La espada de Kaigen 8 La carta #3
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8 La carta #3

El Arashiki era un castillo antiguo construido en una pared de roca que daba al mar.

El poder del clan Tsusano lo convertía en el único lugar seguro de una costa cuyas rocas estaban azotadas por las olas.

En otros tiempos, los habitantes del Fuerte de las Tormentas habían empleado su jiya para trasladar los barcos mercantes del continente al puerto a salvo.

Durante la Keleba, cuando el continente se convirtió en el enemigo, los Tsusano del Arashiki se labraron otro nombre al estrellar los barcos ranganeses para hacerlos pedazos contra las rocas y levantar el mar para que se tragase a los supervivientes.

Ahora, el Fuerte de las Tormentas era la atalaya del Imperio, un ojo vigilante que siempre miraba hacia el oeste, en dirección a la Unión Ranganesa.

Aunque Misaki tenía motivos para dudar de las historias que contaba su abuelo sobre que los Tsusano habían hundido a la mitad de la armada ranganesa sin ayuda, resultaba difícil imaginarse a cualquier fuerza marítima cruzar su costa indemne.

No obstante, el océano era un aliado voluble.

Y, por cada día que brillaba el sol y las gaviotas volaban en picado, Misaki recordaba una noche de relámpagos y olas rompientes que hacían temblar el acantilado.

Tou-sama y los criados solían ir de un lado a otro cerrando las ventanas mientras Kaa-san se llevaba a Misaki y al otro par de niños a los búnkeres de piedra en las profundidades de la casa.

Misaki recordó haber apretado los dientes al escuchar el quejido plañidero de los muros, acurrucada en brazos de su madre.

Kaa-san decía que las tormentas eran un recordatorio del lugar que ocupaban en el mundo: «No lo olvidéis, niños, nuestro poder es prestado. Es una bendición y un regalo. El poder de verdad pertenece a los dioses».

Sin embargo, los dioses siempre fueron clementes con los Tsusano.

A pesar del ruido y el temor, las tormentas solo consiguieron llevarse un par de tejas y postigos del imponente Arashiki.

Misaki era incapaz de imaginar una tormenta con la fuerza suficiente para dañar el obstinado percebe que era la fortaleza, y mucho menos destruirla.

Además, Ishihama estaba en Shirojima, no muy lejos de la costa de Takayubi.

Si acababan de sufrir unas olas lo bastante grandes como para destruir el Arashiki, ¿cómo era posible que allí las aguas estuviesen en calma?

¿Cómo era posible que el cielo sobre la montaña estuviese tan despejado?

—Deberíamos poner las noticias —dijo Takeru—, a ver si hay más información sobre la tormenta.

Que los Matsuda tuviesen la tele encendida mientras comían no era inusual.

La mayoría de las veces no era más que ruido de fondo, una sucesión interminable de propaganda insulsa.

Pero desde hacía poco Misaki se había dado cuenta de que Mamoru dedicaba toda su atención a la pantalla, observaba las banderas ondeantes y a los jaseliwu que hablaban con una fascinación prácticamente depredadora.

—Estoy aquí, en Ishihama —anunció la periodista jaseli a la cámara en kaigengua—, lugar donde hace poco muchos hogares han sido asolados por una tormenta espantosa.

Nuestras tropas imperiales han estado trabajando sin descanso para ayudar a los evacuados y rescatar a los supervivientes de entre los escombros.

Misaki observó con inquietud, con la esperanza de que enseñaran parte de los daños, aunque al mismo tiempo esperaba que no lo hiciesen.

Ishihama era donde creó sus primeros recuerdos, los más puros.

No sabía si podría soportar verlo en ruinas.

Sin embargo, no mostraron ninguna imagen.

La periodista siguió hablando delante de un cielo blanco invernal, con el pelo y el kimono movidos por un viento agitado.

—Los soldados, preocupados por nuestro bienestar, no nos han permitido a mi equipo ni a mí acercarnos más a la destrucción, tenemos que quedarnos en esta colina.

Tenemos mucha suerte de contar con su ayuda en este momento tan difícil y de tener un líder que se preocupa tanto por nuestra seguridad.

Les dejo con Jali Banhyang Jee, portavoz del emperador, para transmitirles algunas palabras de la capital.

—Saludos, habitantes de Kaigen, hijos del Imperio. —La voz cautivadora de Banhyang sonaba tan aterciopelada y fuerte como de costumbre, aunque contenía un deje de solemnidad—. Hoy, el corazón de su majestad está apesadumbrado por la tragedia que se ha cernido sobre sus hijos de Ishihama.

Mientras el jaseli del emperador hablaba, la pantalla por fin comenzó a enseñar fotografías de la destrucción: casas reducidas a escombros, bosques de bambú aplastados, coches flotando en calles anegadas, y luego a los soldados llegando con sus uniformes azules para sacar a la gente de las ruinas, llevarse a los heridos y acunar a los niños perdidos.

—No es real —susurró Mamoru.

—¿Cómo?

—Eso. —Mamoru señaló justo cuando la imagen desaparecía de la pantalla—. Esa foto de unos soldados ofreciéndoles comida a los ciudadanos. La usaron la semana pasada cuando informaron de las tormentas en Heibando y en Yongseom.

—Seguro que te has confundido —contestó Misaki mientras miraba con nerviosismo a Takeru—. Muchas ciudades costeras se parecen.

—No me he confundido —insistió Mamoru—. Es la tercera vez que la proyectan.

Para entonces, la emisión estaba mostrando otras imágenes, de casas derruidas y calles inundadas.

A medida que Misaki observaba los destrozos en pantalla con más detenimiento, se dio cuenta de que no podía garantizar que el paisaje y la arquitectura le sonasen demasiado.

Llevaba mucho tiempo sin ir a Ishihama, pero estaba segura de que los acantilados eran más escarpados que los que estaban enseñando.

—¿Por qué creéis que no están empleando imágenes reales? —preguntó Mamoru.

—Mamoru —dijo Misaki en tono de advertencia—, no es momento de preocuparse por tecnicismos sin importancia…

—No son tecnicismos sin importancia. No nos están enseñando vídeos. Todas esas imágenes podrían estar falsificadas…

—Mamoru —contestó Takeru—. La ciudad natal de tu madre acaba de sufrir una tragedia espantosa. Ten un poco de respeto.

—¿Y eso es respeto? —exigió saber Mamoru a la vez que señalaba la pantalla—. Ni siquiera nos cuentan lo que le ha pasado a esa gente de verdad. ¿A eso lo llama «respeto»?

Misaki notó que se le caía el alma a los pies. Echó un vistazo a Takeru y se percató de que no tenía ni la más remota idea de cómo iba a reaccionar. Ella nunca le había dicho algo así a la cara. No era una imbécil.

—Mamoru, c-creo que no sabes lo que estás diciendo. —Se apresuró a enmendar la situación—. Su majestad, el emperador, nos dice lo que necesitamos saber. No es tanto una cuestión de verdad en sí como…

—Quiero saber qué opina Tou-sama. —Mamoru miró a Takeru.

—Creo que… debes tener fiebre —respondió Takeru tras hacer una pausa meditada—. La semana pasada, Kotetsu Atsushi estuvo enfermo de gripe y acaba de pegártela. ¿Te encuentras bien?

Estaba dándole a Mamoru la oportunidad de recular, una oportunidad que cualquiera en su sano juicio que se encontrase bajo el peso de esa mirada gélida aprovecharía. Pero al parecer, Mamoru había perdido la cabeza.

—Estoy bien, Tou-sama —dijo con fuerza—. Con el debido respeto, solo quiero saber qué opina de que su gobierno le esté mintiendo.

La expresión de Takeru apenas mudó, salvo por que la arruga que tenía entre las severas cejas se intensificó. Fue lo más aterrador que Misaki había visto jamás.

—Esto es cosa del chico Kwang, ¿verdad? —preguntó de forma sombría—. Él es quien te ha metido esas ideas tan absurdas en la cabeza.

—¿Importa de dónde provengan si son ciertas? —contestó Mamoru tras inspirar y sostenerle la mirada a su padre.

—¿Qué te ha estado diciendo?

—Muchas cosas. Dice que los huracanes sobre los que no deja de informar el gobierno no son tormentas naturales en realidad; son ataques ranganeses.

El sentimiento de inquietud de Misaki se transformó en uno de terror absoluto.

—Entonces es un mentiroso o bien un idiota —respondió Takeru con desprecio—. Los ranganeses no son lo bastante poderosos como para causar tantos estragos, sobre todo en lugares como Ishihama y Yongseom, que tienen guerreros fuertes para defenderse.

Pero estaba equivocado. La Unión Ranganesa era, y siempre había sido, más poderosa y astuta de lo que el gobierno kaigenés estaba dispuesto a admitir. Era un error que ya les había costado dos tercios del Imperio.

Los edificios dañados por fonya tenían un aspecto distinto a los deteriorados por unas tormentas. ¿Podía ser que el equipo de noticias no tuviese permitido enseñar el lugar del desastre? ¿Por eso no estaban mostrando imágenes reales?

—Kwang Chul-hee dice que el emperador no quiere que sepamos lo fuertes que se han vuelto los ranganeses para que no cunda el pánico y así nos quedemos aquí y muramos defendiendo sus costas.

—Pareces enfadado —afirmó Takeru, impasible—. Nuestro deber es defender Kaigen, sin importar la información que el emperador decida compartir con nosotros.

—Pero… ¿eso no nos convierte en carne de cañón?

—Nos convierte en el cañón.

—Pero… eso no es… Si el emperador ni siquiera nos cuenta… —empezó a tartamudear Mamoru.

—Lo que el emperador nos cuente o no es irrelevante —respondió Takeru—. Nada cambia el hecho de que estamos aquí para dar nuestras vidas por el Imperio. Somos la Espada de Kaigen.

—Eso dice usted… eso dice todo el mundo… pero al final, una espada no es más que una herramienta.

Takeru se levantó y le cruzó la cara a Mamoru con un solo movimiento.

El chico parecía sorprendido. No debería.

—No dirás ese tipo de cosas en mi casa. ¿Lo entiendes?

—Sí, Tou-sama. Lo siento.

—Pensaba que estaba criando a un guerrero, pero tus palabras reflejan debilidad e ignorancia.

—Tou-sama…

—La espada de un guerrero no está hecha de hielo ni de metal, sino de su alma, de su orgullo y su convicción. Así es como surge una Espada Susurrante, y por eso no dejas de fracasar cuando intentas crear una.

—Lo entiendo…

—Si lo entendieses, no permitirías que tus labios pronunciasen semejantes disparates.

El Imperio depende de nosotros para sobreponernos a la duda y al miedo.

Mientras resistamos sin quebrarnos, la Espada de Kaigen tampoco lo hará, y el Imperio seguirá en pie.

Solo un pusilánime se permitiría dudar. ¿Acaso eres uno?

—No, Tou-sama.

—Eso ya lo veremos —contestó Takeru con frialdad—. Ve a por tu espada. Estaré en el dojo. —Y salió de la habitación.

Mamoru, todavía desconcertado, levantó la mano y se la llevó a la cara. No se tocó la parte de la mejilla que Takeru le había abofeteado. En vez de eso, se tapó la boca con los dedos, como si fuese incapaz de creer lo que había salido de ella.

—Se lo he dicho. —Miró a Misaki con los ojos abiertos de par en par por el terror—. En serio le he dicho esas cosas a mi padre.

—Así es —contestó Misaki, que también estaba bastante desconcertada.

—¿Soy un idiota, Kaa-chan?

—Es posible. —Misaki le dedicó una sonrisa a su hijo, a pesar de la inquietud que le retorcía el estómago—. Ahora, obedece a tu padre, ve a defender tu idiotez.

—¿Va a matarme?

—De ser así, más vale que mueras como un hombre, de pie.

Mamoru asintió y se levantó despacio, cuadró los hombros y salió de la sala.

—¡Gloria a Kaigen! —aulló el Jali Banhyang a su espalda—. ¡Larga vida al emperador!