9 La pelea #2
—Me ri… —comenzó a decir Mamoru, solo para quedarse sin aire cuando Takeru le estampó el pie en el pecho para dejarlo clavado en el suelo—. ¡Me rindo! —consiguió exclamar por fin.
—¿De veras? —gruñó Takeru y bajó la espada.
Misaki soltó un grito.
Durante un instante de terror absoluto, vio a Takeru hundirle la espada en la boca a Mamoru, aunque eso no fue lo que sucedió en realidad.
Cuando el puño de Takeru se precipitó hacia delante, la Espada Susurrante se derritió para convertirse en un líquido inofensivo.
Volvió a congelarse para recubrirle los nudillos justo cuando estos impactaron contra la cara de Mamoru.
El chico echó la cabeza hacia atrás, le brotó sangre de la boca y se quedó allí, aturdido.
Takeru soltó el aire.
Por un momento, parecía como si fuera a volver a pegar a Mamoru. Entonces, se detuvo.
—Misaki, ¿qué estás haciendo?
—¿Cómo? —Misaki bajó la vista y se dio cuenta de que se había puesto de pie.
No solo eso, sino que también había avanzado un par de pasos y estaba dentro del dojo.
Se le había formado hielo en las puntas de los dedos en unas garras incipientes—.
Vaya… —espetó, perpleja—. Lo s-siento, yo…
perdón. —Se alejó rápidamente de la puerta prohibida y se arrodilló, sobresaltada—. Lo siento, Takeru-sama. Continúe.
Takeru se quedó mirándola un buen rato antes de volver a dirigir la vista hacia Mamoru.
El chico seguía tumbado bocarriba, con la boca y la nariz ensangrentadas.
Parecía tener la mirada perdida, conmocionada, y Misaki se preguntó si él también habría pensado lo mismo que ella durante esa fracción de dinma: que Takeru iba a matarlo.
—Un Matsuda no se rinde —declaró Takeru—.
Se enfrenta a los enemigos que tiene delante o muere en el intento.
—El padre seguía teniendo el puño apretado, con el frío hielo todavía recorriéndole los nudillos—.
Si tienes demasiado miedo como para enfrentarte a los enemigos del Imperio, entonces no tienes derecho a seguir formando parte de esta familia.
No tienes derecho a enfrentarte a mí en este dojo.
Misaki apenas escuchó las palabras que pronunció Takeru.
Estaba completamente centrada en el puño de su marido a medida que su mente gritaba: No vuelvas a pegarle.
Por los Dioses de las Profundidades, ni se te ocurra volver a pegarle.
No creía que fuese capaz de quedarse quieta si tenía que volver a ver a Mamoru recibir otro puñetazo.
Estaba tan absorta en los nudillos helados de Takeru y en el rojo de la sangre de Mamoru que se sobresaltó al escuchar el sonido de unos pasos aproximándose.
—¡Setsuko! —chilló cuando su cuñada llegó y se puso a su lado en el umbral.
—Lo siento. —Setsuko le hizo una reverencia a Takeru—. Yo… eh… —Hizo una pausa al observar el caos causado por el hielo desperdigado por el dojo y la sangre en el rostro de Mamoru—. No pretendía interrumpir.
—¿Qué quieres? —espetó Takeru.
—Mi esposo quería recordarle que tiene una reunión con él al undécimo waati en su despacho.
—Dile que llegaré tarde.
—Ya llega tarde. —Solo Setsuko se atrevería a emplear ese tono con Matsuda Takeru cuando estaba ahí de pie, con un jiya punzante y salpicado de sangre y esquirlas de hielo.
La fulminó con la mirada durante un instante antes de girarse para bajar la vista hacia Mamoru.
—Ocúpate de este desastre —ordenó—. Practica por tu cuenta hasta que vuelva. No salgas de este dojo hasta haber corregido esa técnica tan torpe.
—Alabada sea Nami, ¿qué ha pasado? —le susurró Setsuko a Misaki.
—Luego te lo explico.
Setsuko y Misaki se levantaron y se apartaron para dejar pasar a Takeru cuando salió del dojo.
—Lo acompañaré hasta Kumono —le dijo Setsuko a Takeru—. Mi marido se ha olvidado la comida, así que voy a llevársela. Solo tengo que abrigar a Ayumi para que no pase frío…
—Ve tirando —respondió Takeru sin interés—.
Prepara lo que necesites. Me reuniré contigo cuando estés lista para salir.
—Setsuko captó la indirecta y se despidió con una reverencia antes de desaparecer de su vista.
Cuando se hubo marchado, Takeru le lanzó una mirada gélida a Misaki—.
¿Esto es cosa tuya? —preguntó en voz baja—.
¿O solo tiene que ver con ese chico de ciudad?
—Yo… —Misaki no supo qué responder. Puede que ella fuese culpable de haberle metido un par de ideas peligrosas a Mamoru en la cabeza, y no sabía hasta dónde podía llegar la influencia de Kwang Chul-hee; era difícil identificar cuál de los dos era el responsable de las dudas de Mamoru.
Sin embargo, era imposible que hubiese sacado el descaro para desafiar a su padre de ninguno de ellos.
La rabia de Mamoru era solo responsabilidad suya—. Lo siento. No sé…
—Me da igual. —Takeru le dio la espalda—. Limítate a arreglarlo.
—¿A qué se refiere?
—Si has tenido algo que ver con… con esta debilidad que se ha apoderado de él, soluciónalo. ¿Entendido?
—Sí, señor —contestó Misaki con timidez.
Se quedó tiesa en el pasillo conforme Takeru se alejaba, llevándose consigo la mayor parte del frío.
En el dojo, Mamoru se había puesto de rodillas, aunque daba la sensación de que sus piernas no eran capaces de sostenerlo. Misaki ansiaba ir a su lado, cargarlo en brazos y curarle los moratones. Pero, en su lugar, preguntó con suavidad:
—¿Estás bien?
—Sí. —Mamoru se levantó con cautela, con la boca y la nariz goteando sangre sobre su hakama. Se tapó la boca con las manos y echó un vistazo a la puerta—. Perdón —dijo contra las manos—. Siento que hayas tenido que verlo.
No sabía si se refería a su actitud, a la forma tan torpe en la que había combatido o a la sangre. Misaki se dio cuenta con un pelín de diversión del todo inoportuna de que quizá Mamoru creyese que eso era lo más violento que ella había presenciado en su vida.
—He visto cosas peores —consiguió decir por fin, y esperó que sonase tranquilizador.
Mamoru estaba de pie, a solas en mitad del dojo mientras se tapaba la boca con las manos, hasta que oyó los pasos de Takeru y de Setsuko salir del recinto y el golpe sordo de la puerta corredera al cerrarse tras ellos.
Entonces, movió las manos para despertar su jiya.
Sorprendida, Misaki lo observó limpiarse la sangre de la cara y de la ropa y después crearse una costra en el labio partido.
Sabía que, de pequeño, había mostrado dotes para manipular la sangre, pero no había creído que recordaría lo poco que le había enseñado hacía tantos años.
No solo eso, era evidente que se había tomado la molestia de mejorar.
Se quedó impresionada al ver que, durante todos esos años, ese chico había estado creciendo justo delante de sus narices y ella se lo había perdido.
Tras curarse el labio, Mamoru se paseó por el dojo y fue derritiendo y evaporando el hielo restante de la pelea.
No lo hizo con la rapidez y la fuerza de siempre, pero Misaki se alegró de que por lo menos estuviese andando y respirando con normalidad.
Cuando hubo extraído los últimos restos de humedad del tatami para evitar que saliese moho, Mamoru recogió la katana y se puso en posición.
Respiró hondo y empezó a practicar sus katas.
Incluso pese a no estar delante de un contrincante real, Mamoru se movió con una ferocidad que hizo que la secuencia de movimientos cobrase vida.
Misaki pudo sentir cada una de las respiraciones de su hijo en sus propios pulmones, cada cambio y estallido en sus propios músculos.
Se dio cuenta de que ella estaba reproduciendo los movimientos mentalmente, golpeando y esquivando con la mirada.
Poco a poco, empezó a percatarse de los puntos flacos, de los movimientos a destiempo, de las aperturas…
La técnica era preciosa, pero no perfecta.
—Con eso no basta.
Misaki no se dio cuenta de que había pronunciado esas palabras hasta que Mamoru se giró hacia ella.
—¿Cómo?
—No es… —nada, quiso decir Misaki. No es nada. Al fin y al cabo, ¿qué sabía una mujer sobre pelear?—. Así no vas a poder esquivar a tu padre.
—Lo sé, Kaa-chan. —Mamoru bajó el brazo con el que sujetaba la espada—.
Se ve a la legua que es mucho mejor que yo.
—Misaki jamás lo habría adivinado después de haber visto los movimientos hermosos y fluidos del chico, pero el deje de irritación en su voz delataba lo frustrado que estaba en realidad—.
No sé cómo alcanzarlo. Yo no puedo luchar como él.
—Sí que puedes —respondió Misaki—. Peleas exactamente igual que él, solo que no eres tan preciso. Ese es el problema; estás intentando imitar a un espadachín que te aventaja en fuerza y nyama. Tienes que explotar tus puntos fuertes.
—¿Qué puntos fuertes?
—Para empezar, tu amplitud de movimiento. Eres más rápido y ligero de pies que tu padre.
—Te agradezco que digas eso, Kaa-chan —contestó mientras negaba con la cabeza—, pero no es cierto. Si supieses algo sobre pelear, lo habrías visto cuando hemos luchado. No soy lo bastante rápido como para contraatacar.
—Sí que lo eres. —Misaki se levantó—. Tu tiempo de reacción es mucho más breve que el suyo, pero malgastas movimiento al tener los hombros tan tensos. Por eso no deja de atravesar tu guardia.
Mamoru se quedó mirándola, y ella lo vio devanarse los sesos tras darse cuenta de que lo que le decía tenía sentido, aunque no conseguía averiguar cómo lo sabía.
—Si… si tan evidente es, si hasta tú puedes verlo, ¿entonces por qué no me lo ha dicho?
—Lo ha intentado —suspiró Misaki—. A eso es a lo que se refería cuando no dejaba de decir «torpe».
—Ah… —Mamoru bajó la vista hacia la nada durante un momento y reflexionó conforme lo visualizaba. Después, dio dos tajos en una sucesión tan rápida que Misaki apenas pudo seguir la espada con la mirada.
—Mejor —murmuró. No era perfecto—. Mejor…
Mamoru lo repitió y Misaki se percató de que había dado medio paso adelante.
—No golpees con tanta fuerza —indicó—. Si das con el ángulo adecuado, entonces harás el corte sin necesidad de que tu cuerpo vaya detrás.
—Yukino Sensei dice que no es fácil atravesar hueso y tendones —contestó Mamoru con la vista todavía clavada al frente—. Requiere mucha fuerza.
—Fuerza —repitió Misaki—, no músculo. Si confías en ti y en tu espada… te sorprenderá lo fácil que es atravesar un cuerpo humano.
Se le doblaron los dedos de los pies en el umbral. Se inclinó un poquito hacia delante. Titubeó.
—Kaa-chan… —Mamoru parecía preocupado—. Por el amor de Duna, ¿de qué estás hablando?
—No puedo contártelo… —Misaki se inclinó e intentó alejarse del borde con todas sus fuerzas. Esto está mal. Esto está mal, mujer estúpida. Asume tu papel… —, pero puedo demostrártelo. —Y entonces rebasó el borde y cruzó el suelo del dojo con la ligereza eufórica de un bobo.
—Kaa-chan, ¿qué estás haciendo? —Mamoru puso los ojos como platos.
—Algo que es posible que no deba. —Sonrió en cuanto llegó al estante de las espadas—.
Pero, teniendo en cuenta cómo te has portado hoy, tampoco es que tú estés para hablar, ¿no?
—Se levantó y puso los brazos en jarras durante un instante mientras echaba un vistazo al estante de espadas Kotetsu en sus elegantes vainas lacadas.
Las espadas en lo alto del estante habían pertenecido a los antiguos patriarcas Matsuda.
Como nunca las había visto de cerca, se tomó un momento para admirarlas.
Junto a la Aguja Lunar blanca de Takeru descansaban la katana y el wakizashi de Takashi, Nagimaru y Namimaru, que recibían su nombre del dios y la diosa; ambos tenían unos peces saltando tallados en la empuñadura y unos trenzados azul océano anudados en el mango.
Más arriba descansaba la espada ancestral Kurokouri, el Hielo Negro, empuñada por Matsuda Susumu y los grandes Matsuda del pasado.
Por encima, se encontraba la espada de Matsuda Mizudori, la Segadora de Niebla, Kirinagi, y la espada de su padre, el Azote Nublo, Kumokei, y también la de su padre, el Colmillo Divino, Senkiba.
El mero hecho de estar delante de esas espadas legendarias le provocó cosquillas en las puntas de los dedos.
Jamás soñaría con echarles las zarpas a esas armas sagradas, pero más abajo descansaban otras armas menores: katanas, wakizashis y tantos otros aceros desgastados, dañados o inferiores de algún modo, pero todavía funcionales.
Misaki escogió un wakizashi fino del montón y tanteó el peso en las manos.
—¡Kaa-chan! —exclamó Mamoru a la vez que envainaba la katana—. Creo que no deberías tocarlas.
—Pesa. —Frunció el ceño e hizo caso omiso—. Supongo que es típico de las armas Kotetsu. No me extraña que tengas los hombros tan tensos.
—Kaa-chan, esas espadas son afiladas —dijo Mamoru, cada vez más inquieto—. No quiero que te hagas daño.
—Tienes razón. —Tras volver a colocar el wakizashi en el estante de las espadas, Misaki cruzó el dojo hasta el armario de suministros y hurgó en el interior en busca de un par de bokken—. Guarda la katana, hijo mío.
Misaki era consciente de que estaba mancillando un espacio sagrado.
Sabía que debería salir del dojo ya y fingir que eso nunca había ocurrido.
Pero su determinación no hizo más que afianzarse cuando sujetó la empuñadura de la espada de entrenamiento.
Takeru le había dicho que enmendase a Mamoru.
Bueno, no podía solucionar el hecho de que estuviese confuso y cabreado.
No podía solucionar el hecho de que tuviese catorce años.
Lo único que podía arreglar era su técnica.
Después de un rato tratando de persuadirlo, Mamoru guardó la espada de metal y aceptó la de madera que le ofrecía Misaki.
—No lo entiendo. ¿Qué está pasando, Kaa-chan?
—Me preguntaste qué estuve haciendo en esa escuela extranjera hace muchos años.
—Misaki giró la espada de entrenamiento para relajar las articulaciones—.
A tu padre no le hace gracia que hable sobre el tema, pero para esto no me hace falta hablar.
Adelante. —Le hizo una seña con la cabeza a Mamoru—. Pégame.
—¿Estás de broma? Kaa-chan, no pienso… —Parecía horrorizado.
—¿No quieres atacar a una ancianita? —Misaki sonrió—. Está bien. Entonces, ¡defiéndete!