La espada de Kaigen 6 El pasado #3
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6 El pasado #3

—Eso no nos da derecho a… —Robin dejó la frase en el aire y soltó un alarido de dolor. Cuando su amigo cedió, Misaki bajó la vista y vio su daga sobresaliéndole de la pantorrilla. Texca se había extraído el arma del hombro y la había usado para apuñalarle la pierna a Robin.

El malusiano se puso en pie con un torbellino de llamas blancas y naranjas.

Misaki tuvo que retroceder de un salto para evitar que la abrasase cuando el puño del hombre se le estampó en el pecho a Robin y lo mandó hacia atrás.

Robin tosió y adoptó una postura de combate; era evidente que le faltaba el aire, pero Texca no se quedó a luchar.

Cuando las llamas se extinguieron, dio media vuelta y salió corriendo. ¡Iba a escaparse!

Misaki echó la mano hacia atrás, extrajo la humedad para transformarla en una lanza de hielo, la golpeó con la palma y disparó a Texca por la espalda.

—¡No! —bramó Robin. Unas llamas salieron despedidas de sus manos, tan calientes que derritieron la fina lanza de un koyinu de Misaki e impidieron que llegase a su objetivo.

Texca dobló la esquina a toda velocidad y desapareció.

Misaki salió corriendo detrás de él, pero para cuando llegó allí, ya se había esfumado.

No había ni rastro de qué calle o callejón podía haber tomado.

Misaki habría trepado para poder observarlo todo desde arriba e intentar darle caza, aunque a juzgar por cómo huía, sabía que jamás lo alcanzaría.

Tal vez Robin lo habría conseguido si no le hubieran apuñalado la pierna como a un imbécil.

Se giró hacia él.

—¿Qué cojones ha sido eso?

—Nosotros no matamos —espetó con los dientes apretados mientras iba dando tumbos hasta el muro más cercano en busca de apoyo.

—Él habría acabado con nosotros —protestó Misaki—. Estaba a punto de liquidarte cuando…

—Y te lo agradezco —espetó Robin con firmeza, y luego repitió—: Nosotros no matamos.

Misaki quería replicarle, pero sabía que el final de una pelea no era el momento más adecuado para mantener una discusión fuerte. Era hora de zanjarlo todo cuanto antes y darse el piro.

Mientras Elleen esposaba a Silangwe y a Mathaba, Misaki sacó una cápsula que Koli Kuruma le había diseñado y la estrelló contra el suelo.

Al abrirse, una niebla química emanó de ella, de un verde tan brillante que Misaki podía seguirle la pista con facilidad conforme se extendía por el callejón y cubría la escena.

Apartó las nubes de niebla con su jiya cuando hizo falta para asegurarse de que el callejón entero estuviese impregnado.

Cuando terminó, se sacó una segunda cápsula y se apresuró a repetir el proceso en el área donde Silangwe había caído.

La solución química tenía dos objetivos: distorsionar las huellas que Robin, Elleen y ella pudieran haber dejado y hacer que la sangre fuese inservible en un análisis de ADN.

Era una de las formas que tenían de evitar que los cuerpos policiales o cualquier otra persona con un equipo de laboratorio descubrieran su identidad.

En cuanto Misaki acabó de extender las nubes de humo verde para abarcar los últimos restos de sangre recién caída en el suelo, una columna de fuego estalló en el callejón donde había dejado a Robin.

No pretendía distraerse, tampoco era como si hasta ese momento nunca hubiese visto la baliza de Pájaro de Fuego de Robin; no obstante, dejó caer las manos a los costados y se quedó mirándola fijamente, como si pudiese engullir el calor con los ojos.

Las llamas treparon hacia las nubes antes de dividirse en el par de alas que le habían otorgado su nombre al Pájaro de Fuego.

En ese momento, toda esa parte de Livingston supo lo que significaba la señal: los delincuentes ya estaban listos para que la policía fuese a recogerlos.

Por supuesto, el Pájaro de Fuego jamás abandonaba una escena y confiaba en que la policía fuese a arrestarlos sin problemas.

Había un sinfín de cosas que podían salir mal: un delincuente lo bastante fuerte podría recobrar la conciencia y herir a los policías, unos policías asustadizos podían hacerle daño a un prisionero inmovilizado, o un tercero podía intervenir y poner en peligro a todos ellos.

—Escondeos y vigilad esto, ¿vale? —le dijo Robin a Misaki cuando ella regresó al callejón—. Voy a ocuparme de los otros cuatro.

—Deberías dejar que te curase la pierna —contestó Misaki. Su daga aún le sobresalía de forma grotesca de la pantorrilla y la piel de un tono moreno claro había palidecido por el dolor.

—Ahora no —respondió Robin—. Ya has cubierto la escena de niebla. No quiero sacarme la daga y ponerme a sangrar más.

—Puedo evitar que tu sangre toque el suelo —aseguró Misaki—; además, tengo cápsulas de sobra…

—Ya nos preocuparemos de eso cuando volvamos a la residencia.

Y así, dio media vuelta y fue cojeando hacia los cuatro hombres que Misaki había noqueado, apoyándose en Elleen y sirviéndose de sus ilusiones para ocultarlos frente a miradas curiosas.

Misaki encontró un sitio estratégico escondido más arriba del tejado y se agachó para vigilar a Mathaba y a Silangwe.

En realidad, a ella le daba igual que la policía maltratase a los dos delincuentes o que los Pantera se acercasen sigilosamente para asesinarlos, pero a Robin no.

A Elleen no. Además, esa era su ciudad, no la de Misaki.

Poco después, la policía de Livingston apareció montada en los coches de patrulla de cristal jonjo para llevarse a Mathaba y a Silangwe.

Justo estaban cerrándoles las puertas a los delincuentes cuando la luz de un fuego les llamó la atención.

Robin había enviado una segunda señal que sobrevoló el lugar donde Misaki y Elleen habían combatido al principio; no eran las alas del Pájaro de Fuego que avisaban a las autoridades de que los delincuentes estaban listos para que los arrestasen, sino un tridente de llamas tajaka: una petición de atención médica universal.

En cuanto la mirada de los policías se dirigió hacia la señal, Misaki se apartó rápidamente del borde del tejado para que no la viesen.

Quizás esa cautela fuese innecesaria; al parecer, nadie se había percatado de una sombra acechante con el fulgor de las llamas de Robin. Esa era la idea.

—¿Crees que eso también es obra del Pájaro de Fuego? —preguntó un joven policía, claramente impresionado.

—Puede ser —contestó su superior en un tono no tan sorprendido—. De todas formas, no importa. No es más que un aviso para solicitar asistencia médica, no son las alas. No ha atrapado a Texca.

—¿Crees que deberíamos ir a echar un vistazo? ¿O mandar una ambulancia? Puede que alguien necesite ayuda.

—Puede que sí. No nos concierne.

—Pero…

—Estos kallaanas no dejan de asesinarse los unos a los otros —escupió un tercer policía—. Si mandásemos una ambulancia cada vez que pasa, la ciudad estaría en bancarrota. Ahora, métete en el coche helado, koroden. A no ser que quieras que te dejemos pasar la noche en territorio Pantera.

Eso pareció silenciar al muchacho. Se escuchó un tumulto de pies y el golpe sordo de una puerta al cerrarse.

Misaki se irguió para ver los coches de policía alejarse de la escena a toda velocidad, con las ruedas derrapando por la carretera mal asfaltada.

Incluso pese a estar en sus coches reforzados de cristal, daba la sensación de que los policías theonitas se morían de ganas por volver a su parte aún más oscura de la ciudad.

Cuando hubo terminado su labor, Misaki se dirigió al punto de encuentro que habían fijado Robin, Elleen y ella.

Robin no estaba por ninguna parte cuando llegó al callejón acordado, pero no tardó en ver la silueta brillante de Elleen Elden.

La chica desgarbada estaba sentada sobre una valla baja al borde de un parque que a Misaki le pareció el peor sitio del mundo para que jugase un crío.

El equipamiento de metal era afilado y estaba destrozado; los tajalaku habían deformado algunas partes que luego habían arrancado y derretido para crear armas.

La arena estaba plagada de flechas de algún tiroteo entre bandas.

Elleen brillaba, aparecía y desaparecía de la vista a medida que Misaki se acercaba. La littigi solía hacer eso: jugar con la luz, hacer que le recorriese el cuerpo y convertirse en una especie de espejismo.

En la escuela primaria, a Misaki le habían contado que el pelo y los ojos claros de los hadeanos indicaban que eran una clase de humanos más primitiva, más cercana a los perros y a los monos con los que compartían color.

Estaba empezando a darse cuenta de que le habían dicho una sarta de disparates.

La verdad innegable era que Elleen era preciosa, de una forma áspera y dolorosa.

La gente de aquí siempre tachaba a los kaigeneses de Shirojima de rígidos, pero esa chica hadeana poseía una clase distinta de rigidez.

Había llegado a Carytha de pequeña, como refugiada, igual que Robin.

No solía mencionar lo que había visto en su tierra natal antes de eso, y cuando lo hacía solo era para decir que las calles de Livingston le parecían el paraíso.

Fuera lo que fuere, aquello la había endurecido.

Aunque el pelo rubio y los ojos claros de Elleen resultasen un tanto aterradores, quizá porque en realidad lo eran, a Misaki le parecían hermosos.

Había decidido que, si Elleen estaba emparentada con algún animal, sería con uno digno y peligroso, como un leopardo o un halcón.

—¿Qué quieres, Sombra? —Elleen tenía un acento peculiar y de lo más elocuente que al parecer provenía de su tierra natal, Hades.

Sabía hablar lindés como cualquier otro carythio, pero había conservado el acento de su pueblo a propósito.

Unos ojos castaño claro se volvieron para mirar a Misaki—.

Supongo que esperas que te dé las gracias.

Es lo justo. —A pesar de la voz serena, Misaki podía ver que su amiga estaba abatida—. Gracias por salvarme.