5 La forja #3
»Pero por aquel entonces, el patriarca de los Matsuda rechazó abiertamente el Falleya, llegando hasta el extremo de enviar a sus hombres a decapitar a los misioneros y a los conversos por las calles.
Como represalia, un ejército Falleya encabezado por lord Yukino Izumi asedió el castillo Matsuda, y lo arrasaron hasta los cimientos.
A los Matsuda que no murieron en la contienda, los quemaron vivos en el incendio…
a todos salvo a uno. El hijo más joven del lord, Matsuda Takeru, de quien el padre de este chico recibe su nombre.
—Señaló con la cabeza a Mamoru—. A medida que las llamas se alzaban por el cuarto donde dormía, su madre lo envolvió en un abrazo de agua y hielo.
El fuego consumió la madera, la carne y el hueso a su alrededor, pero el amor de ella lo protegió.
Cuando amaneció al día siguiente, la mujer estaba muerta, por fin había sucumbido al calor y al humo, pero en sus brazos, el bebé Takeru había sobrevivido.
Mamoru estaba inmóvil, con las manos irritadas apoyadas sobre el regazo.
Ya había escuchado la historia de Matsuda Takeru decenas de veces.
De pequeño, la destrucción del castillo Matsuda hizo que se le saltasen las lágrimas.
En ese momento, tuvo que mirarse los nudillos ensangrentados y preguntarse si acaso esa historia sería cierta. Nunca se había sentido tan vacío.
—El ejército Falleya de Yukino Izumi hizo lo posible por acabar con cada koro con el que se topó en el castillo y en las casas vecinas —prosiguió la abuela—, pero se apiadó de la familia de herreros Kotetsu que vivía allí y mantuvo sus valiosas forjas intactas.
Pues, según el Falleya, ejercer la violencia contra un artesano es un pecado.
Kwang asintió. Al haber vivido en Yamma, lo entendía.
—Fue un miembro de los Kotetsu, un hombre llamado Kenzou, quien se abrió paso entre las cenizas cuando el humo se disipó.
Fue Kenzou quien halló al joven Takeru entre las ruinas y lo ayudó a ponerse suavemente en pie.
Para entonces, Yukino Izumi se había autoproclamado gobernante de la región, así que Kenzou sabía que, si encontraban al chico, lo matarían.
Por eso, se llevó a Takeru a casa y crio al koro como si fuese su propio hijo.
Y ese acto, ese único acto de bondad, cambió el destino de la familia Matsuda, el de la familia Kotetsu y el de todo Shirojima para siempre.
»Oculto tras un nombre falso, el joven Takeru creció hasta alcanzar la adolescencia en el hogar de Kotetsu Kenzou, bajo el dominio del estado Falleya de Yukino Izumi. A medida que fue creciendo, Takeru demostró ser un genio.
»Pese a lo ocurrido con su familia, era capaz de escuchar a los misioneros finawu y de aprender la importancia del Falleya.
Pese a su sangre guerrera, aprendió a forjar como un numu corriente y a crear espadas de una calidad excelente y de una belleza impresionante.
Pese a su destreza como herrero, sabía que su deber era vengar a su familia y continuar con el linaje Matsuda.
Así que, cuando se convirtió en un muchacho, se preparó para entrenarse con los espadachines de jiya de los clanes Ameno y Ginkawa más al norte, sirviéndose de un disfraz.
»Nadie sabe a ciencia cierta a dónde fue durante esa época o quién lo entrenó, aunque muchas de las casas koro trataron de reclamar el mérito de esa hazaña.
Pero fue la historia de su regreso años más tarde la que lo convirtió en una leyenda…
—Kotetsu Chizue dejó la frase en el aire y asintió para sí.
—¿Y entonces…? —comenzó a decir Kwang tras un instante—. ¿Qué pasó después?
—Vaya, ¿o sea que quieres que siga? —preguntó la abuela Kotetsu, divertida—. Y yo que pensaba que ya te habrías cansado del absurdo cuento de esta vieja.
—No, por favor —insistió Kwang—. Tiene que continuar.
—Muy bien, chico de ciudad —se burló—. Cuando Takeru regresó, atravesó los portones de la ciudad sin empuñar arma alguna, solo con un morral a la espalda.
Y al adentrarse en las calles, anunció para que todo el mundo lo escuchase: «Me llamo Matsuda Takeru, y soy el señor de Takayubi.
He venido a reclamar el hogar de mi familia».
Al oírlo, los guardias lo apresaron y lo llevaron ante lord Yukino Izumi.
»En la casa solariega de los Yukino, Takeru se presentó ante el asesino de su familia por primera vez y repitió su desafío. Yukino Izumi permaneció impasible.
—Afirmáis ser Takeru, el heredero de la casa Matsuda —dijo—, pero sé que los Matsuda fueron asesinados hace años. Eso os convierte en un mentiroso y un traidor. No estoy obligado a aceptar vuestro reto. Seréis ejecutado.
—Entonces, os ofrezco un compromiso —contestó Takeru—, me enfrentaré a vos desarmado.
—¡Desarmado! —se mofó Yukino—. ¿Acaso creéis que podéis acabar conmigo sin una espada?
—Así es —respondió Takeru con calma.
—Si tanto confiáis en vuestras habilidades —afirmó Yukino—, ¿por qué no asesinarme ahora?
—Vuestros guardias son hijos de esta montaña, al igual que yo —respondió Takeru tras echar un vistazo a su alrededor—. Preferiría no causarles daño alguno.
Yukino, intrigado, accedió al duelo, fijó una hora y liberó a Takeru. Cuando sus hombres cuestionaron la decisión, su señor les respondió:
—Saldrá corriendo con el rabo entre las piernas o entrará al círculo de combate conmigo y morirá. De un modo o de otro, me libraré de él.
Al enterarse del regreso de Takeru y del desafío que había pronunciado, Kotetsu Kenzou se apresuró a buscar a su hijo adoptivo y le rogó que abandonase la pelea.
—El desafío está hecho —respondió Takeru—. Y, como hombre y como koro, no puedo echarme atrás.
—Yukino Izumi es uno de los espadachines más hábiles de la región —le advirtió Kenzou, desesperado—. Blande una de mis espadas, la mejor que he forjado nunca. ¿Cómo esperas defenderte sin armas?
Takeru se limitó a sonreír.
—Puede que le hayas dado una espada magnífica a Yukino-dono, pero el arma que me diste a mí es mejor que el metal. Me otorgaste la sabiduría de la espada misma. —Y con eso, el joven Matsuda abrazó a su mentor y padre adoptivo, y le prometió regresar a su lado tras la pelea.
»Yukino Izumi se presentó al día siguiente con la espada que Kotetsu Kenzou le había forjado, la mejor arma de su época, que había plegado mil veces, lo bastante afilada como para sajar a cinco hombres de un solo golpe.
Yukino se encontró con Matsuda en medio de la plaza principal, a la vista de todo Takayubi…
Kwang se inclinó hacia adelante con los ojos como platos.
—Yukino desenvainó su magnífica espada, y la batalla concluyó.
—¿Cómo? —preguntó Kwang.
—El jiya de Matsuda Takeru rebanó la espada forjada por Kotetsu y el cuerpo de Yukino de un solo golpe. El usurpador murió antes de llegar a tocar el suelo y se convirtió en la primera víctima de la Espada Susurrante.
—¿Qué? Pero ¿cómo es posible? —Kwang pasó la mirada de Mamoru a la familia numu—.
El hielo no puede atravesar el metal. Es científicamente imposible.
Ni siquiera a temperaturas por debajo de los cero grados o bajo mucha presión; el hielo no consigue ser tan denso como el acero.
El ejército lo ha puesto a prueba en laboratorios.
El hielo no puede atravesar el metal. No es posible.
—Y, aun así, lo atraviesa —contestó la abuela Kotetsu con calma—, y sigue haciéndolo una y otra vez desde que Matsuda Takeru inventó la técnica.
Lo que no sabían Kwang ni ninguno de los Kotetsu era que la fuerza de la Espada Susurrante no provenía solo de la densidad.
Su poder para cortar derivaba de la precisión de quien la empuñaba.
El espadachín tenía que tener un control tan absoluto de su jiya como para aguzar el filo hasta reducirlo a una sola molécula; así, le permitiría cortar cualquier sustancia, sin importar su densidad.
La técnica era una hazaña que provenía de la destreza y la concentración humanas, y que jamás podría replicarse en un laboratorio.
—Puedes creerte la historia o no —dijo la abuela Kotetsu—, pero igualmente te has quedado quieto durante varios siiranu.
—¿Qué? —Kwang bajó la vista para mirarse y pareció darse cuenta de que Kotetsu Kama había limpiado, vendado y entablillado cada una de sus heridas—. Vaya. —Soltó una risa mientras una sonrisa amplia y desdentada le arrugaba la cara a la abuela.
—Como ves, una vieja tiene sus trucos.
—Ahora, siéntate y come un poco —dijo la esposa Kotetsu mientras hacía gestos a Kwang para que fuese a la mesa.
—¿Y luego qué pasó? —preguntó Kwang cuando se sentó con Mamoru a la mesa de madera pulida de los numuwu—. Después de que Matsuda Takeru partiese a Yukino Izumi en dos. Estaba en mitad de la plaza de la aldea con el cadáver del gobernante, ¿no? ¿Qué pasó entonces?
—Se dice que el mejor espadachín puede ganar una batalla en un solo corte —prosiguió la abuela Kotetsu—.
Matsuda Takeru ganó aquella y todas las que siguieron a ese corte, pues tras presenciar su poder, nadie osó retarlo.
La única persona que dio un paso al frente fue el hijo de Yukino Izumi, Hayase, un chico de doce años.
»El chico Yukino, que acababa de convertirse en huérfano, le dijo a Takeru:
—No pretendo combatir con vos por el control de Takayubi, pero no pienso permitiros ejecutar a los finawu de esta aldea ni destruir nuestros templos Falleya.
Takeru le preguntó con curiosidad:
—¿Y si ordenase que se purgara el Falleya de esta región?
—Entonces os retaría a un combate singular —respondió Yukino Hayase sin titubear.
A Takeru le conmovió la valentía del muchacho y fue lo bastante sabio como para no repetir los errores de su padre. A pesar de su poder, no quería reinar mediante el temor.
—Llevo la sangre de los dioses —anunció a la multitud reunida—, al igual que todos vosotros. La luna y el océano no temen al cambio.