7 El sol #2
¿Qué sabrá «usted» del jiya de un guerrero? , pensó Misaki con violencia.
—Lo siento. —Agachó la cabeza—. Me he propasado. No volverá a ocurrir.
—Eso espero —bufó Susumu—. Los Matsuda pelean con agua pura, sin corromper. Tu asquerosa magia de sangre Tsusano no nos sirve de nada, y un guerrero no necesita las opiniones de una mujer.
Misaki se apoderó de su rabia y la extinguió sin piedad antes de darle rienda suelta.
—Discúlpeme, Matsuda-sama.
Cada vez que el sentido del deber le fallaba y sentía el impulso de despotricar contra su suegro, se mordía la lengua con una crueldad puramente vengativa al recordarse que ni siquiera sus dardos más afilados podían hacerle más daño a ese hombre del que ya había sufrido.
Se había pasado toda la vida siendo una decepción, un heredero del legado Matsuda demasiado débil como para crear una Espada Susurrante, despreciado por sus padres y superado por sus hijos.
Como único varón entre muchas hijas, Matsuda Susumu había sido la única esperanza de su generación para conservar las técnicas de su linaje.
La familia había invertido años en su entrenamiento, pero él jamás demostró la fuerza o el talento de sus antecesores.
Nunca consiguió crear una Espada Susurrante.
Su anciano padre, desesperado, les había enseñado la técnica a los hijos de Susumu en cuanto fueron lo bastante mayores.
Tanto Takashi como Takeru demostraron ser mejores jijakalu que su padre al dominar la Espada Susurrante en la adolescencia.
¿Y qué ocurrió con el hombre que se había pasado la vida dedicándose en cuerpo y alma a un solo objetivo solo para fracasar estrepitosamente?
Misaki supuso que, tras muchos años siendo una decepción, acabó convirtiéndose en el cascarón arrugado de un ser humano que solo podía disfrutar atormentando a quienes eran más jóvenes y diestros que él.
Lo más cruel que podía hacerle Misaki a un ser tan amargado como su suegro era seguir obedeciendo, seguir sonriendo y seguir pariendo bebés como si nada.
Lo más cruel que podía hacerle era cumplir con su propósito ya que él había sido incapaz.
Hizo una reverencia para despedirse de Matsuda Susumu, le dedicó una sonrisa recatada y volvió junto a su hijo.
—¡Mira, Kaa-chan! —exclamó Mamoru con una sonrisa radiante—. Puedo hacerlo. ¡Lo estoy haciendo!
—Para. —Misaki le cubrió las manos al niño con las suyas y frenó su jiya.
—¿Por qué? —Su sonrisa se desvaneció.
—No debería habértelo enseñado… No deberías usar esta técnica. Por favor… olvida que te la he enseñado.
—¿Te refieres a que no puedo volver a emplearla?
—Quizá… —Misaki titubeó y bajó la voz hasta convertirla en un susurro—.
Quizá convenga que la tengas a mano para emergencias.
—Coagular la sangre con jiya podía salvarle la vida a un guerrero en el campo de batalla, y de ningún modo iba a decirle a su hijo a la cara que la pureza de la técnica valía más que su vida—.
Pero solo para emergencias —dijo con seriedad.
—Sí, Kaa-chan.
A partir de ese día, Misaki se esforzó por recordar que Mamoru no le pertenecía.
Sus logros no le pertenecían. Eran de su padre y de su abuelo.
Tras haberle enseñado al niño los fundamentos del control, Misaki dejó de entrometerse en su formación.
Poco después Mamoru se fue a la escuela, donde unos guerreros en condiciones, hombres de los linajes Matsuda, Ikeno y Yukino, le enseñarían a emplear sus poderes como lo debería hacer un hombre.
Misaki se quedó embarazada una vez más. Percibió el nyama de un bebé creciendo en su interior y volvió a pegarse una sonrisa a la cara para pasar otra vez por lo mismo.
Ya había soportado el dolor una vez sin derramar ni una sola lágrima o pronunciar una sola queja; podía volver a hacerlo.
No se dio cuenta de que lo único más doloroso que parir a otro Matsuda sería no ser capaz de hacerlo.
—¿Lo has perdido? —gruñó Matsuda Susumu—. ¿Qué significa eso?
—Yo… —trató de contestar Misaki, pero le sobrevino un mareo.
Las líneas del tatami se arrastraron y dieron vueltas bajo sus rodillas.
La habitación se estaba inclinando. Había salido a rastras de la camilla ensangrentada, se había aseado y vestido cuando las matronas le avisaron de que su suegro exigía una audiencia.
Los finawu ni siquiera habían acabado los ritos de purificación.
Siempre había gozado de una resistencia y una tolerancia al dolor excepcionales, pero hasta ahí había llegado.
Le temblaba todo el cuerpo. El tatami empezó a dar vueltas que se transformaron en olas.
Puede que, si se caía de bruces, las olas la engullesen e hiciesen desaparecer todo eso…
—Mujer estúpida y egoísta —dijo su suegro desde algún lugar lejano.
Intentó escucharlo, pero solo consiguió distinguir fragmentos inconexos—.
Hijos… Hijos fuertes… El motivo… El único motivo de que estés aquí.
—Parecía más enfadado que de costumbre. Misaki apoyó una mano contra el suelo sólido para evitar zambullirse en las olas acogedoras—.
¡Eres patética! Me has costado un nieto y eres demasiado arrogante para hablar. Eres una mujer de lo más egoísta.
—Lo… —Misaki se esforzó para que no le temblase la voz—. Lo sien…
¡PLAS!
Notó el golpe antes de sentir el escozor en la mejilla. Tenía que concedérselo; para ser un anciano, Matsuda Susumu pegaba con fuerza.
—Si no puedes darle varones a esta familia, entonces no vales nada.
—A pesar de la confusión, Misaki captó un deje de satisfacción en la voz de Susumu.
Por fin había demostrado ser la decepción que él siempre había afirmado que era.
Había fracasado en su único propósito. Al final, sí que había caído más bajo que él—. No olvides por qué estás aquí.
Misaki se había apoyado sobre los codos, pero no conseguía sacar fuerzas para ponerse de rodillas.
Desde arriba, Susumu hizo un ruido de asco.
—Es tu mujer. Ocúpate de ella.
—Sí, Tou-sama —contestó una segunda voz.
Takeru.
Misaki estaba tan desorientada que ni siquiera se había dado cuenta de que su marido estaba presente.
Estaba tan inmóvil y su nyama gélido se parecía tanto al de su padre que simplemente se había mimetizado con el entorno.
No fue hasta que el anciano salió cojeando de la sala cuando Takeru se movió, avanzando poco a poco hasta detenerse al lado de «su mujer».
Sus pies descalzos cobraron nitidez delante de Misaki, seguidos del dobladillo del hakama; de pronto, sintió la calidez de unas lágrimas en los ojos.
Fue casi un alivio. Se había pasado tantos años asumiendo el papel de una buena esposa, sonriendo, manteniendo la tristeza a raya, pero ya no era una buena esposa.
En ese momento, le había fallado. En ese momento, sin duda, tendría permitido llorar. Era lo esperado, ¿no?
Incluso aunque hubiese tenido fuerzas para levantar la cabeza, no habría alzado la vista para mirarlo. ¿Cómo iba a hacerlo? Acababa de perder a su hijo. Debía estar furioso…
—Vamos, Misaki —dijo él con calma—. Tienes que descansar.
Se quedó quieta.
Takeru se acuclilló y le apoyó la mano en la mejilla que su padre le había abofeteado. Era un gesto útil, le estaba poniendo algo frío para bajarle la hinchazón. Ni siquiera trató de mirarla a los ojos.
—¿Puedes ponerte de pie?
—Lo siento —susurró Misaki mientras su voz se debatía contra las lágrimas que tenía atascadas en la garganta—. Takeru-sama, lo siento mucho.
—No pasa nada —contestó él al mismo tiempo que le deslizaba un brazo por debajo de las rodillas y le pasaba el otro por los hombros—. Yo te llevo.
Takeru, como de costumbre, la trató como si fuese una muñequita frágil.
Puede que se hubiese dado cuenta de lo rígida que se ponía cuando la tocaba y no quisiese asustarla.
Puede que de verdad creyese que todas las mujeres eran tan frágiles que un solo roce bastaba para quebrarlas.
Era imposible descifrar lo que pensaba tras esa expresión impasible.
A veces, Misaki lo consideraba una bendición.
Pero en aquel momento la hizo sentirse terriblemente sola.
Se quedó flácida cuando la levantó en brazos y la sacó de la sala.
No sabía si había empezado a temblar como respuesta al nyama de su marido o por otro motivo, pero cuando los temblores comenzaron, no se detuvieron.
No era solo frío, no era solo pena. Era pánico al darse cuenta de que no iba a gritarle.
Ella no iba a echarse a llorar. Y si ni siquiera podía hacer eso…
si ni siquiera podía derramar unas lágrimas, ¿qué clase de monstruo era?
—Cálmate. —Takeru no la miró, sino que más bien clavó la mirada en el suelo por encima de su hombro—. Te pondrás bien.
Pero Misaki no estaba bien. Era débil, insignificante, egoísta y cualquier otro calificativo despectivo que le había llamado Matsuda Susumu.
Era un monstruo incapaz de derramar una sola lágrima por haber perdido a su hijo.
¿Qué clase de marido podía afirmar que se pondría «bien»?
¿Qué clase de hombre que tuviese corazón podía decir algo así?
Cuando Takeru la acostó en el futón, Misaki se dio cuenta de que se le habían enredado los dedos en las solapas del haori de su marido, que se aferraron a él con todas las fuerzas que les quedaban.
No te vayas, pensó con desesperación. No podía abandonarla ahí en su oscuridad, asfixiada, incapaz de llorar, incapaz de moverse. No te vayas, no te vayas.
—Suelta —dijo Takeru sin ningún tipo de emoción.
Pero las manos de Misaki lo agarraron con más fuerza todavía. Si se marchaba ahora, entonces ella se convertiría en piedra.
—Misaki, esto es indecoroso —afirmó con frialdad—. Suelta.
—Takeru-sama… —Escudriñó su rostro una vez más en busca de cualquier indicio de pena, empatía, rabia, lo que fuera. Por los dioses, lo que fuera —. Siento haberle decepcionado. Yo…