La espada de Kaigen 4 El guerrero #3
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4 El guerrero #3

Mamoru deseó ser incapaz de escuchar esas palabras, intentó hacer oídos sordos, pero el avión estaba frente a él.

Además, Kwang tenía razón, no se parecía en nada a ningún caza de los que había visto rugir por encima de su cabeza, ni tampoco a ningún avión de los desfiles militares kaigeneses que retransmitían por la tele.

Tardó un momento en reconocer dónde había visto ese tipo de caza: en forma de una estatua conmemorativa de obsidiana con una orgullosa piloto al lado. Una piloto…

Mamoru saltó desesperadamente para subirse al ala inclinada del avión.

—¿Qué haces? —exigió saber Kwang a la vez que trataba de sujetar al chico con el brazo bueno, pero fracasó—. Ten cuidado, Mamoru-san, ¡no sabes si es muy estable!

Hibiki Sensei había dicho que el avión negro había formado parte de las exploraciones kaigenesas con cazas no tripulados durante la Keleba.

Mamoru podía corroborarlo. Si se subía a la parte superior del avión y no había asientos para que lo pilotasen, podría ignorar todo lo que había dicho Kwang. Podría ponerle fin a todo eso. Podría…

Esa esperanza se esfumó en cuanto llegó a la parte superior y se topó con una cabina elevada delante de él.

Mientras que el fuselaje era negro como el carbón frío, la cabina estaba hecha de un cristal transparente tan nítido como si le hubiesen sacado brillo ayer mismo.

Mamoru debería haber tirado la toalla en ese momento.

No debería haber avanzado a gatas para echar un vistazo por el cristal.

Pero lo hizo, y se le tensó todo el cuerpo.

El color abandonó sus mejillas y se quedó tan pálido como la cara que tenía delante, si es que se la podía calificar como tal.

Lo único que quedaba de quien pilotaba el avión era una calavera ladeada sobre una pila de huesos blancos.

Los jirones que se aferraban a las costillas del guerrero estaban demasiado deteriorados como para discernir cualquier clase de uniforme militar.

La piel, ya fuera pálida u oscura, se había desprendido de los huesos hacía ya tiempo.

El primer impulso de Mamoru debería haber sido alejarse de los restos humanos de un salto, pero estaba petrificado, atrapado en el vacío de esas cuencas que antaño habían pertenecido a la vista aguda de un piloto.

—¿Matsuda-san? ¿Qué ocurre? —Kwang hizo amago de subirse al avión para echar un vistazo a la cabina, pero Mamoru negó con la cabeza. Su cara debió de ser un poema, porque Kwang se detuvo—. ¿Tan malo es? —susurró.

—Simplemente… no mires —contestó Mamoru, a pesar de que él era incapaz de apartar la vista del esqueleto—. No mires.

Quienes pilotaban las naves eran personas de vista aguda y reflejos rápidos, con la destreza suficiente como para maniobrar una máquina varias veces más veloz que un ser humano, con la valentía necesaria como para combatir mar adentro o en tierra firme.

Habían permitido que esa persona joven se pudriese allí, sin una tumba, un monumento o nadie que la recordase.

Hasta que el viento y la lluvia lo despojaron del rostro, la piel, el uniforme y cualquier signo de quién era y de la causa por la que luchaba.

Mamoru echó una ojeada a las cuencas y se preguntó si habría tenido los ojos negros como los suyos. ¿Su cara sería igual desprovista de piel? ¿La montaña lo desgastaría con la misma facilidad?

Apoyó una mano contra el cristal de la cabina y fue recorriéndola hacia abajo con los dedos hasta toparse con un par de surcos finos en el cristal.

Se fijó en las formas que tenía bajo las puntas de los dedos y vio que la cabina estaba revestida de los símbolos de fuerza y protección del Falleya.

Entre ellos, había una inscripción en yammaninke.

— N… nyama du-gu la —leyó Mamoru despacio—. N’nyama ga-na la. —Se volvió hacia Kwang y fue incapaz de que no le temblase la voz cuando preguntó—: ¿Qué significa eso?

—N’nyama dugu la? N’nyama gana la? —Kwang repitió las palabras con la facilidad de un hablante nativo—. «Mi nyama por mi país. Mi nyama por mi rey».

A Mamoru le cedieron las extremidades. Sintió cómo se doblaba sin quererlo en una especie de reverencia por culpa de algo semejante al dolor.

Se dio un golpe seco contra la cabina con la frente.

Habían pasado décadas desde que ese avión chocó con la ladera de la montaña, pero Mamoru sintió como si estuviese estrellándose contra todo cuanto conocía y esparciendo los fragmentos a los elementos.

Daba igual si el esqueleto pertenecía a un hombre o a una mujer, si era de Kaigen o de Yamma. Aquí había muerto un guerrero e Hibiki Sensei había mentido al respecto. La aldea entera había mentido.

El nyama de Mamoru hirvió con algo distinto a la rabia, algo distinto al dolor. Era una confusión absoluta. La fuerza de su mundo derrumbándose sacudió la niebla. La condensación se deslizó y se retorció entre las rocas.

—¿Matsuda? —preguntó Kwan en cuanto la sangre se le levantó de la piel y se vio atraída por el torbellino que era el jiya de Mamoru. Lo miró con nerviosismo, hasta que la agitación de Mamoru le tiró de la sangre de las heridas abiertas—. ¡Auch! ¡Oye!

Ese alarido de dolor bastó para sacar a Mamoru de su trance.

Levantó la cabeza de golpe. Un fuerte grito ahogado hizo que la montaña recobrase la nitidez.

Tras un par de respiraciones acompasadas, se las apañó para mantener a raya su jiya.

Estaba muy lejos de ser un bloque de hielo estable, pero consiguió liberar las partículas de agua que lo rodeaban, incluso las que contenían la sangre de Kwang.

—¡Auch! —repitió Kwang, que observó con una mezcla de asombro y de terror cómo la sangre regresaba a su piel como un pringue. La herida que tenía en la pantorrilla volvía a sangrar, esa vez más que antes.

—Perdona —jadeó Mamoru a la vez que negaba con la cabeza—. Lo siento. Déjame arreglarlo.

Se bajó del avión a trompicones y se arrodilló para curarle la pierna a Kwang. Intentó buscar consuelo en su propio jiya, en arreglar la costra rota. Pero había perdido el control y le fue imposible dominar su poder.

—¡Ay! —Kwang apartó la pierna cuando Mamoru intentó repararle la costra, fracasó por tercera vez y la hizo sangrar más.

—Perdona —repitió Mamoru en una voz trémula que no parecía la suya—. Lo siento.

—No pasa nada —contestó Kwang, aunque se había tapado la herida con la mano para rechazar silenciosamente la ayuda de Mamoru—. Me arrancaré parte de la manga para hacer un torniquete.

—Supongo que dominar la sangre no se me da tan bien como creía —soltó Mamoru en broma tras asentir para quitarle hierro al asunto.

—Por mí fenomenal. —Kwang le dedicó una sonrisa tensa—. No quiero despertarme un día y ver que me he convertido en tu marioneta.

—Eso no es… —Mamoru negó con la cabeza, apenas podía centrarse en las palabras de Kwang—. Los Titiriteros de Sangre no existen. No son más que un mito.

—Bueno… Yo pensaba que todos los rumores sobre los guerreros de Shirojima no eran más que un mito, pero vosotros, los isleños, sois más fuertes de lo que creía.

—Kwang apretó los labios y se quedó mirando a Mamoru con una expresión extraña; una mezcla de culpabilidad y de compasión que le dio ganas de vomitar—.

Quizá haya algo de verdad en lo que os contó vuestro profesor de Historia. Quizá…

—Déjalo —susurró Mamoru.

—¿Cómo?

—Tú solo… —dijo con voz tensa—. No me hables. —Estaba a un tris de volver a perder el escaso control que tenía sobre su jiya. Le dio la espalda a Kwang y al maldito avión de cristal con rigidez—. Voy a meditar.

Era lo único que se le ocurrió que podía hacer.

El agotamiento ayudó. Por lo general, Mamoru meditaba mejor cuando estaba cansado, cuando estaba a punto de dormirse; cuando el mundo entero, salvo el agua que lo rodeaba, se desvanecía.

Mamoru se concentró hasta que Kwang desapareció.

El avión y la persona que lo pilotaban desaparecieron.

La roca desapareció. Lo único que quedó en el mundo fue un agua pura, transparente como la luz diurna y limpia como el metal pulido.

Al estar sumido en un profundo trance, era consciente de la silueta de la montaña, cubierta por el brillo de unas partículas de agua.

Siguió la niebla y la condensación, que se hundían y goteaban con suavidad, hasta sentir el intenso murmullo del agua en estado líquido; el lago Kumono.

Su peso le hizo soltar una respiración lenta que le relajó los músculos.

Entonces, cuando llegó el momento, la gravedad lo atrajo hacia el arroyo más grande que se desprendía del lago y se sumergió en él.

El arroyo lo transportó hasta la parte baja de la montaña, a través de la hierba húmeda de la aldea occidental, hasta que extendió sus dedos sobre las rocas que rodeaban el templo de los finawu y se dividió en muchos arroyos más que fluyeron y siguieron fluyendo hasta toparse con el peso salado del océano; la fuerza primordial de donde provenían Kaigen, la humanidad y la vida en sí.

Allí, incluso las cosas tan efímeras como los arroyos de montaña pasaban a formar parte de la eternidad.

Allí existía una verdad que menguaba y mudaba, pero que jamás desaparecía. Allí, Mamoru se sentía en casa.

Arraigado en las profundidades, sintió la luna alzarse.

Atraído por la tentación irresistible del espejo de Nami, él también se levantó a la vez que unos barcos pesqueros se elevaban de sus amarres.

Las pozas de marea de la costa se llenaron, plateadas como las escamas de un dragón a la luz de la luna, como pequeños espejos que respondían a su brillo.

Abrió los ojos al paisaje que sabía que encontraría; el espejo de Nami en lo alto del cielo, brillando con una luz pura que atravesaba los reinos del pasado y del presente. Soltó el aire y volvió a ser Mamoru, aunque era algo más. Se sentía pleno.

—Las pozas están llenas —anunció, impasible—. Es la hora.