5 La forja
M amoru no conocía tan bien esa parte de la montaña como los peldaños, así que había sacado la barca a tierra y la había colocado cerca del arroyo que salía del lago Kumono.
Sabía que, si seguían el curso del agua sin desviarse, encontrarían ayuda.
Las ranas croaban y las gotas de rocío les rozaban los tobillos a medida que vadeaban la hierba junto al arroyo.
Las luciérnagas que subían y bajaban por la orilla no servían de mucho para iluminar el camino, pero entre las gotas de rocío y el flujo del agua, Mamoru consiguió evitar que se alejasen sin tener que usar la vista.
—¿Falta mucho? —preguntó Kwang, y Mamoru notó el cansancio en su voz.
—Ya casi hemos llegado. Mira. —Señaló a lo lejos de la montaña, donde un fulgor rojizo había aparecido tras una cresta rocosa.
—¿Qué es?
—Es fuego de forja —respondió Mamoru, que se permitió esbozar una sonrisa de alivio—. Hemos llegado a la aldea numu.
—¿La aldea qué?
—Numu. Ya sabes, donde viven los espaderos.
—¿Ahí es adonde me llevas? —preguntó Kwang con los ojos desorbitados y temerosos a la luz del fuego.
—Son curanderos expertos —respondió Mamoru—, es lo mejor que vamos a encontrar a estas horas de la noche. Ellos sabrán qué hacer con tu brazo.
En el mapa de Kaigen, los habitantes del monte Takayubi se agrupaban en una sola «aldea de Takayubi», pero en realidad había cuatro aldeas distintas en la montaña, cada una con un tipo de residentes.
El asentamiento más bajo era la aldea pesquera en la base de la montaña, donde había nacido Setsuko, la tía de Mamoru.
A media altura, rodeada de pinares, estaba la aldea occidental, donde residía la afluencia de familias koro que se habían mudado a Takayubi a lo largo de los años con la esperanza de entrenar con los grandes Matsuda y Yukino.
La aldea de Mamoru descansaba en lo alto, por debajo del horizonte.
La aldea antigua, hogar de los Matsuda y los Yukino que habían gobernado esa montaña desde hacía más de mil años, era el motivo de que existiesen las demás.
La aldea numu, acurrucada entre las rocas, que brillaba incluso en las noches más frías, no estaba muy lejos de la aldea antigua.
Kwang seguía sin apartar la vista del fuego, como si pudiese pasar por encima de la cresta de un salto para darle un mordisco, pero para Mamoru la aldea numu era como su segundo hogar.
Su padre lo mandaba a vivir allí un par de meses al año para aprender de los espaderos Kotetsu.
En la mayor parte de Kaigen se consideraba extraño, e incluso impensable, que un koro se entrenase en las artes numu, pero los Matsuda tenían una relación especial con sus vecinos Kotetsu.
En aquella época, la comunidad numu de Takayubi no era tanto una aldea como una gran aglomeración de casas a orillas del arroyo Kumono.
Cuando Mamoru guio a Kwang por el sendero principal hacia la luz del fuego, el sonido de unos martillos les dio la bienvenida: repicaron como las campanas de un templo para deshacerse de las impurezas del metal a golpes.
Mientras el resto de la montaña dormía, los herreros trabajaban durante la fría noche, cuando el calor de las forjas era más fácil de soportar.
—No sabía que quedasen aldeas numu como estas —dijo Kwang cuando el aire se volvió tibio a su alrededor—. ¿Ahora no hay máquinas que puedan hacer su trabajo?
—Si de verdad hubiese máquinas capaces de superar su trabajo, las estaríamos usando —contestó Mamoru—. Los Kotetsu son los mejores espaderos del mundo.
—Si sus espadas son las mejores del mundo, ¿por qué siguen aquí? —cuestionó Kwang—. ¿Por qué no buscan trabajo para suministrar armas al ejército kaigenés?
—Algunos lo han hecho —respondió Mamoru. En tiempos de su abuelo, el pueblo Kotetsu duplicaba su tamaño actual—. Muchos de los herreros de Takayubi se mudaron a las ciudades del norte para fabricarlas, pero los mejores se quedaron aquí.
—¿Y se ganan la vida con esto? —preguntó Kwang con incredulidad—. ¿Cuántas espadas se pueden forjar al mes en un foso donde hacer fuego?
—Tres —contestó Mamoru—, y eso cuando tienen prisa.
—Espera, ¿qué? —dijo Kwang—. ¿Solo tres? ¿Y ya está? ¿Quiénes son sus mecenas?
—Nosotros —respondió Mamoru—. Siguen aquí porque el ejército no se puede permitir sus servicios, así que nosotros les pagamos lo que valen de verdad.
—En realidad, ahora mismo los Matsuda no podían pagarles a los Kotetsu lo que valían de verdad.
El último par de meses que Mamoru había pasado formándose con los herreros la cosa no había tenido mucho que ver con aprender, sino más bien con pagar la última remesa de espadas de los Matsuda con mano de obra—.
Cualquiera de esas espadas puede valer fácilmente una casa entera.
—Lo cierto es que los Yukino habían vendido uno de sus antiguos castillos para cubrir el coste de las últimas espadas que les habían encargado.
Para entonces, Mamoru y Kwang habían llegado al camino amplio y transitado que recorría la aldea.
Mientras el resto de la montaña dormía a la fría luz de la luna, el asentamiento numu estaba animado por el fulgor anaranjado de las antorchas.
Allí, la luz del fuego nunca se extinguía.
Daba igual qué hora de la noche fuese, siempre había alguien trabajando.
Kwang vaciló y Mamoru tuvo que persuadirlo para seguir avanzando por el camino principal. Su reacción no era inusual. La mayoría de los koronu albergaban un miedo sano a los dominios ígneos numu, pero Mamoru ya había venido las suficientes veces como para no tener miedo al calor.
De todas formas, notó una oleada punzante de culpa apoderarse de él como las llamas de un montón de leña.
Pese a todos los meses de aprendizaje que había pasado allí, nunca había sido capaz de traducir las artes del acero en hielo.
El sonido de los martillos se intensificó, cada tañido le resultó doloroso y le recordó a Mamoru su propio esfuerzo para crear una espada, además de todas sus impurezas.
No habían avanzado mucho cuando Mamoru divisó una silueta moviéndose a la luz del fuego, la cabeza del hijo del espadero, que llevaba una pila enorme de leña.
—¡Atsushi! —Mamoru saludó a su amigo.
El numu de diez años se detuvo, levantó la vista y una sonrisa le iluminó la cara.
—¡Mamo… Matsuda-dono! —se interrumpió al recordar los modales.
Cuando eran pequeños, les habían permitido llamarse por el nombre de pila, pero ahora que los dos eran muchachos, Atsushi debía recordar dirigirse al hijo de la casa de sus mecenas con el debido respeto.
Sujetó la carga un instante con torpeza antes de dejar la leña en el suelo y hacer una profunda reverencia.
—Bienvenido… Lo lamento mucho. No te esperábamos. —Levantó la vista hacia Mamoru—. ¿Qué… qué haces aquí?
—Siento importunaros a tu familia y a ti —contestó Mamoru—. Hemos tenido un percance…
—¡Estás herido! —exclamó Atsushi al verle los nudillos manchados de sangre.
—Estoy bien —contestó a toda prisa—, pero mi compañero de clase necesita atención médica. Siento pedirte…
—Iré a buscar a mi padre ahora mismo. —Atsushi entró en la casa a toda velocidad antes de que Mamoru pudiese agradecérselo, y la leña se quedó olvidada en el suelo.
—¿Y ese quién era? —preguntó Kwang.
—Kotetsu Atsushi es el primogénito del espadero —explicó Mamoru tras agacharse para recoger la madera que había soltado el chico—. Llevo formándome a su lado desde que éramos pequeños.
—Un momento, ¿que llevas qué?
Antes de que Mamoru pudiese explicárselo, una mujer sacó la cabeza de la casa y gritó:
—¡Mamoru-dono, no seas bobo, suelta eso!
—No pasa nada, Kotetsu-san. Puedo…
—¡No digas tonterías! —exclamó la mujer del espadero—. Ya se encargará mi hijo. Entrad.
—¿Y esa? —preguntó Kwang cuando Mamoru hizo oídos sordos a las instrucciones de la mujer y llevó el montón de leña hasta la puerta de los Kotetsu.
—La madre de Atsushi —respondió Mamoru tras dejarla en el suelo—. Kotetsu Tamami.
—¿Ella también es espadera?
—No, no. —Se rio Mamoru. Las mujeres no tocaban las espadas, y mucho menos las forjaban—. Ella hace adornos para el pelo.
Cuando Mamoru y Kwang entraron a la casa, Tamami estaba cocinando en los fogones, mientras su suegra, Chizue, dormitaba en una silla cercana.
Los pequeños Hotaru, Naoko y Kyoko, cuyos gritos y risitas solían darle la bienvenida a Mamoru, no estaban por ninguna parte, lo más seguro era que estuviesen durmiendo.
Por mugrientas que pareciesen las calles y estructuras de la aldea numu desde fuera, el interior del modesto hogar de los Kotetsu siempre estaba impoluto.
Justo después de que Mamoru le hubiese presentado a Kwang a Kotetsu Tamami en condiciones y de que hubiese vuelto a darle las gracias a la mujer, el espadero en persona entró por la puerta trasera y se limpió las manos manchadas de hollín en un trapo.
Kotetsu Katashi era un hombre descomunal.
Tenía unos brazos que se retorcían con un duro cableado de músculos y, de algún modo, sus hombros siempre parecían ocupar cualquier entrada.
Cuando blandía el martillo con una mirada iracunda de concentración, tenía un aspecto intimidante.
Pero fuera de la forja poseía una voz cálida y una sonrisa afable capaces de calmar hasta a las personas más inquietas.
En ese momento saludó a Mamoru justo con esa sonrisa: amplia y brillante bajo unas manchas negras.
—Buenas noches, Kotetsu Kama —saludó Mamoru a su maestro—. ¡Lo siento mucho! No pretendía interrumpir su trabajo.
—Ah, no te preocupes, pequeño Matsuda —contestó Kotetsu sin darle importancia—. Atsushi-kun puede vigilar los fuegos durante un gbaati. Déjame que me limpie y le echaré un vistazo a tu amigo. Podéis esperar en la cocina mientras tanto. Mi mujer os preparará un té y algo de comer en un momento.
—Kotetsu Kama, por favor, no es necesario —protestó Mamoru—. No queremos importunar…
—Tonterías, Mamoru-dono. No estáis importunando en absoluto. Esta casa es tan tuya como nuestra.