La espada de Kaigen 6 El pasado #4
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6 El pasado #4

—Creo que… no deberías estar sentada aquí fuera —Misaki echó un vistazo a su alrededor, nerviosa—. Estamos en territorio de bandas, ¿no? Podría haber arqueros.

—Los arqueros no disparan a parques vacíos —dijo Elleen para restarle importancia—. Tú y yo podemos vernos, pero en lo que respecta a cualquier otra persona que esté en los edificios que nos rodean, aquí no hay nadie.

—Ah. —Misaki olvidó que Elleen no solo podía dar forma a la luz y convertirla en imágenes gracias a su memoria fotográfica, sino que también podía volver a la gente invisible desde algunos ángulos—.

Oye, no te preocupes por lo de antes —continuó—, no tienes nada de qué avergonzarte.

Esa ilusión ha sido impresionante. Los distrajo hasta que pude llegar hasta ti.

E incluso cuando perdió nitidez, estaban tan desorientados que para mí fue pan comido.

—Ya —espetó Elleen con el ceño fruncido mientras daba vueltas a un lazo de luz entre los dedos antes de dejar que se desvaneciese—. Justo con eso soñaba cuando era cría: con aguantar lo suficiente como para que una theonita de verdad me salvase el culo.

—Ell… Ala Blanca, ¿va todo bien? —Se suponía que todos tenían que usar sus nombres de luchadores contra el crimen cuando estaban de incógnito, por si algún fonyaka o sondatigi los escuchaba, pero, por lo visto, no fue lo más adecuado. Elleen soltó un suspiro y adoptó una expresión desdeñosa.

—¿Te das cuenta… de que todo el puñetero mundo que lucha contra el crimen y tiene mi complexión tiene que llevar la palabra «blanco» en su alias? Como si tuviesen que matizarlo, no es un luchador contra el crimen de verdad, es uno blanco.

—Ni me había fijado —dijo Misaki.

—Supongo que no debería sorprenderme. El periodista que me llamó Ala Blanca es el mismo pedazo de xuro que decidió que era la secuaz del Pájaro de Fuego.

Por lo general, Elleen era una persona estoica que soltaba réplicas mordaces a expensas del resto, pero que nunca revelaba mucho sobre sí misma. Lo ocurrido aquel día parecía haber arrancado la costra de una profunda inseguridad. Era la clase de herida sangrante que Misaki no sabía cómo detener.

Para cualquier otro littigi de catorce años, sobrevivir a una pelea contra theonitas puros habría sido un logro del que enorgullecerse, pero Elleen nunca parecía satisfecha con lo que podía hacer.

Los hadeanos no estaban hechos para competir físicamente con los tajakalu y los jijakalu.

Solo por el mero hecho de sobrevivir a una pelea tras otra, Elleen era extraordinaria.

—Si tienes que darme las gracias, entonces yo debería hacer lo mismo —indicó Misaki con la esperanza de levantarle el ánimo a la littigi—. Tú también me has salvado.

—Quería ser útil. —Elleen lanzó una mirada fulminante al suelo—. Estabas dispuesta a enfrentarte a ella tú sola.

Misaki no supo qué contestar. Venía de una cultura en la que a las mujeres se las consideraba frágiles.

Se estaba acostumbrando a Carytha, donde sí que había una raza entera de personas más frágiles que cualquier otro theonita.

Elleen tenía habilidades que muchas personas blancas nunca podrían soñar con poseer y, aun así, seguía en desventaja. Debía haber sido muy exasperante.

—Pues yo creo que tus ilusiones estaban bien…

—No seas condescendiente, princesa. —Por extraño que fuese, las palabras carecían del deje mordaz que deberían haber tenido. En vez de eso, Elleen sonaba triste.

—No pretendía serlo —insistió Misaki—. En serio, Elleen, yo…

—Me llamo Ala Blanca, Sombra —la interrumpió Elleen.

—Claro.

—Quédate y asegúrate de que el Pájaro de Fuego no se meta en más líos, ¿te parece? —Se bajó de la valla de un salto y se alisó el abrigo blanco con suavidad—. Voy a ir tirando para entrenar un poco antes de la cena.

—¿Y el Pájaro de Fuego? —preguntó Misaki.

Elleen levantó el brazo y Misaki siguió la dirección hacia la que apuntaba su dedo hasta una azotea con vistas al callejón en el que se habían enfrentado a los guardias de Texca. Estaba ahí de pie, en el borde del tejado, con los flecos del abrigo rojo ondeando al viento.

—Nos vemos mañana en clase —se despidió Elleen, y desapareció. El único indicio de vida fue el latido de su corazón alejándose poco a poco por un callejón cercano.

Al darse cuenta de que las ilusiones de Elleen ya no podían protegerla de los Pantera que vivían allí, Misaki se escabulló rápidamente en otro callejón. Acumuló agua en las manos y la usó para trepar por el muro de cemento para ir adonde estaba Robin.

Cuando se subió a la azotea, él seguía allí, de pie al borde del complejo de apartamentos, con la espalda vuelta hacia ella.

En cierto modo, Robin tenía unos sentidos impresionantes, pero su percepción del nyama en general seguía estando muy verde.

Si Misaki avanzaba sin hacer ruido, fijo que él se quedaría ahí plantado y sin percatarse del punto frío en forma de silueta humana que tenía detrás.

Permaneció inmóvil contra el cielo gris mientras el viento le revolvía el pelo negro y hacía ondear su capa detrás de él. Las distintas capas de la resistente tela roja se superpusieron en la parte trasera del abrigo que formaba el símbolo del Pájaro de Fuego que había diseñado Koli.

Misaki nunca había entendido por qué tenía que ser un pájaro.

Según el Ryuhon Falleya, los pájaros eran criaturas siniestras que auguraban disturbios, dolencias y destrucción.

En las leyendas de su niñez, cualquier humano que adoptase rasgos aviares era una clase de demonio.

Sin embargo, Robin le había explicado que para él era un orgullo escoger el pájaro como símbolo de su alter ego.

Por lo visto, para los hadeanos y los baxarianos nativos era una criatura que les daba fuerzas.

Dependiendo de la especie y de la tribu, podía simbolizar sabiduría, libertad o renacimiento.

Misaki supuso que, si Robin era un demonio, entonces se le daba bien mostrar fuerza y libertad con ese abrigo rojo.

Koli habló de hacerle un par de añadidos al abrigo del Pájaro de Fuego: fibras holográficas para que se mimetizase con la oscuridad, brillase o pareciese estar en llamas, aunque Misaki creyó que era una tontería.

Sí, a Robin podía venirle bien un abrigo con el que entrar en modo sigilo, pero él no necesitaba ayuda para brillar.

Misaki se irguió y se aclaró la garganta.

Robin ladeó la cabeza.

—Sombra.

—Pájaro de Fuego. —Se cruzó de brazos—. He venido a echarle un vistazo a tu pierna, pero como veo que estás ocupado comiéndote la cabeza, me largo. —Se dio la vuelta como si fuese a bajar por donde había subido.

—Mi pierna está bien —contestó Robin—. Me la he vendado a conciencia para que deje de sangrar por ahora y haré que alguien le eche un vistazo más tarde. Creo que no necesitaré que me la cures.

—¿Quién ha dicho nada de curártela? —preguntó Misaki a la vez que se daba la vuelta y se sacudía el pelo con indignación—. Solo quería recuperar mi daga.

Robin levantó el brazo. Una silueta plateada salió dando vueltas de su mano y trazó un arco. Misaki la atrapó por la empuñadura.

—Gracias. —Devolvió la daga a su vaina y luego soltó con más seriedad—: ¿Seguro que no necesitas que te haga una costra?

—Yo la noto bien. —Robin se encogió de hombros.

—Seguro que está fenomenal —contestó Misaki—, teniendo en cuenta que te fías de que vaya a sostenerte ahí de pie, al borde de la muerte.

—Se colocó a su lado para observar la distancia que había hasta el suelo—.

Eres consciente de que no eres un pájaro de verdad, ¿no?

Si te caes desde esta altura, bajarás en picado y la palmarás.

—No —respondió Robin poniendo los ojos en blanco y con una voz que rezumaba ese sarcasmo carythio al que Misaki se estaba acostumbrando—. No tenía ni idea.

La sangre seguía manchando el cemento debido a su pelea contra los guardias de Texca; sin embargo, los hombres no estaban por ninguna parte.

—Estaré bien —añadió—. Tenía que quedarme para asegurarme de que a esos hombres no les pasase nada.

—¿A quién le importa su bienestar? —espetó Misaki con impaciencia—. Son horribles.

—Solo son guardaespaldas contratados por Texca. Hasta donde sabemos, no han hecho otra cosa más que aceptar un trabajo del tipo equivocado.

—Le han sacado unos machetes a Elleen —respondió Misaki, indignada—, a una adolescente.

—Bueno, después de toparse contigo dudo de que vuelvan a cometer el mismo error. Te das cuenta de que esa es la idea, ¿no? No acabar con la gente de esta ciudad, sino hacer que cambien.

—Esos hombres no llevan ni una semana en esta ciudad. Son extranjeros.

—Igual que tú —contestó Robin—. Y lo mismo que yo cuando llegué. No podemos considerarnos luchadores contra el crimen si tenemos el mismo desprecio por la vida que los delincuentes contra los que peleamos.

—No creo que acabar con una persona horrible y hostil pueda considerarse despreciar la vida —contestó Misaki—.

La mayoría de los koronu dirían que es un deber.

—En todas las culturas guerreras, Kaigen, Yamma y Sizwe, matar en defensa propia o para defender a los inocentes se veía como un acto noble.

—Yo no soy como la mayoría de los koronu —replicó Robin—; además, no quiero discutir contigo sobre este tema. No tienes por qué justificar lo que hiciste. Lo entiendo. Es que no… quiero que me prometas que no intentarás acabar con nadie más en estas misiones, ¿vale?

—Sabes quién soy, ¿no? Soy una jijaka que proviene de una familia muy concreta, famosa por matar gente con espadas.

Si no querías acabar con tus enemigos, ¿por qué me reclutaste?

¿Por qué…? —Misaki hizo una pausa y frunció el ceño mientras se planteaba si debía formular la pregunta que llevaba carcomiéndole desde hacía dos meses—. ¿Por qué me elegiste?