6 El pasado #8
—Antes de que entres al círculo, eso me suscita la siguiente pregunta: ¿eres consciente de a quién estás retando?
—Sí, Koroba.
—Bien. —Wangara indicó a su hijo con la cabeza que entrase en el círculo, pero Kinoro titubeó. Su mirada fue de su padre a Misaki, y luego volvió a su padre.
—¿Está seguro, Baba? —preguntó.
—Sí —contestó el espadachín sin más—. Poneos en posición.
—¿Y tú? ¿Lo estás? —le preguntó a Misaki, aún reticente.
Kinoro Wangara tenía dieciséis, era dos años mayor que Misaki, con una piel oscura típica sizwea y un amasijo de trenzas negras que se apartaba de la cara con una goma de pelo para pelear. Tenía una constitución de gato montés, con extremidades largas y finas, pero recubiertas de músculo.
—No seas descortés, Kinoro —lo reprendió el maestro Wangara—. Ha dicho que quiere pelear, así que muéstrale un poco de respeto a la chica.
Kinoro se dio por vencido, entró al círculo y Misaki se puso en posición frente a él.
Los estudiantes que los rodeaban gritaron y aplaudieron.
Esas personas, que no provenían de Kaigen, tenían la irritante costumbre de dar alaridos, estampar los pies en el suelo y hacer todo tipo de ruidos molestos cuando dos combatientes estaban peleando.
Por lo que a ellos respectaba, los estaban ayudando.
Tenían esa extraña noción de que los vítores y cánticos podían dar fuerzas a alguien.
Por lo visto, la mayor parte del trabajo de un jaseli yammanka consistía en perseguir a los koronu, ponerlos en un pedestal y cantar sus logros.
Misaki nunca había entendido cómo se suponía que una canción iba a darle fuerzas a nadie.
Una persona nacía con poder, y este moraba en las profundidades silentes de su alma.
La fuerza de un linaje no era motivo para cantar, sino algo que quien la albergaba sabía que tenía y que los demás presenciaban.
Los jaseliwu no solían seguir a los koronu kaigeneses.
El poder real no precisaba palabras, ya que hablaba por sí solo.
Hizo una reverencia por inercia: puso las manos a los costados y empuñó el bokken con un agarre invertido contra el brazo derecho.
La reverencia no era parte del ritual de combate de allí, pero no parecía apropiado comenzar de otra forma.
Kinoro se la devolvió con soltura como habría hecho cualquier otro espadachín kaigenés, y Misaki recordó que los Wangara eran famosos por entrenar por todo el mundo en distintos estilos de combate, desde Sizwe, hasta Ranga y Biladugu.
Lo más seguro era que ese chico ya hubiese entrenado con otros kaigeneses como ella.
Conocería sus trucos, pero Misaki no estaba familiarizada con los suyos.
—Poneos en posición —indicó el maestro Wangara.
A medida que Misaki levantaba el bokken en una guardia media para adoptar la posición inicial estándar que le había enseñado su padre, Kinoro adoptó una extraña postura gatuna que no reconoció.
Soltó poco a poco el aire e intentó verlo como a un delincuente.
Tenía que impedir que le hiciese daño a Robin. Tenía que…
—¡Luchad!
Kinoro salió despedido hacia adelante como si lo hubiesen disparado con un cañón. Su bokken se deslizó por el torso de Misaki antes de que ella pudiese elevarlo para defenderse.
—¡Cinco puntos para Kinoro! —exclamó el maestro Wangara.
Y fin del combate, pensó Misaki con una sensación nauseabunda en el estómago que no tenía nada que ver con la espada de entrenamiento con la que acababan de golpearle la zona.
No obstante, como estaban usando reglas tajaka, la lucha continuó.
Misaki trató de devolverle el favor y de pasarle el bokken por el cuello a Kinoro, pero él se alejó de un salto con tanta rapidez que para cuando dio un tajo con el arma, Kinoro ya estaba fuera de su alcance.
Misaki estaba en proceso de darle la vuelta a la espada para hacer un segundo corte cuando Kinoro volvió a golpearla, esa vez en la pierna.
—¡Un punto para Kinoro!
El hijo del maestro espadachín superaba físicamente a Misaki en todos los aspectos: tamaño, fuerza, velocidad, flexibilidad, y lo más exasperante de todo era que ni siquiera le hacía falta.
Su destreza era tan superior a la de ella que lo más probable era que pudiese vapulearla aun con cualquier desventaja física.
Cada finta estaba planteada a la perfección para hacerla trastabillar, cada estocada era impecablemente certera.
A veces, su juego de pies era tan complejo que parecía teletransportarse de un lado al otro de Misaki.
En cuanto pensaba que le había asestado un corte, Kinoro desaparecía de golpe, solo para volver a aparecer medio instante después y ganar un punto cuando ella hacía un corte amplio y dejaba el torso al descubierto.
Kinoro no la golpeó con fuerza; sin embargo, cada tajo que le dio con el bokken la hizo estremecerse.
Los estudiantes que estaban a los laterales no dejaban de dar pisotones y de gritar con tanta fuerza que Misaki casi no podía pensar, y él era tan rápido…
No, pensó cuando él atravesó su guardia en un abrir y cerrar de ojos para darle en el hombro.
No es solo velocidad. Es previsión. Kinoro Wangara se movía con una precisión impecable, anticipaba cada uno de sus movimientos y atacaba en la fracción de dinma que era vulnerable.
Simplemente tenía que ser menos predecible, engañarlo.
La próxima vez que avanzó, dio el mismo tajo decisivo hacia su cuello que ya había intentado varias veces.
Él lo esquivó tal y como Misaki sabía que haría: apartándose lo suficiente como para no estar al alcance de sus golpes, aunque se quedó lo bastante cerca como para poder impulsarse con fuerza con la pierna de atrás y así poder atacar.
Sin embargo, en vez de enfrentarse a él cuando salió disparado hacia adelante, dio un giro y dejó que la velocidad del movimiento la impulsase a hacer otro corte hacia abajo, en la misma dirección que el primero.
Un Kinoro desconcertado evitó inexplicablemente un golpe en la cabeza cambiando de dirección a medio paso.
Dio un manotazo cuando el bokken de Misaki se enredó en una de sus trenzas y un rugido de admiración se elevó a los lados del círculo.
Al parecer, el mero hecho de haber estado a punto de anotarse un tanto contra Kinoro era motivo de celebración suficiente.
Pero no para Misaki. Tenía que hacerlo mejor.
A ella nunca le había costado aprender, pero por lo visto, ese Kinoro Wangara aprendía incluso más rápido.
La segunda vez que trató de hacer una finta para dar un giro, él se agachó, respondió con otro e hizo un barrido con la pierna para tumbar a Misaki.
Sintió el impulso de agacharse y rodar, pero, de algún modo, Kinoro le sujetó el tobillo con los dedos de los pies y se lo impidió.
Misaki aterrizó con los antebrazos con una fuerza descomunal; no se partió la nariz contra el suelo de cristal jonjo de milagro.
—¡Dos puntos para Kinoro! —exclamó el maestro Wangara cuando el bokken del tajaka le tocó la nuca a Misaki y permaneció ahí.
—Ríndete —dijo Kinoro.
Misaki quería hacerlo. Se había quedado dolorosamente sin aliento y tenía los brazos magullados por los golpes.
Pero Robin volvería a ponerse en pie. Robin no dejaría de luchar, y Misaki tenía que estar ahí para protegerlo.
Apoyó la mano izquierda contra el suelo y apretó los dientes.
Y después asestó un golpe al bokken de Kinoro con el suyo para apartárselo del cuello.
Los demás estudiantes animaron y vitorearon cuando se puso en pie de forma tambaleante, pero Kinoro no tardó en volver a tumbarla.
Esa vez, aterrizó de espaldas y vio las estrellas cuando el bokken de Kinoro le rozó la garganta.
Tuvo que pestañear con fuerza para enfocar la cara oscura del tajaka que tenía sobre ella.
En su defensa, hay que admitir que él no se estaba regodeando en absoluto.
Ni siquiera ella misma era tan amable con los combatientes inferiores.
—Has peleado bien —afirmó, y sus ojos negros se suavizaron con una simpatía que Misaki no necesitaba—. Te has ganado mi respeto.
Yo no quiero tu respeto, pensó ella con amargura. ¡Quiero hacerlo mejor!
—¿Te rindes? —Misaki apretó la mandíbula. Todavía no había conseguido propinarle un golpe. Kinoro echó un vistazo a su padre—. ¿Baba, puede dar por terminado…?
Misaki blandió el bokken con todas sus fuerzas y este se estampó contra el tobillo descubierto de Kinoro con un fuerte chasquido.
—¡Auch! —chilló Kinoro. El dolor repentino le hizo aflojar el agarre del bokken y Misaki se lo arrebató de la mano. Dio una voltereta hacia atrás y se quedó en cuclillas con las dos armas—. ¿A qué ha venido eso? —exclamó Kinoro mientras se sujetaba el tobillo.
—Punto para la nueva —se mofó el maestro Wangara.
—¡Baba! —Kinoro miró a su padre, traicionado, y se cabreó. Era difícil discernir si estaba más molesto con Misaki o con su padre, aunque era bueno que se enfadase. Puede que así fuese más descuidado. Se giró hacia Misaki y la señaló—: Ahora sí que vas a saber lo que es bueno.
Por lo general, Misaki disfrutaba de chinchar a un contrincante. Se había echado unas buenas risas dándole puñetazos a Robin y haciendo que Kazu se cayese de bruces, pero en ese momento no tenía ganas de sonreír.
Cuando Kinoro, en ese momento desarmado, se retorció para ponerse en guardia, Misaki sopesó sus opciones.
Un luchador honorable le devolvería el arma al tajaka, pero ella ya se había librado del honor al darle el golpe en el tobillo.
En la calle a nadie le importaban las reglas para combatir; si quería lograr lo que pretendía, entonces no podía permitirse ser cortés.