8 La carta #2
—Pero Kaigen tiene más dinero que Yamma —contestó Atsushi—. La economía está mejor que nunca.
—Bueno… —empezó a decir Chul-hee—. El caso es que…
Mamoru tosió. El hielo que dominaba se resquebrajó con violencia y estuvo a punto de tirar a Chul-hee y a Atsushi de donde estaban; tampoco era un irresponsable. Atsushi chilló y se sujetó a Chul-hee, que se aferró a la viga más cercana.
—¡Perdón! —Mamoru se aclaró la garganta y reparó la plataforma de hielo—. He… he respirado un poco de nieve.
Chul-hee levantó la vista desde el borde de la plataforma para mirar a Mamoru mientras Atsushi recobraba la compostura. Le sostuvo la mirada y Mamoru negó despacio con la cabeza. Atsushi no era tonto, pero solo tenía diez años; no estaba preparado para que pusieran su mundo patas arriba.
A esas alturas, Mamoru era consciente de que no podía evitar la peligrosa boca de Chul-hee a gritos, con puñetazos o súplicas para que fuese con más cuidado.
Mientras le sostenía la mirada, supuso que solo era cuestión de tiempo que el pequeño Atsushi tuviese el placer de escuchar las mismas revelaciones espantosas que había oído él el día que conoció al norteño.
Sin embargo, por ahora, Chul-hee cedió y cambió de tema.
Los tres estaban hablando sobre si volver a la aldea para comer cuando Mamoru divisó un par de siluetas subiendo por la montaña en su dirección.
Incluso desde lejos, era capaz de reconocer el paso acompasado y deliberado de su padre, inquietantemente regular pese al terreno desigual.
La otra silueta, que trastabillaba e iba dando tumbos a su lado, solo podía ser el padre de Chul-hee, Kwang Tae-min.
El representante itinerante de Geomijul, que, a pesar de sus amplios conocimientos y su aspecto de trotamundos, no parecía una criatura de paso firme.
Era fácil adivinar que no estaba familiarizado con la nieve y las montañas.
—Anda… Matsuda-dono —dijo Atsushi cuando los vio—. ¿Qué hace aquí arriba?
—No tengo ni idea. —Mamoru frunció el ceño. Tou-sama no era famoso por abandonar su escritorio. Después de que Chul-hee y Atsushi terminasen de asegurar la viga que tenían entre manos, Mamoru utilizó su hielo para dejarlos en el suelo.
Atsushi se bajó de un salto conforme los hombres se iban acercando e hizo una profunda reverencia.
—Appa, Matsuda-sama, me alegro de veros —dijo Chul-hee con una reverencia más informal—. ¿Qué hacéis aquí arriba?
—Por desgracia, he venido a llevarme a mi hijo de vuelta a casa —contestó Tou-sama—. Ha surgido algo.
—Vaya, será difícil seguir sin él —respondió Chul-hee—. Se estaba encargando de la mayor parte del trabajo pesado.
—No pasa nada —indicó Kwang Tae-min—. De todas formas, pensaba deciros que vinieseis al ayuntamiento, chicos. Necesito que me ayudéis con un par de cosas.
—¿Las torres están en marcha? —preguntó Atsushi, emocionado.
—Justo por eso necesito tu ayuda, chiquitín —afirmó Kwang con una sonrisa—. Se nos han congelado algunos componentes. Esperaba que pudieses ayudarme a dar con un aislante mejor.
—Ah. Por supuesto, señor.
Cuando Chul-hee y Atsushi terminaron de recoger las herramientas, el grupo bajó a pie hasta la aldea.
—Nunca he supervisado una construcción en un sitio tan frío —comentó Kwang Tae-min de forma casual mientras se abría paso por la nieve con cautela—.
Como jijaka, supongo que debería estar avergonzado; después de haberme pasado tantos años levantando infraestructuras de Geomijul en Yamma y en Sizwe, había subestimado por completo la fuerza destructora del hielo.
Los Kwang y Atsushi siguieron comentando el cableado, el aislamiento, y un montón de tecnicismos más que Mamoru no entendió hasta que llegaron a una intersección.
Un camino conducía al ayuntamiento recubierto de nieve y a la torre de comunicación mucho más grande que se cernía sobre él. El otro bajaba hacia la aldea.
—Adiós, Matsuda-dono —se despidió Atsushi, haciéndoles una reverencia a su padre y a él.
—Hasta mañana, Mamoru-kun. —Kwang se limitó a darle un puñetazo en el brazo.
—Hasta mañana.
Mamoru tenía un paso tan firme que estaba acostumbrado a ser el más veloz en subir y bajar los escarpados senderos de la montaña, pero Tou-sama ni siquiera se molestaba en pisar las rocas.
A cada zancada que daba, el hielo cambiaba de forma para convertirse en unos peldaños lisos bajo sus pies.
La nieve profunda se dividía en dos frente a él, como si estuviese deseosa de apartarse de su camino.
Al igual que la mayoría de los jijakalu, Mamoru necesitaba esforzarse para manipular el agua. Tou-sama poseía un poder tan grande que la propia agua se apresuraba a obedecerle, y Mamoru se dio cuenta de que le costaba seguirle el ritmo.
—Ese chico se toma muchas confianzas contigo —declaró Tou-sama sin darse la vuelta para mirarlo.
—Somos compañeros de clase.
—Yukino Yuuta y Mizumaki Itsuki también son compañeros tuyos. Este invierno no has pasado mucho tiempo con ellos.
—A veces seguimos entrenando juntos —contestó Mamoru—.
Simplemente, quería trabajar en las torres de comunicación con Chul-hee y Atsushi.
—Hizo una pausa y levantó la cabeza con nerviosismo para mirar a su padre a la cara—.
Si quiere que lo deje, lo haré. Solo me uní al equipo de construcción porque usted me lo permitió…
—Por mí no hay problema. Mientras no te olvides de tu verdadero propósito.
Su tono hizo que a Mamoru se le contrajese el estómago por la culpa. Seguía igual de lejos de dominar la Espada Susurrante.
—Sí, Tou-sama —contestó—. ¿Puedo… puedo preguntar por qué volvemos a casa tan temprano? —aventuró, ansioso por cambiar de tema.
—Iba a salir pronto de todas formas. Tengo una reunión con mi hermano al undécimo waati en su despacho, pero acaba de llegar una carta para tu madre desde Ishihama.
—Ah. —Mamoru siguió sin entenderlo. Kaa-chan no solía recibir cartas de su familia en Ishihama.
Los repartidores del ayuntamiento a veces le daban el correo familiar a Tou-sama para que se lo llevase a casa en vez de entregarlo en persona, pero Mamoru jamás había visto a su padre llevarlo a casa tan rápido.
—La carta estaba sellada como urgente —explicó Tou-sama al ver la expresión confundida de Mamoru—. Pagaron para que llegase al día siguiente y tiene el sello personal de lord Tsusano, lo cual quiere decir que contiene noticias que precisan darse de inmediato.
Y Mamoru se percató de que había empezado a seguirle el ritmo a su padre mientras se preguntaba qué noticias de casa de su madre serían tan urgentes que ni siquiera podían esperar un día.
MISAKI
—Habéis vuelto temprano —dijo Misaki, sorprendida—. Lo siento… Acabo de acostar a Izumo para que se eche la siesta, así que la comida todavía no está lista.
—¿Dónde están los otros dos? —preguntó Takeru. Solía referirse a ellos de ese modo, hablaba de los niños como si fuesen objetos de un inventario.
—Hiroshi está en el colegio en los entrenamientos extra, y Nagasa está echándose una siesta. —Después de haberse pasado tres ruidosos waatinu persiguiendo a Ryota por la nieve, esperaba que se quedase planchado durante un buen rato—. Dadme un siira. Prepararé té y haré algo de comer.
—Antes de eso —anunció Takeru—, tienes que ver una cosa. —Se sacó un pergamino de la manga y se lo tendió—. Por esto hemos vuelto antes. Es de tu hermano.
—Vaya. —Misaki se apoderó del pergamino de kayiri que le tendía su marido.
Aunque en Ishihama hubiese líneas telefónicas operativas, en Takayubi no, así que, en las ocasiones contadas en las que Kazu se ponía en contacto con ella, siempre lo hacía por carta.
Pero esa era la primera vez que iba sellada como «urgente».
Rompió el sello Tsusano y desenrolló el pergamino.
Querida Misaki:
Espero que este mensaje llegue a tiempo para que no tengas que preocuparte.
Ayer, nuestra ciudad natal y la zona colindante fueron azotadas por una tormenta costera.
Muchos hogares han quedado destrozados, incluido nuestro Arashiki, y por el momento hay más de cienmuertos.
Solo quería avisarte, antes de que te enterases por las noticias, de que nuestra familia y nuestros amigos están sanos y salvos.
Mi esposa sufrió heridas leves, pero madre, padre y los pequeños han salido indemnes. Al fin y al cabo, difícilmente podríamos ser los Tsusano si no pudiésemos capear un poco de viento y lluvia.
Bromas aparte, parece que las tormentas han sido bastante fuertes últimamente. Intenta convencer a tu marido de que hagáis una escapada al interior. He oído que la capital es muy agradable en esta época.
Que el nyama sea contigo,
tu hermano, Tsusano Kazu, señor del Arashiki.
—¿Qué dice lord Tsusano? —preguntó Takeru. Misaki reprimió una sonrisa. Aunque habían pasado años desde que su padre le legó el título, aún le hacía gracia escuchar a otras personas referirse al bobo de su hermano pequeño como lord Tsusano.
Misaki le tendió la carta a Takeru. La recorrió de arriba abajo con la mirada a medida que la leía.
—¿Qué significa esto del final? ¿Por qué nos recomienda visitar el interior?
—No lo sé —contestó Misaki con sinceridad—. A veces… Kazu tiene un extraño sentido del humor.
—Sabe que vivimos en una montaña, ¿no? No corremos ningún riesgo de inundación.
—Lo sé. Qué raro. —Todo era bastante extraño.