La espada de Kaigen 6 El pasado
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6 El pasado

T susano Misaki se irguió, jadeando. No estaba temblando. No exactamente. Más bien, vibraba.

—¡Lo hemos conseguido! —Se volvió hacia la silueta encapuchada al fondo del callejón. Nunca se había sentido tan viva—. ¡Lo hemos conseguido!

—Tú lo has conseguido. —Elleen Elden se bajó la capucha para dejar caer el pelo rubio a medida que unos inquietantes ojos castaño claro observaban el amasijo de theonitas inconscientes que sangraban—. Yo simplemente les he tendido la trampa.

La littigi tenía un puñal frente a sí, aunque no le había hecho falta.

En cuanto la ilusión se disipó, Misaki se había abalanzado y había tumbado a los cuatro hombres antes de que cualquiera de ellos se percatase de la sombra que recorría sus filas.

Elleen distaba mucho de ser una chica delicada, pero un ceño fruncido le arrugó las facciones al contemplar el trabajo de Misaki.

—Lo siento —se disculpó—. No debería haberme permitido titilar. —Elleen solía hacer eso, referirse a sus ilusiones como si estuviese hablando de sí misma—. Es que… cuando han desenfundado los machetes, me he desconcentrado. Siento que hayas tenido que intervenir.

—Pues yo no lo siento —contestó Misaki conforme una sonrisa demente le iluminaba la cara.

—Podríamos haberlos retenido aquí y evitar que nadie saliera herido. —Elleen frunció aún más el ceño—. Si hubiese mantenido la compostura…

Un estrépito resonó por la calle que estaba al final del callejón y las chicas levantaron la vista al cielo. Por ahora no había señal del Pájaro de Fuego. Robin seguía peleando.

—Voy para allá. —Misaki pasó por encima del hombre inconsciente que tenía más cerca e hizo amago de salir a la calle, pero Elleen le agarró el brazo—.

¿Qué pasa? —preguntó Misaki. Las débiles manos hadeanas de Elleen eran incapaces de ejercer mucha presión, pero la tensión de su agarre sugería que debía ser firme.

—¿Y si estos hombres se desangran antes de que vengan a ayudarlos?

—Ah. —Misaki se giró para echar un vistazo a sus víctimas, desperdigadas por la calzada mugrienta—.

Estoy segura de que no va a pasar… —Dejó la frase en el aire a medida que percibió la sangre que fluía libremente y se dio cuenta a regañadientes de que Elleen tenía razón.

Algunos de los cortes habían sido más profundos de lo que pretendía.

¿Por qué los cuerpos humanos eran tan blandos?

¿No se suponía que los tajakalu eran fuertes?

Quizás esos contrabandistas malusianos fueran así de débiles por ser de sangre mixta—.

Vale. —Misaki se zafó de Elleen—. Me aseguraré de que no mueran.

—Voy a unirme a la pelea —anunció—. Estoy segura de que irás pisándome los talones.

—Si no llego antes.

—Ja, ja. —Elleen envainó el puñal, se subió la capucha blanca para esconderse el pelo y salió a toda prisa del callejón.

A Misaki le importaba un comino si esos luchadores vivían o no, pero pensó en lo mucho que se cabrearía Robin si descubriese que alguien había muerto durante una de sus misiones, así que curó a cada tajaka a conciencia.

Hasta reparó en los cortes pequeños, coaguló toda sangre que vio escaparse de sus cuerpos.

A dos les sangraba la cabeza por culpa de los puñetazos revestidos de hielo que les había propinado.

Al tercero lo había mutilado a base de bien, le había hecho un corte en uno de los brazos que casi llegaba hasta el hueso. Necesitaría que lo operasen.

Mientras trabajaba en las heridas pequeñas del último hombre, este se despertó y gruñó.

La mano de Misaki voló hacia su daga, pero era evidente que el malusiano estaba demasiado aturdido como para suponer una amenaza.

Además, le había hecho un buen tajo en la pantorrilla.

Pasaría tiempo hasta que pudiese andar, y aún más luchar, de nuevo.

La miró pestañeando, pero no consiguió discernir su rostro.

Koli había diseñado sus trajes de combate de forma meticulosa; incluso con la capucha bajada y el pelo al descubierto, la máscara oscura que llevaba pegada al rostro le ocultaba las facciones.

—¿Q-qué…? —empezó a decir el hombre, pero una mueca de dolor lo interrumpió al intentar mover la pierna herida.

—Tienes mucha suerte.

—¿Por qué? —preguntó, por lo visto seguía medio inconsciente.

—El Pájaro de Fuego no quiere que mueras.

—¿El Pájaro… Ciego? —murmuró. Sin duda, estaba medio inconsciente.

—El Pájaro de Fuego —repitió Misaki secamente—. Si quieres seguir con vida en esta parte de Livingston, recordarás ese nombre.

Cuando terminó de curarle la pierna, Misaki se levantó y echó un vistazo a su alrededor en busca del cuchillo que había perdido durante la refriega.

Al no llevar más que una sola daga koumbia atada a la cadera, sentía que le faltaba algo, pero no conseguía dar con la otra.

¿Puede que uno de los malusianos se hubiese caído encima?

—Tú… —El hombre volvió a moverse e hizo amago de levantarse.

—Quédate ahí —ordenó Misaki—. El imbécil de tu jefe te ha metido en territorio Pantera. Si sales arrastrándote a campo abierto, acabarás con una flecha en el cuello. Quédate aquí calladito y el Pájaro de Fuego se asegurará de que se ocupen de ti. Yo que tú me haría el muerto.

—¿Que me haga el muerto?

—Sí. Y no vuelvas a aceptar un trabajo de Yaotl Texca.

Tras decidir que la daga era un caso perdido, Misaki se puso la capucha y salió disparada hacia la pelea de verdad, atajó y se metió en el siguiente callejón. Bastante tiempo había perdido ya con los inútiles de los secuaces de Texca cuando Robin y Elleen podían estar necesitándola.

Un grupo de adyns sintecho gritaron sorprendidos cuando fue hacia ellos a toda velocidad.

Qué inoportuno. Estaban taponando el callejón y tardaría demasiado en dar un rodeo.

En vez de eso, se dirigió hacia ellos corriendo a más no poder y giró en el último segundo para avanzar por la pared de cemento.

Al quinto paso de subida, se impulsó con las dos piernas.

Unas moléculas de agua se precipitaron hacia sus manos y pies.

Chocó con la pared opuesta conforme el hielo se formaba y se quedó ahí pegada.

Los adyns intercambiaron gritos de sorpresa.

No todos los días verían a una extranjera diminuta pegarse a una pared como si fuese una lagartija.

Misaki trepó mientras ellos la miraban boquiabiertos.

Mantuvo el agua bien adherida a las manos y a los talones, fue derritiéndola cada vez que necesitaba levantar la mano o el pie y luego volvió a congelarla contra el edificio.

Iba más lenta de lo que le habría gustado con la técnica de escalada que acababa de inventar, pero en cuanto fue tomándole el ritmo: pie derecho, mano derecha, pie izquierdo, mano izquierda, no tardó en llegar a lo alto del edificio.

Misaki se subió al tejado plano de cemento y echó una ojeada al área que la rodeaba.

En lo alto de los suburbios del extremo norte el viento le azotó la capucha y la capa, e hizo que flotasen a su alrededor.

Un estallido de humo a un par de bloques de distancia reveló la ubicación de Robin, y ahí estaba Elleen, una mancha brillante con su abrigo blanco, corriendo hacia la acción.

Misaki podía alcanzarla sin despeinarse.

El latido de un corazón humano captó su atención y se volvió para ver a un adyn de pelo rubio salir por la puerta del tejado.

Sujetaba una ballesta y un fajín amarillo de los Pantera le rodeaba la cintura.

— Shimatta —maldijo en voz baja en el dialecto de Shirojima.

—¡Oye! —exclamó el hombre—. ¿A ti qué se te ha perdido por aquí? ¡Esto es territorio de los Pantera!

Levantó la ballesta, pero como la mayoría de los adyns, era lento. Misaki le lanzó agua y la transformó en hielo con un fuerte golpe de jiya.

El hombre chilló en cuanto el hielo le congeló el virote y la ballesta en la mano.

—¡Intrusos! Intr…

El siguiente pegote de agua le acertó en la boca, se congeló y le cerró el pico.

—Lo siento. —Misaki se acercó al adyn y lo puso contra la puerta, haciendo caso omiso del puñetazo que le asestó en la cara.

Se había dado cuenta de que un golpe de un adyn adulto equivalía más o menos al de un crío de catorce años: frustrante, pero, a fin de cuentas, inofensivo.

Sus propios hermanos pequeños ya soltaban puñetazos más fuertes que ese hombre antes de aprender a hablar.

Tras haberse magullado los nudillos de forma espantosa al golpearle el pómulo a Misaki, el adyn alargó la mano hacia el machete que llevaba en el cinturón.

Ella le sujetó la mano libre antes de que alcanzase el arma.

—Lo siento —repitió a la vez que empuñaba el machete y lo sacaba de la pobre excusa que tenía por vaina—. Me lo llevo prestado.

Alejarse del hombre fue un alivio, ya que el olor de no haberse aseado era más ofensivo que los nudillos que le había estampado en la cara.

Hizo un giro con el machete para probarlo y puso una mueca.

Tenía un equilibrio espantoso, pero el alcance extra sería un cambio favorable respecto a las dagas.

—No estamos aquí para traspasar vuestro territorio —indicó al adyn con la esperanza de que un hombre de aspecto tan mundano fuese incapaz de distinguir su acento kaigenés—. Nos esfumaremos en cuanto hayamos acabado con los intrusos malusianos.

Después de dejar al Pantera aturdido ahí de pie, Misaki fue corriendo hasta el borde del tejado y saltó.

No era la más hábil, pero había descubierto que podía duplicar su distancia de salto habitual si acumulaba hielo bajo los pies y lo lanzaba con un estallido de jiya a propulsión.

El viento rugió a su alrededor durante un glorioso momento mientras volaba, antes de que el cemento de la próxima azotea se precipitase para recibirla.