La espada de Kaigen 7 El sol #5
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7 El sol #5

Mamoru se encogió como si le hubiese pegado.

—Lo siento. —Agachó la cabeza—. N-no volveré a olvidarlo. Lo siento.

Se sujetó una mano vendada con la otra y se encorvó.

Misaki podía captar el dolor que irradiaba.

No era solo físico, había recibido palizas más grandes durante los entrenamientos.

Su nyama estaba agitado, todo ese poder aterrador que había heredado de su padre se retorcía como una serpiente enredada tratando de liberarse de sus propios nudos a medida que se asfixiaba y se mordía, confusa.

Su niño estaba sufriendo.

Y Misaki también notó una punzada que hacía tiempo que no sentía: un instinto protector, un abrumador deseo de tranquilizarlo, de consolarlo, de curarlo sin importar lo que costara.

Supuso que eso era lo que sentiría una buena madre hacia sus hijos constantemente, aunque ella llevaba desde la Academia del Alba sin sentirlo.

Desde que había tenido algo que merecía la pena proteger.

Alargó la mano y le sujetó el brazo a Mamoru con suavidad.

—Ven a sentarte conmigo —dijo.

—¿Q-qué?

—Si vas a ir a la escuela por el atajo, entonces tienes un par de siiranu para sentarte con tu madre. Ven. Vamos a ver el amanecer.

Las vistas desde el porche del recinto de los Matsuda daban a la ladera de la montaña.

Cuando el sol brillaba y estaba despejado, Misaki podía divisar hasta el océano que titilaba.

Pero en las mañanas frías como esa, la mitad inferior de la montaña se esfumaba en un mar de niebla que iba cambiando de color a medida que amanecía.

En ese momento, era de un azul claro que rayaba el lila.

Misaki se sentó sobre las piernas con las manos apoyadas en el regazo, la viva imagen del ama de casa recatada que había practicado durante los últimos quince años.

A su lado, Mamoru cruzó las piernas en una aproximación rígida a la postura de su padre; sin embargo, le latía el corazón más rápido de lo que el de Takeru lo había hecho jamás.

Pese a la serenidad de la montaña que los rodeaba, Misaki estaba inquieta.

La diatriba de Mamoru la ponía en una tesitura confusa.

Tenía lo necesario para calmar su dolor, pero sería incapaz de hacerlo con el tacto tranquilizador y el vano consuelo de un ama de casa.

Para eso, por una vez, tenía que ser sincera. Y su sinceridad estaba oxidada.

—¿Sabes? A mí… —Empezó con una verdad pequeña, solo para ver qué sentiría—. A mí nunca me ha gustado el frío.

Mamoru le lanzó una mirada inquisitiva.

—Yo ya soy una persona bastante fría en lo que respecta a mi nyama y a mi personalidad, así que con eso me basta.

En cuanto al resto de la gente, disfruto de un poquito de calor para contrarrestar el hielo que llevo dentro.

Soy consciente de que se supone que los koronu jijaka odian el fuego, pero cuando vas como aprendiz a las forjas, te envidio.

En esta aldea, es tan difícil encontrar el calor…

Por eso, siempre que puedo, veo el amanecer desde aquí fuera.

—Misaki lanzó una mirada anhelante a la niebla—.

Me gusta sentir el sol hirviendo a fuego lento en el horizonte antes de dejarse ver.

Me gusta el instante en el que ilumina la niebla y después la atraviesa ardiendo.

Ese brillo me recuerda que hay un mundo más allá de esta montaña, más allá de Kaigen.

Da igual lo frías que sean las noches aquí, siempre está amaneciendo en otro sitio.

En otra parte, está dando calor a alguien.

—Has estado ahí fuera —contestó Mamoru un segundo después. Habló con cautela, aventurándose a seguirla con reticencia por ese territorio nuevo—. Nunca hablas del tema, pero la tía Setsuko dice que asististe a una academia theonita fuera de Kaigen, al otro lado del mundo.

—Eso fue hace mucho —respondió Misaki—. Tenía la misma edad que tú ahora.

Se quedaron en silencio durante un buen rato.

Mamoru tomó aire unas cuantas veces, como si estuviese armándose de valor para hablar, aunque después pareció pensárselo mejor.

Tenía el cuerpo inmóvil y la vista clavada hacia delante; sin embargo, la tensión de sus manos y el golpeteo sordo de su corazón lo traicionaron.

Misaki notó que tenía miedo de preguntar qué sabía ella sobre el mundo exterior.

Tenía motivos para estar asustado. Había una razón por la que Takeru había prohibido cualquier mención del tiempo que había pasado en la academia.

Buena parte de lo que sabía Misaki no solo iba en contra del credo de los Matsuda; podría considerarse traición contra el Imperio.

No podía contarle a Mamoru lo que sabía sobre la Academia del Alba, del mismo modo que él no podía preguntárselo.

Pero tenía que decir algo.

—Escucha, hijo mío… cuando tenía tu edad, tuve que enfrentarme a verdades que parecían capaces de partir el mundo.

Eso es lo que sucede cuando conoces a personas que no son iguales a ti.

Con el tiempo, aprendes que el mundo no está roto, simplemente…

tiene más partes de las que pensabas. Todas ellas encajan, pero puede que no de la forma en la que creías cuando eras joven.

—Pero ¿cómo es posible? —A Mamoru se le quebró la voz—. No lo entiendo. ¿Cómo consigo hacerlas encajar? Si nada es como pensaba… Kaa-chan, por favor… ¿qué debo pensar?

—Eso es algo que tendrás que decidir por tu cuenta —respondió ella—. Es parte de hacerse mayor.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Mamoru mientras negaba con la cabeza.

—Un niño no tiene que responsabilizarse de sus decisiones. Puede confiar en que sus padres le digan qué hacer. Un hombre confía en sí mismo.

—Pero… todos somos hijos del Imperio, ¿no? —preguntó Mamoru; cómo no iba a pensar eso. Era lo que le habían contado en todas las historias y canciones desde que aprendió a hablar—. ¿No debemos confiar en nuestro gobierno?

—Supongo que sí —contestó Misaki y, antes de poder detenerse, continuó—: Si quieres ser un niño para siempre. ¿Es eso lo que quieres, hijo mío? —Lo miró con brusquedad a la luz creciente—. ¿O quieres convertirte en un hombre?

—Quiero convertirme en un hombre —respondió él con determinación—. Es solo que… no lo entiendo, Kaa-chan. Soy un koro, un Matsuda. Se supone que cuando crezca debo ser un hombre de acción con poder para cambiar la historia. ¿C-cómo voy a ser capaz si no sé lo que está pasando siquiera?

Una pregunta legítima, que carecía de una respuesta sencilla.

—Lo ves, esa es la parte más dura —contestó Misaki—, hacer las paces con lo que no sabes, hallar respuestas y actuar en consecuencia sin arrepentirte.

Algunas personas nunca llegan a aprenderlo.

Otras lo hacen demasiado tarde. Alabada Nami, ojalá…

—Misaki paró en seco, sorprendida de que hubiese empezado a formular ese pensamiento.

¿Qué era lo que pretendía decir? ¿Ojalá yo hubiese tenido el valor necesario para enfrentarme a mis padres y al Imperio?

¿Ojalá hubiese tomado mis propias decisiones cuando importaba?

De haber sido así, el chico que la miraba angustiado a los ojos no existiría.

Por los dioses, ¿qué clase de madre era?

—¿Ojalá qué, Kaa-chan? —preguntó Mamoru con un interés tan inocente que podría haberle helado la sangre a Misaki de la vergüenza.

—Nada, hijo mío. —Le tocó la cara—. He dado a luz a un poderoso heredero Matsuda. ¿Qué más podría querer?

—¿Uno que fuese listo? —sugirió él.

—Eres listo, Mamoru. —Se rio Misaki—. O estás empezando a serlo. Estoy segura de que te convertirás en un buen hombre.

—¿De verdad? —preguntó Mamoru con una preocupación sincera. Y Misaki no supo qué responder.

—Yo… —Cuando le fallaron las palabras, tomó prestadas las de su instructor de espada.

Puede que su sabiduría no la hubiese salvado, pero quizá Mamoru supiese aprovecharlas mejor de lo que había hecho ella—.

Sé que pensarás que estás destrozado, pero somos jijakalu.

Estamos hechos de agua, y el agua puede adaptarse a cualquier molde.

Da igual cuánto nos rompamos y nos recompongamos, siempre podremos congelarnos para volver a fortalecernos.

No será de golpe —añadió—. Tienes que esperar al cambio de estación para ver qué forma cobrará el hielo, pero emergerá, con fuerza y claridad. Siempre lo hace.

—Pero no… no debo repetir nada de lo que me habéis dicho Kwang-san o tú, ¿verdad? —dijo Mamoru tras asentir.

—No —respondió Misaki—, pero eso no quiere decir que no puedas escuchar.

Puedes aprender mucho al escuchar a personas con experiencias distintas a las tuyas.

Una vez, un jaseli me dijo que nadie se volvía más tonto al escuchar, pero hacerlo sí que había logrado que muchas personas fuesen más inteligentes.

—Hizo un gesto con la mano para restarle importancia—.

No ha sido una traducción muy buena. Te prometo que suena más poético en yammaninke.

—Como Matsuda Takeru primero… —murmuró Mamoru con la vista clavada en la niebla que se extendía más abajo.

—¿Qué? —Misaki no logró seguir su hilo de pensamiento, pero parecía haber descubierto algo.

—Aprendió de personas distintas a él. Pese a ser un koro, creció con herreros. Estuvo dispuesto a aprender de ellos y de los misioneros extranjeros, incluso del hijo de su peor enemigo, y, al final, eso hizo que se volviera más fuerte.

Por un instante, Misaki no pudo más que quedarse mirando a su hijo.

Nunca se había planteado la historia de los Matsuda de esa forma, de una que pudiese relacionar con su propia experiencia, y ahí, su hijo de catorce años ensangrentado y somnoliento acababa de conectar dos partes del mundo que jamás hubiese pensado que podrían encajar.

Quizás a Misaki también le hiciese falta crecer.

—Gracias, Kaa-chan. —Mamoru se giró hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja—. Creo que he aprendido algo. —Misaki se quedó mirándolo—. ¿Qué?

—Tienes hoyuelos —contestó con la cabeza ladeada.

—Los saqué de ti.

El sol ya había salido, ardía conforme atravesaba la niebla, y Misaki le apartó el flequillo de la cara a Mamoru.

—¿Sabes? Dentro de poco, serás un hombre. Pero solo por hoy, déjame ser tu madre y decirte, con toda mi certeza materna, que todo va bien. El mundo está de una pieza. Vas por buen camino. Todo saldrá bien.

Mamoru asintió.

—Y, Mamoru… —Le sujetó la mejilla con la mano y le giró la cara hacia ella—. Eres buena persona. Confío en que crecerás bien.

—Gracias, Kaa-chan.

Las laderas se habían tornado doradas con la luz del sol, que iluminaba las gotas de rocío como bengalas en unas oleadas brillantes que subían por la montaña.

A su lado, Mamoru luchaba por mantenerse despierto, pero a medida que el sol iba calentando el mundo, apoyó la cabeza en el hombro de su madre.

El nyama de Mamoru, por fin apaciguado, empezó a arrastrarlo a los brazos del sueño.

—¿Algún día me hablarás sobre la escuela extranjera? —murmuró—. ¿Sobre todo lo que hiciste cuando eras joven?

Misaki no estaba preparada para la avalancha de calidez que le tocó el corazón. Nunca había pensado que alguien de Takayubi fuera a preguntarle por la Academia del Alba. El hecho de escuchar esas palabras viniendo de su propio hijo era más de lo que habría deseado nunca.

—Algún día, Mamoru-kun. Pero hoy no. Ahora mismo, tienes que mirar a tu futuro.

—Mmm… —suspiró él, y se le cerraron los ojos.

Es esto , se percató Misaki. Esta es la alegría que todo el mundo le había prometido, condensada en una sola y simple esperanza: puede que Mamoru creciera y se convirtiera en alguien distinto a su padre.

El sonido de unos piececitos interrumpió sus pensamientos.

—Buenos días, Naga-kun. —Reconoció los pies descalzos y saltarines de su tercer hijo antes de volverse para mirarlo—. ¿Has dormido bien?

—Kaa-chan… —dijo el niño, arrastrando las palabras y frotándose los ojos—. Bebé llora.

—Ahora voy —murmuró Misaki.

Mamoru estaba tan dormido que ni siquiera se movió cuando lo tumbó en el porche de madera y fue a consolar a Izumo.

Esperaba que pudiese dormir un poquito antes de irse al colegio, pero cuando salió de la habitación de los niños con Izumo en brazos y un Hiroshi grogui detrás, se dio cuenta de que esa esperanza había sido en vano.

—¡Nii-san, despierta! —Nagasa soltó una risita. El niño de tres años se había subido a su hermano mayor y estaba tirándole del pelo y abofeteándole la cara—. ¡Despierta!

—Kaa-chan —gruñó Mamoru mientras pestañeaba—. Me está atacando un demonio.

—¡No! —Se rio Nagasa con alegría—. ¡Demonio, no! ¡Soy yo!

—Hmm. —Mamoru se incorporó y se colocó a su hermano, que se reía, en el regazo—. Eso es exactamente lo que diría un demonio.

—¡No! —Nagasa se retorció para zafarse del brazo de Mamoru, todavía riéndose como un loco, y salió disparado hacia la cocina.

—¡No tan rápido, abominación! —Mamoru se puso en pie de un salto, alcanzó al niño en dos rápidas zancadas y lo levantó en brazos—.

Apuesto a que todavía no te has lavado los dientes, o quizá debería decir los colmillos .

—Le dio un pinchazo en la mejilla y Nagasa le apartó el dedo de un manotazo de forma juguetona—.

Venga, vamos a lavarte esos colmillitos de demonio, ¿te parece?

Cuando Mamoru se echó a Nagasa al hombro y lo llevó hacia el cuarto de baño, a Misaki le asaltó un recuerdo anterior a los de la Academia del Alba; el de ella riéndose por unos pasillos revestidos de madera con sus hermanos.

Takashi dijo que Takeru y él en realidad no jugaban juntos de pequeños, o más bien que Takeru nunca había querido jugar con él.

Durante quince años, Misaki se había lamentado de estar destinada a criar a los hijos de su marido. Pero en todo ese tiempo, ni siquiera se había planteado que esos chicos también podrían tener algo suyo.

Entonces se preguntó: ¿Qué más podría querer?