4 El guerrero #4
—¿Qué? —Kwang se incorporó de donde había estado echando una cabezadita contra el lateral del avión—. ¿Es la hora de qué?
—No vamos a tener más luz de luna —dijo Mamoru mientras la señalaba con la cabeza—. No te preocupes. No está muy lejos.
—¿El qué no está muy lejos? —masculló Kwang, que todavía estaba medio grogui.
—El lago Kumono. Está a unos diez bounds por debajo de nosotros.
—¿Estás seguro? —preguntó Kwang—. Diez bounds es una distancia bastante amplia como para percibirla con claridad.
Mamoru seguía siendo consciente del agua que lo rodeaba, y fue incapaz de reprimir una sonrisa humana de satisfacción.
—Para mí, no.
—Vale. Pero te juro por Nyaare que, si saltamos y ahí abajo hay más rocas, mi fantasma perseguirá al tuyo hasta los confines del Laaxara.
—No vamos a saltar. —Mamoru no estaba dispuesto a admitirlo, pero no creía que le quedase la valentía suficiente para otra caída libre en la oscuridad, sin importar la claridad con la que pudiese percibir el agua que había más abajo—. Vas a subirte a mi espalda y yo voy a bajarnos.
—No sé si podré sujetarme solo con un brazo.
—Por suerte tenemos una soga.
Mamoru nunca había intentado escalar la pared de un acantilado, pero una vez su madre le contó que era fácil escalar paredes lisas solo con hielo si tenías un jiya fuerte y lo combinabas bien con tus movimientos.
Mamoru no tenía ni idea de por qué un ama de casa como su Kaa-chan iba a saber cómo escalar paredes, pero resultó que tenía razón.
Recordó sus instrucciones y creó un disco de agua alrededor de cada una de las manos y después lo congeló para pegarlas a las rocas.
Para bajar, solo tendría que derretir el hielo de una mano, colocarla más abajo, volver a congelarlo y después repetir el proceso con la contraria.
Un jijaka más débil podría arriesgarse a que el hielo se desprendiese de la superficie lisa, pero el jiya de Mamoru era lo bastante fuerte como para anclarlo a la montaña, incluso pese a llevar a un Kwang nervioso atado a la espalda.
Fue bajando con su compañero de clase a hombros por la pared del acantilado, colocando una mano detrás de otra.
La niebla se volvió más densa conforme se iban acercando al lago, unos zarcillos retorcidos salieron de la superficie del agua para rodearlos y atenuaron la luz de la luna.
La visibilidad fue empeorando cada vez más a medida que bajaron y Mamoru tuvo que depender de su jiya para ir tanteando los últimos bounds hasta el agua.
—Bueno, ¿y ahora cuál es tu plan? —preguntó Kwang en cuanto percibió el lago que tenían debajo—. No sé si podré nadar muy lejos solo con un brazo.
—No hace falta. —Mamoru ya se había puesto manos a la obra, estaba congelando el agua para crear una forma amplia.
Cuando bajaron al lago, sus pies tocaron el fondo de una barca hecha de un hielo robusto que flotaba.
—Vaya —soltó Kwang, sorprendido, a la vez que le echaba una mirada de agradecimiento a la embarcación lisa—. Buen trabajo, Matsuda-san. Yo habría tardado un gbaati entero en formar un bote así de bonito.
—Siéntate —dijo Mamoru, que se arrodilló. La barca no estaba del todo equilibrada; si cualquiera de los dos se levantaba y se movía demasiado, volcaría.
—Vale. —Kwang sentó el cuerpo magullado frente a Mamoru de buena gana—. ¿Necesitas que te ayude a impulsarlo o…?
—No —contestó Mamoru con un movimiento de la mano que los mandó deslizándose rápidamente por la superficie del lago—. No sabes a dónde vamos.
La gente decía que los remolinos de niebla del lago, iluminados por la luna, eran espíritus del otro mundo, que trazaban su plateado camino por la superficie del agua.
Mamoru jamás los había temido. Quienes habían vivido y muerto allí en tiempos remotos eran los Matsuda y los Yukino. Eran de la familia.
Esa noche, por primera vez, le parecieron desconocidos.
Era la primera vez que había tenido que mirar las volutas del pasado y preguntarse qué eran en realidad.
¿Serían los ancestros que siempre había imaginado o algo completamente distinto?
¿Habían librado batallas que el resto del mundo había ocultado y olvidado?
¿Su sangre había manchado esas aguas antes de verse arrastrada hacia el mar?
De ser así, entonces debían guardarle rencor a los vivos por haberse librado del recuerdo de su sacrificio con tanta facilidad como desaparece la sangre de una orilla.
Los monjes Ryuhon decían que los espíritus solo permanecían atados al reino de Duna en contra de su voluntad, atrapados por la amargura, el remordimiento o simplemente el rencor.
¿Había furia en los zarcillos plateados que se arremolinaban alrededor de Mamoru?
¿Lo despreciarían por su ignorancia? ¿Estarían ofendidos porque ignoraba hasta qué punto llegaba su sacrificio?
¿O habrían sido sus pensamientos traicioneros los que los convirtieron en siniestros?
Puede que, de alguna forma, Kwang sí que hubiese conseguido engañarlo.
Un embustero le había hecho dudar de su familia, de su Imperio, de todo lo que le habían enseñado.
Y ahora sus ancestros, provocados por la ofensa, habían salido iracundos del Laaxara para llevárselo a rastras con ellos.
Las sombras temblaron entre la niebla y Mamoru se dio cuenta de que se estaba acercando a Kwang.
—¿Pasa algo? —preguntó el otro chico, que no era consciente de las presencias sobrenaturales.
—Nada. —Mamoru levantó la mano para dispersar la niebla frente a la quilla y se deshizo de los rostros fantasmales que aguardaban más adelante en la oscuridad—. No es nada.
Mamoru logró mantener la calma hasta que cruzaron el lago, aunque de todas formas soltó un suspiro de alivio cuando la barca llegó a la costa y ambos pusieron los pies en tierra firme.
Con los hombros tensos, se percató de que estaba demasiado aterrado como para darse la vuelta y mirar hacia el lago.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Kwang mientras echaba un vistazo a su cara a la tenue luz de la luna.
—Pues claro que sí —contestó Mamoru, intentando con todas sus fuerzas que su tono sonara frío—.
El que tiene una extremidad rota eres tú.
Sigamos avanzando. —Le sujetó el brazo sano a Kwang con ambas manos—.
No te alejes. Conozco este camino, pero es escarpado e irregular.
No quiero que tropieces y te partas más huesos.
Una excusa creíble; sin embargo, en ese momento, el que de verdad necesitaba un ser vivo en el que apoyarse era Mamoru.