La espada de Kaigen 6 El pasado #7
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6 El pasado #7

La siguiente parada de Misaki ese día era el gimnasio principal.

Llevaba rehuyendo los entrenamientos avanzados de espada desde que llegó a la Academia del Alba.

Asistió a un par de lecciones para novatos a principios de año por diversión, pero nunca había sentido que tuviese que unirse a los estudiantes más serios.

Por muy bien que se le diese, nunca se había tomado en serio pelear con espada.

¿Cómo iba a hacerlo? Era una chica. Pero esa mañana se sumó a los estudiantes avanzados bajo la cúpula del cristal del gimnasio.

El instructor de espada de la Academia del Alba, Makan Wangara, solía delegar la supervisión del entrenamiento de los novatos a su hijo Kinoro o a otro de sus estudiantes más avezados, aunque el curtido y viejo koro siempre vigilaba las prácticas avanzadas.

Ese día estaba de pie sobre las gradas, mirando a los estudiantes desde arriba a medida que iban entrando.

Cualquiera podía asistir al entrenamiento avanzado, aunque Wangara era famoso por echar a los estudiantes al grupo de los novatos si veía que estaban demasiado verdes.

Misaki confiaba en que podría seguirle el ritmo al grupo, ya que algunos de sus integrantes solo llevaban los tres o cuatro años que habían estado en la Academia del Alba entrenando con la espada.

Aunque sí que se sintió terriblemente diminuta cuando todos se irguieron en busca de una pareja con la que ejercitarse.

Era bajita para su edad, y todos esos estudiantes le sacaban dos o cuatro años.

Una chica biladuguka de piel morena se apiadó de Misaki y le ofreció ponerse con ella. Parecía tener unos quince, estaba en su segundo o tercer año.

—Me llamo Azar Tarore. —La chica se presentó al estilo yammanka, le sostuvo la mano a la jijaka y le posó un beso en los nudillos.

—Vale. —Misaki le devolvió el gesto y le dio un beso con torpeza en los nudillos a Tarore; luego le soltó la mano con tanta rapidez como pudo sin ser descortés.

No se había acostumbrado a la cantidad de toqueteo que se traían los tajakalu, y no estaba segura de poder hacerlo algún día.

Por extraño que fuera, a ella no le molestaba el calor, pero sabía que su piel fría los incomodaba y eso siempre la hacía sentir insegura…

aunque a Robin no parecía importarle. Recobró la compostura y le devolvió la sonrisa a la chica—.

Me llamo Misaki Tsusano. Encantada de conocerte, koro Tarore.

—Azar a secas, por favor —contestó la chica cuando fueron a escoger unas espadas de entrenamiento de la caja.

Los bokken de allí no eran de madera como los que había empuñado Misaki en casa.

En su lugar, estaban hechos de una especie de material sintético que no se prendería fuego en manos de un tajaka demasiado entusiasta.

En Carytha había pocas cosas de madera además de los árboles.

La población del país era más de un cuarenta por ciento tajaka, lo que convertía la madera en un material de construcción muy poco práctico.

El maestro Wangara gritó el nombre de un ejercicio que Misaki no entendió y el resto de los luchadores comenzaron a moverse y a entrechocar los bokken sintéticos. A pesar de su experiencia, Misaki no estaba acostumbrada a la terminología y a los métodos de entrenamiento yammanka.

—¿Alguna vez has hecho este ejercicio? —preguntó Azar con paciencia.

—No —contestó Misaki mientras observaba con atención cómo la pareja de estudiantes que tenían al lado hacía los movimientos una, dos y tres veces.

— Awa, yo puedo guiarte.

—No te preocupes. —Los ojos de Misaki siguieron al otro par de estudiantes mientras ejecutaban la secuencia por cuarta vez—. Ya lo tengo.

—¿Qué…?

—Ya lo tengo. Por favor, ven a por mí, koro Azar.

La primera vez que Azar arremetió lo hizo con mucha suavidad, como si temiese que Misaki se fuera a romper si le atizaba demasiado fuerte. Misaki estaba acostumbrada, pero Azar fue ganando velocidad y fuerza en cuanto la vio en acción.

—¿De dónde eres? —preguntó Azar cuando el maestro Wangara les indicó que descansaran.

—De Shirojima, en Kaigen.

—¿Y por qué no te he visto en los entrenamientos hasta ahora?

—Yo… eh… —Misaki se encogió de hombros, en realidad no tenía ganas de explicarlo.

Otras chicas de la Academia del Alba reaccionaban con asco a la idea de crecer para convertirse en ama de casa.

A una parte profunda e inquieta de Misaki le aliviaba estar en un sitio donde su agresividad se viese como algo normal y no como una excepción.

Y otra igual de profunda sentía la necesidad de defender su cultura de aquellos extranjeros que era evidente que no la entendían.

—¿Quién te entrenó? —preguntó Azar.

—Mi padre.

—Vaya. ¿Es militar?

—No. —Era comprensible. En la mayor parte de los países, los luchadores más diestros siempre se unían al ejército. El Imperio kaigenés solía reclutar sobre todo en las provincias principales y dejaba a las casas koro de Shirojima y de otras provincias armarse y entrenar por su cuenta.

Estaba claro que Azar tenía más preguntas, pero el maestro Wangara les indicó que volviesen a formar filas.

El segundo ejercicio era más difícil, y Misaki notó cómo se reavivaba.

La chica era lo bastante buena para mantenerla ocupada, aunque sus posturas eran un tanto cerradas y tenía los hombros demasiado tensos.

Por supuesto, Misaki no se lo dijo. Azar era estudiante de un curso superior, así que no resultaría apropiado.

En cuanto pasaron a tareas más exigentes, Azar comenzó a percatarse de la destreza de Misaki.

—¡Bendito Falleke! —exclamó—. ¡Nunca he visto a nadie cambiar de postura con tanta rapidez!

—Soy bajita. —Misaki hizo caso omiso al cumplido—. Tengo el centro de gravedad bajo.

A diferencia de algunos koronu, la reacción instintiva de Azar al percatarse de sus habilidades no fue ponerse a la defensiva e intentar competir con ella. Parecía entusiasmada.

—Para la próxima deberías ponerte con Kinoro o con algún estudiante de cuarto —comentó cuando el maestro Wangara dio por terminada la tarea—, con alguien más acorde a tu nivel.

Misaki había echado un par de vistazos a Kinoro Wangara durante la práctica y sabía que Azar estaba siendo generosa al sugerir que Misaki podía llegarle a la suela de los zapatos. Eso, o no entendía la diferencia entre un luchador competente y un prodigio.

Después de otro descanso corto, el maestro hizo que los estudiantes se reuniesen en torno a uno de los círculos de combate que estaban delimitados por el suelo del gimnasio.

—¿Y ahora qué? —susurró Misaki a Azar.

—¿No lo sabes? Los entrenamientos avanzados siempre terminan con combates. Todo el mundo pelea por lo menos una vez.

—Ah —respondió Misaki, sorprendida—. Qué divertido.

—A veces —contestó Azar, poniendo una mueca—. Aunque otras da miedo.

El maestro Wangara dio un par de palmadas para captar la atención del grupo y las conversaciones se acallaron.

—Suficiente descanso por ahora, chicos. —El espadachín nunca levantaba la voz, no le hacía falta. Era la clase de persona a la que todo el mundo escuchaba—. Es hora de pelear.

—¿Quiere que haga de árbitro del segundo círculo, Baba? —se ofreció Kinoro.

—No. Empezaré arbitrando yo —contestó el maestro—, y en cuanto a los combatientes… —Se frotó las manos y se giró para echar una ojeada a los estudiantes que rodeaban el círculo—. Tú. —Señaló a Misaki, que se irguió con sorpresa—. La nueva. ¿Conoces los combates por puntos?

Misaki hizo una mueca para sus adentros. Conocía el estilo de puntuación internacional en las peleas con espada; sin embargo, no tenía muy buena opinión de él.

A los takajalu parecían gustarles las peleas largas y deprimentes que llevaban a ambos combatientes al límite físico y les ofrecían un montón de oportunidades para ser creativos y lucirse.

En los combates con espada, eso se manifestaba a través de un ridículo sistema de puntos que permitía a ambos contrincantes con espadas de entrenamiento alargar el combate bastante más que si estuviesen en una lucha con espadas de verdad, donde habrían muerto.

La primera estocada que habría sido mortal valía cinco puntos.

Las siguientes a partir de ahí, dos, mientras que cualquier golpe que hubiese hecho sangre sin ser letal valía solo uno.

El árbitro se limitaba a decir los puntos en voz alta nada más verlos, sin descansos.

Aunque asestar ese primer golpe mortal de cinco puntos sí que era valioso, por desgracia era muy poco realista.

Misaki sospechaba que fue esa misma forma de ver el combate la que le había permitido a Robin autoengañarse al pensar que podría luchar contra media docena de delincuentes a la semana sin morir.

Cualquier espadachín de Shirojima que se preciase sabía que un luchador de verdad era aquel que podía acabar con su oponente en un solo corte.

Por otro lado, los combates por puntos podrían venirle bien a Misaki si pensaba recorrer el extremo norte de Livington cortando delincuentes sin asesinarlos…

—¿Y bien? —insistió el maestro Wangara, y Misaki se percató de que se había quedado mirándolo como una tonta durante un instante.

—S-sí, Koroba —contestó en voz baja—. Conozco los combates por puntos.

—Excelente. Como es tu primera vez aquí, puedes elegir primero.

—¿Cómo?

—Escoge a un contrincante de los aquí presentes.

Misaki echó un vistazo al grupo conforme sopesaba sus opciones; no conocía a nadie. Entonces, se armó de valor y echó los hombros hacia atrás antes de pronunciar el nombre de su oponente:

—Kinoro Wangara.

El gimnasio se quedó en silencio.

Fue descarado, arrogante y nada propio de Misaki, pero tenía que convertirse en algo más que ella misma si pensaba cumplir con su promesa. Un espadachín del montón no sería capaz de proteger a Robin.

El maestro Wangara la miró con un interés renovado cuando los murmullos se desataron entre los estudiantes.