5 La forja #4
Respetó la petición de Hayase, mantuvo los templos Falleya en pie, incorporó los preceptos del Falleya a su reinado e incluso él mismo acabó convirtiéndose en un falleka devoto.
Bajo las nuevas leyes kamaya, nombró a los Kotetsu numu de la familia Matsuda, y unió a sus dos casas por medio de la lealtad y del respeto mutuos hasta los confines de los tiempos.
—¿Y qué pasó con el chico Yukino? —preguntó Kwang—. ¿Le perdonó la vida así, sin más?
—No solo eso, también lo dejó regresar al castillo ancestral de los Yukino y gobernarlo.
Se casó con la hija mayor de Yukino Izumi, Mitsuki, para garantizar una paz duradera entre sus casas.
Tu instructor de espada, Yukino Dai, es descendiente de Yukino Hayase, igual que Matsuda Mamoru y su familia lo son de Matsuda Takeru.
Ambas familias han coexistido en esta región desde hace mil años, con alguna que otra tensión, pero siempre con respeto.
Pues fueron nuestros ancestros: los Matsuda, los Yukino y los Kotetsu, quienes establecieron el primer estado Ryuhon Falleya de Shirojima.
—Guau —espetó Kwang—. ¿Y la Espada Susurrante se ha ido transmitiendo a todos los descendientes de Matsuda Takeru desde entonces?
—Takeru les legó la Espada Susurrante a sus hijos, que a su vez se la transmitieron a sus hijos.
—Asintió la abuela Kotetsu—. Desde esa época, los hijos de la familia Matsuda hacen de aprendices de los herreros Kotetsu con la esperanza de que las habilidades con el acero los encaminen a la creación de una Espada Susurrante.
—Pero… un momento —interpuso Kwang—. Según el Falleya, ¿no es un poco raro que los koronu como los Matsuda sean aprendices de unos numuwu?
—La Espada Susurrante es la fuerza sagrada que unió a Takayubi —contestó Kotetsu Kama—.
A fin de preservar la técnica ancestral de los Matsuda, hacemos esa única excepción.
Sin la combinación de las artes numu y koro, la técnica desaparecería.
Matsuda Takeru era esa clase de genio que solo aparece una vez por milenio.
Las personas capaces de replicar su técnica suelen ser una por generación.
—Espera. Entonces, ¿hay Matsuda que pueden usar la Espada Susurrante y otros que no? —preguntó Kwang tras girarse hacia Mamoru.
—La gran mayoría nunca llega a dominarla —contestó Kotestu Kama, y le ahorró a Mamoru la respuesta—, aunque el destino de todo Matsuda es pasarse la vida intentándolo.
Ya ha habido generaciones débiles en el pasado, y eso conllevó que la gente temiese que la técnica desaparecería del mundo.
En esta generación, tenemos la suerte de contar al menos con una Espada Susurrante.
—Le dedicó una sonrisa a su aprendiz que Mamoru fue incapaz de devolverle—. Estamos seguros.
La mayoría de los días, Mamoru también lo estaba. Pero en ese momento, no. En ese momento se sentía como un cascarón quebradizo, incapaz de hacer nada, hueco por dentro.
«La luna y el océano no temen el cambio».
—Así que ¿Matsuda Takeru acabó adoptando los ideales del asesino de su padre? —preguntó Mamoru en voz baja.
Los tres numuwu adultos lo miraron desconcertados.
—Bueno… sí —respondió Kotetsu Kama—. Ya conoces la historia.
—Era muy fuerte —murmuró Mamoru—. La sangre de los dioses corría por sus venas y… ¿se rindió así sin más ante unas ideas extranjeras?
—Tuvo la sabiduría para ver que el Falleya era el camino a seguir —contestó Kotetsu Kama, y su voz grave, que por lo general a Mamoru le resultaba tan tranquilizadora, lo puso de los nervios—.
Aunque fue el Falleya lo que acabó con su familia, también fue lo que hizo que se apiadasen de los Kotetsu de quienes dependía, y fue el Ryuhon Falleya, del que fue el pionero, lo que ha convertido a esta región en una tan fuerte desde entonces.
—Pero ¿cómo lo supo? —Mamoru se miró los nudillos con el ceño fruncido—. ¿Cómo pudo estar tan seguro? ¿Cómo es posible que alguien estuviese tan seguro de una decisión que marcó el futuro de miles de personas? ¿Cómo?
—¿Estás bien, Mamoru-dono? —preguntó el numu con suavidad.
Mamoru no estaba bien. Volvía a estar abrumado, con el jiya agitado por el calor.
—¿Cómo pudo abandonar todo lo que conocía, el legado de su familia, en favor de una nueva religión?
—Takeru aprendió los mandamientos de las dos religiones cuando creció. Estudió ambas con la misma diligencia con la que estudió la espada. Y, como líder, tenía que tomar una decisión. —Kotetsu se detuvo—. ¿Seguro que estás bien? A tu jiya parece pasarle algo…
—Kotetsu Kama. —Mamoru levantó la vista con frialdad—. Háblame sobre la obsidiana yammanka.
—¿Cómo? —preguntó Kotetsu, desconcertado.
—Háblame de los tipos de cristal yammanka más duros —pidió—. ¿Existen artesanos kaigeneses que sepan fabricarlos?
—Pues claro —respondió Kotetsu—. Hoy en día se producen muchos intercambios comerciales y culturales entre Kaigen y Yamma, y hay muchos kaigeneses que trabajan el cristal jonjo.
—¿Y el cristal zizalen no?
—Por supuesto que no —se rio Kotetsu—. La producción de ese material es una técnica ancestral, al igual que nuestro plegado del acero y tu Espada Susurrante. Sus secretos están reservados únicamente a la familia Zizalen.
—Ah. —Mamoru no se había dado cuenta—. Así que ¿el ejército kaigenés nunca ha creado nada con cristal zizalen?
—No —contestó Kotetsu—, aunque mi primo me ha contado que el Imperio ha estado importando muchas balas yammanka, así que es posible…
—¿Y qué hay de cosas más grandes? —preguntó Mamoru—. ¿Alguna vez Kaigen ha tenido máquinas hechas de cristal zizalen, como tanques o aviones?
—Que yo sepa, no —respondió Kotetsu—. Los Zizalen fabrican máquinas para que las manejen los tajakalu, no los jijakalu.
Sería absurdo importar esa clase de equipamiento.
Además, como es lógico, Kaigen no dispone de ningún artesano capaz de crear cristal zizalen.
Creo que un herrero kaigenés tendría que casarse con una senkuli Zizalen para ser partícipe de esos secretos.
E incluso entonces, podrían estar guardados a muy buen recaudo.
Es posible que solo quienes porten sangre Zizalen puedan aprenderlos, así que ¿quizás un hijo de un matrimonio mixto pudiese descubrirlos?
—¿Y qué theonita que se precie querría mancillar así su sangre? —Tamami emitió un chasquido de desaprobación con la lengua.
—No lo sé —contestó Kotetsu, encogiéndose de hombros—. Si alguna vez llegase a ver una katana de cristal zizalen, puede que esa impureza mereciera la pena.
—¿Cree que eso sería posible? —preguntó Kwang, y Mamoru fue incapaz de descifrar si eso lo entusiasmaba o si solo pretendía que dejasen de hablar de los aviones.
—Sé que en el pasado se han fabricado espadas de cristal zizalen —anunció Kotetsu.
—¿En serio?
—Son de lo más inusuales —declaró—. Hay menos de cien en todo el mundo.
Después de que Kwang hubiese formulado una decena más de preguntas sobre forjar espadas y que la esposa Kotetsu se quedase satisfecha con que los chicos hubiesen comido hasta reventar, el herrero acompañó a Mamoru y a Kwang hasta la salida de la aldea numu y los mandó de vuelta a casa.
Mamoru le hizo una reverencia a su maestro por inercia y le deseó las buenas noches.
En cuanto Kwang y él empezaron a subir por la montaña, esperó que el norteño le soltase alguna variante de «Te lo dije». Estaba preparado, pero Kwang no se relamió, tan solo se limitó a seguir en silencio a Mamoru por el camino que llevaba a la aldea occidental.
—¿Vas a estar bien? —preguntó cuando por fin habló.
—Sí —contestó Mamoru con una voz que no era áspera ni irritada, sino hueca.
Anduvieron en silencio durante un rato. A Kwang no le hizo falta que Mamoru lo guiase. El amanecer se había deslizado por el cielo e iluminó el camino que tenían por delante.
—¿Qué tal está tu brazo, Kwang-san?
—Chul-hee.
—¿Cómo?
—Llámame Chul-hee —indicó—. Nos hemos despeñado por una montaña juntos. Podemos tutearnos, ¿no?
Mamoru no se volvió para mirar al otro chico.
—Si eso es lo que quieres.
—Por cierto, gracias por presentarme a tus amigos numu. Han sido majos.
—Me alegro de que te hayan caído bien —contestó Mamoru—, aunque siento que hayas tenido que aguantar esa lección de historia.
—No pasa nada —dijo Kwang—, me gusta escuchar. Además, vuestra historia es de lo más interesante.
Si es que es historia en realidad , pensó Mamoru. Si Hibiki Sensei podía estar equivocado sobre el pasado de Takayubi, entonces la abuela Kotetsu también. Cualquiera podía estarlo.
—Bueno, pues… —Kwang debió sentir la pesadumbre en el nyama de Mamoru, porque cambió de tema—. Mola mucho lo que dijo el numu Kotetsu sobre las armas de cristal zizalen, ¿verdad? ¡No tenía ni idea de que los Zizalen forjasen espadas!
—Ni yo —contestó Mamoru—. Supongo que los artesanos del mundo comparten cosas que a los koronu no siempre nos conciernen.
—¿Crees que una katana de cristal zizalen sería aún más fuerte que tu Espada Susurrante mágica?
—Yo no puedo crear una Espada Susurrante —respondió Mamoru— y, de todos modos, lo más probable es que no vaya a darse la oportunidad para demostrarlo. Kotetsu Kama ha dicho que hay menos de cien espadas zizalen en el mundo.
Los dos chicos se separaron poco después.
—Buenas noches, Chul-hee-kun. —Probó a despedirse Mamoru para comprobar qué sensación tendría su lengua al usar el tono informal. Le pareció raro hasta que Kwang se volvió y le dedicó una sonrisa cargada de una gratitud y de un afecto que no se había ganado.
—Buenas noches, Mamoru-kun.
Mamoru no tenía forma de saber que se había pasado toda la vida con una espada de cristal zizalen al alcance de la mano.
Escondieron la espada negra bajo las tablillas del suelo de la cocina de los Matsuda poco después de que naciese, y allí había permanecido intacta desde entonces.
Era un arma ligera, apenas más grande que un wakizashi tradicional, pero había visto más combates que cualquier katana del dojo Matsuda.
Como era lógico, Mamoru no tenía forma de saberlo.
Al fin y al cabo, su madre no hablaba del pasado.