7 El sol
C uando Misaki escondió la espada, clavó unos tablones del suelo encima. Se estaba haciendo una promesa. Puede que nunca lograse destruir esa parte agresiva y obstinada de sí misma, pero podía enterrarla. Al menos, eso pensó por aquel entonces.
—Ser un jijaka es maravilloso —le había dicho una vez el maestro Wangara—. Sin duda, es el theotipo más adecuado para un espadachín.
—¿Por qué? —había preguntado ella.
—Porque la mayor parte de las cosas son rígidas. Si eres de agua, entonces puedes adaptarte a cualquier molde y congelarte para adquirir fuerzas. Puedes ser fuerte en cualquier estado. Puedes ser cualquier cosa.
Puedo ser fuerte en cualquier estado, se dijo Misaki mientras guardaba el martillo y los clavos. Puedo ser cualquier cosa. Si se había adaptado a los peligros de los callejones oscuros de Livingston, ¿cuánto costaría dominar el matrimonio y la maternidad?
—Igual que Nagi bendice a los hombres fuertes, Nami bendice a las mujeres pacientes —le había dicho su madre el día que se casó, radiante de orgullo.
—Todo valdrá la pena cuando tengas a tu bebé en brazos —había afirmado su padre—. Todo valdrá la pena cuando lo veas crecer.
Y Misaki les había creído. No porque tuviese sentido, sino porque debía hacerlo. Porque si no estaba convencida de que valía la pena, entonces ¿qué había hecho?
Así que, cuando su nuevo marido apenas se dignó a mirarla después de la boda, siguió sonriendo.
Cuando su suegro le replicó con dureza, ella hizo una reverencia, respondió con ternura y obedeció.
Todo valdría la pena. Cuando el gélido nyama de su marido le puso la piel de gallina, apretó los dientes y soportó que la tocase. Todo valdría la pena.
No temía la intimidad física, pero le gustaba derretirse bajo una dulce punzada de calor, no ceder ante un hielo molesto más frío que el suyo.
Necesitaba que la calidez le ablandase las aristas duras, y el nyama de Takeru transmitía tanta calidez como un planeta lejano.
Hizo lo que pudo para rendirse a su roce.
Hubo un par de veces en las que no pudo evitarlo; se apartó y levantó los brazos para protegerse.
Takeru le sujetó las muñecas sin mediar palabra con un agarre firme y gélido, se las colocó a los lados como si fuese una muñeca y siguió.
A Misaki siempre le habían dicho que era preciosa.
Su marido no debía de pensar lo mismo, porque jamás la había mirado a la cara, sino que clavaba la vista en las almohadas que tenía detrás.
Aunque su piel se tocara, bien podrían haber estado a una galaxia de distancia.
Al final, Misaki se resignó a pensar que no era más que un recipiente, un útero en el que llevar a sus hijos, pero no pasaba nada.
Todo valdría la pena cuando tuviese a su bebé en brazos.
Cuando alargó los brazos por primera vez para sujetar a Mamoru, puso una sonrisa forzada.
Pero en cuanto tuvo su cuerpo diminuto recostado contra el pecho, se percató de que era igual de frío que Takeru.
Lo estrechó contra ella y esperó, pero la alegría que se suponía que debía sentir jamás llegó.
Lo único que percibió fue un eco gélido del jiya de su marido vibrando por ese cuerpecillo, que le recordó que el bebé que tenía en brazos en realidad no le pertenecía. Era un Matsuda.
Fue entonces cuando debería haberse dado cuenta de que la luz divina que le habían prometido no llegaría.
Nunca lo haría. Pero Misaki siempre había sido demasiado obstinada, o demasiado estúpida, como para admitir sus errores.
Así que, se tragó las lágrimas, esbozó la sonrisa más tierna que pudo y acunó al bebé con más fuerza entre sus brazos, a pesar de que solo le diese ganas de echarse a temblar y vomitar. Se obligó a quererlo.
Y conforme Mamoru creció, también lo hizo su jiya.
Para cuando cumplió los tres años, tenía el aura de un theonita mucho mayor.
La niebla matutina se acercaba para rozarle la piel con dedos adoradores, el agua estancada se congelaba cuando la tocaba y las gotas de rocío se deslizaban de las briznas de hierba para seguir sus pasos.
Misaki se había criado en un hogar de jijakalu poderosos de sangre pura, pero nunca había oído que un niño tan pequeño pudiese albergar un nyama tan poderoso.
—¿A Takeru-sama y a usted les pasaba lo mismo cuando eran pequeños?
—le preguntó Misaki a su cuñado una tarde mientras Mamoru chapoteaba en un charco del patio.
Sus manitas hacían que el agua saliese despedida por los aires.
Un par de gotas se convirtieron en hielo y repicaron contra el tejado, mientras que otras se evaporaron en nubes de niebla—.
¿Su jiya era igual de poderoso a esta edad?
—Eh… —Takashi se rascó la base del cuello—. Si te soy sincero, no me acuerdo. La primera vez que recuerdo haber usado mi jiya fue cuando el abuelo Mizudori empezó a enseñarme a combatir.
—¿Cuántos años tenía? —preguntó Misaki.
—¿Cinco? Puede que seis. —Takeru se encogió de hombros—.
Podrías preguntárselo a nuestro padre. Aunque, pensándolo bien…
— Mejor no lo hagas , era lo que quería decir Takashi, pero no podía.
A Matsuda Susumu solía sacarlo especialmente de quicio que alguien mencionase el poder abrumador de sus hijos. Para él, era un tema delicado.
—¿Así que no empezaron a entrenar su jiya en condiciones hasta que asistieron a la escuela? —preguntó Misaki.
—Es lo normal.
—Es lo normal —repitió ella—, pero Mamoru no es como los otros niños.
¿No debería enseñarle alguien a controlar ese poder antes de que se hiciera daño?
—Un theonita de tres años normal no manifestaba poder suficiente como para que eso supusiese un problema, pero las habilidades de Mamoru estaban llegando rápidamente a un extremo en el que acabarían resultando peligrosas.
—Le corresponde a su padre decidir cuándo comenzará a entrenar. —Takashi se encogió de hombros. Era un amable recordatorio de que Misaki estaba sobrepasando su autoridad.
—Por supuesto, Nii-sama —contestó, e inclinó la cabeza.
—Y, conociendo a Takeru, no se encargará de entrenar a Mamoru-kun hasta que el chico no haya aprendido los básicos en la escuela —prosiguió Takashi—.
No creo que… ¡vaya! —Levantó la mano para evitar que un arco de media docena de gotas congeladas los acribillasen a Misaki y a él—.
Ve con cuidado, pequeñín —se rio a la vez que convertía el agua en vapor con un chasquido de los dedos—.
¡Has estado a punto de darle a tu pobre madre!
Vaya, vaya… —musitó mientras observaba a Mamoru—.
Puede que no le venga mal un poco de ayuda.
Deberías preguntarle a Takeru si puede empezar a entrenar un poco antes.
Eso hizo Misaki, pero, como de costumbre, Takeru no tenía ningún interés en hacer de padre, y menos aún en lo que opinase su mujer al respecto. Tal y como había predicho Takashi, respondió:
—Soy un maestro jijaka y un espadachín. Yo no entreno a críos.
—Pero…
—Lo entrenaré cuando sea digno de mis enseñanzas. Ahora, tráeme más té.
Misaki asintió y obedeció, pero decidió que alguien debería enseñarle control a Mamoru. Si su padre, su tío y su abuelo no pensaban hacerlo, ¿por qué no se encargaba ella? Al fin y al cabo, era su madre, y fuese o no propio de una dama, tenía bastantes técnicas que merecía la pena enseñar.
Empezó con los juegos más sencillos que había compartido con sus hermanos de pequeña; hicieron carreras de coches por el suelo con trozos de hielo, construyeron torres de nieve y lanzaron una bola de agua de un lado a otro sin derramar ni una gota.
Mamoru lo hizo fenomenal y no tardó en cansarse de los juegos a los que la mayoría de los jijaka pequeños tardaban años en pescarles el truco, así que Misaki comenzó a enseñarle técnicas más avanzadas.
—Tienes que asegurarte de dejar espacio para un pequeño cojín de nieve entre los nudillos y el hielo —dijo, guiando el jiya de Mamoru a medida que se recubría el puñito de agua y después lo congelaba—. Eso es. Ahora, prueba otra vez.
Mamoru vaciló, pero obedeció a su madre y le propinó un puñetazo a una roca.
—¡Oh! —Levantó las pequeñas cejas con sorpresa—. ¡No duele!
—Esa es la idea. —Misaki sonrió—. Así, aunque tengas los dedos finos de tu Kaa-chan, puedes aporrear casi cualquier cosa sin hacerte daño.
—¡Quiero repetir! —exclamó Mamoru tras sacudirse el agua de la mano.
Mamoru practicó una y otra vez cómo golpear el peñasco mientras su abuelo los observaba desde el otro lado del patio con una expresión de amargura.
Misaki se había dado cuenta de que el ceño fruncido permanente de su suegro parecía intensificarse cada vez que la veía enseñarle una técnica a Mamoru, pero había escogido ignorarlo.
Era imposible que un hombre razonable se enfadase con una madre por enseñarle a su hijo a dominar su poder.
Aunque claro, Matsuda Sumusu no era un hombre razonable.
Por fin alzó la voz cuando Misaki le enseñó a Mamoru a coagular sangre.
El chico, que por aquel entonces tenía cinco años, se había raspado las rodillas en el camino de entrada a la casa.
Como estaba preocupada por que el llanto de su hijo fuese a provocar al caprichoso de su abuelo, le había enseñado la técnica avanzada para distraerlo, sin darse cuenta de que eso contrariaría a su suegro aún más que el ruido.
—¡Misaki! —espetó el anciano en cuanto ella le indicó a Mamoru que crease la siguiente costra él solo—. Hablemos.
—Por supuesto, Matsuda-sama. —Misaki se apresuró a arrodillarse delante de su suegro, lo bastante lejos como para que Mamoru no los escuchase—. ¿Qué ocurre?
—¿Qué te crees que estás haciendo?
—Enseñarle a mi hijo cómo lidiar con una herida —contestó Misaki.
—No te corresponde a ti hacerlo.
—Pero crear costras es una técnica útil para un guerrero —protestó Misaki antes de poder morderse la lengua.
—Asume tu papel, necia. ¿Qué sabrás tú del jiya de un guerrero?