La espada de Kaigen 1 El norteño #4
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1 El norteño #4

—¡Ahí está esa sonrisa! —exclamó Setsuko, triunfante—. Y, ¡fíjate! —Setsuko le hundió un dedo en la mejilla.

—¿El qué? —Misaki se llevó la mano a la cara al pensar que igual se le había quedado un grano de arroz pegado.

—¡Tienes hoyuelos!

Misaki no tenía hermanas, pero desde aquel día decidió que se alegraba de considerar a Setsuko como una.

Sus maridos cargaban con toda la tensión que los había acompañado al crecer como hermanos, como el primogénito y el segundo hijo que competían por la aprobación de su padre, pero las cuñadas no permitieron que ese mal nyama se interpusiese entre ellas.

Después de haberse pasado casi una década en el recinto de los Matsuda, fue Setsuko quien consiguió que aquellos fríos pasillos se convirtiesen en un hogar para Misaki.

Cuando a Misaki le dolía algo, era Setsuko quien acudía a la aldea occidental a comprarle medicina.

Cuando se sumía en sus pensamientos a contracorriente, era Setsuko la que la alejaba de ellos con un chiste.

Meses después de que naciese Hiroshi, fue Setsuko quien le preguntó:

—La preciosidad que vive en el recinto de los Yukino, ¿quién es?

—¿Te refieres a Hyori? —respondió Misaki—. Es la mujer de Yukino Dai.

—¿Yukino qué?

—Yukino Dai —contestó—, el patriarca de la casa.

—Pensaba que el patriarca de los Yukino era Yukino Ryosuke.

—Lo es, bueno, lo era . Falleció poco antes de que te mudases aquí, cuando te estabas preparando para la boda. ¿No te enteraste?

—¡No! —exclamó Setsuko—. Santa Nami, ¡ya no estoy al tanto de los cotilleos del mercado! Ahí es donde solía enterarme de todo. Por los Dioses de las Profundidades, ¡no sé cómo las nobles podéis vivir tan enclaustradas!

—Ahora tú también eres una noble —le recordó Misaki.

—¡Bah! —soltó Setsuko con desdén a la vez que meneaba la mano.

—El funeral de Yukino Ryosuke se celebró justo antes de tu boda. Alguien tenía que llevar las riendas de la casa, y el primogénito de los Yukino no quería mudarse con su familia desde Jungsan. Dai-san es el segundo hijo, así que se trasladó allí con su mujer.

—¿Tiene encerrada a su esposa o sigue alguna de esas tradiciones extrañas de nobles? —preguntó Setsuko—. ¿Cómo es posible que nunca la veamos?

—Creo que se pasa la mayor parte del día cuidando a la madre de Dai-san. Es mayor y está muy enferma, así que imagino que ocupa casi todo su tiempo.

—Seguro que se siente sola —respondió Setsuko—. Deberíamos hacerle una visita mañana.

Y así había sido como las cuñadas habían conocido a Hiyori. Ahora, cinco años después, las tres eran uña y carne.

Hyori y Setsuko se estaban metiendo la una con la cintura de la otra cuando Misaki notó un tirón en el brazo. Bajó la vista y se encontró con su tercer hijo, Nagasa, de dos años, aferrado a la manga de su kimono de flores.

—¿Ver? —preguntó con una voz diminuta—. ¿Ver bebé? —Era su pregunta favorita desde que Izumo había llegado al mundo.

—Pues claro —respondió Misaki a la vez que se arrodillaba sobre el tatami para ponerse a Izumo en el regazo delante de Nagasa—. Recuerda ir con cuidado, Naga-kun. Todavía es muy pequeño.

—¿Sujetar bebé? —preguntó Nagasa esperanzado mientras le tendía los brazos.

—Pero ¡qué monada! —chilló Hyori.

—Por ahora, ya me encargo yo —respondió Misaki con ternura—. Tú céntrate en crecer un par de koyinu más y ya hablaremos.

—¿Dónde se ha metido tu hermano mayor? —preguntó Hyori mientras se agachaba para mirar al niño de dos años a los ojos—. ¿Por qué no vas a jugar con él?

—Hiro-nii-san ido. —Nagasa hizo un puchero.

—Vaya, ¿a dónde ha ido? —preguntó Hyori, y le echó un vistazo a Misaki.

—Hiro-kun está en el dojo de la escuela primaria —declaró Misaki a la vez que hacía rebotar a Izumo en sus rodillas con suavidad.

—Cierto —contestó Hyori—. Le gusta ver entrenar a los chicos mayores, ¿no?

—En realidad, ya está entrenando con ellos —respondió Misaki—, empezó en cuanto fue lo suficientemente mayor como para levantar la espada de entrenamiento.

—Pero ¿no tiene solo cinco años? —preguntó Hyori, sorprendida—. Pensaba que eso iba en contra de la normativa.

—Los instructores hicieron una excepción —indicó Misaki. Ningún niño de cinco años había sido admitido en los entrenamientos de espada para principiantes de la escuela primaria, pero Hiroshi, el segundo hijo de Misaki, no era como los demás niños de su edad.

—Es un pequeñín bastante serio, ¿verdad? —preguntó Setsuko—. Es como una versión en miniatura de su padre. Da un poco de miedo...

—Por qué no puedes parecerte un poco a él, ¿eh, Ryo-kun? —Hyori le dio un pinchacito a su hijo Ryota. Lo dijo en broma, aunque su voz contenía un deje de seriedad.

—Aún es demasiado joven —afirmó Misaki—. Ryota-kun, ¿cuántos años tienes?

—Cuatro —contestó Ryota con orgullo.

—Ahí lo tienes —respondió Misaki—. ¿Quién sabe? Igual para el año que viene puedes convertirte en un pequeño espadachín como Hiroshi.

—¡Ya soy un espadachín! —declaró Ryota a la vez que blandía su espada de juguete—. ¡Soy el mejor espadachín del mundo!

—Ah, ¿sí? —Misaki no pudo evitar chincharlo.

—¡Te reto a un duelo! —gritó Ryota, al parecer a nadie en concreto. Lo más seguro es que estuviese citando a algún dibujo animado que había visto—. ¡Te reto a un duelo!

Misaki acumuló su jiya por impulso, tiró de las moléculas de agua que la rodeaban hacia su mano y las congeló hasta formar una especie de espada; bueno, más bien parecía un témpano romo que una espada, del tamaño ideal para enfrentarse a un niño de cuatro años.

—¡Acepto! —anunció.

—Misaki-san, ¿qué haces? —preguntó Hyori.

—¡Ven a por mí, Yukino Ryota! —Misaki puso su mejor voz de villana de dibujos y se colocó a Izumo en la cadera izquierda para ponerlo a salvo.

—Ryo-kun, ni se te ocurra —le advirtió Hyori—. Misaki-san es una dama. No es… —Pero el chico, sobrecogido por la alegría de tener una compañera de juegos, ya estaba intentando apalear a Misaki con la espada de madera.

El brazo de Misaki se movió por un impulso que casi había olvidado. En dos movimientos había desarmado al pequeño Ryota. Con otro golpe rápido de espada, lo tiró al suelo. El niño cayó de espaldas, soltó un fuerte «¡uf!» y Misaki le puso el témpano contra el pecho.

—¡He vencido! —exclamó con dramatismo—. Admite la derrota o te haré cosquillas.

—¡Oh, no! —chilló Ryota, que se alejó gateando y riéndose—. ¡No, no!

Y Misaki fue incapaz de contenerse. Se levantó el kimono y corrió tras él.

Lo más seguro es que el veloz pequeñín no se hubiese esperado que un ama de casa sofisticada como Misaki fuese a alcanzarlo en tres zancadas.

Gritó cuando lo sujetó por el torso con un brazo y rio, rio y rio cuando lo tumbó a cosquillas.

—Misaki-san, ¿qué haces? —gritó Hyori, que no estaba muy segura de si escandalizarse o echarse a reír.

—Tranquila, Hyori-chan —contestó Setsuko—.

Misaki hace esto de vez en cuando, cuando está de buen humor.

—Lo que Setsuko no entendía era que esa criatura desconocida, esa mujer valiente y ridícula que corría a toda velocidad y jugaba con espadas, era un vestigio de una época en la que la vida de Misaki estaba llena de felicidad.

Después de recuperarse del ataque de cosquillas, Ryota se puso en pie con una risita, levantó la espada y volvió a arremeter contra Misaki. Esa vez, le dio un poco de ventaja al niño y le permitió adaptarse a su ritmo y hacer un par de acometidas buenas antes de volver a desarmarlo.

—Me temo que Ryo-kun está a años luz de convertirse en Hiro-kun si pierde contra una mujer —se burló Hyori.

Misaki podría haber mencionado que ningún niño, como tampoco ningún hombre, debería avergonzarse por perder un combate contra ella, pero esa era una parte de sí misma sobre la que había dejado de hablar. Takeru se lo había prohibido.

—¡Yo también! —chilló Nagasa al mismo tiempo que recogía su espada de juguete y daba saltitos—. Kaa-chan, ¡yo también!

—¡Niños, cuidado con el bebé! —les advirtió Hyori cuando Ryota y Nagasa embistieron contra Misaki a la vez.

Pero Misaki era de sobra capaz de esquivar a dos niños solo con el brazo derecho y de sujetar a la vez a su bebé con el izquierdo sin despeinarse. Solo cuando el ruido se volvió demasiado intenso para Izumo, rompió a llorar y Misaki tuvo que suspender el duelo.

—Lo siento, chicos —dijo, y con un movimiento de la mano, derritió el témpano que usaba como espada—. Suficiente por hoy. Me rindo. Ha peleado bien, Yukino-dono. —Le revolvió el pelo a Ryota—. Matsuda-dono. —Le acarició la barbilla a Nagasa—. Volveremos a batirnos en duelo en otra ocasión.

Se alejó sonriendo hasta el sofá para calmar a Izumo.

—¡Oh, no! —Nagasa soltó la espada de juguete y siguió a su madre hasta el sofá con una expresión de preocupación absoluta—. ¡Bebé llora!

—No está enfadado contigo, Naga-kun —indicó Misaki para tranquilizar al pequeño—. Solo tiene hambre.

Después de abrirse la parte delantera del kimono, Misaki se metió al bebé que sollozaba en el interior para darle el pecho. El llanto cesó casi al instante.

—No puedes tenerle miedo a un poquito de masacre —añadió Setsuko mientras le pellizcaba el pie a Izumo—. A fin de cuentas, tienes que crecer y convertirte en un guerrero excepcional, como el gruñón de tu padre.

—Oye, Setsuko —interpuso Misaki—. No te burles del gruñón de mi marido. Se esfuerza mucho para mantener ese ceño fruncido todo el día pegado a la frente.

— ¡Mattaku! —exclamó Hyori mientras chasqueaba la lengua, irritada—. ¿Sabes lo contento que se pondría Dai si pudiese darle cuatro buenos hijos? Te juro que se pasaría el día sonriendo si tuviese un hijo como tu Mamoru.

—Si te sirve de consuelo, creo que a Mamoru le haría igual de feliz que Dai-san fuese su padre —confesó Misaki.

—¿En serio? —Hyori se irguió.

—¿No lo sabías? Dai-san es su instructor favorito, tanto de espada como de jiya.

—Misaki-san, ¡no me tomes el pelo! —A Hyori le dio la risa tonta.

—Lo digo en serio.

—Su padre es Matsuda Takeru —declaró Hyori—, maestro de la Espada Susurrante, el mejor espadachín de la montaña.

—Y un profesor pésimo —dijo Misaki—. Sus enseñanzas se basan en cruzarse de brazos, fruncir el ceño y decir: «Mal.

Inténtalo otra vez». —Frunció el ceño y puso la voz lo más grave que pudo para imitar el tono monótono y cortante de su marido—.

«Otra vez mal. Vuelve a empezar. Presta atención.

O lo haces bien o te destripo, desgraciado.

¿A qué te refieres con que no lo entiendes?

¿Qué hay que entender? Limítate a hacerlo bien ».

—¡Para, para! —suplicó Setsuko, sujetándose la tripa de la risa—. ¡Se te da genial imitar a Takeru! ¡Me va a dar un mal!

—¿Cómo consigues poner esa voz tan grave? —Hyori soltó una carcajada.

—¿Te refieres a esta? —bramó Misaki—. Necia, tú nunca podrías entender estos asuntos. Mi virilidad no me permite entonar como el resto de los humanos.

A las tres les dio un ataque de risa y, como sus madres se estaban riendo, Ryota y Nagasa las imitaron.

Misaki se había pasado años intentando encajar con esa gente.

No eran como sus amigos de la escuela. No eran unas visionarias peleonas como Elleen, ni genios como Koli, o fuerzas imparables de energía como Robin.

Nunca llegarían a cambiar el mundo, no entenderían por qué alguien querría hacer algo así, pero la querían.

Podía reírse con ellas, y con eso bastaba.

Había días en los que Misaki se convencía de que con eso bastaba.