3 El tejado
M amoru tenía la visa clavada en las rodillas, aunque podía sentir al director atravesándolo con la mirada.
Kwang estaba a su lado, arrodillado sobre el tatami del despacho y presionándose la cara con un trapo para cortar el flujo de sangre que le bajaba por la nariz.
El puñetazo no le había roto nada, Mamoru tenía bastante control como para eso; aun así, el norteño tardaría en dejar de sangrar.
—Kwang Chul-hee acaba de llegar —indicó el director tras dejar el pincel a un lado y colocar las manos sobre el escritorio que tenía delante—. Quizás en su anterior escuela no aprendiese nada mejor; no obstante, Mamoru, sabes que no es así como los guerreros de Takayubi zanjan sus diferencias.
Mamoru apretó los puños sobre las rodillas, todavía le escocían los nudillos de la mano derecha, y se encogió por dentro de la vergüenza.
—Lo lamento mucho, señor —se disculpó sin levantar la vista.
—Y yo lamento que hayas sido incapaz de darle un buen ejemplo a nuestro estudiante de intercambio recién llegado —contestó el director, y Mamoru no pudo soportar la intensa desaprobación de su voz—.
Tienes talento, Mamoru, pero el talento no sirve de nada sin disciplina.
Jamás llegarás a ser un Matsuda consumado si permites que el orgullo te arrebate los principios.
Mamoru solo pudo limitarse a asentir, completamente avergonzado.
—Y, Kwang Chul-hee. —El director se giró hacia el chico que sangraba—.
Quiero que quede bien claro que este tipo de comportamiento no se tolerará en esta escuela ni en esta aldea.
Los hijos de unos campesinos cualesquiera pueden liarse a puñetazos en una pelea de patio de colegio, pero los guerreros, no.
Nosotros resolvemos nuestras diferencias en combate singular.
La próxima vez que Mamoru y tú tengáis una pelea, os la llevaréis al círculo de combate o quedará entre vosotros. ¿Entendido?
—Sí, señor —musitó Kwang como pudo, con la sangre todavía bajándole por la nariz.
—Como castigo, ambos os quedaréis cuando acaben las clases y limpiaréis el tejado entero sin usar vuestros poderes.
A Mamoru se le cayó el alma los pies. La tarea tampoco era que fuese increíblemente difícil, solo que no quería hacerla con Kwang.
—Podéis usar hielo para anclar los pies al tejado —prosiguió el director—, pero limpiaréis con las manos desnudas.
Kwang, me pondré en contacto con tu padre para hacerle saber que te quedarás hasta más tarde.
Mamoru… —Echó un buen vistazo a su sobrino y suspiró—.
Se lo contaré a tu madre al llegar a casa.
La vergüenza que sentía Mamoru en el pecho se convirtió en un dolor físico. Tuvo que apretar los dientes para evitar soltarle un: «¡Por favor, no se lo cuentes!».
Mamoru sabía que a ningún guerrero que se preciase debería preocuparle la opinión de una mujer, pero no podía evitarlo.
Temía mucho más decepcionar a su madre que cualquier mirada despectiva de un hombre.
Era una mujer menuda, con una sonrisa amable y una voz tranquila, pero su mirada traslucía una inteligencia que a Mamoru siempre le había resultado un tanto inquietante.
Algunas veces, sentía como si ella pudiese verlo por dentro, verle el corazón latiente y los defectos que este le mandaba discurriendo por las venas.
—Ahora, marchaos —espetó el director mientras se sacudía las mangas y recogía el pincel para seguir con sus tareas—. Aseaos y no lleguéis tarde a la próxima clase.
Los dos chicos musitaron un «Sí, señor», y salieron del despacho con una reverencia.
—¿A qué se refiere con que se lo contará a tu madre al llegar a casa? —preguntó Kwang en cuanto se alejaron del despacho del director—. ¿Vives con el director? Un momento. —Kwang puso los ojos como platos—. ¿Es tu padre?
Mamoru tan solo pudo emitir un sonido abatido y se llevó una mano a la cara.
—¿Es tu padre? —repitió Kwang.
Peor.
—Es mi tío.
—¡Guau! —Se rio Kwang con una alegría sorprendente para un chico al que acababan de soltarle un puñetazo en la nariz—. ¿Es que todo el mundo en esta aldea está emparentado?
Mamoru no contestó, sino que se limitó a decir con frialdad:
—Vamos al baño a que te laves la cara. Lo estás poniendo todo perdido de sangre.
—En realidad, es culpa tuya que esté poniendo todo perdido de sangre —replicó Kwang, pero siguió a Mamoru por el pasillo chirriante hacia el baño—. ¿Lo que ha dicho el director sobre retar a la gente a un combate singular iba en serio? ¿De verdad seguís haciendo eso?
—¿Cómo vamos a zanjar si no nuestras diferencias?
—No sé, ¿hablando?
Mamoru estuvo tentado de indicarle que, en realidad, había sido Kwang quien había soltado el primer puñetazo, pero como eso habría sonado infantil, espetó:
—Puede que en las ciudades podáis disfrutar de ese privilegio. Aquí mantenemos firmes nuestras convicciones y a nosotros mismos.
Mientras Kwang se limpiaba, Mamoru fue de un lado a otro en la puerta del baño.
En realidad, no tenía motivos para quedarse.
Kwang sabía volver solo y, si se daba prisa, todavía tendría tiempo para comer.
Pero, de algún modo, fue incapaz de alejarse.
No podía librarse de la sensación de que el asunto aún no había acabado.
Conforme escuchó el chapoteo del agua dentro del baño, el de Kwang limpiándose la sangre de la cara, su propia sangre pareció agitarse en su interior.
Apretó los puños y sintió que le palpitaban los nudillos en un eco del puñetazo que le había asestado en la cara a Kwang.
La rabia también palpitó y le envió unas oleadas de inquietud a través de su nyama que parecía incapaz de sosegar.
A su padre le gustaba decir que, cuando Mamoru perdía los estribos, era culpa de su Kaa-chan.
El clan de su madre era un atajo de personas iracundas y apasionadas, nacidas de la espuma marina y las olas aplastantes.
Los Tsusano, que no eran la casa guerrera más poderosa o más hábil de Kaigen, se habían labrado un nombre en el campo de batalla gracias a su espíritu y a su furia sobrenaturales.
Se decía que la fuerza bruta real de un Tsusano era tan voluble y devastadora como una tormenta costera.
Sin embargo, Mamoru no era un Tsusano. Era un Matsuda. Y los Matsuda no estaban hechos de tormentas. Eran de hielo, calculaban con frialdad y tenían una integridad inquebrantable. Se suponía que no debía permitir que sus emociones azotasen su alma.
Eres hielo, se recordó a sí mismo mientras se recorría los nudillos hacia delante y atrás, hacia delante y atrás con el pulgar e intentaba pensar en la determinación que tendría un Matsuda para lidiar con Kwang.
Era evidente que un guerrero curtido se disculparía por haber perdido los papeles.
Tal y como había dicho el tío Takashi, ese no era un comportamiento digno de un guerrero.
Aunque el tío Takashi tampoco sabía lo que había estado diciendo Kwang antes de que Mamoru lo tumbase en el suelo del patio.
Kwang era un traidor al Imperio, o si no, algo peligrosamente parecido.
Si solo estaba inventando mentiras para causar problemas, entonces Mamoru no debería molestarse en disculparse; debería llevarse al chico de ciudad derechito al círculo de combate e inculcarle el respeto a golpes.
Pero si Kwang no estaba mintiendo… si no mentía…
Mamoru se apoyó contra la pared, mareado.
Sus pensamientos dieron vueltas en círculos vertiginosos. Todavía estaba intentando decidir qué hacer cuando la puerta se abrió y apareció Kwang, limpiándose la sangre del labio superior a toquecitos.
—Anda —espetó Kwang con suavidad—. ¿Sigues aquí?
Mamoru inspiró y abrió la boca con la esperanza de dar con las palabras adecuadas. No lo logró. Así que se puso de rodillas y apoyó las manos en el suelo delante de él.
—Eh… ¿qué haces? —preguntó Kwang con aprensión.
Mamoru se inclinó hasta tocarse la frente con los dedos.
—Kwang-san —empezó a decir—, yo…
—No acepto —contestó Kwang rápidamente.
—¿Cómo? —Mamoru levantó la cabeza.
—Si me estás retando a un duelo, entonces no acepto, o renuncio, me rindo, o lo que sea que hagáis vosotros. Te he visto en el entrenamiento de espada. No pienso pelear contra ti. No puedes obligarme.
—¿Qué? No es eso lo que estoy haciendo —contestó Mamoru tras volver a apoyar la cabeza contra el suelo—. Quería disculparme. No debería haberte dicho esas cosas. Un guerrero no debe perder así los estribos. No ha estado bien por mi parte.
—Ah, ¿no? —preguntó Kwang.
—¿Perdón?
—Eres patriótico y leal. Eres justo como todo el mundo te dijo que debías ser.
Había un deje de condescendencia en la voz de Kwang que hizo que a Mamoru se le tensasen los dedos, anhelando convertirse en puños, pero estaba intentando demostrar control y no perder otra vez los estribos.
Cuando no se le ocurrió qué responder, volvió a presionar la frente contra los nudillos con fuerza, preocupado por que, si levantaba la vista para mirar a Kwang, acabaría soltándole otro puñetazo.
—Levanta —suspiró Kwang un instante después. Cuando Mamoru no movió ni un músculo, añadió con impaciencia—: Por favor, quiero enseñarte una cosa.
Kwang metió la mano en el pliegue del uniforme y se sacó el dispositivo de comunicación más pequeño que Mamoru había visto jamás. La pantalla rectangular apenas era más grande que la palma de su mano.
—¿Te has traído eso a la escuela? —preguntó Mamoru. Ni siquiera sabía si en Kumono estaba permitido tener un dispositivo de comunicación, pero le daba la sensación de que no.
—Siempre lo llevo encima —contestó Kwang tras teclear un comando en el aparato de cristal brillante—.
Es típico de los niños de ciudad. Déjame ver…
—Pulsó varias veces la pantalla en busca de algo—.
Aquí está. —Apareció la imagen holográfica más nítida que Mamoru había visto nunca, una estatua de obsidiana en mitad de un patio soleado.
—¿Qué es eso? —preguntó Mamoru.