7 El sol #3
—Volveremos a intentarlo —dijo, como si solo se le hubiesen caído un par de huevos al volver del mercado—. Cuando recuperes las fuerzas. —Unas manos gélidas se cerraron sobre las suyas y le apartaron los dedos sin esfuerzo—. Descansa.
—Takeru —susurró a medida que se alejaba—. Por favor…
—Obedece. —Cerró la puerta y, en ese momento, bien podría haber sido él el que la hubiera abofeteado. Bien podría haber sido Nami el que se hubiera apoderado de su Espada Susurrante y la hubiera dejado completamente hueca por dentro.
Después de aquel día, algo murió en su interior. Ya no veía a su marido ni a Mamoru cuando revoloteaban a su alrededor en casa. Cada noche, Takeru le abría el kimono de forma metódica, la tumbaba y se acostaba con ella. Volvió a dejarla embarazada, pero también lo perdió.
Después del segundo aborto, empezó a pensar que sí era una muñeca: rígida, sin sentimientos, incapaz de crear vida porque ella en realidad no lo estaba.
Existían historias de terror sobre los titiriteros Tsusano, que manipulaban la sangre que discurría por el cuerpo de otras personas, daba igual si estaban vivas o muertas, y las hacían bailar como marionetas.
A veces, Misaki se preguntaba si ella también se habría convertido en una de ellos sin darse cuenta, dirigiendo su cuerpo hueco como una marioneta a medida que pasaban los días.
No fue hasta que Setsuko entró en la familia después de casarse cuando un latido dentro del pecho de la muñeca volvió a cobrar vida.
Setsuko fue la primera persona a la que Misaki le había mencionado los abortos.
Había sido el tema de su primera pelea… la primera pelea de verdad que Misaki había tenido en años.
No recordaba qué fue lo que hizo estallar a su cuñada, alguna tontería sobre decir que era una estúpida o que no servía para nada, y eso provocó que Setsuko estampase la espátula contra los fogones.
—¡Vale ya!
—¿V-vale qué? —tartamudeó Misaki, sorprendida, que no pudo más que quedarse mirándola.
—No dejas de decir cosas espantosas sobre ti.
—Bueno… eso es porque…
—Me da igual el motivo —espetó Setsuko—. No pienso permitir que sigas diciendo que no sirves para nada o que eres mala, ¿entendido? ¡Se acabó!
—¡Pero si es cierto! —protestó Misaki—. Llevo años sin darle un hijo a mi marido. Ya he tenido dos abortos. ¿Tú cómo definirías a una mujer así?
—Como una inútil, no —respondió Setsuko—. Ni tampoco como mala. Un aborto no te convierte en una mujer mala.
—Ah, ¿no? Mi marido es un jijaka poderoso que desciende de un linaje en el que nunca han tenido problemas para concebir hijos. Si sus bebés mueren antes de nacer, la culpa no es suya. Es mía.
Cuantas más vueltas le daba durante el transcurso de los años, más convencida estaba de que debía ser culpa suya. Después de Mamoru, no había querido tener a esos bebés. No con las ganas que debería. Y eso en sí era un pecado contra Nagi y Nami.
Una jijaka fuerte como Misaki podría ahogar a un bebé en su interior si no lo quería lo suficiente.
No tenía ningún recuerdo de haber intentado acabar con los embarazos; en ambas ocasiones quiso que los bebés llegasen a término.
Incluso aunque esa perspectiva no la emocionase, esperaba dar a luz, pero tenía tanta amargura atrapada dentro…
¿Es posible que hubiese provocado los abortos mientras dormía, mientras soñaba?
¿Acaso su subconsciente se había despertado sonámbulo como un demonio y los había ahogado?
—No fue culpa tuya —afirmó Setsuko de forma categórica—. Cualquiera que afirme lo contrario es un imbécil.
—Pero… nuestro suegro creía que… —Misaki se atragantó cuando la voz del patriarca resonó en su cabeza.
Mujer estúpida y egoísta, ¡es culpa tuya!
¡Has matado a mis nietos! Durante años, se había quedado ahí y había permitido que esas palabras le impregnasen la mente como un veneno; has matado a mis nietos .
—Nuestro suegro está muerto. Lo que él creyese ya no tiene importancia. De ser así, yo no estaría aquí. —El okonomiyaki de Setsuko, abandonado en los fogones, había empezado a echar humo—. Lo único que importa es lo que opines tú. ¿ Crees que los abortos fueron culpa tuya?
—Espero que no. —A Misaki le sorprendió la facilidad con la que pronunció esas palabras.
—Entonces no es culpa tuya —declaró Setsuko con determinación.
Uno de los okonomiyaki de la sartén empezó a arder.
—Ay, no… —Misaki se acercó al fuego, pero Setsuko la detuvo.
—¡Deja que se queme! —exclamó con violencia—.
De todas formas, iba a estar incomible. Mira, sé que parezco una paleta de campo, y lo soy, pero sé un par de cosas sobre los asuntos peliagudos de los que a los nobles no os gusta hablar.
Mi tía es partera. Te dirá que es imposible que una mujer se deshaga de un bebé sano salvo que le eche ganas y, en la mayoría de las ocasiones, eso acaba matándola.
Supongo que deshacerse de un bebé Matsuda sería incluso más difícil.
Si fueses la responsable de los abortos, lo sabrías.
Cuando terminó su intervención, Setsuko se dio la vuelta para limpiar el desastre que había causado en los fogones y dejó a Misaki mirándola en medio de un estupor silencioso. Había pasado tiempo, mucho, desde que alguien había tenido ese tipo de fe en ella. No supo qué hacer al respecto.
—Si no es cosa de mi jiya… —dijo, y odió el miedo que escuchó en su voz—, entonces es que estoy rota. ¿Y si ya no puedo tener más hijos?
—Entonces tu marido seguirá teniendo a un heredero perfecto, Mamoru, y no tienes nada de lo que avergonzarte. Creía que habías dicho que en realidad no querías tener más hijos.
—Pero estoy aquí para eso. —A Misaki le tembló la voz—. Mi matrimonio no fue como el tuyo, Setsuko. No estoy aquí porque mi marido me ame. Estoy aquí para darle hijos.
—¿Qué eres, una fábrica de bebés? —se burló Setsuko mientras arrugaba la nariz.
Misaki se habría echado a reír también, de no haber sido porque era precisamente eso. Y, con el paso de los años, aquella idea la había aplastado y la había vuelto pequeña.
—Sí, por eso se casó conmigo.
—Bueno, tú también te casaste con él, ¿no? —preguntó Setsuko.
—No me quedó más remedio. —Era una mentira poco convincente. Si Misaki hubiese querido, habría escapado de todo aquello y habría roto lazos al huir. Lo cierto es que no había sido tan sencillo.
—Misaki, te juro que sé que eres lista, con ese vocabulario grandilocuente, esa crianza noble y esa educación en esa academia theonita sofisticada, pero a veces eres la mujer más tonta que he conocido en mi vida.
—¿P-perdona?
—¿Por qué no asumes la responsabilidad de las cosas que sí puedes controlar en vez de la de aquellas que escapan a tu control?
—Yo… —Misaki se debatió si replicarle durante un instante, después ladeó la cabeza y miró a Setsuko cuando lo comprendió—. ¿Las pescadoras de Takayubi son así de listas o es solo cosa tuya? —acabó preguntando.
—Es cosa mía —dijo Setsuko con una sonrisa de satisfacción—. ¿Cómo te crees que pesqué a un marido tan guapo que estaba muy por encima de mi clase?
—Buena observación.
—Hazme caso, hermanita. —Setsuko le dio las manos a Misaki—. Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero no me pareces una persona tan infantil como para no tomar las riendas de tu felicidad.
—No sé de qué me…
—Mira, puedes hacerte la mosquita muerta conmigo, pero no va a funcionar. Ahí dentro hay una mujer fuerte e inteligente. —Le apoyó una mano a Misaki en el pecho—. Me gustaría conocerla.
Misaki soltó una risita, el sonido más genuino que había salido de ella en meses.
—Ten cuidado con lo que deseas. No quieres…
—Se detuvo al darse cuenta de que había estado a punto de contarle a Setsuko lo de la espada escondida bajo las tablillas.
Daba igual lo estrecha que se volviese su relación con su cuñada, esa era una parte de sí misma a la que no podía volver.
Pero incluso con la espada bien entablillada bajo sus pies, Misaki sintió una pequeña parte de su antigua sonrisa de satisfacción tirarle de una de las comisuras de los labios—. Ten cuidado con lo que deseas.
Aunque los tablones del suelo se quedaron en su sitio, Setsuko había conseguido atravesar el estupor de Misaki y devolverle una parte de su vida.
Puede que no fuese una vida perfecta y que en realidad no fuese feliz, pero consiguió dar a luz a otros tres hijos: Hiroshi, más frío que Mamoru e incluso más fuerte para su edad; Nagasa, con una mirada aguda y una energía contagiosa, y ahora Izumo.
El cuarto hijo de Misaki no era tan gélido como sus hermanos. Quizá fuese algo malo, quizá careciese de esa clase de poder helador que buscaba su padre, pero eso hacía que fuese más sencillo estrecharlo contra su pecho.
—Yosh, yosh —murmuró contra el suave pelo del bebé mientras canturreaba—. No pasa nada, Izu-kun. No pasa nada.
Solo era la tercera vez que se había despertado esa noche. No estaba mal.
— Nenneko, nenneko yo —cantó con suavidad—.
La luna brilla sobre los húmedos campos.
En mi ciudad,
después de esta y la siguiente montaña,
un anciano tocaba una flauta de madera flotante.
El sol, que hace tiempo se sumergió en el mar,
se refleja en el espejo de la Madre en la oscuridad.
Mis abuelos son el rocío de la hierba y las notas del viento.
Un susurro minúsculo que sopla los campos,
murmullos de cuanto apreciamos,
suspiros de lo que lamentamos.
Mis padres son el rocío de la hierba y las notas del viento.
Un susurro tembloroso que sopla los campos,
que llora por lo que ha sido,
y ríe por la dicha que vendrá.
Tú y yo somos el rocío de la hierba y las notas del viento.
Un susurro que resuena y sopla los campos.
Todo lo eterno,
todo lo que se desvanece.
Nenneko, nenneko yo.
Atrapa la luz de la luna y brilla, gotita mía.
Pues después de esta y la siguiente montaña.
El hombre toca sin cesar,
el hombre toca sin cesar…