6 El pasado #6
—Eso no me corresponde a mí —declaró a la vez que negaba con la cabeza—. El mundo no necesita a otro theonita poderoso intentando imponer su idea de justicia en una ciudad de adyns. No pienso convertirme en eso.
—¿Y qué me dices de salvarte el pellejo? —preguntó Misaki—. Si todo se reduce a tu vida o a la de tu enemigo…
—Encontraría la forma de pararle los pies sin matarlo.
—Pero si no pudieses —insistió—, si fuese demasiado fuerte, si no tuvieses alternativa, ¿entonces lo harías?
—No —contestó Robin sin vacilar—. Mira, los primeros luchadores contra el crimen de Livingston asesinaron gente, y todos ellos acabaron sufriendo una muerte prematura y violenta.
—Qué maravilla —respondió Misaki, haciendo uso de su recién descubierto sarcasmo carythio para enmascarar la angustia—. Es supertranquilizador.
—La cosa es que intentar apuñalar a un delincuente antes de que lo haga él no tiene por qué ser una buena estrategia.
—Esa es la estupidez más gorda que he oído en mi vida —replicó Misaki—, y hoy ya llevas unas cuantas. —Desconocía cómo funcionaban las cosas en las peleas callejeras de Livingston, pero todo espadachín sabía que asestar el primer golpe era crucial.
—Solo intento que las cosas mejoren.
—Eres un idiota.
—Mi hermano lleva diciéndome exactamente lo mismo desde que éramos pequeños. No he cambiado de opinión. —Robin se encogió de hombros.
Misaki se quedó mirándolo durante un momento mientras se mordía el interior del carrillo y una extraña clase de ira se alzaba dentro de ella.
Entonces, lo empujó.
El luchador, por lo general grácil, soltó un chillido poco digno y, durante un momento de terror, Misaki creyó que de verdad se iba a caer, que lo había matado, pero él se las apañó para mantenerse en el borde de la azotea por los pelos.
—¡Misaki! —Se volvió en su dirección y su temperatura aumentó por la furia—. ¿A qué se supone que ha venido eso?
—No lo sé… —Resultaba extraño lo tranquilizador que era ver el enfado en su rostro, saber que no quería morir—. Necesitaba asegurarme de que no hubieras perdido la cabeza.
—¿A ti qué demonios te pasa?
—No quiero que mueras.
—Misaki. —Robin negó con la cabeza—. No sé qué crees que estás haciendo, pero sé cuidarme solito.
—Ya lo sé —respondió ella—. Pero no estoy segura de si vas a hacerlo.
—Lo haré.
—¿Seguro? Vale, ¿cuántas veces podrías haber acabado con Yaotl Texca hoy antes de que te pusiese el machete contra el cuello? ¿Cuántas veces piensas arriesgar la vida para salvar a un delincuente que no se lo merece? ¿Durante cuánto más tiempo crees que puedes seguir así antes de que te maten?
—Si para hacer este trabajo he de asesinar, entonces debería estar muerto. Ya he visto a demasiados theonitas priorizar su vida en detrimento de la de los demás porque creían estar en lo cierto. No seré uno de ellos.
—¿Es que no lo entiendes? ¡Vas a morir!
—Entonces moriré de forma justa. —Estaba yendo hacia ella cuando su pierna herida cedió y se cayó.
—¡Robin! —Misaki se abalanzó hacia adelante y le sujetó la mano que él alargó hacia ella.
A sabiendas de que no pesaba lo suficiente como para sujetarlos a los dos, por mucho que adoptara una posición más estable, Misaki echó todo su peso hacia atrás.
Ambos se cayeron al suelo de cemento y Robin acabó encima de Misaki.
Paró la caída con las manos para evitar que su cuerpo se estrellase contra el de ella, pero Misaki se percató con una oleada de calor de que nunca habían estado tan cerca.
¡Alabado Nagi!, pensó, mareada. ¡Qué caliente está!
No emanaba un calor abrasador de esos que provocaban ampollas como las llamas azules de Mathaba.
Simplemente estaba… caliente. Soltó el aire y el calor produjo vapor al mezclarse con el frío de Misaki, que la envolvió en una nube.
Ella notó que se le ponía la cara como un tomate.
—¡Perdón! —chilló bien alto.
—Lo siento. —Robin se alejó de ella. Misaki se levantó con un jadeo y dio gracias por que él no tuviese unos sentidos tan desarrollados como los suyos.
De haber sido así, habría notado cómo le palpitaba el corazón por su indigno exterior.
Aunque, ahora que aguzaba el oído, a él también le latía bastante rápido.
¿Acaso él…? Bueno, acababa de sufrir una experiencia cercana a la muerte.
Lo más seguro era que se debiese a eso—. Gracias —dijo—. Yo…
—¡Ni se te ocurra volver a hacer algo así! —espetó Misaki, sorprendida por la emoción que traslucía su voz. Robin también parecía desconcertado, y la miró de hito en hito.
—¿El qué? —preguntó—. ¿Tirarme de un edificio?
—¡Darme un susto como ese! ¡Te dije que no te acercases tanto al borde, pedazo de bobo! ¡Te lo dije! —Fue cuando Misaki se quedó mirándolo fijamente, con las mejillas sonrosadas y hecha una furia, cuando su propósito comenzó a cobrar forma ante ella.
—Pero si la que me ha empujado has sido tú —respondió Robin, confuso.
—Porque tú me has provocado —replicó ella.
—¿Entonces por qué te cabreas tanto conmigo?
—¡Pues porque me gustas! —gritó Misaki sin pensar. En cuanto Robin abrió los ojos como platos, notó que se sonrojaba aún más, y seguro que la cara se le tiñó de un furioso tono de rosa.
—¿Que yo qué?
—Te… respeto —se corrigió, con las mejillas todavía ardiendo—. Respeto que no quieras matar, e intentaré ser más cautelosa con las dagas en el futuro, pero necesito que entiendas una cosa.
—¿Cuál?
—Si creo que tu vida corre peligro, mataré por ti.
—¿Qué? No quiero que hagas eso.
—Bueno, pues no es cosa tuya.
—No quiero que mates a nadie en esta ciudad.
—Entonces más te vale no estar en peligro mortal —dijo Misaki.
—¿Cómo?
—Es bien simple —explicó ella a la vez que se levantaba para mirarlo desde arriba—. Quieres mantener a salvo a tus queridos asesinos y camellos, pues entonces no dejes que te maten. Lo único que te pido es que sigas con vida. Puedes hacerlo, ¿verdad?
—Solo tú podrías convertir una oferta de ayuda en una amenaza —suspiró Robin, y se tapó la cara con una mano.
—Tú prométeme que prestarás más atención a tu vida.
—Esto es muy raro.
—¡Que me lo prometas!
—Vale, te prometo que haré lo que pueda.
A la mañana siguiente, Misaki se despertó temprano y fue a visitar a Koli Kuruma en la Torre sin Labrar. Los de primer año no solían tener un taller propio, pero, por lo general, tampoco sabían montar un ordenador o un proyector holográfico por su cuenta.
El tajaka estaba encorvado sobre la mesa y unas manos enormes revoloteaban como arañas por su trabajo. La mayoría de los numuwu no sabía qué hacer con la velocidad theonita, pero Koli la aprovechaba para que sus dedos trabajasen igual de rápido que su cerebro.
—¿Numu Kuruma? —dijo tras abrir la puerta—. Siento interrumpirte…
—Ya te he dicho que me llamases Koli a secas.
—Koli… —Parecía extraño emplear un tono informal con el herrero de una familia tan célebre—. Lo siento, pero he perdido una de las dagas que me diste.
—¿Sabes cuánto tiempo se pasaron mis colegas Koumbia forjándolas?
—Para ser un numu, a Koli no se le daba bien forjar armas, pero había ido construyendo una red tan amplia de artesanos que poco importaba.
Él hacía los diseños y externalizaba la metalistería a sus hermanos, primos y amigos, a cambio del complejo trabajo tecnológico que ninguno de ellos comprendía.
—Lo siento. ¿Se podría encargar una de repuesto?
—Esas dagas eran armas gemelas, Misaki. No se puede sustituir una por otra y esperar que sean iguales.
Artesanos, pensó Misaki con exasperación.
—Vale. Si es una molestia, entonces me llevaré un par distinto. Pagaré lo que sea con gusto…
—Mi familia tiene más dinero del que has visto en tu vida, princesa.
—Va-vale —contestó Misaki con vacilación. Conocía a Koli Kuruma desde hacía meses, pero su comportamiento seguía confundiéndola a todas horas.
—Soy consciente de que los koronu importantes creéis que hay que proteger y tratar a los numuwu con condescendencia, pero yo no trabajo por dinero.
Misaki no supo muy bien qué contestar. No sabía por qué se estaba dirigiendo a ella con un tono tan acusatorio; la mayor parte de los numuwu sí que dependían del apoyo koro para vivir.
La familia pudiente de Koli era uno de los pocos clanes numu del mundo que habían peleado y se habían ganado el derecho a dirigir una empresa propia, valorada en miles de millones de walla.
En Kaigen, no existía ningún precedente.
—Yo no he dicho nada de…
—Quiero que entiendas, Misaki, que os suministro armas a Robin, a Elleen y a ti porque quiero. Respétalo y no vuelvas a ofrecerme más dinero. Si necesitas más dagas, son tuyas.
—Eh… En realidad, quería hablarte de eso, Numu Ku… Koli. Estaba pensando en pasar de las dagas. Yo… —Hizo una pausa—. Quiero una espada. —Eso provocó que Koli se diese la vuelta en la silla y levantase las cejas—. ¿Qué? —preguntó Misaki, de pronto insegura ante su mirada de escrutinio.
—Nada. Solo que da la casualidad de que recuerdo que la primera vez que acudiste a mí en busca de armas te sugerí una espada. Y me contestaste algo bastante banal. ¿Cómo era? —Entornó los ojos—. ¿Las espadas son armas de hombres?
—¿Sabes qué? Olvídalo —contestó ella con el ceño fruncido—. Si no quieres ayudarme, ya me buscaré yo un arma. —Dio media vuelta para marcharse y estaba a punto de salir por la puerta cuando Koli volvió a hablar.
—¿Características?
Frenó en seco, con la mano apoyada contra el marco de la puerta.
—Nada fuera de lo común —decidió un instante después—. Solo necesito un arma que tenga más alcance que esas dagas, que se mantenga bien afilada para atravesar un par de cuerpos si la situación lo requiere.
—Madre mía. ¿Estás planeando un asesinato, princesa?
—Espero que no. —Se aferró al marco con más fuerza.