La espada de Kaigen 6 El pasado #5
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6 El pasado #5

Misaki había pasado más tiempo del que estaba dispuesta a admitir dándole vueltas al tema.

Sí, ya era amiga de Robin y de Elleen cuando los dos compañeros de orfanato decidieron que necesitaban a un tercer koro en el equipo.

Pero Robin por lo menos no iba corto de amigos, y muchos de ellos eran más fuertes que Misaki.

Nunca había conseguido entender por qué Robin y Elleen quisieron permitirle a ella formar parte de su mundo secreto.

Como Robin tardó un buen rato en contestar, Misaki se impacientó y vio que se le escapaban más palabras de los labios.

—Quiero decir, supongo que mis dotes de sanación te resultaron atractivas, dado lo mucho que te gusta mantener a tus enemigos con vida.

—Ellos no son mis enemigos —afirmó Robin—, y no tuvo nada que ver con tus dotes.

—¿Entonces con qué? —insistió Misaki.

—Te escogí justo por esto… porque vas a cuestionarme este tipo de cosas. Ves el mundo de una manera distinta a la mía y eso… —Apartó la vista de la mirada curiosa de Misaki, al parecer no estaba dispuesto a sostenérsela—. Para mí es importante.

—¿En serio? —Misaki ladeó la cabeza—. Te tenía por un tipo que querría trabajar con gente que compartiese la misma visión del mundo que tú. —¿Acaso no era eso lo que quería todo el mundo? ¿Una comunidad de mentes afines?

—Creo que eso sería un error —contestó él—. Si no, ¿quién me diría cuándo estoy cometiendo una estupidez?

—Elleen lo haría —afirmó Misaki—. Le encanta señalarte cuando te equivocas; además, los dos tenéis una personalidad completamente opuesta.

—Sí, aunque, de todos modos, los dos venimos del mismo sitio. En ese sentido, somos como hermanos. Hay muchas cosas que ninguno de los dos nos atreveríamos a cuestionar y que quizá deberíamos hacerlo. No podemos permitirnos esa clase de ignorancia.

—No creo que costase encontrar a alguien dispuesto a cuestionar lo que hacéis —contestó Misaki, divertida.

—Sí, pero… no a alguien como tú. Mucha gente discutiría conmigo solo para creerse superior, más inteligente o más noble. Tú no haces eso. Eres una buena persona.

La sorpresa la dejó sin palabras, seguida rápidamente por una incómoda punzada de culpa, y suspiró.

—Oye… siento haber atacado a Texca por la espalda, ¿vale? —dijo a regañadientes—. Tenías razón. No fue noble. —Su padre habría estado avergonzado. Se suponía que tenías que mirar a un contrincante a los ojos al darle muerte; todo el mundo lo sabía.

—Misaki, sinceramente, por mí como si atacas a alguien por la espalda, desde arriba o le lanzas una lluvia de proyectiles —dijo Robin, y volvió a sorprenderla—. Las peleas callejeras son siempre un caos y se hacen trampas a mansalva.

—Entonces —respondió Misaki, confusa—, ¿cuál es el problema?

—¿Es que no podías haberle apuntado a las rodillas? —preguntó Robin con un suspiro de exasperación.

—La espalda es un objetivo más grande —respondió ella, a la defensiva—. Ya es difícil acertar con esas lanzas desde cualquier distancia. Mira, sé que preferirías no matar a nadie, pero si hay que elegir entre asesinar a un delincuente peligroso o dejarlo escapar…

—Pues lo dejamos escapar —terminó Robin con firmeza.

—Así que ¿te importa que no muera nadie, pero te da igual pelear limpio? —preguntó Misaki, desconcertada.

—Supongo que siempre he tenido un concepto infantil sobre una pelea limpia. —Robin se cruzó de brazos—. Para mí, una «pelea limpia» es aquella que deja el mundo más pulcro de lo que estaba, no más sangriento.

Misaki no pretendía reírse, parecía que Robin iba muy en serio, pero no pudo evitarlo.

—Eso no solo es infantil, memo. Es una locura. —Y, aun así, era tan tierno. Muy propio de Robin—. No tiene ninguna lógica.

—¿A qué te refieres?

—¿Y si dejas escapar a alguien como Yaotl Texca y resulta que no es solo un asesino puntual? ¿Y si es un asesino en serie, una persona desquiciada o alguien en proceso de llevar a cabo una vendetta ? ¿Y si dejar ir a esa persona pone a otras en peligro?

—Entonces, asumiré la responsabilidad —respondió con determinación—. No dormiré hasta haberlo atrapado.

—¿Y lo ves factible?

—Tiene que serlo.

—Robin… Pájaro de Fuego… la gente muere —dijo Misaki después de observar un instante a su amigo—. Por lo que he escuchado sobre este sitio, aquí muere gente a todas horas. ¿Por qué ese puñado de vidas significa tanto para ti?

—Porque nadie se preocupa por ellas.

—¿Alguna vez te preguntas si es porque no merecen la pena?

Robin se volvió hacia ella con brusquedad y le ardieron los ojos color carbón.

—Mira ahí abajo. —Señaló el par de manchas de sangre de la calzada donde Misaki había tumbado a los guardias de Texca—. ¿Sabes cómo han salido esos hombres de ese callejón?

—Has mandado un aviso de llamas. Sé que la policía no ha solicitado una ambulancia, pero he supuesto que alguien lo haría. —Aunque ahora que lo pensaba, no había escuchado ninguna sirena.

—Cerca de aquí, hay un waysis regido por adyns.

—¿Un waysis? —Misaki sabía que había escuchado el término en carythio, pero nunca había estado completamente segura de lo que significaba.

—Territorio neutral —explicó Robin—, un asilo reconocido por todas las grandes bandas. Atacar a alguien que se refugia en un waysis va en contra de la ley de la calle.

—No sabía que aquí tuvieseis códigos de honor —admitió Misaki.

—Ninguno reconocido por el gobierno. En esta zona de la ciudad, las potencias theonitas de las que depende el resto del mundo han oprimido o dejado a todos en la estacada, y, aun así, ellos no se rinden.

En su lugar, se han construido una vida y una cultura por sí mismos.

No son perfectas pero vale la pena protegerlas, aunque los gobernantes theonitas, los políticos y la policía hayan decidido lo contrario.

—Si la gente se estuviese esforzando de verdad, ¿cómo es posible que este sitio sea un desastre? —lo desafió Misaki—. ¿Cómo es que siguen siendo tan pobres e ignorantes?

—Bueno, ten en cuenta que la mitad del extremo norte está habitada por los baxarianos nativos. A ellos les iba de maravilla hasta que los colonos yammanka se presentaron y mataron a un tercio de la población, esclavizaron a otro y obligaron al restante a contraer matrimonios falleka.

—Ya. —Los jaseliwu de Ishihamna siempre le habían dicho a Misaki que los nativos de Abiria y de Carytha se habían sentido agradecidos de poder casarse en matrimonios mixtos con los yammankalu más poderosos.

Gracias a los baxarianos nativos que había conocido en Carytha, no tardó en descubrir que eso distaba mucho de la verdad.

Al parecer, no todo el mundo creía que una descendencia fuerte fuera una buena moneda de cambio para sacrificar su autonomía.

—Los adyns han salido incluso peor parados —prosiguió Robin—.

Vinieron aquí como esclavos para cultivar todas las tierras que los yammankalu les arrebataron a los nativos, pero cuando se emanciparon, no les concedieron ni una sola propiedad.

Al menos algunos baxarianos nativos pueden competir físicamente contra los kelenduguka, pero los adyns ni siquiera tienen eso.

Es fácil juzgar cuando tus padres te legan propiedades, un nombre importante y poderes increíbles.

—La voz de Robin se había acalorado—. ¿Cuán sencillo crees que es construir una vida de la nada?

—No te estás refiriendo solo a los adyns y a los carythios nativos —musitó Misaki—. También hablas de ti. —Al haber llegado a Carytha como refugiado y sin tener dónde caerse muerto, era lógico que se identificase con esa gente.

—¿Qué? —Robin parecía sorprendido—. No. Quiero decir… soy mucho más afortunado que la mayoría de quienes viven en el extremo norte. Sí, Elleen y yo fuimos refugiados en estos suburbios, pero no muchos huérfanos de Livingston tienen el poder suficiente como para entrar a una academia theonita.

—No son tus poderes los que te hacen especial —afirmó Misaki—, a ninguno de los dos.

Su padre siempre decía que había cosas que no se le podían enseñar a un guerrero: espíritu, valor y la capacidad de convertirse en algo más grande que sí mismo.

Robin no era como esos cientos de koronu que afirmaban ser valientes y abnegados.

Él sí que moriría para proteger al mendigo más mugriento de esos suburbios.

Era ridículo, era precioso, y eso hizo que una inquietud espantosa la desgarrase por dentro.

Era justo como había dicho Robin; las peleas callejeras eran siempre un caos y se hacían trampas a mansalva.

Él podía afirmar que las bandas del extremo norte se regían por un código de honor, pero Misaki estaba bastante segura de que no había códigos capaces de proteger a un chico honesto como él.

Se mareó ahí de pie al pensar en todas las formas en las que los monstruos de esos callejones podían aprovecharse de su bondad, en todo lo que podían hacerle…

No era cuestión de si Robin iba a morir o no.

Era cuestión de si moriría deprisa, con el espíritu intacto, o despacio, después de que todos los males de este mundo le hubiesen arrancado y aplastado todo ápice de optimismo.

Robin era un luchador fuerte, pero Misaki sabía mejor que cualquiera que bastaba con una sola aguja en el lugar adecuado para derrotar a un gigante.

Había algunas peleas que solo podían ganarse siendo más despiadado que tu oponente.

Un instante de duda o de docilidad contra un contrincante verdaderamente peligroso acabaría costándole la vida a Robin.

Esa luz se apagaría. Esa idea le causó un pánico desesperado e irreprimible.

—Pero sí que matarías —dijo, y lo enunció como una súplica, como una orden—, si de verdad te vieses obligado a hacerlo.

—No.

—¿Ni siquiera si se tratase de un asesino en serie? ¿O de un violador? ¿Y qué me dices de ese chamán que deja que sus enemigos sean pasto de las bestias salvajes?