9 La pelea
E l dojo de los Matsuda ocupaba más de medio recinto. En los siglos pasados había acogido a cincuenta alumnos al mismo tiempo. Hoy en día, las únicas personas que entrenaban allí eran los propios Matsuda.
A las mujeres no se les permitía entrar, así que Misaki hacía un esfuerzo consciente para no quedarse pululando demasiado rato delante de la puerta.
Se suponía que a una dama no debía interesarle el combate con la espada.
Se suponía que no debía hacer que le brillasen los ojos y se le disparase la sangre.
Cuando observaba a otros en el fragor del combate, Misaki se acercaba peligrosamente a su antiguo yo, demasiado, así que creía que lo mejor era evitarlo del todo.
Pero, por una vez, no fue el ansia lo que hizo que Misaki siguiese a su marido y a su hijo hasta la entrada del dojo; fue una pura preocupación maternal.
El nyama de Takeru tenía un filo letal que hizo que no quisiese alejarse de Mamoru.
Por si acaso. Takeru nunca había sido demasiado violento con sus hijos, nunca le había hecho daño de verdad en los entrenamientos. Pero por si acaso.
Se arrodilló en el umbral del dojo para observar a Takeru y a Mamoru prepararse para pelear.
La mayoría de los combates de entrenamiento se hacían con espadas de madera; no obstante, ese no era un ejercicio de entrenamiento al uso.
Los dos sostenían sus katanas de acero, las habían colocado en el suelo frente a sí y habían hecho una reverencia a las armas en silencio.
Era el ritual que señalaba el comienzo del duelo.
Los forasteros daban por sentado que un maestro de la Espada Susurrante no valoraba mucho el acero normal y corriente.
Solo cuando se casó y entró en la familia, Misaki se dio cuenta de lo mucho que significaban las katanas de acero para los Matsuda.
Para un Matsuda, la katana era su compañera más querida hasta que conseguía crear una Espada Susurrante, e incluso después de haberlo logrado.
Solo gracias a un entrenamiento concienzudo a diario con ese acero aprendía a moldear la espada y a distribuir el peso para crear su Sasayaiba.
Un Matsuda que no entrenaba con una espada de acero excepcional no tenía ninguna posibilidad de crear siquiera una espada medio decente de hielo.
Takeru, que por lo general solía efectuar movimientos tranquilos y meticulosos, se ató la katana a la cadera más rápido de lo habitual y tensó las cuerdas con una violencia poco común en él.
Su espada era el mayor orgullo del numu Kotetsu Katashi: un arma elegante y minimalista con una guarda circular de acero sobria y una empuñadura lacada de color blanco perla.
El herrero la había llamado Kyougetsu, la Aguja Lunar; una hoja tan brillante e inmaculada que incluso podía atravesar la noche oscura, igual que el espejo de Nami.
La katana de Mamoru, que él mismo había ayudado a forjar, tenía casi la misma longitud que Kyougetsu, lo que la convertía en una espada descomunal para un guerrero tan joven.
Nami y Nagi, en forma de serpiente, se entrelazaban en tonos plateados y de bronce para formar la guarda sobre la empuñadura envuelta con tela oscura.
La joven espada todavía no tenía nombre.
Tendría que ganárselo en manos de su koro, manos que temblaron ligeramente cuando Mamoru deslizó la vaina en el cinturón del hakama.
Sus dedos manipularon la cuerda con torpeza un instante antes de atarla en condiciones.
Takashi afirmaba que había días en los que la forma de combatir de Mamoru casi se equiparaba a la de su padre.
Sin embargo, cuando Mamoru adoptó una guardia alta, Misaki se dio cuenta de que aquel no era uno de esos días.
Se las ingenió para disimular su temor y hacerlo pasar por determinación.
Podría haber engañado a un observador inexperto, pero tenía los antebrazos demasiado tensos.
La espada no estaba del todo recta. Misaki solía buscar ese tipo de señales cuando tenía que desarmar a un contrincante, lo que significaba que Takeru también podría notarlo.
—Si te crees lo bastante hombre como para sermonearme con la verdad, entonces más te vale que también lo seas para corroborarla en combate —dijo Takeru mientras le lanzaba una mirada glacial a su hijo—. ¿Estás listo?
—Sí, Tou-sama —asintió Mamoru.
—Bien —contestó Takeru, y salió disparado hacia delante.
El primer choque hizo que a Misaki se le desbocase el corazón con una mezcla de terror y emoción.
La electricidad le recorrió las venas al escuchar el repicar de las espadas de acero.
Takeru desvió el arma de Mamoru con un ruido metálico e hizo un corte hacia abajo, colocando la espada a un milímetro del cuello del chico.
—Tu defensa es espantosa —escupió, y le dio un golpe en la mejilla con la parte plana de la hoja—. Espero que sepas hacerlo mejor. —Takeru arremetió una y otra vez contra Mamoru y cada choque acabó con una velocidad despiadada—. ¡Torpe! —Le golpeó los nudillos.
Takeru tenía un control excepcional. Como cualquier profesor decente, pegaría a Mamoru con la fuerza suficiente para indicarle que había cometido un error, pero nunca con la necesaria como para causarle un daño permanente o un dolor insoportable.
No obstante, aquel día estaba golpeándolo con más fuerza que de costumbre, con más de la necesaria.
—¡Igual de torpe! ¡Tu defensa es lamentable! —Takeru atravesó la guardia de su hijo y le dio un golpe demasiado fuerte con la empuñadura de la espada.
Mamoru se dobló. Por un momento, Misaki pensó que le cederían las rodillas, aunque, por inexplicable que fuese, logró mantenerse en pie.
—Levanta —ordenó Takeru con frialdad—. Si quisiese poner fin a la pelea, te habría dado con la parte afilada. Levanta y enfréntate a mí.
Mamoru trató de erguirse, trastabilló, le dio una arcada y se tapó la boca con la mano.
Por un instante Misaki estuvo segura de que Mamoru iba a vomitar, pero tras respirar hondo un par de veces, tragó saliva y alzó la vista para mirar a Takeru a los ojos.
Se aferró a su katana como si le fuese la vida en ello y volvió a ponerse en guardia.
Takeru lo tomó como una invitación y no esperó a que Mamoru recobrase la compostura.
Las espadas chocaron con tanta fuerza que Misaki notó el impacto en los huesos; se le contrajeron los antebrazos al imaginarse el daño que le causaría a su cuerpo soportar esa fuerza.
El golpe hizo que la katana de Mamoru saliese despedida de sus manos.
En un día de entrenamiento normal, pararían cuando alguien quedase desarmado. Sin embargo, Takeru prosiguió. Volvió a la carga antes de que la katana hubiese tocado el suelo del dojo. Mamoru se recuperó justo a tiempo para crear un escudo de hielo con el que se cubrió el brazo.
Takashi siempre hablaba de la creatividad y la destreza de Mamoru para crear escudos de hielo con rapidez, pero Misaki no había entendido a qué se refería hasta que vio al chico invocar hielo para defenderse de la Aguja Lunar.
La espada de Takeru resbaló una y dos veces por el escudo y después se quedó atrapada en la helada capa externa, más blanda.
Misaki reconoció esa sofisticada técnica de desarme.
Ella no había llegado a dominarla, ni siquiera cuando estaba en su mejor momento, aunque Mamoru lo logró sin despeinarse.
Su jiya se tragó la Aguja Lunar y se congeló a su alrededor.
Después, con un giro del cuerpo, le arrebató la espada a su padre de las manos.
Takeru se lo permitió. Sin duda, su jiya era lo bastante fuerte como para imponerse al de su hijo, pero aflojó el agarre y dejó que Mamoru le quitase la espada.
—Está bien, chico. —Takeru dobló los dedos y la temperatura descendió en picado—.
Si así es como prefieres luchar… —La Espada Susurrante apareció de la nada.
Mamoru se agachó para esquivar el corte y rodó para recuperar la katana, solo para toparse con un muro de hielo—.
Ni lo sueñes —dijo Takeru—. Si eres lo bastante hombre como para levantarte e insultarme a la cara, entonces también lo eres para enfrentarte a mí jiya contra jiya.
Lo que ocurrió a continuación fue doloroso de presenciar.
Mamoru había conseguido dominar todos los ataques con jiya que enseñaban en Kumono y unos cuantos más.
Podía lanzar proyectiles con una precisión exacta, arrojar látigos de agua a una velocidad vertiginosa y erigir muros tan gruesos como el tronco de un árbol.
Fue lo bastante listo como para aprovechar todo lo que tenía bajo la manga para mantener a Takeru y a la Espada Susurrante a cierta distancia.
Sin embargo, fue en vano.
Takeru atravesó sus defensas como si estuviesen hechas de papel de arroz y acortó la distancia que los separaba en cuestión de instantes.
En las distancias cortas, Mamoru no tuvo más remedio que intentar equiparar la katana de hielo de su padre con una propia.
Abrió la mano y dejó que el jiya se vertiese a través de su palma para crear una espada de hielo sólido, imitando la técnica de Takeru a la perfección.
Parecía una Espada Susurrante; recta, afilada y transparente, pero Takeru la partió de un solo espadazo.
—Qué débil —se mofó a medida que Mamoru se esforzaba por recomponer la parte de la espada que había segado—. La falta de convicción produce un hielo impuro.
Mamoru hizo un corte con la espada reconstruida.
A Takeru le bastó con levantar su propia Espada Susurrante para defenderse y el hielo de la de Mamoru se quebró.
El proceso se repitió una y otra vez hasta que Takeru perdió la paciencia e hizo añicos toda la espada de Mamoru, dejándole solo un puñado de esquirlas de hielo.
Desarmado, el chico empezó a crear un escudo, pero Takeru lo atravesó de un puñetazo y lo tumbó contra el tatami.