La espada de Kaigen 2 La niebla #4
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2 La niebla #4

»Desde los albores de Kaigen, esta península ha mantenido a sus enemigos a raya sin excepción.

Por eso nos llaman la Espada de Kaigen. Durante la Keleba, los Matsuda, los Yukino y el resto de jijakalu poderosos de la península de Kusanagi derrotaron una vez más a sus enemigos en una victoria sin par.

Esa vez, Mamoru estuvo seguro de que había escuchado un resoplido desdeñoso detrás de él; aun así, siguió centrado en la lección mientras Hibiki Sensei proseguía:

—Pues he aquí la Espada de Kaigen; desafiarla conlleva la muerte.

Cuando la armada ranganesa arribó a la península de Kusanagi, los guerreros de las casas Matsuda, Yukino, Ameno, Ikeno y Ginkawa, junto con sus vasallos guerreros, se dispusieron en fila por la playa.

En cuanto avistaron los barcos ranganeses, nuestra capital envió una petición de ayuda a Yamma.

Pero para cuando las fuerzas yammanka llegaron a la península, los soldados jijaka que habitaban aquí, vuestros mismísimos abuelos y bisabuelos, ya habían aplastado a los invasores ranganeses.

»Los pilotos yammanka cuentan que volaron por toda la península y vieron las playas teñidas de rojo, como el filo de una espada que ha saboreado la victoria.

Los hombres de Yamma, preparados para luchar, volaron bajo, solo para descubrir que la batalla había terminado.

Los cuerpos que flotaban en el mar vestían uniformes ranganeses.

El rojo que manchaba la arena era la sangre impura de los fonyakalu.

Los guerreros de Kusanagi habían luchado con tanto ahínco que apenas hubo bajas kaigenesas.

Mamoru escuchó a Kwang soltar un inconfundible bufido de risa. Hibiki Sensei también lo oyó.

—¿Le parece graciosa nuestra historia, Kwang-san?

—No, Sensei. Lo siento.

Hibiki Sensei le lanzó una última mirada gélida a Kwang antes de volver a dirigirse a la clase para continuar, esa vez en el dialecto:

—Este es vuestro pasado. Esta es vuestra herencia.

Estáis en esta escuela porque descendéis de los guerreros más excepcionales que Duna haya visto jamás.

La mejor sangre del mundo discurre por vuestras venas.

Si os esmeráis por aprender, prestáis atención y os esforzáis, la Espada de Kaigen perdurará, así como su lustre y su filo, que legaréis a vuestros hijos y ellos a los suyos después.

MISAKI

En su primer año en la academia theonita, Misaki sacó matrícula de honor en todas las asignaturas.

El segundo, logró uno de los mejores tiempos en la clase de agilidad, superado solo por el de Robin Thundyil.

En tercero, había vencido a algunos de los guerreros con machete más temibles de Carytha en combate singular.

De adolescente, había llevado esos logros con orgullo…

sin darse cuenta de que, a los treinta y cuatro, el logro del que más orgullosa estaría sería conseguir que cinco chiquillos revoltosos se echasen la siesta a la vez.

—¿Ha habido suerte? —susurró cuando volvió a casa con un pequeño de cinco años grogui.

—¡Sí! —confirmó Hyori mientras Misaki se quitaba los zapatos con los dedos de los pies—. Están todos dormidos, como querías.

Hiroshi se había quedado como un tronco apoyado en el hombro de Misaki cuando volvían a casa de la escuela primaria.

Después de haberse pasado dos horas en un entrenamiento de espada con niños el doble de grandes, hasta él se quedó sin fuelle.

Tenía el pelo empapado de sudor y las manitas llenas de ampollas de sujetar la espada de entrenamiento descomunal, pero no había pronunciado ni una sola queja; más bien se desmayó en silencio contra su madre y la dejó llevarlo en brazos el resto del camino de vuelta a casa.

Su segundo hijo era una criatura extraña.

Desde que no era más que un pequeño latido en su interior, Misaki supo que era hijo de su padre.

Era frío. Se decía que todos los jijakalu nacían con algo del mar dentro; sin embargo, la mayoría de los mares tenían corrientes cálidas y frías, géiseres en las profundidades y agua que discurría con libertad entre las corrientes heladas.

Hasta los jijakalu más gélidos tenían puntos cálidos en el alma, al menos eso era lo que había pensado Misaki antes de casarse y entrar en la familia Matsuda.

Hiroshi nació con la calma letal de un mar helado.

Al igual que su padre, era frío al tacto, daba igual su humor o lo agotado que estuviese.

Hasta su sudor era frío como el rocío de la mañana.

Murmuró algo sobre el juego de pies cuando Misaki lo tumbó en el futón sobre el que Ryota y Nagasa estaban profundamente dormidos.

— Shh —suspiró Misaki contra su pelo—. Ya tenemos a cinco de cinco.

—¿Qué? —Hiroshi abrió los ojos.

—Nada. —Misaki le apoyó una mano en la frente y lo tumbó al lado de su hermano—. Nada, mi pequeño guerrero. Tú descansa.

—Mmm. —Hiroshi asintió y se quedó dormido.

—¡Lo hemos conseguido! —susurró Misaki tras deslizar la puerta para cerrarla al salir—. Los cinco están fuera de combate.

—¿Cuánto crees que va a durar? —preguntó Hyori.

—Puede que no mucho —suspiró Misaki, que se hundió en los cojines junto a las otras dos mujeres—. Los niños están agotados, pero los bebés no tardarán en despertarse por el hambre.

Misaki tenía muchas ganas de cerrar los ojos y echarse una cabezadita, pero sabía que debería poner las manos a trabajar mientras no estuviesen sujetando a un bebé que se retorcía, así que se obligó a levantarse y sacó la cajita de costura.

Había que darle un par de puntadas al escudo familiar en la parte trasera del haori de Takeru.

Escogió cuidadosamente el hilo apropiado para que se disimulase con el azul oscuro y los diamantes blancos del escudo de los Matsuda y enhebró la aguja.

En la cumbre del poder familiar de los Matsuda, desde las guerras sucesorias de Kaigen hasta el final de la Keleba, el antiguo recinto había estado atestado de sirvientes que se ocupaban de cocinar, limpiar y coser para la señora de la casa.

El padre de Takeru se había quejado con amargura de que las malditas casas vasallas ya no enviaran sirvientes, aunque Misaki tampoco podía culpar a los koronu más pobres por dejar en la estacada a una casa que ya no podía mantenerlos.

Antaño, las casas guerreras como la de los Matsuda se ganaban el pan entrenando a los hijos de otras casas menores en el domino del jiya y de la espada.

Los estudiantes acudían en tropel en épocas convulsas, donde las batallas estaban a la orden del día, pero en tiempos de paz la cosa cambiaba.

Durante las décadas que sucedieron a la Keleba, ni siquiera la promesa de entrenar con los mejores espadachines de Kaigen había bastado para que la mayoría de los koronu comunes se quedasen en Takayubi.

Aun así, el escudo de los Matsuda seguía siendo un signo de honor, de modo que Misaki se aseguró de coserlo en cada abrigo, kimono y haori que tenían.

—Yo también debería coser un poco —comentó Hyori mientras sacaba su propia labor de un bolso que se había traído de casa.

Por muy harta que estuviese Misaki de coser los mismos cuatro diamantes en decenas de prendas de ropa, no envidiaba las tareas de costura de Hyori; el símbolo de los Yukino era un copo de nieve.

—Qué tranquilidad —musitó Setsuko—. No recuerdo la última vez que el recinto estuvo tan en calma. Puede que seas una genia, hermanita.

—Bueno, hago lo que puedo. —Misaki sonrió.

—¡Y pensar que mi pobre madre tuvo que criarnos a nosotros nueve en una casa del tamaño de esta sala! —exclamó Setsuko—. Normal que se le haya ido la olla después de tantos años.

—Vaya, ¿cómo está tu madre, Setsuko? —preguntó Misaki a su cuñada—. Fuiste a verla hace un par de semanas, ¿no? —Misaki había estado tan ajetreada con el recién nacido y los dos niños mayores que no había podido disfrutar de un momento de paz para preguntarle por la visita.

—Está bien —contestó Setsuko—; por extraño que pueda parecer, sigue gozando de buena salud, pero se está haciendo mayor. Como he dicho, se le va un poco la olla. Está convencida de que los ranganeses van a cruzar el mar para atacarnos.

—¿A qué viene eso? —Hyori se estaba riendo, pero Misaki se detuvo en seco y sostuvo la aguja con más fuerza.

—Dice que lo nota —respondió Setsuko—, que es «una corazonada de pescadora vieja» o algo por el estilo. Dice que el viento de los fonyaka tiene un sabor distinto del de la brisa marina corriente.

—Menuda afirmación más rara —contestó Hyori.

—Bueno, la madre de Setsuko lleva noventa años viviendo junto al océano —indicó Misaki—. Estuvo aquí la última vez que vinieron los ranganeses. Puede que sepa algo que nosotras desconozcamos.

—¿Crees que la pirada de mi madre ha descubierto algo? —preguntó Setsuko con sorna.

—Si los ranganeses fuesen a atacarnos, esta zona sería la primera en notarlo —contestó Misaki—, además del primer blanco.

La península de Kusanagi se extendía a lo lejos del mar de Kaigen y bloqueaba el acceso a los puertos y playas seguras del archipiélago. Cualquier invasor que llegase por mar tendría que atravesar primero el istmo montañoso y a sus habitantes.

—De todos modos, no tenemos nada que temer de Ranga —afirmó Hyori para quitarle hierro al asunto—. Nuestros hermanos y maridos son lo bastante fuertes como para despachar a cualquier invasor. Y, aun así, si la amenaza ranganesa fuese cierta, el gobierno nos habría avisado.

—Puede —respondió Misaki con reticencia.

—¿Qué quieres decir con «puede»?

—Me refiero a que… —Misaki hizo una pausa—. Simplemente a que las noticias no tienen por qué decir la verdad.

—¿Cómo? —Hyori parecía horrorizada, y Misaki deseó no haber dicho nada.

—A veces, Misaki-chan dice cosas de lo más raras y ominosas —declaró Setsuko, echándole una mirada reprobatoria a su cuñada—. Tú no te comas esa cabecita bonita.

Pero Hyori seguía con la vista clavada en Misaki, sin entenderlo.