La espada de Kaigen 2 La niebla #5
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2 La niebla #5

—¿Estás… estás sugiriendo que nuestro gobierno nos mentiría? —La respuesta era evidente, «sí», pero Misaki no podía decirlo tal cual. En Kaigen no se decía ese tipo de cosas—. ¿Misaki? —la alentó Hyori.

Había tanto miedo y tanto dolor en aquellos ojos preciosos que Misaki tuvo que responder algo. Se mordió el labio y escogió las palabras con cuidado:

—Fui a la escuela con muchos jaseliwu yammanka —espetó por fin—, que se autoproclamaban los valedores de la historia de Yamma.

Lo más gracioso era que, dependiendo de la familia y de la región de Yamma que proviniesen, y de los koronu a quienes sirviesen, contaban historias muy distintas.

A veces, dos de ellos se sentaban el uno al lado del otro y narraban versiones contradictorias de un mismo acontecimiento.

Hablé con uno de esos jaseliwu. Le pregunté cómo podía afirmar que su historia era cierta cuando el jaseli de al lado me había contado una diferente y también había asegurado que era real.

En mi cabeza, uno de ellos debía estar mintiendo. Así que eso fue lo que le dije.

—¿Y qué contestó? —preguntó Setsuko.

—Dijo lo siguiente: «Existen mil maneras de contar una misma historia.

Nuestro trabajo como jaseliwu es dar con la versión que nuestro oyente necesita oír.

No tiene por qué ser la que le brinde más felicidad o información, sino la que necesita escuchar para cumplir con lo que debe hacer».

Me contó que así era como los jaseliwu cuidaban de los koronu y del resto de los kafokalu.

—Vale —respondió Hyori, claramente confundida—. ¿Y eso qué tiene que ver con nuestro gobierno?

—Bueno, creo que así es como el gobierno kaigenés cuida de nosotros —declaró Misaki—, de la misma forma que un jaseli de Yamma cuida de su koro.

—En Yamma, lógicamente, los jaseliwu tenían libertad para cantar sus canciones y narrar sus historias como les viniese en gana.

No recibían guiones que relatar aprobados por el gobierno, pero esa no sería una conversación que a Hyori fuese a hacerle gracia—.

Nuestro emperador nos dice lo que necesitamos oír.

Por la manera en la que Hyori la miraba mientras pestañeaba, Misaki supo que no lo entendía.

—Entonces, ¿crees que nuestro gobierno está diciendo la verdad sobre si estamos a salvo? —preguntó Setsuko—. ¿O crees que mi querida y anciana madre puede haber descubierto algo?

—Bueno, hace tiempo que no salgo de país —admitió Misaki—, pero sé que los fonyakalu son capaces de más de lo que cree la mayoría de los kaigeneses.

—¿En serio? —Hyori no parecía convencida—. ¿Como qué?

—La primera vez que los ranganeses se separaron del Imperio, se combatía de otra forma —afirmó Misaki—. Las tropas del Imperio kaigenés siempre han tenido jijakalu como nosotros entre sus filas y fonyakalu en segundo plano.

—Es lógico —replicó Hyori—. Los fonyakalu solo son plebeyos sin entrenamiento. Los jijakalu son más puros, más fuertes.

—En realidad, no —dijo Misaki—. No siempre.

—¿De qué hablas? —preguntó Hyori con un deje de frustración—. Si es cierto que los fonyakalu son tan hábiles como nosotros, ¿por qué iba el Imperio a mantener unas tropas exclusivamente de jijakalu?

—Porque los centros de poder principales del Imperio: Jungsan, Shirojima, Haijing, siempre han estado habitados en su mayoría por jijakalu —respondió Misaki, cuya labor yacía olvidada en su regazo—.

La victoria de la revolución ranganesa demostró que una gran hueste de fonyakalu, incluso una desorganizada, podía derrotar a un ejército jijaka.

—Pero si no nos derrotaron —refutó Hyori, indignada—. La revolución no triunfó.

—Bueno —interpuso Setsuko—, sí que dividieron el Imperio en dos.

—Aun así, no vencieron a nuestras tropas —insistió Hyori—. En cuanto llegaron al océano, los mandamos de vuelta tierra adentro.

—Cierto. —Misaki olvidó que eso era lo que aprendías si asistías a la escuela en Kaigen; de todos modos, no hacía falta rebatírselo a Hyori en ese momento—.

Tienes razón, y eso es parte de lo que intento explicar.

Durante la Keleba, las tropas ranganesas no estaban bien organizadas ni entrenadas.

Hasta ese momento no habían trabajado tantos fonyakalu juntos, así que no habían descubierto formaciones militares especializadas que pudiesen hacer frente a las nuestras o a las de Yamma, pero la Unión Ranganesa lleva siendo un poder soberano desde hace setenta y ocho años.

Han tenido décadas para averiguar cómo convertirse en una fuerza de combate.

Esos grupos de fonyakalu pueden hacer cosas que nadie habría imaginado hace cincuenta años.

—¿Y tú cómo sabes todo eso? —preguntó Hyori.

—Baja la voz, Hyori-chan —dijo Setsuko en un susurro conspirador—. A Takeru-sama no le hace gracia que se sepa, pero lo cierto es que Misaki-chan pasó un tiempo viviendo fuera de Kaigen.

—¡No! —A Hyori se le pusieron los bonitos ojos como platos.

—Y tanto que sí —respondió Setsuko—. Cuando era adolescente, asistió a una sofisticada escuela theonita internacional en Carytha.

—¡En Carytha! —Hyori abrió los ojos aún más—. ¡Eso está lejísimos!

—Sí —contestó Setsuko, divertida al ver la sorpresa de la mujer—. Y en esa escuela internacional tan rara Misaki hizo todo tipo de amigos raros e internacionales, incluida su compañera de habitación, que era… —Setsuko hizo una pausa para darle dramatismo antes de susurrar—: ¡Una fonyaka ranganesa!

—¡No! —volvió a exclamar Hyori, que soltó su labor para taparse la boca con las dos manos—. ¿No tuviste miedo, Misaki-san?

—Qué va —confesó ella sin despegar la vista de la costura—. No era más que una chica de trece años; además, creo que ella me tenía más miedo a mí, al menos hasta que nos conocimos mejor.

—Pero no erais amigas de verdad, ¿no? —preguntó Hyori, inquieta—. Quiero decir, ¡era ranganesa!

—Durante los dos primeros años no hicimos más que discutir —dijo Misaki a la vez que se encogía de hombros—.

Sus modales no eran santo de mi devoción…

—Pero se detuvo antes de explayarse. Intentar explicarle a Hyori su época como estudiante seguramente haría más mal que bien.

Por lo general, Misaki pensaba que no era buena idea hablar sobre la Academia del Alba con cualquiera salvo con Setsuko y, aun así, Setsuko era incapaz de entenderlo del todo.

La comprensión de una persona después de haber pasado toda la vida en el mismo archipiélago diminuto tenía un límite.

—¿Tu compañera de habitación fonyaka… fue la que te contó esas cosas sobre el ejército ranganés?

—En parte, sí —afirmó Misaki. Había tenido más amigos, conocidos y profesores ranganeses, claro está, pero Hyori no tenía por qué saberlo.

—Bueno, pues entonces puede que se lo inventase —sentenció Hyori con esa clase de confianza ingenua que solo podía provenir de haberse pasado la vida en medio del nacionalismo—. Todo el mundo sabe que los ranganeses no son de fiar.

Misaki no contestó.

—Y, de todas formas —continuó Hyori con naturalidad—, da igual lo fuerte que se haya vuelto la Unión Ranganesa, porque Kaigen también se ha hecho más fuerte.

Basta con echar un vistazo a las noticias en cualquier momento para darse cuenta de que nuestras tropas son más grandes que nunca y nuestra economía está floreciendo.

Misaki no hizo ningún comentario, sino que se centró en coser.

Sospechaba que en realidad Kaigen no estaba pasando por la bonanza económica que afirmaban los presentadores de televisión.

De ser así, las riquezas claramente no estaban llegando a Shirojima.

La aldea pesquera de Setsuko estaba pasando una mala racha, y la última vez que los padres de Misaki habían ido a verla le contaron que las dos fábricas más grandes de cerca de Ishihama habían cerrado sus puertas, lo que dejó a miles de personas sin trabajo.

Hacía años, el Imperio había prometido construir una pista magnética moderna entre Shirojima y las islas principales, pero el proyecto jamás se llevó a cabo.

—Es absurdo pensar que Ranga puede suponer una amenaza para quienes estamos aquí —declaró Hyori—. Cualquier guerrero podría afirmar que Kaigen cuenta con los luchadores más fuertes.

—Y cualquier guerrero podría afirmar que ni siquiera los más fuertes se pueden permitir despistarse —murmuró Misaki.

—¿Qué acabas de decir?

—Nada. —Misaki negó con la cabeza—. No tiene importancia.

A medida que Setsuko le ofrecía consuelo a Hyori entre risas, Misaki se quedó mirando la tela azul que tenía sobre el regazo y se preguntó por qué no lo había pensado antes.

La Keleba le había costado las provincias agrícolas más fértiles a Kaigen, gran parte de su mano de obra mal pagada y muchas de sus rutas comerciales principales, recursos que ahora pertenecían a la Unión Ranganesa.

Los fonyakalu de la Academia del Alba habían podido hacer cosas que Misaki jamás hubiese imaginado, y de eso hacía ya tiempo.

¿Qué podrían hacer las tropas de Ranga tras quince años de entrenamiento?

Puede que Kaigen consiguiera evitar desmoronarse por completo en la última guerra con Ranga, pero ¿qué sería del Imperio si volviesen a atacar?

Cuando Misaki dio marcha atrás para tener una visión de conjunto, creyó que era lógico que Ranga fuese mucho más fuerte que en la época de la Keleba, y Kaigen mucho más débil.

Pero ahí, en lo alto de la recóndita bruma de Takayubi, donde nada parecía haber cambiado desde hacía miles de años, era fácil creer en la ilusión de un mundo estable.

MAMORU

En cuanto la clase se dirigió al patio para comer, Mamoru se adelantó para alcanzar a Kwang.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó cuando estuvo al lado del chico de ciudad.

—¿A qué ha venido qué?

—Lo de la clase de Historia. ¿Por qué te estabas riendo?

—Intentaba no hacerlo —contestó Kwang—, y yo tampoco llamaría «historia» a la sarta de bobadas que ese jaseli estaba repitiendo como un loro.

—¿Qué quieres decir? —inquirió Itsuki cuando él y Yuuta los alcanzaron.

—Seguro que sois conscientes de que al menos la mitad de lo que os cuenta es mentira. —Kwang echó un vistazo a los tres chicos de Takayubi—. Es propaganda.

—¿Propaganda? —Mamoru solo había escuchado esa palabra en un par de ocasiones.

La gente decía que eso era lo que empleaba la Unión Ranganesa para engañar a sus ciudadanos ignorantes y que así pudiesen librar sus batallas.

Era una táctica característica de los ranganeses.

Kaigen no usaba propaganda. Todo el mundo lo sabía—.

¡Bendito Falleke! —maldijo Kwang—. Los habitantes de esta aldea os tragáis todo ese rollo, ¿a que sí?

¿Creéis en todo lo que os cuenta el gobierno?

—¿Por qué no íbamos a hacerlo? —preguntó Itsuki con seriedad.

—Es imposible que no veáis lo que pasa aquí —dijo Kwang con una voz prácticamente de súplica mientras les recorría el rostro con la mirada—. El emperador os está utilizando.

—Nos complace servir a nuestro emperador —interpuso Yuuta de forma apasionada—. ¿Cómo va a estar utilizándonos?

—Pues porque puede mentiros sobre Ranga y sobre vuestros propios ancestros. Puede haceros creer que sois invencibles cuando en realidad no lo sois.

—Somos la Espada de Kaigen —respondió Yuuta con valentía—, somos los defensores del Imperio.

—Eso es una forma elegante de decir que sois «carne de cañón» —resopló Kwang.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Mamoru con una voz gélida.

Por la forma en la que se tensó Kwang, debió de notar cómo el nyama de Mamoru bullía de furia. Mamoru observó la indecisión atravesar la mirada del norteño y después sintió un reticente estremecimiento de admiración cuando el chico de ciudad se mantuvo en sus trece y lo miró a los ojos.

—He dicho que sois carne de cañón —respondió sin que le temblase la voz—.

El emperador se inventa cualquier historieta con tal de que os quedéis donde estáis y muráis en su nombre.

Puede que penséis que sois grandes guerreros y que tenéis un propósito noble, pero por lo que respecta a la capital, no sois más que peones.

Mamoru se quedó de pie y entornó los ojos para intimidar a Kwang. El océano bramaba en sus puños.

—Retíralo.

—No pienso hacerlo —contestó Kwang con cabezonería—. Me voy a comer. —Empezó a alejarse, pero Mamoru se puso delante de él para cerrarle el paso al patio.

—He dicho que lo retires.

—¿Crees que me das miedo, Matsuda? —Kwang flexionó los dedos y Mamoru sintió el murmullo del jiya del otro chico, listo para pasar a la acción—. Me importa un comino lo buen luchador que seas. Si das un solo paso más, te voy a…

—¿Qué me vas a hacer? —Mamoru avanzó otro poco.

Kwang se movió con rapidez. El gancho con los nudillos congelados habría funcionado con casi cualquier theonita, pero Mamoru no era un theonita cualquiera.

Se hizo a un lado para esquivar el puñetazo y tumbó al chico de ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

Escuchó un golpe sordo y satisfactorio en cuanto la espalda de Kwang se estampó contra el empedrado del patio y se le cortó la respiración.

El norteño, todavía aturdido, intentó atraer el vapor de agua que los rodeaba hacia sus manos para arremeter de nuevo, pero el jiya de Mamoru aplastó el suyo y le arrebató las moléculas de su control.

Levantó a Kwang por las solapas del uniforme.

La niebla se acumuló para formar una espada de hielo por el anverso de la mano que tenía libre y le sobresalió entre los nudillos para apuntar a la garganta de Kwang.

No era una Sasayaiba capaz de cortar metal, pero sí que podría atravesar un cuerpo humano.

—¡Guau!

Mamoru apenas podía escuchar las voces asustadas de Itsuki y de Yuuta por culpa de su rabia, que iba en aumento.

—¡Calma, Mamoru-kun! Deshazte del filo de esa arma antes de que nos metamos en un lío.

—Peleas bien —dijo Kwang, todavía engreído pese a tener una espada contra la garganta—, y ese orgullo de pueblerino es mono, pero se sostiene sobre una mentira.

Mamoru apretó los dientes y el hielo se afiló.

—Mamoru-kun, ¡de verdad que no quieres matarlo!

—Tienes razón. —Mamoru suspiró y la espada se convirtió en agua. Lo que quería era meterle un puñetazo a esa expresión engreída.

Así que eso hizo.

Justo cuando el director entraba en el patio.