La espada de Kaigen 4 El guerrero #2
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4 El guerrero #2

Según Tou-sama, la manipulación de la sangre era el motivo por el que Mamoru era incapaz de dominar la Espada Susurrante.

Cuando un Matsuda de verdad extraía agua de lo que lo rodeaba, era pura.

El maestro Matsuda creaba su arma al comprimir varios miles de millones de moléculas acuosas en un delgado filo solo con la fuerza de su nyama, lo que daba lugar a un hielo tan duro como el metal con un borde del grosor de una sola molécula.

Mamoru siempre se las arreglaba para que se le colasen otras cosas en el agua que extraía: un par de partículas de hierro, algo de polvo, un poco de sal, alguna que otra burbuja de aire, que debilitaban el hielo y provocaban que se hiciese añicos con la presión.

—Tú no se lo digas a los demás en la escuela.

—Está bien, no lo haré. — Kwang parecía confuso, pero asintió.

Mamoru se puso de rodillas y le echó una ojeada a Kwang. Había que recolocarle el brazo en condiciones antes de que su cuerpo theonita comenzase a sanar, la costra provisional a lo mejor no resistía, y Kwang podría tener traumatismos internos que precisasen de un sanador. Mamoru suspiró.

—No podemos esperar hasta que amanezca —decidió—. Lo haremos a la luz de la luna.

—¿Cómo?

—Esperaremos a que la luna suba. Está prácticamente llena. Debería iluminar lo suficiente como para que podamos bajar la montaña… o… para que yo te lleve a la espalda mientras bajo.

—¿Es que no podemos llamar a una ambulancia? —preguntó Kwang.

La pregunta le hizo soltar una carcajada.

—En Takayubi no hay ambulancias. Ni siquiera tenemos una carretera asfaltada.

—Vale, pero habrá un hospital, ¿no? —soltó Kwang, inquieto—. ¿Dónde está el hospital más cercano?

—Los monjes curanderos viven en la aldea occidental.

—¡No me refiero a eso! —gruñó Kwang, cuyo dolor se manifestó en forma de frustración—. Quiero decir un hospital de verdad, con un equipo médico de verdad, vehículos y demás.

—Está demasiado lejos —respondió Mamoru—. Cerca del fuerte Ameno, en Tatsuyama.

—¿Y dónde demonios está eso?

—En la base de la siguiente montaña.

—¿Sabes a cuántos colegios distintos he asistido? Más o menos a doce. ¿Y sabes qué? Este es el peor primer día de colegio que he tenido nunca. En mi vida. —Kwang soltó un fuerte gruñido.

—Te pondrás bien —contestó Mamoru—. Nos bajaré.

Intentó averiguar mentalmente en qué parte de la montaña estaban.

Se habían caído por el lado este del templo, así que debían de encontrarse en algún punto al este del lago.

Mamoru nunca había estado en esa ladera; carecía de senderos, y era demasiado arriesgado recorrer las rocas escarpadas, hasta para un aventurero impetuoso.

Estaban en una pendiente tan pronunciada que, de no haber sido por esa extraña formación protuberante de roca, habrían seguido rodando hasta su muerte…

aunque, ahora que Mamoru se fijaba, aquello no parecía del todo una roca.

Era demasiado plana. Demasiado sólida y brillante.

—¿Qué se supone que es esto? —preguntó Kwang, dando voz a los pensamientos de Mamoru.

Kwang, cuyo cuerpo entero se había estampado contra la superficie lisa, se incorporó con el brazo bueno y recorrió la extraña formación con la mano.

Mamoru se levantó y se alejó todo lo que pudo por el saliente para examinar la silueta.

Era más oscura que el resto de la montaña, como una gran sombra que se cernía sobre Kwang.

Un fragmento aplastado sobresalía del cuerpo de la sombra, como una aleta… ¿o era un ala?

—¡Es un avión! —exclamó Kwang en cuanto Mamoru se dio cuenta de lo mismo, y una sonrisa le iluminó el rostro.

—¡Anda! —Mamoru empezó a aplaudir a medida que las piezas de su rompecabezas mental iban encajando—. ¡Ya sé dónde estamos!

—¿Qué?

—Estamos en el lugar donde se estrelló el avión negro —explicó—. Lleva aquí desde siempre. Se puede ver desde los peldaños más bajos al mirar hacia el lago, lo que quiere decir que debemos estar cerca del agua. —Mamoru sintió una oleada de alivio. Después de todo, bajar sería factible.

—Ah. —Kwang pasó la vista de Mamoru al avión medio enterrado en la ladera—. ¿Así que esto lleva tiempo aquí?

—Sí. —Mamoru recordó la primera mañana soleada en la que Yuuta se lo había señalado, un borrón de metal oscuro encasquetado contra la pendiente al otro lado del lago—.

Ya estaba aquí antes de que Kumono se convirtiese en una escuela.

—Su padre y su tío mencionaron que habían visto el avión de niños, cuando subieron los peldaños.

—Espera, entonces… ¿cómo acabó aquí? —preguntó Kwang con los ojos entornados por la confusión.

—Se estrelló en mitad de una maniobra militar, cuando las tropas imperiales aún entrenaban aquí.

—Hibiki Sensei se lo había contado a Yuuta cuando se lo preguntó—.

El gobierno estaba haciendo pruebas con una nave sigilosa no tripulada.

Tenía alguna clase de defecto, le fallaron los motores, así que la dirigieron hacia una parte deshabitada de la montaña para que se estrellase.

—¿En serio…? —Kwang alargó el brazo para tocar el avión con los dedos de la mano sana y frunció el ceño—. Entonces, ¿cuándo ocurrió?

—Durante la Keleba. —La Gran Guerra había sido la última vez que el gobierno mantuvo cualquier clase de presencia militar en Shirojima.

Kwang trazó unos círculos lentos por el fuselaje con la mano como si estuviese buscando algo.

—Matsuda-san… —Su voz se tornó un susurro tenso—. No sé cómo decírtelo… Este no es un avión kaigenés.

—¿Qué? —Mamoru soltó una risa de incredulidad, incluso cuando el temor tiró de algo débil en su interior—. Pues claro que lo es, ¿de dónde iba a venir si no?

Kwang negó con la cabeza y puso una expresión de disculpa, prácticamente asustada.

—Es yammanka.

—¿Por qué lo dices? —Maldito Kwang. Mamoru no pudo evitar que la rabia se filtrase en su voz—. ¿¡Por qué lo dices!?

Era evidente que en ese momento Kwang sí que estaba asustado, aunque eso no impidió que se explicase:

—Los aviones kaigeneses están hechos de metal. Esto no es metal.

—No digas tonterías. —Mamoru se acercó al avión en dos zancadas furiosas—. Pues claro que está hecho de… —Pero nada más tocar el fuselaje con los dedos las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Ningún metal era tan liso—. ¿Qué… qué es?

—Cristal zilazen —contestó Kwang.

—¿Qué?

—Cristal zilazen —repitió Kwang—. Es el tipo de obsidiana yammanka más dura. Es el material más resistente del mundo.

—No eres artesano —espetó Mamoru con desesperación—. ¿Qué vas a saber tú?

—Mira esto. —Kwang apoyó una mano contra el avión y se levantó dolorosamente para señalar el sitio donde el morro se había estampado contra la montaña—. El caza se estrelló aquí y no se partió. Chocó contra la ladera de la montaña y no tiene ni un rasguño.

Y ahora que se fijaba, Mamoru vio que Kwang tenía razón. La parte externa del avión no podía haber estado más lisa, aunque la hubiesen fabricado ayer. Ni siquiera el acero Kotetsu tenía esa clase de resistencia.

—Solo el cristal zilazen podría hacer algo así.

Mamoru flexionó los dedos contra el armazón.

—No —jadeó—. Mientes. —Ese no era un avión yammanka. Eso no era cristal zilazen—. Estás mintiendo. —Iba a demostrarlo.

Mamoru hundió las manos en el lateral del avión hasta que notó que estaban a punto de partírsele las uñas y luego las arrastró por la superficie para intentar hacerle una raya al cristal supuestamente inmune.

Pero ni siquiera cuando se le doblaron y partieron fue capaz de dejar el menor rastro en el avión.

La superficie era tan perfecta a la débil luz del crepúsculo que Mamoru podía ver su propio rostro reflejado en la negrura.

Consternado. Frenético. Era la cara de un niño perdido, no la de un guerrero.

—No miento —musitó Kwang—. Podrías arremeter contra ese cristal con todas las espadas de Kaigen y ni aun así serías capaz de hacerle un rasguño.

—¡Cállate! —gruñó Mamoru, y odió el miedo que sonó en su voz.

Lo obligaría a callarse, igual que había hecho en el patio del colegio.

Atravesaría ese cristal negro, demostraría que Kwang era un mentiroso y entonces todo eso acabaría.

Mamoru echó el brazo hacia atrás y le dio un puñetazo al lateral del avión con todas sus fuerzas.

El dolor le atravesó el brazo, pero eso no lo detuvo.

Golpeó una y otra vez, y soltó una lluvia de puñetazos que habría mellado cualquier metal.

Las manos de Mamoru podían partir roca y metal, pero en ese momento lo único que se rompió fue la piel y los vasos sanguíneos de sus nudillos.

—Matsuda-san, ¡para! ¡Para! —suplicó Kwang, pero no parecía dispuesto a acercarse a esos puños por segunda vez—. ¡Vas a partirte la mano! Te repito que es el cristal más duro del…

—No —rugió Mamoru con los dientes apretados—. No, ¡ no lo es!

Echó el puño hacia atrás, congeló sangre y niebla hasta recubrirse los nudillos del hielo más duro que pudo y le asestó otro puñetazo.

El hielo se partió y una oleada de dolor le recorrió la mano.

Ni siquiera le hizo un rasguño al exterior negro y brillante del avión.

No obstante, Mamoru estaba hecho añicos.

Hacía un waati, las afirmaciones de Kwang no habían sido más que palabras y un par de imágenes holográficas. Ambas podían inventarse y falsearse. Pero entonces Mamoru tenía parte de esa historia delante de las narices. Era cristal zizalen, más duro que su propio hielo. Irrompible. Irrefutable.

—Matsuda-san. —De no haber sido porque las palabras de Kwang se le clavaban y retorcían a Mamoru como cuchillos, podrían haber sido afables—. Obsérvalo durante un dinma. ¿Alguna vez has visto un caza kaigenés con esa forma?