3 El tejado #3
—Bueno, entonces… ¡auch! —gruñó Kwang cuando Mamoru apretó el nudo—. Ay —se quejó, y le lanzó una mirada de reproche—. Entonces, ¿se supone que tengo que confiar en que no dejarás que me precipite hacia mi muerte?
—No seas imbécil. Si tú te caes, yo iré detrás. —Mamoru lo fulminó con la mirada.
Después de atarse el otro extremo de la soga a la cintura, Mamoru sacó una escalera del armario y le hizo un gesto a Kwang para que lo siguiese por la salida más cercana.
A Mamoru no le hacía falta una escalera para subir al tejado, pero le daba la sensación de que el chico blando de ciudad no compartiría su agilidad.
El viento había amainado desde el entrenamiento al mediodía.
Genial , pensó Mamoru, deberíamos acabar en un periquete .
Kwang no parecía tan tranquilo.
—¿Vamos a subirnos ahí? —preguntó en cuanto Mamoru colocó la escalera contra el borde del tejado.
—Sí.
—Y… ¿estás seguro de que todo esto no es más que un plan elaborado para liquidarme por traición? —La inseguridad de su voz sugería que solo iba medio en broma, así que Mamoru lo miró directamente a los ojos.
—Si te mato, será después de que te hayas enfrentado a mí con una espada en la mano. —Señaló la escalera con la cabeza—. Sube.
De todas las tareas que podían hacerse en la Academia Kumono, limpiar el tejado era la más peligrosa.
La mayor parte del tiempo, la lluvia abundante de Takayubi mantenía limpias las tejas de arcilla, pero los restos de tierra montañosa, las ramas y hojas secas que caían se acumulaban en la parte curva del tejado.
Cuando se llenaba de basura, mandaban a estudiantes de paso firme que subieran a limpiarlo.
Si empleaban láminas de agua para limpiar las tejas, la limpieza podía acabarse en un par de siiranu, pero el tío Takashi les había prohibido específicamente usar su jiya.
En vez de eso, Mamoru y Kwang tendrían que recoger las capas de ramas y de mugre con las manos y tirarlas tejado abajo.
La tarea ya habría resultado bastante ardua con un compañero de limpieza competente, pero Kwang tenía miedo a las alturas.
Para cuando llegó a lo alto de la escalera y se subió al tejado, estaba temblando.
—N-no puedo… —tartamudeó a gatas—. No puedo hacerlo.
Mamoru sintió una oleada de satisfacción rencorosa al ver tan aterrado al chico de ciudad arrogante e informal, antes de aplastar ese sentimiento para que no se descontrolase. Eres hielo. Él no puede perturbarte.
—Levanta —dijo.
—No puedo. Me voy a caer.
—Ya te he dicho que no voy a dejarte caer —contestó Mamoru—. No soy un mentiroso. Ahora, levanta.
—¡No puedo! —gritó Kwang con exasperación—. Tengo los músculos de las piernas hechos polvo después de esa clase de espada demencial.
Mamoru podía empatizar con él. No podía llevar la cuenta de todas las veces que había ejercitado las piernas hasta que fueron incapaces de sostenerlo más; así fue como logró esos músculos de acero forjado, aunque no era fácil compadecerse de alguien que no dejaba de quejarse por una tarea tan sencilla.
—Aguántate —respondió—. Cuanto antes terminemos, antes podremos irnos a casa.
—¿C-cómo me pongo de pie sin caerme? —preguntó Kwang.
Era una pregunta lógica. Aunque el tejado no era abrumadoramente empinado, las tejas lisas de arcilla estaban resbaladizas.
Ni siquiera un theonita que había nacido en las montañas como Mamoru podía estar a salvo al pasearse por la superficie del tejado y, salvo por los dragones de piedra que adornaban las vigas anchas, no había de dónde agarrarse.
—Tienes que acumular agua debajo de los pies —contestó Mamoru tras recoger niebla y condensarla para que se derritiese debajo de las suelas de sus tabi—.
Después, congélala para no resbalarte. Así.
—Movió la mano por encima de sus pies y solidificó el agua para convertirla en hielo que lo ancló a las tejas inclinadas—. Puedes hacerlo, ¿no?
Kwang asintió a la vez que temblaba y empezó a acumular agua bajo las suelas de los zapatos.
—Bien —dijo Mamoru, y luego le dio la espalda, decidido a no preocuparse más por el norteño.
Mamoru se movió por el tejado con una soltura prudente, derretía el hielo cuando tenía que moverse y lo volvía a congelar en cuanto encontraba otro sitio donde colocar los pies.
De haber estado solo, habría terminado la tarea en un waati.
Pero no dejaba de quedarse sin soga y echaba la vista atrás para ver a Kwang a lo lejos, esforzándose por mantener el equilibrio por la superficie inclinada mientras recogía unos puñados diminutos de hojas secas.
Kwang soltó un gritito un par de veces y casi se resbaló por el tejado, aterrado, cuando Mamoru se movió.
—¿Qué pasa? —espetó Mamoru a la tercera vez.
—¿Podrías… podrías avisarme cuando vayas a moverte? —preguntó Kwang, que estaba luchando por mantener la voz en calma—. ¿Solo para asegurarme de estar bien sujeto?
—Vale —contestó Mamoru conforme se le iba agotando la paciencia, pese a su gélido exterior—, pero date prisa. Si no terminamos para el próximo gbaati, nos quedaremos sin luz.
El sol ya estaba bajo en el cielo, así que tratar de recorrer el tejado a oscuras sería el doble de peligroso.
Pero, a pesar de las ásperas palabras de Mamoru, Kwang parecía incapaz de darse más prisa.
Para cuando el sol se tornó rojo y empezó a hundirse en el mar de niebla, seguían sin haber terminado.
—¡Esto es imposible! —se quejó Kwang por centésima vez—. ¿No podemos usar nuestros poderes y ya?
—No —respondió Mamoru con brusquedad.
—¿Por qué no? El director no tiene por qué enterarse.
—Lo sabrá —respondió Mamoru.
—¿Cómo?
—Es un Matsuda. Lo sabrá.
—Venga, solo una pizquita imperceptible de jiya —insistió Kwang—. Así acabaremos antes.
—Eso sería deshonesto —contestó Mamoru.
Kwang emitió ese pequeño resoplido que a Mamoru había empezado a sacarlo de sus casillas en el último waatinu. Procuró ignorarlo, pero se percató de que se había girado hacia el otro chico, cabreado.
—Oye, no tengo ni idea de cómo funcionan las cosas en todos esos sitios extranjeros tan sofisticados que has visitado, pero en Takayubi valoramos la honestidad. No nos limitamos a inventarnos mentiras convenientes y absurdas cuando nos apetece.
Kwang levantó la vista hacia Mamoru con una expresión indescifrable, y el atardecer le pintó las arrugas de la cara. Sin el tono rojo sangre, parecía hasta triste.
—He sido honesto contigo, Matsuda-san.
Eres hielo, se recordó Mamoru, y le lanzó una mirada de indiferencia a Kwang.
—Tú limítate a trabajar.
—Oye, tienes que entender que…
—No pienso hablar de este tema contigo —espetó Mamoru—.
No me da la gana escuchar esas mentiras asquerosas, y lo mismo al resto de las personas de esta aldea.
Así que, si sabes lo que te conviene, dejarás de repetirlas.
—Mamoru le lanzó una mirada fulminante a Kwang, a la espera de que respondiese, retándolo a hacerlo.
Puede que el norteño se hubiese quedado sin energías para discutir, o que estuviese demasiado aterrado de cabrear a quien sujetaba el otro extremo de la soga. Sea como fuere, no dijo nada para defenderse. Mamoru no sabría explicar por qué, pero eso solo consiguió enfadarlo aún más.
¿Qué pasa?, quiso preguntarle. ¿Ahora que los profesores no están aquí para protegerte te has quedado sin nada que decir? No obstante, se obligó a deshacerse de la rabia. Con un movimiento de la mano, derritió el hielo que lo anclaba para seguir descendiendo poco a poco por el tejado.
—Espera —protestó Kwang—. No estoy listo…
—Me da igual —espetó Mamoru, y se volvió para llegar hasta la viga más alta del tejado del templo—. Acelera.
Kwang, por supuesto, eligió justo ese momento para resbalarse.
Debió pasar de golpe, porque su peso tiró de la cuerda con tanta fuerza que tumbó a Mamoru.
Este podría haberse levantado, pero se golpeó la cabeza contra las tejas al caer.
Vio las estrellas y acabó perdiendo unos instantes valiosos.
Para cuando recobró la conciencia, notó que el cuerpo se le resbalaba por el alero del tejado.
Sus manos arañaron en busca de algo adonde agarrarse, pero se deslizaron sin remedio por las tejas de arcilla, pasaron por la cabeza del dragón que adornaba el tejado y luego se sujetaron a la mandíbula inferior del dragón rugiente.
El peso de Kwang tensó la cuerda de sopetón, que se estrelló contra el vientre de Mamoru como si le hubiesen propinado un golpe en el estómago con una espada de entrenamiento.
Puso una mueca a medida que los dientes de piedra se le clavaban en las palmas, pero no se soltó.
Por un pelo. En el otro extremo de la soga, Kwang se retorcía aterrado.
—¡Bendito Falleke! —jadeó, y su voz aterrorizada resonó en la oscuridad más abajo—. ¡Na-Nyaare! ¡La vamos a palmar!
—¡Deja de moverte! —ordenó Mamoru, apretando los dientes.
Si Kwang pudiese convertirse en un peso muerto, Mamoru podría tirar de los dos y ponerlos a salvo. Estaba sujetándose con las puntas de los dedos y, cuanto más se movía Kwang, más le costaba aferrarse.
—¡Socorro! —chilló Kwang—. ¡Que alguien nos ayude!
—No queda nadie —contestó Mamoru. El resto del personal se habría ido a casa hacía por lo menos un gbaati—. Cálmate, voy a subirnos.
Mamoru tenía la fuerza suficiente para devolverlos a los dos al tejado, aunque sería una operación delicada.
Y, si trataba de hacerlo con Kwang retorciéndose como un pez gordo en el extremo de un anzuelo, ambos estarían condenados.
Aunque Mamoru mantuvo la mano firme en la cabeza del dragón, no logró hacer lo mismo con su humor conforme Kwang seguía aullando debido al terror.
—¡Soy demasiado joven para morir! ¡Soy demasiado joven para morir!
—¿Quieres cerrar el pico? —gruñó Mamoru—.
No vamos a morir. —Pero en cuanto pronunció esas palabras, le asaltó una idea espantosa: estaban colgando de la esquina más al este del tejado, muy lejos de los peldaños y del lago Kumono.
No había agua esperando para atraparlos, sino rocas escarpadas—.
¡Kwang! —exclamó Mamoru, incapaz de reprimir un deje de pánico—. ¡Por el amor de Nami, deja de moverte!
Si Mamoru no hubiese estado tan ocupado gritando, habría notado el inconfundible crujido de la roca al partirse bajo sus manos.
—¡No me sueltes! —suplicó Kwang.
—No pienso hacerlo, pero como no dejes de moverte, cortaré la soga y te dejaré caer.
Kwang emitió un sonido horrorizado, aunque la amenaza surtió el efecto que esperaba.
Se quedó inmóvil, lo que le permitió a Mamoru mover los dedos para agarrarse mejor a la mandíbula del dragón.
Respiró hondo, hizo caso omiso a los sollozos de miedo que provenían de abajo y empezó a tirar de ellos hacia arriba mientras se le tensaban los brazos por el peso extra.
Acumuló agua y se congeló los dedos de la mano derecha para asegurarse de que no se le resbalara cuando alargó la mano izquierda hacia el tejado. Satisfecho con que aguantaría, Mamoru levantó la mano izquierda y estiró el brazo… Sin embargo, no fue su agarre férreo lo que cedió.
La mandíbula del dragón se le partió en la mano.
—¡No! —Mamoru intentó agarrarse al alero con desesperación, pero estaba demasiado lejos; se le resbalaron los dedos…
Y los dos chicos se precipitaron hacia la niebla.