La espada de Kaigen 2 La niebla
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2 La niebla

E l campo de entrenamiento era un saliente amplio que los monjes empleaban para ejercitarse y meditar. Según la leyenda, fueron las Espadas Susurrantes de los Matsuda de antaño, los ancestros de Mamoru, quienes habían cortado la medialuna aplanada de la ladera de la montaña.

—¡Hace un tiempo perfecto para entrenar! —Yukino Sensei alzó la voz por encima del viento que azotaba el campo de entrenamiento—. ¡Será una prueba de precisión en toda regla!

Mamoru escuchó el castañeteo de unos dientes y se dio la vuelta para ver a Kwang con los brazos remetidos en el uniforme.

—¿Siempre hace tanto frío aquí arriba? —El nuevo tembló.

—Verás cuando llegue el invierno. —Mamoru casi se echó a reír.

Unos fardos de paja del tamaño de una persona se levantaban a intervalos por el campo de entrenamiento, congelados contra la roca gracias al hielo de Yukino Sensei.

Cada fardo tenía atada una tosca señal de tela con un número pintado encima.

El jiya de Mamoru vibraba por ponerse manos a la obra cuando Yukino Sensei levantó la voz para explicar el ejercicio que iban a hacer ese día.

—Durante la mayor parte de la semana hemos estado trabajando en crear proyectiles de hielo aerodinámicos.

Todavía os queda mucho trabajo por delante, chicos —afirmó Yukino Sensei, que se detuvo delante de Mamoru y le echó una mirada incisiva—, sobre todo a aquellos que pretendáis dominar cierta técnica ancestral.

—Mamoru le dedicó un asentimiento de cabeza breve y decidido a su maestro, y Yukino Sensei se volvió para dirigirse al resto de la clase—.

A pesar del trabajo tan mediocre que habéis estado haciendo con los proyectiles, voy a hacer la vista gorda para que podamos practicar la próxima técnica.

Hoy me he encargado de crear vuestros proyectiles.

—Señaló una pila de lanzas de hielo perfectas, cada una de tres zancadas de largura con una punta fina en un extremo y una base amplia en el otro para poder lanzarlas con fuerza.

—¿De qué técnica ancestral habla? —le preguntó Kwang a Mamoru a medida que Yukino Sensei se alejaba hacia la otra hilera de chicos—. ¿Qué tiene tu familia de especial?

—Estás de guasa, ¿verdad? —interpuso Itsuki mientras le lanzaba una mirada de incredulidad a Kwang—. Mamoru es un Matsuda.

—¿Y? —Su rostro no dio muestra alguna de entenderlo.

—Los Matsuda son los maestros de la Espada Susurrante —explicó Itsuki—. Seguro que habréis oído hablar de ella en la capital.

—Bueno, sí, pero eso no es más que un mito. —Kwang se rio, pero al ver que la expresión seria no desaparecía del rostro de Itsuki, dejó de sonreír y se volvió hacia Mamoru con los ojos abiertos de par en par—. ¿Verdad?

—Algunos mitos son ciertos. —Mamoru se encogió de hombros.

—Pero es imposible —protestó Kwang—. ¡Ningún jijaka puede crear hielo lo bastante sólido como para atravesar el acero!

—Algunos sí.

—¿Y tú eres uno de ellos? —preguntó Kwang, sorprendido.

—Lo seré. —Mamoru apretó la mandíbula.

Kwang lo observó con los ojos entornados.

—No me lo trago —soltó un momento después—. Ni siquiera los jijakalu de Kusanagi pueden ser tan poderosos.

En vez de responder, Mamoru se limitó a señalar a Yukino Sensei con la cabeza y a decir:

—Atento.

El maestro jijaka había levantado una de las lanzas de la pila con un leve gesto de la mano. Le bastó con dos dedos para mantener el proyectil suspendido en el aire a la perfección delante de él conforme hablaba:

—Los tajaka más fuertes pueden arrojar una lanza a dieciséis bounds de distancia —rugió Yukino Sensei a la vez que señalaba el pelele de paja con el número 16 escrito en kaigengua con la mano libre—.

Los fonyaka más diestros pueden servirse del viento para lanzar un proyectil sólido hasta veinticinco bounds.

—Señaló más allá del primer pelele, al que tenía un 25 pintado—.

Como jijaka, vosotros podéis hacer mucho más.

Yukino Sensei apoyó una mano contra el extremo plano del proyectil, plantó bien los pies en el suelo y lo lanzó hacia delante.

Mamoru había visto en acción el jiya del Relámpago Dai suficientes veces como para que ya no se le subiese el corazón a la garganta.

Pero a su lado, escuchó a Kwang dar un grito ahogado.

La lanza perforó el pelele que estaba a 16 bounds, el que estaba a 25 y llegó al final del campo de entrenamiento, donde se clavó en un tercer pelele con el número 40, apenas visible.

—¡Bendito Falleke! —jadeó Kwang mientras miraba el fardo destrozado a 16 bounds de distancia.

—Puede que los tajakalu puedan servirse de su fuerza física para lanzar un proyectil —afirmó Yukino Sensei tras volverse de nuevo hacia la clase— y los fonyakalu puedan recurrir a su nyama para repelerlo.

No obstante, el proyectil es nuestro nyama.

Si un arma está hecha de hielo, podemos controlar incluso sus moléculas.

Como jijakalu, somos la única raza theonita que puede pelear con un arma sólida que es en realidad una extensión de nosotros mismos.

Yukino Sensei le tendió una pila de proyectiles a cada alumno y los puso en fila por el campo de entrenamiento para que hiciesen prácticas de tiro contra el ejército de objetivos de paja.

Mamoru empleó su jiya para levantar una lanza, apoyó la palma contra el extremo plano y dejó que su poder se alzase.

Quizá no se pudiese divisar el océano desde la Academia Kumono, pero cuando Mamoru acumuló su jiya en su interior, pareció abarcar toda la montaña, como si descendiese hasta llegar a las olas que rompían contra sus pies y aún más abajo, hasta las aplastantes profundidades donde las raíces del monte Takayubi se encontraban con el lecho marino.

Según la tradición del Ryuhon, las grandes familias de Kusanagi descendían de los dioses del océano que poblaron el mar de Kaigen en los albores de los tiempos.

La mayoría de la gente de la península contemplaba esa parte de la tradición más como una metáfora que como un hecho.

Como era lógico, era imposible que los seres humanos descendiesen directamente de peces y dragones de mar titánicos.

No obstante, al igual que muchos Matsuda que lo precedieron, Mamoru sentía unas oleadas de locura cuando su jiya lo desbordaba.

En esos momentos, sabía que el poder que le recorría el cuerpo provenía de las antiguas fuerzas que habían hecho emerger de los mares a Kaigen.

Era algo más profundo que la fe. Era un hecho.

El poder de los dioses se alzó de forma atronadora en el interior de Mamoru, como una ola, y él cabalgó el oleaje a la vez que movía el cuerpo al unísono.

Cuando la ola llegó al punto álgido, hizo que toda su fuerza descendiese rompiendo por su brazo, a través de la palma abierta, hasta llegar al proyectil de hielo.

Entonces, el proyectil salió disparado a toda velocidad con más rapidez que ningún otro, aunque no en línea recta.

Rebotó contra el saliente, se le partió el emplumado y derrapó hasta detenerse junto al objetivo que estaba a 25 bounds.

Mamoru frunció el ceño y se sacudió las manos.

Solo estaba calentando. Usaría todo su poder para arrojar la lanza con tanta fuerza que no le quedaría más remedio que atravesar el objetivo.

Dejó que otra oleada de nyama se acumulase dentro de él y volvió a tirar. Esa lanza consiguió hacerle un corte al objetivo a 25bounds, pero no dio en el blanco y el hielo se hizo añicos en lugar de atravesarlo.

—Deja de esforzarte tanto, Matsuda-san —indicó Yukino Sensei con paciencia—. Tienes poder suficiente para mandar un proyectil a la otra punta del campo de entrenamiento. Relaja los hombros y céntrate en la precisión en vez de en la fuerza.

—Sí, Sensei. —Mamoru inspiró y levantó otro proyectil.

—Para el carro. —Yukino Sensei alargó el brazo y tocó el hielo con las puntas de los dedos, deteniéndolo antes de que Mamoru pudiese elevarlo a la altura del objetivo—.

Tu jiya está demasiado alborotado; lo noto rugir por todas partes en tu interior.

Tómate un segundo para serenarlo. Concentra tu energía y vuelve a intentarlo.

Mamoru asintió y Yukino Sensei siguió avanzando para supervisar a los otros chicos mientras ofrecía a cada uno un consejo muy acertado. Una vez, la madre de Mamoru había dicho que Yukino Dai era tan meticuloso con las palabras como con los cortes que asestaba; por eso era tan buen profesor.

—No gires de más. —Yukino Sensei reprendió a su primo pequeño, Yuuta, dándole un buen capón—. Si lo lanzas sin calcular cuándo soltarlo, el proyectil siempre se quedará corto y nunca llegará a su objetivo.

—Sí, Sensei. —Yuuta se frotó la cabeza y volvió a intentarlo, y esa vez consiguió acertarle con la lanza al objetivo a 16bounds.

Satisfecho, Yukino Sensei dejó de prestar atención a Yuuta y se centró en Kwang justo cuando la tercera lanza del norteño recién llegado se desviaba dando vueltas y se hacía añicos contra el saliente.

—Hmm. —Yukino Sensei miró al estudiante con el ceño fruncido y Kwang se encogió; era evidente que esperaba que se burlase de él o que le diese un golpe en la cabeza.

Sin embargo, Yukino Sensei se limitó a decir:

—Apuesto a que se te da fenomenal tirarla con el brazo.

—Sí —respondió Kwang con sorpresa—. ¿Cómo lo ha…?

—Deja de intentar lanzarla con el hombro. Proyecta el movimiento desde la cadera y haz que salga directamente de la palma, como si estuvieses asestándole un puñetazo a un hombre en el plexo solar.

—Sensei —se quejó Itsuki a lo lejos—, ¡el viento no deja de desviarme los proyectiles!

—Estos proyectiles están hechos para resistir el viento, Mizumaki-san.

Inténtalo de nuevo. Quiero verlo. —Se detuvo para observar el tiro de Itsuki, cuya lanza se desvió—.

Estás lanzando con poca fuerza. —Yukino Sensei le puso las manos a Itsuki sobre los hombros y volvió a colocarlo en la posición inicial—.

Orienta tu postura hacia este lado. Flexiona las rodillas. Un poquito más. Ahí está.