La espada de Kaigen 8 La carta
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8 La carta

L a escarcha trepó por las ramas de los árboles conforme el mes de koronkalo se congelaba y daba paso a un sibakalo de destellos gélidos.

El sol se ponía temprano, la aldea numu ardía con fuerza durante las tardes glaciales, y Misaki estaba agradecida de que ese bebé no fuese tan frío como el resto.

Mamoru, Hiroshi y Nagasa se habían vuelto cada vez más gélidos a medida que iban ganando fuerza, pero el cuerpecito de Izumo no perdió la calidez, incluso cuando empezaron a salirle los músculos y, en aquel primer mes de invierno, Misaki se percató de que disfrutaba de estrecharlo entre sus brazos.

Según las noticias, otras aldeas y ciudades de la costa oeste de Kaigen habían sido asoladas por tormentas.

No obstante, Takayubi siguió siendo la imagen de una pequeña aldea pacífica cuando Nagi arrojó su primera nevada sobre la montaña.

Los ojos de Izumi cobraron nitidez en un mundo revestido de blanco.

Donde los inviernos anteriores había habido un solo par de huellas en la primera nevada, en ese momento había dos.

Kwang Chul-hee se presentó en las puertas del recinto de los Matsuda cada mañana para buscar a Mamoru, y los dos fueron bajando la montaña juntos mientras hablaban.

Cuando llegó el momento de que Geomijul empezase a construir las torres de comunicación, Mamoru le suplicó a su padre que lo dejase unirse con Chul-hee y Kotetsu Atsushi al equipo de construcción durante las vacaciones de invierno.

Misaki no había creído que Takeru fuese a acceder, pero se lo permitió con la condición de que Mamoru no dejase de lado el entrenamiento ni los deberes del colegio.

Así que, bajo una capa de nieve cada vez más gruesa, Mamoru, Chul-hee y el pequeño Atsushi comenzaron a trabajar en las torres que cambiarían la forma de comunicarse en Takayubi para siempre.

Si Misaki hubiese sido mejor madre, habría disuadido a su hijo de trabar amistad con el obstinado norteño. Pero Mamoru era un muchacho, se dijo a sí misma a modo de justificación. Podía ser amigo de quien quisiera.

No sabía de qué hablaba con Kwang Chul-hee.

Cumplió con su promesa y no volvió a traerse ninguna de esas conversaciones a casa, pero era evidente que su hijo había cambiado.

Era la gran diferencia entre un hombre despreocupado y uno que reflexionaba.

Se suponía que un espadachín debía ser consciente de lo que lo rodeaba.

Pero una cosa era estar en sintonía con el viento y las gotas de agua, y otra analizar y entender las acciones humanas.

Mientras la nueva visión de Izumo empezaba a hacer que el mundo físico cobrase nitidez, la de Mamoru también estaba cambiando.

Miraba todo cuanto lo rodeaba con una especie de agudeza, de hambre, a la vez observaba los bordes irregulares y las capas cambiantes de su mundo y trataba de hacer encajar las piezas.

Misaki debería haberse dado cuenta de que era cuestión de tiempo que cometiese una estupidez.

Él no era un jaseli, no estaba entrenado para retener y procesar las verdades del mundo, ni tampoco un artesano pacífico.

Era un guerrero, y tenía la ferocidad de uno.

Además, había un motivo para que los jaseliwu, los finawu y los numuwu del mundo les ocultasen algunas cosas a sus koronu.

Los jaseliwu tenían el poder de retorcer ideas sin derramar sangre.

Cuando los koronu se enfrentaban, las consecuencias eran siempre catastróficas.

MAMORU

—¿En serio has forjado todo eso? —preguntó Chul-hee, mirando a Atsushi con las cejas levantadas—. ¿Sin ayuda?

—Estoy entrenando para crear las mejores espadas del mundo —contestó el hijo del herrero, indignado—. No necesito ayuda para forjar un par de tuercas y tornillos, sobre todo desde que tu empresa nos ha suministrado el hierro y los moldes.

—¿Y de quién fue la idea de que los numuwu locales trabajasen con los moldes de Geomijul?

—De mi padre —contestó Mamoru—. Dijo que era la única forma de abaratar lo suficiente los costes para que las torres fuesen rentables.

—Bueno, pues han quedado fenomenal. —Chul-hee observó uno de los tornillos con una sonrisa de admiración—. Conozco a algunos numuwu en Yamma que matarían por ser capaces de hacer esto.

Los tres chicos ya habían echado una mano con la construcción de otras dos torres de comunicación en una parte más baja de la montaña, cerca del ayuntamiento.

Era la primera vez que Atsushi había forjado componentes sin ayuda de su padre, al igual que era la primera vez que los dejaban trabajar en la construcción por su cuenta.

Los cimientos se habían colocado a principios de la semana, vertieron una solución de cemento en unos agujeros profundos. Lo único que tenían que hacer los chicos en ese momento era ensamblar una torre de tres bounds de alto encima, siguiendo los planos de Kwang.

—¿Sabes si han conseguido poner en marcha las otras dos? —preguntó Atsushi cuando colocaron la primera viga en su sitio.

—Mi padre me contó que ya tienen todo lo necesario —contestó Mamoru—. Esperan activarla hoy.

Desde que Mamoru era pequeño, su padre había tenido un trabajo administrativo en el ayuntamiento de la aldea.

Antaño, los Matsuda no necesitaban trabajos normales y corrientes, ya que las casas koro aledañas les habían suministrado cuanto necesitaban para agradecerles el privilegio de enviar a sus hijos a entrenar en su dojo.

No obstante, a medida que la población de Takayubi iba disminuyendo, la familia Matsuda había tenido que buscar otros medios para ganarse el pan.

Después de la Keleba, Matsuda Mizudori se había convertido en instructor de espada y luego en director de la Academia Kumono.

Su hijo, Matsuda Susumu, siguió sus pasos, y, a su vez, su hijo, Matsuda Takashi, los de él.

Como hermano menor de Takashi, Takeru había pasado un par de años trabajando como instructor de espada en Kumono, pero tras la muerte de su padre le cedió el puesto a Yukino Dai para asumir un cargo de funcionario en el ayuntamiento.

Mamoru no estaba completamente seguro de a qué se dedicaba su padre, solo sabía que implicaba mucho papeleo y números, y que siempre estaba ocupado.

Y, cuando el gobierno o una empresa presentaba algo nuevo a la aldea, como carreteras, sistemas para deshacerse de los residuos o torres de comunicación nuevas, ahí estaba Tou-sama para supervisar el proceso.

—Entonces, cuando esté operativa, ¿el ordenador del ayuntamiento podrá recibir y mandar mensajes desde y hacia cualquier parte? —preguntó Atsushi.

—No a cualquier parte —aclaró Chul-hee—. Lo más probable es que al principio esté limitado a sitios cercanos que tengan torres operativas.

—¿Creéis que ya estarán en marcha? —dijo Atsushi mientras echaba un vistazo emocionado a la parte baja de la montaña en dirección al ayuntamiento.

—Todavía no —respondió Chul-hee después de sacarse un dispositivo de comunicación del bolsillo y echarle una ojeada.

—¿Cómo lo sabes?

—No hay cobertura —indicó, enseñándole la pantalla a Atsushi.

—O sea que esa cosa… ¿ese dispositivo de comunicación se conectaría automáticamente si hubiese una torre operativa en los alrededores?

—En teoría, sí.

—Así que, para que un aparato de esos no deje de funcionar, ¿tiene que haber torres repartidas por todo el mundo?

—No tiene por qué —respondió Chul-hee—. Los yammankalu tienen satélites que envían y reciben señales de los dispositivos de comunicación en el espacio.

—¿¡Qué!? —Atsushi soltó el otro extremo de la viga que sujetaba y Mamoru se las ingenió para atraparla por los pelos en un bloque de hielo antes de que le machacase los dedos al pequeño herrero.

—¡Cuidado!

—Perdón, Matsuda-dono. —Atsushi le hizo una reverencia—. Lo siento, es solo que… estás de broma, ¿verdad? —Se volvió hacia Chul-hee—. ¿Verdad, Kwang-san? No se pueden mandar señales de comunicación tan lejos.

—Va en serio, numuden. —Chul-hee le dedicó una sonrisa al chico de expresión incrédula.

Mientras Chul-hee le explicaba todo sobre los satélites de Yamma a Atsushi, los chicos colocaron la primera viga en su sitio.

—¿Está todo bien alineado? —preguntó Mamoru desde donde estaba levantando la parte más pesada de la viga a la vez que los otros dos chicos la alineaban con la base.

—Está perfecto —afirmó Kwang—. Adelante, Mamoru.

Con un asentimiento, Mamoru dejó que su jiya se alzase y pasase a la acción.

La nieve que los rodeaba se elevó para revestir la base de la viga de hielo y crear unas columnas que sostuviesen la parte superior.

Era un sistema que habían ideado los tres después de llevar una semana trabajando juntos: Mamoru colocaba las partes de la torre donde correspondía y las sujetaba con unas formaciones descomunales de hielo que solo él podía crear; Chul-hee y Atsushi les ponían los tornillos y después Atsushi soldaba las partes con el soplete.

A medida que iban subiendo, Mamoru empezó a formar peldaños de hielo para que los otros dos chicos llegasen a las juntas de la torre.

—Así que sin importar en qué parte de Yamma estés, ¿siempre hay cobertura? —preguntó Atsushi cuando Chul-hee y él se subieron a una de las plataformas de hielo de Mamoru, que estaba a un bound y medio del suelo, y se pusieron a atornillar una viga.

—Casi siempre —contestó Chul-hee—, bajo tierra no hay.

—Un momento. —Atsushi se detuvo—. ¿Significa eso que estas torres se quedarán obsoletas en un par de años?

—No. ¿Por qué lo dices?

—Bueno, si Yamma lleva teniendo satélites de comunicación en el espacio desde hace años, Kaigen no andará muy lejos, ¿no?

Chul-hee frunció los labios y se centró en apretar el tornillo que tenía delante. Hasta entonces, había evitado compartir cualquiera de sus pensamientos antigubernamentales con Atsushi. Puede que quizá porque el numu era más joven que Mamoru; además, parecía tener una mirada muy pura e inocente.

—Los satélites son caros —terminó diciendo.