6 El pasado #9
Lanzarle el bokken de vuelta también sería una distracción. Kinoro tenía unos reflejos tan rápidos que la cazaría al vuelo. Ni siquiera confiaba en sí misma como para tirar la espada de entrenamiento fuera del círculo sin que ese chico tan astuto se las ingeniase para atraparla.
Parecía que su única opción era aferrarse a ambos bokken y ver cómo se las apañaba.
No había aprendido a empuñar dos espadas a la vez, pero las dagas gemelas con las que peleaba contra el crimen le habían otorgado una especie de equilibrio para sujetar un arma en cada mano.
Mantuvo el bokken de la derecha hacia adelante para dar golpes de mayor alcance y el de la izquierda con un agarre invertido para defenderse si Kinoro se acercaba demasiado.
La mirada aguda del tajaka siguió los movimientos, era evidente que estaba descifrando su hilo de pensamiento.
No volvió a pedirle a su padre que suspendiese el combate.
Estaba implicado. La multitud se concentró en dar unas palmadas acompasadas como el latido de un corazón, que fueron adquiriendo velocidad en cuanto los contrincantes empezaron a rondarse.
Gracias a la espada de la izquierda que empleó como defensa extra, Misaki pudo atacar a su oponente con más libertad.
Por mucho que Kinoro se movió, consiguió arrinconarlo en el borde del círculo.
Pese a estar atrapado, logró repeler el ataque y parar el impacto con el antebrazo en vez de con las costillas antes de alejarse de ella a toda velocidad.
—¡Punto para la nueva! —declaró el maestro Wangara.
El grupo de estudiantes rugió para mostrar su aprobación, pero el sonido solo consiguió ponerla de los nervios. Con un punto no bastaba. Tenía que asestarle un golpe letal. Tendría que moverse más rápido para poder soltarle un golpe decisivo que zanjase la pelea. Sin vacilar.
¡Ahora! Blandió el bokken, pero falló. De alguna forma, Kinoro se las había ingeniado para esquivarlo sin darle tiempo para pensar.
La mano izquierda con la que debería haber levantado el segundo bokken para protegerse el torso quedó atrapada en el agarre ardiente de Kinoro.
Intentó volver a bajar la derecha para hacer otro corte, pero, al haber arremetido con tanta fuerza durante el primero, se desequilibró.
Kinoro aprovechó la velocidad del movimiento para darle la vuelta a Misaki y estamparla contra el suelo de espaldas.
Ella consiguió girar en el aire y apoyar los pies en el suelo, pero de poco le sirvió. Apenas había logrado plantarlos del todo cuando Kinoro le propinó un manotazo en el pecho que la empujó hacia atrás.
Soltó los dos bokken. Los escuchó caer a lo lejos conforme su cuerpo se estrellaba contra el suelo y se deslizaba a un bound de distancia. La cúpula de cristal dio vueltas sobre ella. No podía respirar.
—¡Kinoro! —exclamó una voz con reproche; uno de los estudiantes mayores—. ¡Te has pasado!
—¡Lo siento! —exclamó el chico, y Misaki fue vagamente consciente de sus pasos rápidos al acercarse—. ¿Estás…?
—Está bien —respondió el maestro Wangara—. Déjala.
Los pasos se detuvieron.
—Pero, Baba…
—Encárgate de supervisar el resto de los combates, Kinoro. Poneos en el próximo círculo.
Con un esfuerzo que hizo que se le anegasen los ojos de lágrimas, Misaki consiguió tomar aire.
Solo se había quedado sin aliento. Wangara tenía razón, estaría bien.
De todas formas, no se encontraba bien. Estaba aterrada, creía que era insuficiente.
Pelear, o incluso perder, jamás la había hecho sentir así.
Hasta entonces, entrenar con la espada había sido una experiencia de dicha absoluta.
Su talento natural y el tener acceso a las enseñanzas de su padre hacían que estuviese automáticamente por encima del noventa por ciento de los contendientes a los que se enfrentaba.
Y, si perdía una pelea de vez en cuando, si Kazu atinaba a darle un golpe por casualidad o si cualquier chico la tumbaba, en fin, ¿qué más daba?
Era una chica, así que nadie creía que su valor dependiera de su destreza con la espada.
No era más que una afición: si lo hacía bien, era un gusto, pero si no, no tenía importancia.
Pero si uno de esos tropiezos suponía la diferencia entre si Robin vivía o moría…
esa idea no le transmitía ninguna clase de alegría. Solo dolor.
Mientras estaba ahí tumbada, con la vista clavada en el techo del gimnasio, unos pasos más lentos se acercaron y vio al maestro Wangara encima de ella.
—No lo has disfrutado —afirmó él sin más.
Misaki se quedó un segundo en silencio. Seguía concentrada en respirar hondo.
—¿D-debería haberlo hecho? —gruñó por fin.
—Muchos luchadores se dejan llevar por la emoción de intentar asestarle un golpe a Kinoro. Otros disfrutan de hacerlo rabiar; sin embargo, cada momento de ese combate te ha resultado agotador. Para alguien con tanta destreza, pareces aborrecer pelear.
—Prefiero ganar.
—Igual que muchos koronu —declaró—. No obstante, la mayoría no son tan idiotas como para desafiar a mi hijo a un combate singular.
Misaki se quedó inmóvil y respiró poco a poco.
—Levanta.
Misaki lo intentó, pero al carecer del apoyo de la fuerza que la impulsaba a combatir en los músculos, fue incapaz. Le dolía todo el cuerpo.
El maestro Wangara le tendió la mano con un suspiro y le lanzó una llamarada. Misaki soltó un grito y se puso en pie de un salto justo a tiempo para evitar quemarse.
—No te he visto nunca por aquí —dijo el maestro—. ¿Quién eres?
—Tsu… Misaki Tsusano —contestó tras recordar que debía presentarse al estilo yammanka: primero el nombre, después el apellido—. Soy una estudiante de primero en Caliza Cuatro.
—Tsusano —repitió el maestro Wangara con un asentimiento de complicidad—. Ya veo. ¿He de suponer que no tienes ningún hermano?
Era una buena suposición. Eso explicaría por qué una chica había acabado entrenando en espada con su padre, aunque ese no era su caso.
—Tengo tres —contestó con un deje de orgullo—, pero ninguno tan hábil como yo.
—Además, estás aquí —declaró el hombre—, lo cual quiere decir que tus padres no son gente completamente tradicional.
—Son bastante tradicionales —respondió Misaki—. Siguen pensando casarme en cuanto termine mis estudios aquí. —Hacía un par de meses, esa idea no le habría dado un doloroso y extraño tirón en el pecho. ¿Por qué de pronto se le venía a la mente la cara de Robin?
—Qué curioso. —El maestro se cruzó de brazos.
—¿Ah, sí, Koroba?
—Simplemente me pregunto por qué necesitaría una futura ama de casa ser buena luchadora —dijo.
—Puede que me resulte divertido, Koroba —respondió ella con el ceño fruncido.
—Ah, estoy seguro de que es cierto, pero hoy no has venido por diversión. Has venido por necesidad.
—¿Cómo lo…? —Misaki lo miró, sorprendida.
—Hoy has venido aquí con un propósito. Lo vi en tu rostro. Debe ser algo muy importante para ti como para retar a mi hijo, de entre todos los estudiantes.
—Puede que solo sea una estúpida con un ego descomunal.
—Si hubieses entrado en ese círculo para saciar tu ego, el comportamiento que estás mostrando sería mucho peor —respondió Wangara con seguridad—. Hay pocas cosas peores que un ego herido. Querías comprobar si de verdad dabas la talla y deseabas mejorar.
Misaki asintió.
—La espada por sí sola es hermosa, pero me gusta ver a un estudiante con un sentido de propósito.
—El maestro Wangara estudió a Misaki durante un instante, y ella se puso nerviosa por si le pedía que le explicase por qué había acudido al entrenamiento.
No podía decirle de dónde venía su propósito.
No podía hablarle sobre el Pájaro de Fuego; de todos modos, él no insistió.
En su lugar, dijo—: Tengo algo de tiempo este suradon, al décimo waati.
—¿Disculpe? —Misaki levantó la vista de golpe.
—Intentaré buscarte un oponente que tenga más o menos el mismo tamaño y la misma fuerza que tú. Hasta entonces, me temo que tendrás que conformarte con Kinoro.
—¿Está…? —De repente, Misaki se sintió más mareada que cada vez que el chico la había tumbado—. ¿Está ofreciéndome entrenar con usted?
—No te lo estoy ofreciendo, Tsusano. Insisto en que lo hagas.
—P-pero… —Luchadores más hábiles que Misaki habían competido con saña por el privilegio de entrenar con Makan Wangara—. Pero usted no entrena a alumnos de primero —contestó, perpleja.
—Entreno a estudiantes que me necesitan.
—Él metió un dedo del pie debajo del bokken de Misaki, que estaba en el suelo, y se lo lanzó a la mano—.
La gran mayoría de los alumnos de primero no tienen experiencia suficiente como para beneficiarse de mis enseñanzas, como tampoco de las de Kinoro o de las de cualquier otro oponente con menos experiencia.
Si quieres llegar mucho más lejos de lo que te ha enseñado tu padre, me necesitas.
—Wangara Kama, n-no sé qué decir. Se lo…
—¿Conoces las katas Tsusano-ryuu?
—Sí, Koroba —contestó, aunque llevaba mucho tiempo sin practicarlas—, todas salvo las variantes de la Hoja de las Tormentas.
—Bien. —Le lanzó el bokken con una velocidad pasmosa para un hombre de su edad y pareció complacido cuando lo atrapó—. Practícalas. Prepárate para enseñármelas el suradon y ni se te ocurra atajar. Las conozco.
—¿Necesita que lleve algo, Koroba? —Misaki se aferró al bokken y se percató de que estaba sonriendo.
—Nada, salvo esa sonrisa.
—¿Cómo?
—Si quieres convertirte en una espadachina excepcional, tendrás que luchar con un propósito y a la vez disfrutar de la pelea. Ahora, si me disculpas, voy a supervisar unos cuantos combates más.
—El suradon, al décimo waati —dijo tras asentir para asegurarse de que no se lo había imaginado—. Las katas Tsusano-ryuu.
—Y una sonrisa —contestó Wangara, y se alejó para arbitrar la próxima pelea.