gritito ahogado—. ¿Por qué me has dejado acercarme?
—Me he tragado la finta.
—Solo durante un dinma. —Escudriñó sus ojos con detenimiento—. Has tenido un momento para corregirlo y, con tu velocidad, debería ser suficiente.
—Pues no lo ha sido. Has estado demasiado rápida. —Mamoru negó con la cabeza.
—No —replicó Misaki—. Puede que hace diez años lo estuviese. Pero, ahora, el lento eres tú.
Cuando Misaki volvió a acometer, Mamoru detuvo el golpe que iba hacia su cuello; puede que solo porque ya estuviese esperando la finta.
El contraataque fue espantosamente veloz; aun así, Misaki lo previó y se agachó.
El bokken de Mamoru silbó al recorrer el aire vacío por encima de su cabeza.
Como de costumbre, él se abalanzó con demasiada fuerza y eso acabó por desequilibrarlo de forma innecesaria.
En la fracción de dinma que tardó en recuperarse, Misaki dio un giro contra los tobillos de Mamoru y le apartó ambos pies del suelo con un barrido de su bokken.
Mamoru cayó de espaldas con fuerza, aunque fue Misaki quien emitió un gruñido de dolor cuando ambos se incorporaron. Llevaba sin cargar tanto las rodillas desde hacía años, por lo que ahora le temblaban a modo de protesta.
—¿Estás bien? —preguntó Mamoru.