3 El tejado #2
—Cerca de la capital yammanka hay un parque gigantesco repleto de monumentos en honor a los soldados caídos en casi cualquier batalla en la que haya participado Yamma. Cuando mi padre trabajaba en Kolunjara, tuve tiempo de sobra para explorar y me topé con este.
El cristal negro y brillante formaba la silueta de un caza y a su lado estaba la persona que lo pilotaba, una mujer yammanka con el casco apoyado sobre la cadera, unas trenzas largas echadas hacia atrás y la barbilla levantada hacia el sol.
Mamoru había oído que el ejército yammanka y sus fuerzas aéreas contrataban a mujeres; aun así, se le hacía un poco raro ver a una mujer joven y voluptuosa vestida con uniforme militar.
No le queda mal , pensó Mamoru al observar a la piloto de obsidiana; parecía fuerte. De todas formas, seguía siendo raro.
—Esta estatua, en realidad, toda esta zona del parque, está dedicada a los yammankalu que perdieron la vida luchando en Kaigen.
—Pero si en Kaigen no murió ningún yammanka —respondió Mamoru, confundido—. Hibiki Sensei nos lo ha contado hace nada. El Imperio repelió a los ranganeses incluso antes de que llegasen los refuerzos yammanka.
—Bueno… —Kwang tecleó un comando en el dispositivo de comunicación y la imagen se amplió sobre una inscripción en yammaninke en la base de la estatua.
— Bundanu… bundanuttaananu sayara ka… —empezó a leer Mamoru, aunque no se le daba muy bien el yammaninke.
— Bundanuttaananu sayara ka dima Kaigenka kelejonyunu ye Kusanagi Gungille la to hakili da —terminó Kwang, y después se lo tradujo—: «En memoria de los guerreros que dieron su vida defendiendo a nuestros aliados kaigeneses en la península de Kusanagi».
La base del monumento estaba repleta de talismanes Falleya, de esos que normalmente solían hacer las familias de forma artesanal para luego colgarlos en las tumbas de sus seres queridos.
Por la foto, era evidente que había acudido gente a visitar ese sitio para llorarlos y recordarlos…
pero ¿cómo iba a ser posible? ¿Cómo? Hibiki Sensei había dicho que en Shirojima no había muerto ningún yammanka. Ni uno.
—A mí también me sorprendió —afirmó Kwang. Parecía estar observando la cara de Mamoru con detenimiento—. Les pregunté a los jaseliwu del parque al respecto y me contaron que aquí murieron más de cuatrocientos soldados yammanka.
—¿Qué?
—La mayoría formaban parte del apoyo aéreo. En esa época, los cazas yammanka no eran muy buenos. Al parecer, los fonyakalu los arrancaron del aire y los estamparon contra las tropas kaigenesas de tierra.
La escuela se balanceó, Mamoru se tambaleó y tuvo que apoyar una mano contra la pared para no caerse.
Era vagamente consciente de que no podía permitir que Kwang se quedase ahí y dijese esas cosas.
Tenía que plantarle cara. Un Matsuda siempre se levantaba y plantaba cara, pero Mamoru nunca había recibido un golpe, ni siquiera una patada, un puñetazo o una acometida con la espada de entrenamiento, que lo hubiese dejado tan conmocionado. Se le habían revuelto las tripas.
—No te creo —respondió, aun cuando la piloto de obsidiana le devolvió la mirada desde la pantalla de Kwang—. Eso no es real. N-no puede serlo…
—Hay más monumentos. —Kwang pulsó para pasar a otra imagen—. Este honra a los más de dos mil soldados yammanka que murieron ayudando al Imperio kaigenés a defender Jungsan y a expulsar a los ranganeses hasta nuestras fronteras actuales.
A Mamoru nunca le había molestado el aire ralo de la montaña. Entonces, ¿por qué de repente sentía como si no le quedase oxígeno en el cuerpo?
—No. —Negó con la cabeza—. No, no. Es imposible. Tiene que haber algún error. Hibiki Sensei dice que… todo el mundo sabe que… los ranganeses nunca llegaron a Jungsang. Es-es absurdo.
—Yo tampoco quise creerlo, pero las pruebas son muy convincentes. Nuestro Imperio jamás hubiese sobrevivido a la revolución ranganesa de no haber sido por la ayuda yammanka. Los yammankalu no tienen motivos para mentir al respecto.
—Pero… tiene que ser mentira —insistió Mamoru—. Seguro que están mintiendo. Si fuese verdad, si fuera cierto que todos esos yammankalu pelearon aquí, ¿cómo es posible que no lo sepamos? ¿Por qué iba a ocultárnoslo Hibiki Sensei?
—¿Alguna vez ha salido de Kaigen? —preguntó Kwang.
—No lo creo. —Era muy probable que Hibiki Sensei nunca hubiese abandonado la provincia de Shirojima—. Pero mi abuelo luchó en aquella guerra. Muchos familiares mayores de otras personas estuvieron allí. ¿Por qué no iban a mencionarlo?
En cuanto pronunció esas palabras, Mamoru se dio cuenta de que nadie con quien había hablado de la Keleba llegó a explayarse. Cuando su abuelo, Susumu, seguía con vida, solo había aludido a la guerra muy de pasada.
—Puede que el gobierno les ordenase que no lo hicieran —sugirió Kwang—. Suele pasar. Si hay algo que se le da bien al emperador, es censurar.
—Pero no tiene sentido —respondió Mamoru, abriéndose paso entre la confusión inexplicable para organizar sus pensamientos—.
Esto es Kaigen. Somos una cultura guerrera.
El emperador y sus funcionarios nunca le faltarían al respeto de este modo a los miles de guerreros caídos, ocultando sus muertes.
Sean kaigeneses o no, son soldados que pelearon y murieron aquí.
¿Cómo puedes pensar que Kaigen los insultaría de esta forma?
—Porque Kaigen no es una cultura guerrera —replicó Kwang, impaciente—. Soy consciente de que tú crees que sí. Soy consciente de que en esta aldea tenéis todos esos valores buenos, íntegros y desfasados, pero ¿alguna vez has salido de la provincia?
—Yo… No —admitió Mamoru.
—Entonces cómo vais a saberlo —dijo Kwang—.
Vosotros no lo sabéis, pero el resto del Imperio dejó de lado los valores guerreros tradicionales hace cien años.
Al emperador le importa un comino quién viva y quién muera, y está claro que le da igual luchar de forma noble.
Lo único que le importa es seguir manteniendo el Imperio bajo su control.
—Pero… —Mamoru se quedó en silencio—. Pero eso no… eso no explica por qué el gobierno nos mentiría sobre la Keleba.
—Pues claro que sí —contestó Kwang—. Sois la Espada de Kaigen. Sois el escudo entre Ranga y las demás islas imperiales del este. El emperador necesita que creáis que sois invencibles. Y necesita que el resto de la provincia crea que la península de Kusanagi puede protegerlos de cualquier cosa.
—¿Por qué?
—Para que los isleños no os larguéis, para que os quedéis aquí y sigáis pescando en la costa y labrando las tierras para alimentar nuestra economía agonizante, para que muráis protegiendo sus tierras en vez de mudaros a ciudades sobrepobladas y desilusionaros por el estado del Imperio como lo hace todo el mundo.
—No, no, no. —Mamoru volvió a negar con la cabeza—. No te creo. —Se alejó de Kwang, pero las palabras del norteño ya se le habían colado en la mente como si fuesen veneno. Ya había visto las estatuas yammanka—. No te creo.
—Matsuda-san. —Kwang alargó la mano hacia él—. No pasa nada…
—¡No me toques! —Mamoru empujó a Kwang—. ¡Aléjate de mí! —Para su espanto, Mamoru se dio cuenta de que sus manos impecablemente firmes habían comenzado a temblar.
—Matsuda-san…
—¡He dicho que te alejes de mí! —Mamoru lo empujó con tanta fuerza que Kwang se estampó contra la puerta del baño. Tras un par de pasos temblorosos, comenzó a correr por el pasillo sin saber a dónde ir. Solo necesitaba irse lejos. Alejarse de Kwang.
Eres un Matsuda, intentó decirse a sí mismo. Eres hielo sólido, pero el mar de su interior se había convertido en una rugiente salmuera.
El suelo se movió y lo lanzó contra la pared.
Trastabilló para no perder el equilibrio, pero parecía como si el mundo entero estuviese dando vueltas.
Era imposible que fuese cierto, aunque tampoco podía ser mentira, pero tampoco podía ser verdad, y Mamoru parecía incapaz de hallar el equilibrio.
Las palabras de Kwang habían puesto su mundo patas arriba.
Mamoru salió dando tumbos por uno de los pasillos exteriores de Kumono, sin rumbo.
El viento le aguijoneó la piel y le hizo ver un caos de imágenes de arena teñida de sangre y cazas torcidos.
Se sujetó a la barandilla que le llegaba a la altura de la cadera y sintió que la montaña daba vueltas bajo sus pies; la niebla, que por lo general le resultaba tan familiar, de pronto se le antojó gris y aterradora.
Y, por primera vez después de haber pasado tres años en la escuela oscilante, Mamoru vomitó.
Se le asentó el estómago después de haber vaciado gran parte del contenido ladera abajo.
No entendía qué le había ocurrido, así que decidió que lo mejor era no darle más vueltas.
Volver a pensar en su debilidad avergonzante y en las mentiras de Kwang no podía traer nada bueno.
Había sido un error. Todo: la pelea, la disculpa y la conversación con Kwang.
Nadie lo había visto echar su dignidad por la barandilla. Podía olvidarse del tema.
Extrajo agua de la niebla y se enjuagó el ácido de los dientes, se deshizo del mareo y fingió que no había ocurrido. Nada de eso había sucedido. Se volvió de hielo. Imperturbable. Inamovible. Nada podía afectarle.
Se pasó el resto del día sin dirigirle la palabra a Kwang, a pesar de que estuvieron sentados al lado durante las sucesivas clases.
Ni siquiera se dignó a mirarlo. Kwang, quizá por temor a su propia seguridad, no insistió, y Mamoru logró fingir que no existía hasta que acabaron las clases.
No fue hasta que los dos se reunieron después del colegio para cumplir con el castigo cuando volvieron a hablar.
—¿Para qué es eso? —preguntó Kwang en cuanto Mamoru salió del armario con un trozo de soga echado al hombro.
—Es para ti —contestó Mamoru con frialdad—, a no ser que quieras pasearte por el tejado todo un waati sin arnés.
—Ah.
Mamoru le ató un extremo de la soga a la cintura sin mirarlo a los ojos.