4 El guerrero
¡ N o pienso morir aquí!
Fue lo que se le vino a Mamoru a la mente en cuanto su compañero de clase y él se precipitaron ladera abajo. ¡No pienso morir aquí! Y mucho menos por culpa de un dinma inusual de torpeza. Y mucho menos por culpa de un extranjero mentiroso que le había hecho perder los estribos.
Mamoru se apoderó de la niebla que los rodeaba con la velocidad de un Matsuda, la condensó y lanzó un zarcillo de agua hacia arriba para sujetarlo a la barandilla más cercana del templo.
Apenas el agua tocó la madera y la piedra, Mamoru empezó a congelarla, pero Kwang y él estaban cayendo a demasiada velocidad.
El zarcillo no se había congelado del todo cuando el peso de los dos tiró de él.
El hielo se hizo añicos y siguieron cayendo en picado, alejándose del templo.
Mamoru fue vagamente consciente de los gritos de Kwang, el sonido se perdió con el rugido del viento a medida que se devanaba los sesos en busca de una solución.
Dio una vuelta en el aire, encontró la soga y tiró de ella para acercar a Kwang hacia él; una decisión de la que se arrepintió al instante cuando los gritos también se acercaron y estuvieron a punto de reventarle los tímpanos.
Al menos así podría protegerlos a los dos a la vez.
Ignorando los alaridos de Kwang: «¡Ay, Dioses!
¡Ay, DIOSES! ¡AHHHHH! ¡AHHHHH!», extendió su jiya para dominar la niebla que los rodeaba.
Agarró a Kwang por la parte trasera del uniforme y lanzó toda el agua que pudo debajo de ellos.
Si iban a estamparse contra las rocas, lo menos que podía hacer era amortiguar el impacto cuanto pudiese.
La oscuridad y el vapor que salieron disparados a toda velocidad por todas partes le impidieron ver dónde estaban cayendo, así que Mamoru cerró los ojos.
Sintió cómo la niebla desaparecía más abajo y las rocas húmedas por la condensación se abalanzaban hacia ellos a una velocidad aterradora, pero él era más rápido.
Su jiya pasó a la acción y se las ingenió para convertir la masa de niebla y de gotitas en nieve antes de que los dos se estampasen contra la ladera de la montaña.
El cojín de nieve amortiguó el golpe, pero, aun así, la montaña se estrelló con fuerza contra el cuerpo de Mamoru y le arrebató el aire de los pulmones.
Se hizo una bola y rodó, pero debió de chocar contra una pendiente empinada, porque en lugar de dar una vuelta y acabar de pie, siguió rodando.
Las rocas le golpearon la columna, los hombros y las espinillas, y sus extremidades se enredaron con las de Kwang a medida que ambos daban un par de vueltas más al unísono antes de chocar contra un saliente sólido y frenar en seco.
Mamoru se quedó tumbado de espaldas y se echó a temblar de la impresión, le vibraba el esqueleto entero por los ecos de las rocas chocando contra el hueso.
Cerró los ojos e hizo una valoración de los daños.
Le latían unos vasos sanguíneos rotos contra la piel, que auguraban unos buenos moratones.
Tenía la espalda y las rodillas raspadas y sangraba por unos cortes en los antebrazos, pero se recuperaría. Estaba vivo.
—¿Kwang-san? —Abrió los ojos—. ¿Estás bien?
Recibió un gruñido sordo como respuesta.
El otro chico también estaba vivo. Eso fue suficiente para que Mamoru se quedase tumbado bocarriba un par de instantes más y calmara la respiración.
No quería que le temblasen la voz ni las extremidades al levantarse.
En cuanto su respiración y su ritmo cardíaco se serenaron, rodó para apoyarse sobre las manos y las rodillas y echó un vistazo a su alrededor.
Estaban sobre lo que parecía ser el único sitio plano de una pendiente inclinada.
Cuando echó un vistazo por el saliente, vio un barranco escarpado que se extendía hacia la oscuridad.
—¿Hay alguna forma de bajar? —preguntó Kwang con cautela.
Mamoru no sabía bien cómo responder sin asustarlo aún más.
—No va a ser fácil.
Ni siquiera estaba seguro de en qué parte de la montaña estaban.
Se dio la vuelta en el estrecho saliente y observó la ladera en busca de algo que reconociese, pero era complicado ver cualquier cosa con la niebla que se iba oscureciendo y nada le resultaba familiar.
Podría haber usado su jiya para disiparla, pero dudaba de que fuese a servir. No había luz suficiente.
—¿Vamos a morir aquí? —preguntó Kwang.
—No —respondió Mamoru, e intentó parecer más seguro de lo que estaba en realidad—. En el peor de los casos, tendremos que esperar a que amanezca para ver cómo bajar, aunque deberíamos intentarlo ahora a la luz del crepúsculo.
—Perdona —contestó Kwang—. Creo que no va a poder ser.
—Kwang-san. —Mamoru se giró hacia él con exasperación—.
Sé que te dan miedo las alturas, pero… ay, no.
—El norteño estaba encogido contra una roca cercana.
Tenía el antebrazo izquierdo doblado hacia el otro lado, partido—.
Lo siento. —Mamoru se acercó a Kwang, que parecía bastante más magullado de lo que estaba él—. Debería haber parado mejor la caída.
—Yo creo que lo has hecho bien —respondió Kwang, apretando los dientes por culpa de un dolor que seguramente debía ser espantoso; parecía temeroso de moverse—.
Estamos vivos. Nunca he visto a nadie materializar tanta nieve a la vez.
No sabía que los temibles guerreros de Kusanagi podían hacer cojines de nieve tan mullidos.
—¿Tienes más heridas? —preguntó Mamoru—. ¿Estás sangrando?
—C-creo que no —tartamudeó Kwang.
Tras notar el goteo y el flujo característicos de la sangre, Mamoru le levantó la pernera del hakama a Kwang para revelar una herida profunda donde una roca afilada se había llevado parte de su pantorrilla.
La sangre salía a borbotones y le bajaba por la espinilla para mancharle los estúpidos zapatos yammanka que llevaba.
—¡Ah! —Kwang chilló como una niña—. ¿Qué? ¿Cómo has…? ¡Santa Nyaare, tiene muy mal aspecto!
—Podría ser peor —dijo Mamoru—, pero deberíamos detener la hemorragia.
Kwang alargó el brazo para limpiarse la herida con las manos temblorosas y un jiya aún más trémulo. Mamoru se las apartó.
—Yo me encargo. Quédate quieto. —Con un movimiento de la mano, extrajo una lámina de agua del aire y se la pasó a Kwang por la pierna para limpiarle la sangre.
Kwang dio un respingo e inspiró entre dientes, pero se las apañó para no moverse demasiado—.
Vas a notar algo raro —advirtió Mamoru antes de colocarle la mano sobre la herida para evitar que sangrase aún más.
Empleó su jiya para sujetar la sangre que se agolpaba sobre la herida y empezó a extraer la humedad de las moléculas de hierro y de carbono para que el líquido se coagulase y espesase.
—¿Qué estás haciendo? —exigió saber Kwang al notar el escozor que le trepaba por la pierna, semejante a la picazón de una aguja, que siempre iba de la mano de la curación acelerada.
—Estoy creando una costra provisional —respondió Mamoru—. Por favor, no te muevas.
—¿Puedes hacer eso? —Kwang soltó un grito ahogado y pareció olvidarse del dolor a causa del asombro—. ¿Sabes dominar la sangre?
—Un poco —contestó Mamoru, apretando la mandíbula mientras trataba de concentrarse en lo que tenía entre manos.
—¡Es una habilidad muy poco común!
—En la familia de mi madre, no —dijo Mamoru sin mirarlo—. Es una Tsusano.
Kaa-chan le había enseñado a Mamoru a crear una costra provisional. «Solo para emergencias —le había indicado con seriedad—. El dominio de la sangre no es un juego, ni tampoco algo que un Matsuda respetable deba mostrar en público».
Mamoru siempre se había preguntado hasta dónde llegaban las habilidades de su Kaa-chan, pero no habría sido apropiado preguntárselo.
Una vez, la tía Setsuko había dejado caer que su madre sabía llevar a cabo la Aguja de Sangre; una técnica ancestral de los Tsusano en la que un jijaka tocaba el cuerpo de su enemigo con un solo dedo, le congelaba una gota de sangre y la convertía en una aguja lo bastante delgada y afilada como para perforar vasos sanguíneos principales y puntos de presión letales.
La vivaracha tía de Mamoru podría haber estado tomándole el pelo solo para asustarlo; disfrutaba de hacerlo, y el folclore local no andaba corto de historias de terror sobre la manipulación de sangre de los Tsusano.
Había relatos escalofriantes sobre jijakalu Tsusano tan diestros en el dominio de la sangre que podían manipular los fluidos corporales de otros seres humanos y usarlos como marionetas.
A diferencia de la Espada Susurrante, los Titiriteros de Sangre de los Tsusano no eran más que un mito.
Ningún Tsusano vivo podía corroborar su existencia, aunque era una buena historia para asustar a los niños.
—¡Es increíble! —exclamó Kwang de hito en hito cuando Mamoru apartó las manos del corte para revelar una fina costra roja.
—No te la toques —indicó Mamoru con aspereza antes de que Kwang tuviese tiempo de manosear su trabajo—. No sustituye a la curación natural. Si se tensa, no aguantará. Y, por favor…, que esto quede entre nosotros. —Los Matsuda no miraban esa habilidad con buenos ojos.
—¿Por qué? —preguntó Kwang sin mucho tacto.
—Porque no es… —Mamoru bajó la vista—. No es una habilidad que un Matsuda debería tener.