La espada de Kaigen 5 La forja #2
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5 La forja #2

—No hace falta que nos comamos vuestra comida…

—¿Y qué voy a decirle a Matsuda Takeru-dono? ¿Que despaché a su hijo herido con el estómago vacío? Os quedaréis a cenar —sentenció Kotetsu con un tono decisivo que silenció a Mamoru.

—Gracias, Kotetsu Kama —respondió él con otra reverencia.

—Gracias —murmuró Kwang tras hacer una reverencia.

Cuando el espadero se hubo marchado, Kwang se giró hacia Mamoru con una expresión de sorpresa.

—¿Lo tratas de «Kama»? —preguntó en voz baja.

Mamoru podía entender la confusión, ese honorífico solía estar reservado para un sirviente o un aprendiz al dirigirse a su maestro.

No era un título que un koro kaigenés corriente fuese a usar para dirigirse a un numu cubierto de hollín—.

Pensaba que venías de una gran casa de guerreros.

—Y así es —contestó Mamoru—. Por eso le debo respeto.

—No… ¿y eso qué significa? —susurró Kwang mientras seguía a Mamoru hasta la cocina de los Kotetsu.

—Mi familia tiene una relación especial con los Kotetsu. No lo entenderías…

—Pues claro que el chico no lo entiende —gimió una voz con impaciencia, y Mamoru se sobresaltó al darse cuenta de que provenía de la madre de Kotetsu.

No sabía que la anciana arrugada estuviese despierta—.

¿Cómo iba a hacerlo? Viene de fuera. —La mujer jorobada se inclinó hacia adelante y entornó los ojos turbios—.

Puede que me haya quedado ciega, pero conozco cada ápice de nyama de esta montaña.

Y tú, querido, no naciste aquí. Viniste de sopetón desde un lugar lejano, ¿me equivoco?

—Kwang pareció incapaz de hacer nada que no fuese quedarse mirando a la vieja numu con la boca abierta—.

¿Te pasa algo, chico? —soltó la abuela Kotetsu—.

Pensaba que lo que se te había roto era el brazo, no la lengua.

—P-perdón, numuba —tartamudeó Kwang.

—¿Numuba? —La abuela Kotetsu soltó una carcajada al escuchar el honorífico yammaninke—.

También habla como si viniese de lejos. Matsuda-kun.

—Los ojos ciegos de la mujer no se movieron, pero ladeó la cabeza con ternura en dirección a Mamoru—.

No puedes esperar que un chico de ciudad como él comprenda nuestras costumbres, da igual cómo intentes explicárselas.

Para él, somos algo peculiar. Un mito. Una fantasía absurda de tiempos remotos.

—Yo nunca he dicho…

—Por favor, Kwang-san, siéntate —indicó Tamami con amabilidad—. Mamoru-dono, tú también. Tomaos un té.

Les sirvió una taza de té hirviendo a cada uno antes de apresurarse a poner la comida sobre la mesa.

Mamoru extrajo un poco de agua del aire e intentó no hacer una mueca al lavarse las manos.

Aún no habían dejado de sangrarle los nudillos, a pesar de las costras provisionales con las que se los había recubierto.

El agua escocía. Podía sentir la mirada de Kwang clavada en él cuando devolvió el agua al aire que lo rodeaba e hizo lo que pudo por no levantar la vista.

—Nuestro koro está afligido —masculló la abuela Kotetsu para sí misma, o eso pareció—. Su jiya podría alzarse y ahogarlo.

Mamoru fingió no escucharla y dio un sorbo de té. La cafeína amarga debería haberle devuelto las energías. En vez de eso, el calor pareció filtrarse en sus huesos y ablandarlo como el hielo sobre una llama.

—Veamos —dijo Kotetsu cuando salió del cuarto interior—. Me disculpo por no haberme presentado. —Se giró hacia Kwang e hizo una reverencia—. Soy el numu Kotetsu Katashi.

—Yo soy Kwang Chul-hee. —Se levantó a toda velocidad para hacer una reverencia—. Encantado de conocer…

—Sienta, sienta —se rio Kotetsu mientras le apoyaba una mano a Kwang en el hombro para que volviese a sentarse—. Tienes una pinta espantosa. No hace falta que te esfuerces. Vamos a echarle un vistazo a ese brazo.

—También le sangra la pierna —declaró Mamoru—. Intenté crear una costra, pero está…

—Calla, Matsuda-kun —contestó la abuela Kotetsu con voz chirriante—. Deja que el numu haga su trabajo.

—Sí, señora. Disculpe.

—Ten. —Tamami le sirvió un poco de arroz en un bol y se lo ofreció a Mamoru—. Come.

—Gracias. —En cuanto Mamoru estiró los brazos para aceptarlo, la luz le iluminó las manos. Los ojos de la mujer, cargados de preocupación, fueron a parar a los nudillos ensangrentados de Mamoru y luego a su cara.

—Mamoru-dono… ¿En qué os metisteis tu compañero y tú?

—Yo… —empezó a decir Mamoru, pero antes de que pudiese terminar, la abuela Kotetsu lo interrumpió con un chasquido reprobatorio de la lengua.

—Deja los asuntos del koro para los koronu —le dijo a su nuera—. Si estos chicos se fueron y han vuelto llenos de sangre, eso es cosa suya, no nuestra.

—Por supuesto —contestó Tamami de forma recatada, aunque la preocupación no desapareció de su rostro—. Lo siento.

—Bueno… —Mamoru buscó rápidamente otro tema de conversación—. ¿Los pequeñines están bien? —Señaló el cuarto interior, donde suponía que dormían los tres hijos pequeños de los Kotetsu.

—Sí —contestó Tamami con una sonrisa—. Tienes que venir a vernos cuando estén despiertos. Se ponen muy contentos cuando nos visitas.

Al otro lado de la sala, Kotetsu Kama había empezado a entablillarle el brazo a Kwang.

—Relájate —gruñó el herrero—. Soy consciente de que un chico de ciudad como tú estará acostumbrado a clínicas bien iluminadas con un montón de máquinas elegantes, pero no tienes nada que temer.

Sé lo que me hago. —Kwang tragó saliva y asintió—.

¿Cómo ha acabado un chico como tú en una aldea pequeña como la nuestra?

—Mi padre trabaja para… ¡ahh! —Kwang hizo una mueca—. Lo siento. Mi padre trabaja para Geomijul.

—¿Para quién?

—Geomijul. Es una empresa especializada en tecnología de la comunicación.

—Así que ¿es un vendedor itinerante de dispositivos electrónicos?

—No del todo. Su trabajo es construir la infraestructura necesaria para que un lugar pueda usar dispositivos de comunicación.

Supongo que alguien de esta zona accedió a contratar a Geomijul para que instalase torres de comunicación por satélite, así podréis tener más cobertura en vuestros dispositivos. Ha venido a supervisar el proceso.

—¿Tu padre sabe que aquí casi nadie tiene un dispositivo de comunicación? —preguntó Kotetsu.

—Bueno, la empresa espera que una vez que construyan la infraestructura para que funcionen aumentarán las ventas.

El objetivo es erigir torres suficientes durante los próximos tres años para poder comunicarse a través de un dispositivo desde cualquier punto de Kaigen.

Sé que mi padre comentó algo sobre hablar con los artesanos locales para contratarlos.

Todavía no ha podido hacer mucho, pero seguramente no tarde en pasarse por aquí para contratar a un par de numuwu.

Estoy seguro de que levantar torres grandes de metal no es exactamente vuestra especialidad, así que, si no os apetece, se lo puedo hacer saber…

—Al contrario, suena fantástico. Os mandaré a mi hijo, Atsushi.

—¿En serio?

—Sí, claro. Un joven numu debería aprender siempre sobre las nuevas tecnologías.

A un vejestorio como yo ese tipo de cosas le cuestan, pero para una mente en desarrollo son fundamentales.

El joven Mamoru-dono es un artesano del metal bastante diestro —dijo Kotetsu a la vez que le dedicaba una sonrisa a Mamoru—.

Si su padre accede, quizá también pueda echaros una mano.

—Claro. —Kwang pasó la mirada de Mamoru a Kotetsu Kama con confusión—. En fin, Matsuda-san dice que… ¿es su aprendiz?

—Sé que parecerá raro —respondió Kotetsu—, pero es una tradición que antecede a la sociedad kaigenesa moderna.

—Pero… ¿por qué? No lo entiendo.

—Es una larga historia. No te muevas, por favor, Kwang-san.

Se escuchó un crujido cuando la abuela Kotetsu se inclinó hacia delante.

—Hace mil años —empezó a recitar—, mucho antes de que se comenzase a entretejer el metal para convertirlo en cables conductores y en satélites que viajan al espacio, el metal más codiciado de Kaigen era el que producía una pequeña familia de herreros que vivía aquí, en Takayubi.

Su destreza sin igual para forjar herramientas y armas les hizo ganarse el nombre de Kotetsu, que en el dialecto de Shirojima significa «hierro».

Aunque las leyes de los kafonu y los kamaya todavía no habían llegado a Kaigen, la familia de herreros forjó una relación estrecha de mecenazgo con la noble casa Matsuda, un profundo vínculo de sangre y acero que garantizó que los herreros Kotetsu siempre gozasen de protección y los Matsuda siempre tuviesen las mejores espadas.

»Por aquel entonces, los Matsuda eran maestros en crear espadas y lanzas de hielo.

A pesar de que esas primeras armas de hielo eran toscas, su estilo de combate les ayudaba.

Emplearon el hielo para combatir en batallas a larga distancia y el acero Kotetsu para luchar en las distancias cortas, y acabaron dominando la península y gran parte de Shirojima occidental.

Kwang miró a la abuela Kotetsu sin comprender, pero parecía demasiado intrigado como para interrumpirla. En cuanto a Mamoru, se le hacía raro escuchar una historia que ya había oído muchas veces en su dialecto traducida al kaigengua.

—Fue en el punto álgido del dominio de los Matsuda cuando los primeros misioneros Falleya desembarcaron en estas costas en tropel.

Algunos venían del continente, otros de Disa, otros de tierras tan lejanas como el Imperio de Yamma.

Estos misioneros cantores trajeron consigo nuevas tecnologías y nuevas formas de ver el mundo.

Muchos de quienes vivían en Shirojima abrazaron la nueva religión y la integraron con facilidad en sus vidas, incluidos los vecinos de los Matsuda, la casa de los Yukino.