La espada de Kaigen 6 El pasado #2
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6 El pasado #2

Misaki acumuló más agua bajo los zapatos y la convirtió en nieve.

No mucha, solo la suficiente como para mitigar un poco el impacto en las rodillas y en los tobillos al aterrizar.

En cuanto golpeó el suelo, dio una voltereta para no desacelerar, se puso en pie y siguió corriendo.

Un par de saltos propulsados por jiya después, con la nieve para amortiguar las caídas y el hielo para pegarse a las paredes cuando fuese necesario, y Misaki alcanzó a Elleen.

—Ahí estás, Sombra —jadeó la littigi mientras corrían—. Justo a tiempo.

Era evidente que Elleen estaba agotada, pero teniendo en cuenta lo débiles que eran muchos de los suyos, a Misaki le parecía impresionante que la chica blanca pudiese correr tan rápido en unas distancias tan amplias.

Las piernas largas y la determinación parecían compensar la blandura de los músculos a medida que las dos esprintaban por el último edificio hacia el humo.

El Pájaro de Fuego frenaba los delitos menores si se daba la ocasión, pero solo daba caza a los asesinos.

Esos tres contrabandistas malusianos: Yaotl Texca, Mecatl Silangwe y Kolonka Mathaba, habían asolado las casas de algunos de sus competidores abirios durante las semanas precedentes y habían asesinado a dos personas entretanto.

Los hombres a los que Misaki y Elleen se habían enfrentado eran refuerzos contratados por Texca, un puñado de inmigrantes malusianos desgraciados que solo necesitaban un trabajo. Los asesinos estaban más adelante.

Misaki y Elleen se dirigieron hacia la acción a toda velocidad, dejando atrás a un malusiano inconsciente, despatarrado sobre el cemento entre restos de botellas rotas y otros desperdicios.

—¿Ese cuál era? —preguntó Misaki, que solo se dignó a echar un vistazo a la silueta desmayada.

—Silangwe —contestó Elleen; su memoria fotográfica siempre acertaba al identificar un rostro.

Se escuchaba el latido de tres corazones al doblar la esquina, tres puntos calientes que ardían contra el aire frío. Texca y Mathaba, dos buenos combatientes, seguían peleando.

—¿Lista, Sombra?

—Solo si tú lo estás.

Las dos chicas doblaron la esquina a toda velocidad y Kolonka Mathaba se giró de sopetón para enfrentarse a ellas a la vez que su trenza larga le azotaba el hombro, con las manos envueltas en fuego.

Más allá, Robin estaba enzarzado en una pelea contra el infame Yaotl Texca, pero Misaki y Elleen no podían preocuparse por él en ese momento.

Su preocupación más acuciante era la amenaza de las llamas de Mathaba, blancoazuladas en lugar de naranjas, mucho más ardientes que el fuego de un tajaka normal y que Misaki era incapaz de extinguir.

No fue hasta que la mano de Elleen dio un tirón a la capa de Misaki cuando esta se percató de que había sido lo bastante imprudente y atolondrada como para avanzar y disponerse a abalanzarse sobre la tajaka.

—A mi señal —dijo Elleen, y solo ella era capaz de mantener una voz tan serena al estar frente a unas llamas bastante calientes como para derretirle la carne de los huesos.

Detrás de ella, Misaki notó cómo la littigi, agotada, inspiraba profundamente y se concentraba—.

Lista… —Elleen obligó a Misaki a dar un paso atrás a medida que Mathaba se acercaba a ellas, y entonces le colocó la palma entre las escápulas—. ¡Ahora! —Y la empujó.

Misaki salió disparada hacia adelante. Cuando lo hizo, media docena de Misakis salieron de ella con un estallido; eran ilusiones ondulantes, todas con la misma capa azul y negra, moviéndose con su agilidad característica.

Las Misakis holográficas de Elleen se desperdigaron por todas direcciones y, por un momento, confundieron a Mathaba, pero la tajaka no era una necia.

Barrió un amplio arco con el brazo y liberó un látigo de llamas azules que atravesó el círculo de hologramas.

Era una manera eficaz de discernir cuál de las encapuchadas de negro era real. En cuanto Misaki se agachó para evitar las llamas, se distinguió de los espejismos a los que, por supuesto, no les afectó el calor.

A fin de cuentas, los espejismos solo le habían concedido un dinma, pero su padre siempre decía que un gran guerrero sabía aprovechar hasta la ventaja más nimia.

Para cuando los ojos de Mathaba se centraron en la Misaki real, ella ya había atravesado la guardia de la takaja.

Envuelta en el vertiginoso calor del aura de Mathaba, Misaki dio un tajo hacia arriba.

El machete no hizo un corte tan limpio como el de una katana, que le habría cercenado el brazo a la mujer con facilidad, aunque sí que le infligió un daño nada desdeñable.

Mathaba chilló y las llamas se extinguieron a la vez que un reguero de sangre ardiente le salía disparado del brazo.

Misaki se hizo a un lado para evitar el golpe del otro brazo de la mujer y le asestó un puñetazo en la sien con los nudillos recubiertos de hielo.

Se lo estampó con fuerza, pero el taya de Mathaba era tan caliente que debilitó el hielo de Misaki e hizo perder fuerza al ataque.

La mujer alta trastabilló y se quedó aturdida, pero no se desmayó.

Las llamas arremetieron contra Misaki y le rozaron la mano, obligándola a soltar el machete.

Misaki se apartó, desenvainó la daga y se la puso delante mientras la sujetaba con la mano izquierda.

Dobló la mano derecha, que le escocía, en un puño y se la colocó contra la cadera a medida que volvía a cubrirse los nudillos con más hielo.

El fuego azul había cobrado vida otra vez alrededor de Mathaba y expulsaba unas oleadas intensas de calor, pero Misaki no tenía miedo.

Si acaso, el calor hizo que su sangre saltase de emoción, como el agua al hervir.

Lo único que tenía que hacer era abrirle otra herida con la daga y conseguir que su taya volviese a flaquear, y, después, atacaría con hielo.

Sería fácil, satisfactorio. Misaki esbozó una sonrisa de oreja a oreja, lista para luchar, lista para…

¡Pum!

Un bloque de cemento, tan grande que Elleen apenas había sido capaz de levantarlo, se partió en varios trozos en la cabeza de la tajaka.

Kolonka Mathaba se balanceó conforme una nube de polvo de roca le bajaba por el pelo y se precipitaba por sus hombros.

Dio un paso adelante… y se desplomó, inconsciente.

—Vaya… —Misaki bajó la daga mientras Elleen se sacudía las manos—. Muchas…

—Ayuda al Pájaro de Fuego —contestó Elleen.

Cuando Misaki dirigió la vista hacia Robin, vio que Yaotl Texca lo tenía contra el suelo.

Jamás había visto que tumbasen a Robin en una batalla, y eso hizo que una sacudida de pánico le recorriese el cuerpo.

Apenas podía culpar a su amigo, llevaba persiguiendo y luchando por turnos contra esos tres theonitas adultos desde que había dejado a Elleen y a Misaki distrayendo a los secuaces.

Por lo general, Robin podía dar esquinazo a sus oponentes gracias a su velocidad y a lo bien que conocía las calles del extremo norte, pero era evidente que estaba flaqueando, le temblaban las manos cuando intentó alejarse el machete de Texca del cuello.

Misaki atacó sin pensárselo dos veces. Para una joven jijaka como ella, enfrentarse a un tajaka mayor con un nyama que podía sobrepasar al suyo y quemarla no era lo más inteligente, pero Misaki había descubierto que podía sofocar temporalmente las llamas de un oponente con una ráfaga helada.

El impacto fue doloroso. Ella y el tajaka descomunal rodaron la una sobre el otro y se rasparon los hombros y los codos contra el asfalto.

Texca le agarró la capa mientras giraban; lo más seguro era que pensase que con su tamaño no le costaría inmovilizarla, pero Misaki fue un paso por delante.

Aprovechó la velocidad restante para pasarse al tajaka por encima de la cadera, tumbarlo y sentarse a horcajadas sobre él con la daga levantada para atacar.

Casi sin escuchar el grito de protesta de Robin, dirigió la daga hacia el pecho de su víctima, pero Texca era rápido. Le golpeó el brazo al bajar y desvió la puñalada. La daga se le clavó en la parte superior del brazo, en vez de en el corazón.

Misaki ya tenía los nudillos recubiertos de hielo.

Le dio un puñetazo a Texca con todas sus fuerzas, una, dos y tres veces.

Al cuarto impacto, el hielo se hizo añicos; no obstante, el tajaka seguía consciente.

Hizo amago de estamparle el pulpejo de las manos contra las sienes, pero en cuanto las echó hacia atrás, dejó una apertura.

Texca se irguió de golpe mientras la sangre le bajaba por la nariz y la boca, y la sujetó por la garganta.

Su mano descomunal y abrasadora le rodeó el cuello entero.

Lo más probable era que pudiese partírselo sin mucho esfuerzo, pero ella se lo impidió.

El agua le descendió por los nudillos a toda velocidad hasta llegar a las yemas de los dedos y empezó a arañar a Texca; con una mano le dio un zarpazo en la cara y con la otra le cortó el dorso de la mano con la que le sujetaba la garganta.

Gritó y le soltó el cuello a Misaki para taparse la cara.

El jiya de Misaki actuó por instinto, las garras de su mano derecha se juntaron en una lanza de hielo larga que le abarcaba los cinco dedos. Echó la lanza hacia atrás, a sabiendas de que esa vez, cegado por la sangre y el dolor, Texca sería incapaz de detenerla…

Un brazo le rodeó los hombros y tiró de ella. El hielo le rozó el cuello a Texca, pero no se le clavó cuando la alejaron de su presa. Se resistió, pero Robin la sujetó con una determinación exasperante y se interpuso entre Texca y ella.

—¡No lo hagas! —Robin la asió por los hombros y, maldita sea, cuando estaba desesperado era muy fuerte —. ¡No lo hagas, por favor!

—¿Qué haces? —exigió saber Misaki, frustrada.

—Ya lo has tumbado. No es necesario.

—No está inconsciente —se quejó Misaki, intentando zafarse de Robin, aunque estuvo a punto de hacer caso a sus impulsos y desatar su hielo contra él—. ¡Es peligroso!