La espada de Kaigen 1 El norteño #3
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1 El norteño #3

—¡Las dos sois princesas de pura raza! —afirmó Setsuko, pasando la mirada de Hyori a Misaki con exasperación—. Con esa piel tersa y esas cinturitas de avispa. No tenéis derecho a quejaros de vuestro peso delante de mí cuando yo podría abarcaros a las dos dentro.

Por irónico que pareciera, Misaki creía que Setsuko era la mujer más guapa de la montaña.

Cuando la hija del pescador se casó y entró en la familia Matsuda, se trajo consigo toda la alegría pura y desvergonzada que Misaki echaba tanto de menos antes de su vida en Takayubi.

La belleza de Setsuko no tenía mucho que ver con sus atributos físicos.

No era por el pelo corto por debajo de las orejas, sino por la manera en la que se lo sacudía y suspiraba de placer cuando disfrutaba del tiempo.

No era por esos ojos grandes de pestañas oscuras, sino por cómo se arrugaban de alegría ante cualquier nimiedad.

No era por su complexión corpulenta, sino por su forma de ir pisando fuerte con una seguridad apabullante en un mundo donde tanto las damas como los espadachines andaban con tanta suavidad.

Antes de ser cuñadas Misaki había conocido a Setsuko, al igual que el resto del mundo, como la chica del pescado fresco. Su voz podía escucharse en cualquier viaje al mercado que estaba al pie de la montaña. «¡Pescado fresco! ¡Compren pescado fresco!».

No era un trabajo elegante, pero Setsuko era esa clase de persona que podía resultar de lo más encantadora con los brazos bien metidos en entrañas de pescado y unos mechones de pelo sueltos pegados a las sienes por el sudor.

Misaki había supuesto que muchos se habían enamorado de la pescadora corpulenta de sonrisa despreocupada, pero fue Matsuda Takashi, el primogénito de la casa más noble de la región, quien se enamoró más perdidamente de ella.

Misaki se lo había olido una mañana en la que su cuñado la detuvo al salir por la puerta y dijo:

—Pareces cansada, Misaki. Ya voy yo al mercado.

—¿Quiere ir al mercado? —preguntó Misaki sin comprender, después de quedarse un instante mirándolo anonadada. Ir a hacer la compra no era una tarea propia de hombres, y mucho menos de un noble como Takashi.

—Bueno… eh… De todas formas, tengo asuntos que atender al pie de la montaña. —Takashi no la miró a los ojos.

—Estoy bien, Nii-sama. —Lo tranquilizó Misaki—. Si tiene algo importante que hacer, no debería preocuparse por…

—No es ninguna molestia —afirmó Takashi, y Misaki se percató de que lo dijo en voz baja, como si estuviese preocupado de que su padre y su hermano fuesen a escucharlo dentro—. Tú dame una lista de lo que necesites.

—De acuerdo. —Por muy confundida que estuviese, Misaki no se lo iba a discutir.

—Y, ¿Misaki?

—¿Sí, Nii-sama?

—¿Te importaría… no comentárselo a mi padre?

Las sospechas de Misaki se confirmaron cuando Takashi regresó a última hora de la tarde y dejó ocho cestas hasta arriba de pescado en la cocina.

Ningún hombre salvo un Matsuda podría haber cargado con todo eso por la montaña.

Por muy fuerte que fuese Takashi, tenía la cara bastante roja por el esfuerzo.

—Peces —declaró con una sonrisa boba poco característica del hijo de una familia guerrera—. Dijiste que querías pescado fresco, ¿verdad? Perdona. Creo que he olvidado el resto de las cosas de la lista.

—Eh… —Misaki echó un vistazo espantada a las cestas rebosantes de pescado en el suelo de su cocina—. Discúlpeme, Nii-sama, pero ¿qué pretende que haga con todo esto? —El recinto de los Matsuda no tenía suficiente espacio en el congelador para tanto pescado—. ¿Espera visita?

—¿Qué? No. ¿Por qué lo dices? ¿Me he pasado?

—Misaki levantó la vista hacia su cuñado de hito en hito y bastante cabreada.

Si te gusta la chica, simplemente díselo , pero ¡no dilapides la fortuna de la familia en pescado!

, quiso soltarle. Pero no le correspondía a ella cuestionarlo y tampoco era tan fácil.

Un noble no podía proponerle matrimonio sin más a la hija de un pescador y llevársela a lo alto de la montaña.

En Takayubi, no. Los campesinos sin un linaje que proteger podían casarse como les viniese en gana, pero los hombres y mujeres de una casa noble no gozaban de ese privilegio—.

¿Me he pasado? —repitió Takashi, todavía atontado y mucho más atolondrado que de costumbre, como un adolescente perdidamente enamorado, igual que Misaki hacía tiempo.

Un dolor repentino e inesperado le atravesó el pecho al pensarlo.

Ten cuidado, hermano mayor, quiso decirle entonces, ten mucho cuidado de amar desesperadamente lo que sabes que no puedes tener ; pero tampoco le correspondía.

En su lugar, apretó los labios, bajó la vista hacia el pescado y dijo:

—Ya se me ocurrirá algo.

—Bien —contestó Takashi, aunque no pareció verla ni escucharla en realidad—. Bien. —Y salió de la cocina sin dejar de sonreír. Al salir, se cruzó con Takeru, que observó a su hermano mayor con la misma expresión de amargura que ponía cada vez que veía a alguien feliz.

—¿Mi hermano está enfermo? —preguntó cuando Takashi se hubo marchado.

No , pensó Misaki con tristeza , solo está condenado a sufrir.

No obstante, Takashi tuvo suerte; o, más bien, una combinación ideal de suerte, imprudencia y astucia.

Se esforzó, tramó y urdió excusas, y de algún modo se las apañó para postergar la boda hasta que el tirano de su padre falleció y ya no quedó ningún anciano Matsuda para decirle qué hacer.

En vez de casarse con la mujer noble y de sangre pura que había escogido su familia, Takashi se casó con la mujer que amaba, la campesina de risa retumbante que le vendía pescado fresco.

Takashi no lo sabía, pero al casarse con Setsuko, puede que hubiese acabado salvándole la vida a Misaki. La otra mujer se había mudado al recinto de los Matsuda poco después del segundo aborto de Misaki como una explosión intensa de color cuando todo parecía gris.

—Llevas desde que he llegado sin sonreír. —Había comentado Setsuko mientras la ayudaba a deshacer las pocas pertenencias que se había traído—. ¿A qué viene esa cara tan larga, hermanita?

Misaki era un par de años mayor que su nueva cuñada, pero Setsuko se había casado con el mayor de los dos hermanos Matsuda, así que el estatus del hombre era el único que importaba.

—Lo siento —murmuró Misaki. Se había convertido en su respuesta habitual a cualquier cosa durante los últimos años.

—Vas a tener que esforzarte más. —Setsuko puso los brazos en jarras.

—¿Disculpa?

—Oye, vamos a estar juntas en esta casa hasta que seamos unas viejas desdentadas y arrugadas. No sé tú, pero yo no quiero pasarme los próximos cuarenta años con una mujer que no sabe sonreír.

—Sí que sé. —Hacía tiempo, a Misaki la habían acusado de sonreír demasiado, pero con el paso de los años, Takayubi había ido desgastándola y convirtiéndola en un ser tembloroso y quebradizo, temerosa de que el sonido de su propia voz terminase por hacerla añicos si la levantaba demasiado.

—Pues yo nunca te he visto —contestó Setsuko con escepticismo—. ¿Qué narices te pasa, se te han estropeado las comisuras de los labios o algo?

No . En realidad, lo que se había roto estaba en su interior.

—He tenido un aborto —respondió sin rodeos—. Es el segundo.

—Oh. —Setsuko se calló, su actitud bromista había desaparecido—.

Ay, cariño… Lo siento muchísimo. No tenía ni idea.

—Misaki pensó que se derrumbaría con la mirada de preocupación que le echó Setsuko.

Los años la habían vuelto impasible a la crueldad de su suegro y a la indiferencia de su marido, pero no tenía una armadura con la que enfrentarse a una mirada sincera—.

¿Los querías tener de verdad? —preguntó Setsuko con tanta ternura que Misaki se abrió en canal.

—No lo sé —respondió, anonadada y algo horrorizada por su propia sinceridad. Esperó con los hombros tensos a que Setsuko la reprendiese por su egoísmo, que la culpase de haber perdido a los bebés, que le dijese que tenía suerte de tener un marido tan comprensivo, igual que los demás.

Sin embargo, ella se limitó a contestarle:

—Vaya. Entonces, ¿a qué viene tanta tristeza?

—Yo… —Misaki se preguntó desde cuándo su voz sonaba tan diminuta. ¿Cuándo se había vuelto tan temerosa de expresar cualquier pensamiento?—. Estoy aquí para darle hijos a mi marido. No quiero ser una decepción.

—No eres una decepción.

—¿Qué?

—He dicho que no eres una decepción. No podrías serlo, aunque te empeñases.

—Hacía mucho tiempo que nadie le había hablado a Misaki con esa clase de seguridad simple, que nadie había asumido que ella era buena y decente.

Se quedó mirando a Setsuko durante un instante y se dio cuenta de que ya no sabía cómo responder a esas muestras de amabilidad.

Era algo que creía que había dejado atrás hacía nueve años—.

Mírate —prosiguió Setsuko con sinceridad—.

¿Qué razones iba a tener un hombre para quejarse?

Eres tierna, guapa, y me da en la nariz que también eres bastante lista, ya has tenido un hijo perfecto, y mi marido me cuenta que cocinas de muerte.

—Es muy amable por su parte. Hago lo que puedo.

—¿Te gusta cocinar?

Misaki asintió.

—Genial, eso está fenomenal porque a mí se me da de pena.

—Seguro que no es cierto —contestó Misaki con educación.

—De verdad que sí. Pregúntaselo a cualquiera que haya probado uno de mis platos. Ahora, ¿por qué no haces algo útil y me enseñas a cocinar algo para mi elegante marido y su refinado paladar Matsuda?

—Los Matsuda tampoco tienen un paladar tan refinado —afirmó Misaki—. A tu marido le gusta la misma comida que a cualquier otra persona.

—Si se la preparo yo, no. ¿Por qué te crees que siempre me encargaba de llevar los peces al mercado en vez de quedarme en casa y ayudar en la cocina? Mi familia probó mis platos una sola vez y decidió que prefería seguir con vida.

Misaki notó su cara esbozar una sonrisa y, por primera vez desde hacía una eternidad, soltó una risita.