7 El sol #4
Cuando terminó la nana, Izumo soltó un suspiro diminuto contra su hombro. Se había quedado dormido. Le secó las lágrimas al bebé de la cara y lo fue bajando despacio, muy despacio hasta su cuna.
—Ya está, pequeñín. Que duermas bien.
Acababa de erguirse cuando un ruido amortiguado la hizo tensarse.
Había alguien en el pasillo. Salió de la habitación, echó un vistazo y captó un movimiento en la oscuridad.
Su mano salió disparada hacia la cadera, pero, como era lógico, ahí no había nada.
Qué estúpida. Ahí llevaba sin haber una espada desde hacía quince años.
—¿Quién anda ahí? —exigió saber.
—Perdona, Kaa-chan.
—Mamoru. —Soltó un suspiro cuando la luz del farol iluminó a su hijo mayor. De algún modo, no había reconocido su nyama o su silueta. A oscuras, casi parecía un hombre adulto…
—Estaba intentando no hacer ruido —contestó Mamoru—. Pensaba que ya os habríais acostado todos.
—Y yo pensaba que te habías colado en casa y te habías ido a dormir en algún punto de la noche —respondió Misaki, intentando que sonase como un reproche en lugar de como un susto—. ¿Sabes que casi ha amanecido?
—Sí, Kaa-chan. Lo siento.
—Tu tío me ha contado que os ha castigado al nuevo y a ti limpiando el tejado. No me digas que has tardado tanto en terminar una tarea tan sencilla.
—Hemos tenido problemas. —Mamoru clavó la vista en los pies—. En realidad, no hemos terminado.
—Así que no solo te has metido en un lío, ¿sino que tampoco has podido cumplir el castigo? —Eso no era propio de Mamoru—. Acércate. —Le hizo un gesto para que se adentrase en la luz.
Mamoru dio un paso al frente y Misaki lo recorrió con la mirada, fijándose en el rostro amoratado y en el uniforme manchado de tierra.
Había estado tan absorta con el recién nacido y Mamoru había estado tan ocupado con el colegio, que llevaba tiempo sin echarle un buen vistazo.
Había crecido mucho cuando no estaba prestando atención, ya casi era tan alto como su padre.
Sus delgadas extremidades habían empezado a llenarse con los músculos de un luchador adulto, pero los raspones y moratones señalaban la imprudencia de un muchacho.
—Estoy confusa —declaró Misaki—. Tu tío me dijo que fuiste tú el que le dio una paliza al nuevo, no al revés.
—Esto no es… nada de esto es cosa suya. Nos caímos del tejado. —Mamoru empezó a moverse con nerviosismo.
—¿Y eso?
—Fue un error.
—Los Matsuda no cometen errores. —Era algo que Takeru siempre les había repetido a los niños, pero Misaki se arrepintió nada más pronunciarlo al ver la expresión destrozada de Mamoru.
Se tomaba las cosas muy en serio. Pues claro que sí—.
Oye, Kaa-chan, solo estaba de broma. —Le dedicó una sonrisa—. Cámbiate y te prepararé algo de comer.
—Ya he comido —respondió Mamoru—, en casa de Kotetsu Kama. Kwang-san, el nuevo, se hizo daño al caer, así que hicimos una parada para que le curasen el brazo e insistieron en que nos quedásemos a cenar.
—Ah. —Sonaba como si Mamoru hubiese tenido una noche dura—. Bueno, de todas formas, cámbiate. Tendrás que dejarme lavar ese uniforme antes de volver a ponértelo.
—Sí, señora. —Mamoru asintió y cruzó el pasillo hacia su cuarto. Salió vestido con el kimono azul de casa, aseado y con los nudillos vendados—. El uniforme —murmuró mientras le pasaba la ropa del colegio a su madre.
Misaki esperaba que se fuese a su habitación a intentar dormir un poco mientras ella trabajaba, pero se arrodilló y la observó en un silencio tenso a la vez que ella llenaba de agua el balde.
Metió el uniforme en el cubo, echó jabón y empezó a darle vueltas al agua con la mano derecha mientras sujetaba el balde con la izquierda para evitar que cualquier gotita rebelde salpicara.
Cuando se aseguró de haber eliminado toda la sangre y la suciedad de la tela, vertió el agua sucia en otro cubo y la reemplazó por agua limpia. Entre tanto, Mamoru la observó trabajar, aunque no parecía verla en realidad. Tenía la cabeza en otra parte.
—Tou-sama… ¿lo sabe? —preguntó por fin.
—Tu padre no está en casa —respondió Misaki a la vez que daba vueltas al agua limpia—. Se ha quedado a pasar la noche en el despacho, así que por hoy te has librado.
Tampoco era como si Takeru fuese alguien especialmente temible a la hora de imponer disciplina. Pese a su poder y a su actitud intimidantes, no era tan duro como muchos otros padres de Takayubi. Él no pegaba a Mamoru.
—Es que… —dijo el chico—. Creía… Creía que ibas…
—¿Que iba a qué?
—Que ibas a echarme la bronca.
Misaki miró a su hijo, sorprendida. ¿Le estaba pidiendo que se cabrease con él?
—Mi papel en esta casa es acunar a los bebés para que se duerman y consolar a los pequeños cuando se raspan las rodillas. ¿Eres un niño pequeño?
—No, Kaa-chan.
—Entonces, este tipo de asuntos, los de los hombres, son cosa de tu padre. Sin embargo —prosiguió antes de poder contenerse—, si quieres que alguien te eche un rapapolvo, estoy lo bastante molesta como para sustituirlo.
—Ah… N-no me refería a…
—Al parecer, hoy has cometido una estupidez tras otra —respondió conforme extraía el agua del uniforme de Mamoru—. ¿Cómo piensas enmendarlo?
—Le he pedido perdón a Kwang Chul-hee —dijo Mamoru—. Pensaba ir por el atajo para llegar a la escuela un poco antes y terminar de limpiar el tejado por mi cuenta.
—Está amaneciendo, hijo mío —declaró Misaki tras alzar la vista al cielo y levantar una ceja—. ¿Cuándo tienes intención de dormir?
—Vaya. —Mamoru pestañeó—. Supongo que nunca.
—Creo que no es buena idea —respondió Misaki—.
Para un joven que está creciendo, dormir es importante.
—Aunque tampoco es como si ella fuese un buen ejemplo teniendo en cuenta cómo se había pasado las noches a los catorce años y, santo Nagi, ¿de verdad Mamoru tenía la misma edad que ella por aquel entonces?
¿Cuándo había ocurrido?—. Deberías acostarte y descansar un poco.
—No creo que pueda. —Mamoru negó con la cabeza de forma distraída.
Fue entonces cuando Misaki examinó su rostro con más detenimiento y se dio cuenta de que no solo estaba agotado. Estaba sufriendo.
¿Qué pasa? , quiso preguntarle. Pero esa no era la clase de cosas que se le preguntaban a un hombre o a un guerrero, daba igual que fueras su madre.
—No es propio de ti pelearte con otro estudiante. —Tanteó por fin.
—Lo sé. —Mamoru bajó la vista hacia las rodillas—. Yo… —empezó a moverse con nerviosismo—. ¿Puedo contarte por qué? —La pregunta pareció escapársele de los labios sin poder evitarlo.
—¿Por qué qué?
—¿Puedo contarte por qué le pegué?
—Si no fuiste capaz de controlarte, no quiero oír excusas —afirmó Misaki con dureza—, y tu padre tampoco. Cuando se entere…
—Por favor —contestó Mamoru con la voz entrecortada—. No es… no estoy intentando poner excusas. Solo estoy… —Había una desesperación en su mirada que Misaki no recordaba haber visto nunca. ¿Qué reinos le había pasado?
—Cuéntamelo —dijo con suavidad antes de pararse a pensarlo bien.
—Kwang-san estaba diciendo unas cosas espantosas, de traición, que iban contra el Imperio.
Dijo que la historia que nos enseña Hibiki Sensei aquí es falsa.
Dijo que, durante la Keleba, muchos hombres murieron en la península de Kusanagi y en otros lugares de Kaigen, y que fueron los refuerzos yammanka quienes expulsaron a los ranganeses.
Dijo que el Imperio encubrió la muerte de todas esas personas.
—Mamoru la miró a la cara. Fijamente. A la espera de una reacción.
—Ya veo —respondió con tirantez.
—¿Que ya ves? —A Mamoru se le quebró la voz—. ¿Eso es todo lo que vas a decir?
—¿Qué más iba a decir al respecto?
—Pero… Pero… —Mamoru la miró como si fuese un hombre ahogándose que ve cómo la costa se aleja y Misaki se percató de que estaba esperando que le dijese qué pensar.
A fin de cuentas era su madre, se suponía que tendría todas las respuestas, se suponía que debía guiarlo por el buen camino—. Algo debes opinar —suplicó.
—Yo… —Misaki abrió la boca, la cerró y se mordió el interior del carrillo.
Al final, dijo—: A tu padre no le hará ninguna gracia escucharte repetir esas palabras en su casa.
—Mamoru bajó la mirada, avergonzado, y sintió una oleada repentina de culpabilidad.
Le correspondía a ella guiarlo por el buen camino…
—. Es cierto que lo que dice ese chico es traición.
—Lo sé, Kaa-chan. Lo sien…
—Pero también es verdad.
—¡Kaa-chan! —Mamoru levantó la cabeza de golpe y abrió los ojos inyectados en sangre de par en par.
—No puedes contarle esto a nadie —respondió con rapidez—. No hace falta que te explique que ese tipo de conversación no es propia de un Matsuda.
—Pero… —Mamoru parecía estar a punto de sufrir un ataque de pánico.
Se le empañó la mirada como si el mundo entero hubiese comenzado a dar vueltas ante sus ojos—.
Pero, si todo eso es cierto, entonces… —Misaki vio cómo el cerebro del chico se ponía en marcha y sintió una burbujita de pánico brotarle en el pecho.
¿Qué había hecho? ¿En qué estaba pensando?
Mamoru tenía catorce años, era un chico inestable e influenciable, y además era un Matsuda .
¿En qué había estado pensando al contarle la verdad?
—. ¿Por qué has dicho eso? —exigió saber Mamoru al unísono con la voz reprobatoria que resonaba en la cabeza de su madre—. ¿Por qué… dirías algo así?
—Porque he supuesto que eras lo bastante hombre como para soportarla. —Misaki disimuló la inquietud con un tono de voz áspero—. Eres un Matsuda, ¿no? Pues entonces recobra la compostura.
—Pe-pero… pero… —Mamoru estaba tan aturdido que apenas podía controlar sus palabras, y mucho menos su turbulento nyama, que tiró del agua del balde e hizo que parte del líquido se desbordase—.
Estás diciendo que Hibiki Sensei en realidad no estaba contando la verdad sobre nuestra historia. El Imperio ha estado mintiendo…
—¡Te he dicho que no lo repitieses!