2 La niebla #2
Tras darle a su jiya tiempo para sosegarse, Mamoru volvió a ponerse manos a la obra.
Como de costumbre, Yukino Sensei tenía razón.
Su puntería mejoró sustancialmente en cuanto se relajó, pero incluso después de que los proyectiles tuviesen una trayectoria recta, seguía sin ser capaz de rebasar el objetivo a 25bounds.
—¿A qué viene ese ceño fruncido? —le preguntó Kwang en un punto dado—. Tiras mucho mejor que cualquier otra persona.
Pero no tan bien como Yukino Sensei, pensó Mamoru, aunque no podía decirlo en voz alta, así que se limitó a apretar la mandíbula y a levantar otra lanza del montón.
Mamoru casi era un adulto y no bastaba con «ser mejor que cualquier otra persona».
Un Matsuda debía ser igual de hábil que cien jijakalu juntos.
Tenía que ser el mejor que jamás se hubiese visto.
Frustrado, lanzó el proyectil impulsándose con todo el cuerpo y disparó la siguiente lanza hacia su objetivo. El proyectil impactó contra el objetivo a 25bounds y lo atravesó.
—¡Bendito Falleke! —exclamó Kwang cuando el proyectil de Mamoru se deslizó hasta detenerse varias zancadas después del objetivo—. ¿Qué ha sido eso?
Mamoru levantó otro proyectil de la pila sin molestarse en contestar.
Empleó su jiya para mantenerlo suspendido en el aire a la altura del pecho, retrocedió un par de pasos y se abalanzó hacia él.
Ni siquiera empleó toda la fuerza de su jiya, pero, aun así, el proyectil consiguió atravesar el objetivo a 25bounds y salir por el otro lado.
—¿Qué acabas de hacer? —preguntó Kwang, asombrado.
—¿Por qué estamos plantando los pies? —preguntó Mamoru al echar un vistazo al objetivo agujereado y luego a sus pies.
—¿Qué?
—¿Por qué estamos plantando los pies para hacer el lanzamiento cuando podríamos sumarle la fuerza del impulso?
—Eh… No te sigo.
—Las olas más fuertes nacen en alta mar.
—Mamoru-kun —advirtió Yuuta al reconocer la expresión de su amigo—. Ya sabes lo que opina el Sensei de tus ideas…
—Lo sé —interrumpió él a la vez que levantaba otro proyectil—. Tú solo dame un dinma. —Tenía que intentarlo. Debía hacerlo.
Fijó su jiya en el hielo, lanzó el proyectil por los aires y lo soltó. Cuando el proyectil empezó a caer, Mamoru retrocedió todo lo que pudo en el saliente. Tendría que golpear la lanza cuando bajase. Haría falta dar con el momento oportuno, pero para Mamoru eso era algo innato.
Le dio un instante más a la lanza para que bajase y después salió disparado hacia ella.
En el último paso, saltó e hizo un giro.
Combinó el impulso hacia delante con la fuerza del giro y de la gravedad que lo atraía hacia la tierra.
A medida que su cuerpo daba vueltas, hundió la mano bajo la base del proyectil y disparó.
El poderío de un tsunami salió de la palma con un estallido.
Lo único que vieron los demás fue un destello plateado antes de que el proyectil se estrellase contra el objetivo a 40bounds y expulsase una rociada de paja. Mamoru se agachó al caer y soltó el aliento. ¡Lo había conseguido!
Los gritos asustados de sus compañeros resonaron por la ladera, seguidos de los vítores cuando se percataron de que había destruido el objetivo a 40bounds. Sin embargo, cuando la mirada de Mamoru fue a parar a Yukino Sensei, el espadachín no estaba sonriendo.
—¡Matsuda! —bramó por encima del viento, y la clase se quedó en silencio—. Por el amor de Duna, ¿qué crees que estás haciendo?
—Lo siento, Sensei. —Mamoru trató de sonar arrepentido, pero no pudo deshacerse de la sonrisa por completo.
—Domina tu ego. Seguirás las instrucciones que os he dado para hacer el ejercicio o abandonarás mi clase. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Cuando los murmullos emocionados de sus compañeros se acallaron y todo el mundo retomó el ejercicio, Mamoru notó los dedos de Yukino Sensei clavársele en la oreja y tirarle de la cabeza hacia atrás. Reprimió un «¡au!» y dejó que su profesor lo alejase a rastras de la fila.
—¡Sensei! —empezó a decir en cuanto ya nadie pudo oírlos—. Yo…
—Mamoru-kun —lo interrumpió Yukino Sensei en voz baja—. Existe un motivo para que empecemos el ejercicio con ambos pies plantados en el suelo.
—Lo siento, yo…
—No me interrumpas —le dijo el espadachín con suavidad—. Quiero que reflexiones un segundo; si el resto de los chicos hubiese empezado a saltar y dar vueltas en el aire durante el ejercicio, yo habría acabado con muchos alumnos muertos. ¿Lo entiendes?
—Sí, Sensei —respondió Mamoru con una dolorosa punzada de culpabilidad. Ni siquiera se lo había planteado, había estado demasiado ensimismado consigo mismo.
—Los Matsuda no son solo guerreros ostentosos —afirmó Yukino Sensei—. Son líderes, y un líder ha de pensar en quienes lo rodean.
—Sí, Sensei.
—Bien. —Yukino Sensei le soltó la oreja dolorida y levantó la mano.
Mamoru se encogió, a la espera de sentir el crujido de los nudillos de su profesor, pero el espadachín le apoyó la mano en la coronilla—.
Ahora bien —prosiguió—, si vas a lanzar con un giro, asegúrate de pegar la rodilla dominante al cuerpo durante toda la rotación.
Al separarla, pierdes velocidad. Cuando ya tengas el giro bien controlado, intenta dar un pisotón hacia atrás con la derecha en el momento del disparo.
Aprende a juntarlo todo y estarás arrojando lanzas más lejos que yo en un abrir y cerrar de ojos.
—Oh. —Fue lo único que pudo decir Mamoru por la sorpresa.
—Practica en casa, ¿vale?
—Sí, Sensei.
Cuando el viento sobre el saliente alcanzó una velocidad peligrosa y los alumnos empezaron a quedarse sin proyectiles, Yukino Sensei los trasladó al interior para el entrenamiento de espada.
Las tres horas de combate dejaron a la mayoría de los chicos hechos polvo.
Para Mamoru fue más bien un calentamiento, pero recordó las palabras de Yukino Sensei; debía tener en cuenta al resto de la clase.
Había sido culpable de dejarles unos moratones espantosos a algunos compañeros demasiado lentos como para bloquear su espada de madera; es decir, a todos, pero ese día fue más cauteloso y frenó el bokken antes de que se estrellase contra unas costillas o un cuello.
Mamoru dio con otro nivel de concentración al tratar de superar a sus compañeros sin llegar a golpearlos.
Se le cayó el alma a los pies cuando sonó la campana que indicaba el final del entrenamiento.
Las rodillas temblaban y el sudor se derramaba sobre el tatami cuando los chicos recogieron su equipo y se dirigieron a la clase de Historia.
Había que reconocer que Kwang no se había desmayado como solían hacer muchos de los recién llegados tras asistir a una clase de espada de Yukino Sensei, aunque daba la sensación de que no podía andar sin apoyarse en la pared.
—Vamos, chico de ciudad —se mofó Yuuta al darle el brazo a Kwang cuando salieron del dojo—. Apóyate en mí.
—Mamoru. —Yukino Sensei lo detuvo a la salida, antes de que pudiese seguir a sus compañeros de clase—. Hoy has hecho un trabajo excelente.
—Gracias, Sensei.
—Me alegro de ver que tu control avanza al mismo ritmo que esa velocidad tan absurda.
—Mamoru asintió. Ese comentario, viniendo de un espadachín que antaño era conocido como el Relámpago Dai, era todo un cumplido—.
Llevo un tiempo sin poder hablar con tu padre o tu tío —confesó Yukino Sensei mientras devolvía el bokken de sobra al armario—.
¿Alguno de los dos ha estado practicando contigo la Espada Susurrante?
—Yo… —Mamoru sintió que su sonrisa se esfumaba—. Mi padre lo ha estado intentando.
—Bien —respondió Yukino Sensei con sinceridad. El orgullo que había en su mirada hizo que Mamoru quisiera encogerse de la vergüenza.
Había pocas cosas que al chico no se le diesen bien, pero su padre llevaba ya un año intentando enseñarle a crear la Espada Susurrante y todavía le quedaba un largo camino para dominarla.
Durante siglos, la familia Matsuda había transmitido el secreto de crear armas de hielo indestructibles de generación en generación.
Era una técnica tan compleja que ninguna persona ajena a la familia había logrado descifrarla; Mamoru estaba empezando a preguntarse cómo era posible que cualquiera hubiese dado con ella.
No bastaba con ser un espadachín excepcional.
No bastaba con que se te diese bien invocar y moldear el hielo.
La Espada Susurrante provenía de algo más profundo que Mamoru no comprendía.
Su padre sí, pero Matsuda Takeru no poseía las mágicas dotes de Yukino Sensei para convertir su destreza en palabras.
Daba igual cómo lo explicase. Mamoru era incapaz de entenderlo.
—No estoy progresando —espetó antes de planteárselo mejor—. Mi padre está frustrado conmigo.
Mamoru se arrepintió de esas palabras nada más pronunciarlas. Comentar sus problemas de casa con un profesor era de lo más inapropiado, y los Matsuda tenían terminantemente prohibido hablar sobre los pormenores de la Espada Susurrante con personas ajenas a la familia.
—Ojalá pudiese ayudarte —respondió el espadachín un instante después—, pero soy un Yukino, y además no soy tu padre. Incluso si me correspondiese hablar de este tema contigo, no sería de mucha ayuda. Desconozco los entresijos de la Espada Susurrante.
—Lo sé, Sensei —contestó Mamoru con la vista clavada en los pies—. Lo siento. No debería haber…
—Pero sé reconocer a un gran jijaka cuando lo veo —afirmó Yukino Sensei—. Sé que tienes la misma potencia de nyama en el interior que tu padre y otros grandes guerreros de tu linaje.