1 El norteño #2
—Chicos —dijo una voz—, si ya habéis terminado de recoger los zapatos, entonces deberíais estar en clase.
—¡Yukino Sensei! —exclamó Itsuki a la vez que los demás y él hacían una reverencia—. Lo sentimos.
Yukino Dai era el mejor espadachín de la provincia, o quizás el segundo, dependiendo de a quién se lo preguntases.
Había un debate sobre si vencería en un duelo al padre de Mamoru, Matsuda Takeru, o a su tío, Matsuda Takahasi.
El clan Yukino no dominaba ninguna de las técnicas ancestrales secretas de los Matsuda; sin embargo, Yukino Dai era todo lo diestro que podía llegar a ser un hombre solo con una espada.
—Venimos con un alumno nuevo, Sensei —explicó Mamoru—. No sabe muy bien a dónde ir.
—Ya veo. —Yukino Sensei no reparó en Mamoru y se fijó en el chico nuevo, que llamaba bastante la atención con el uniforme de bogolán—. Debes de ser Kwang Chul-hee.
—Sí, señor. —Kwang hizo una reverencia y pronunció con mucho cuidado—: Yoroshiku onegaishimasu.
—Bienvenido a la Academia Kumono —saludó el espadachín en kaigengua tras reprimir una sonrisa al escuchar la pronunciación de Kwang—. ¿Qué tal se te ha dado la primera subida por los peldaños?
—Ha estado chupado, señor —contestó Kwang, a pesar del rubor evidente que tenía en las mejillas—. Tengo muchas ganas de repetir.
La cara de Yukino Sensei esbozó una amplia sonrisa.
—Me caes bien, Kwang —afirmó—. Acompáñame al despacho a recoger tu horario. Matsuda-san. —Se giró hacia Mamoru—. Ve al almacén a por un uniforme para Kwang-san. Será suficiente con que sea de tu talla.
—Sí, señor. —Mamoru hizo una reverencia y se apresuró a hacer lo que le habían mandado.
Cruzó los pasillos estrechos hasta el armario de suministros con rapidez, sus piernas fueron adaptándose al movimiento del suelo a medida que la escuela se mecía sobre las columnas.
—¡Hola, Mamoru-kun! —lo saludaron otros chicos.
—¡Buenos días, Matsuda-senpai!
Se aseguró de hacerles una reverencia a todos y de dedicarles una sonrisa al pasar.
La puerta del almacén no estaba cerrada con llave. Kumono era una escuela lo bastante pequeña, y Takayubi, una aldea tan diminuta como para que los robos no le quitasen el sueño a nadie. Además, ¿dónde guardaría un ladrón un objeto robado? ¿Dónde lo vendería? Allí todo el mundo se conocía.
Mamoru tuvo que subirse a una caja de espadas de entrenamiento rotas y a una pila de peleles para llegar hasta el estante que contenía los uniformes de sobra.
Mantener el equilibrio fue todo un reto a medida que la escuela chirriaba y los peleles se movían bajo sus pies, pero ¿qué tipo de Matsuda sería si un mero soplo de aire conseguía desequilibrarlo?
La siguiente ráfaga hizo que la pila de peleles se inclinase hacia la estantería.
Mamoru se echó hacia delante, agarró un uniforme de talla pequeña del estante y bajó al suelo de un salto antes de que se cayese algo.
Tras volver a comprobar la talla del uniforme, se apresuró al despacho para encontrarse con Yukino Sensei y Kwang.
—Gracias, Matsuda-san —dijo Yukino Sensei en cuanto le tendió el uniforme al nuevo—.
Bien, Kwang-san se incorporará a la clase de segundo, así que su horario será idéntico al tuyo.
—Mamoru asintió. Al ser uno de los dos institutos más exclusivos de una pequeña aldea, la Academia Kumono solo disponía de una clase por curso—.
Lo dejo a tu cargo. Hoy te ocuparás de él.
—Sí, Sensei.
—Empieza por enseñarle dónde están los vestuarios. Y date prisa. Solo tenéis un par de siiranu hasta que empiecen las clases.
Kwang tardó más de lo que hubiese creído en ponerse el uniforme nuevo, y Mamoru se percató de que había empezado a pasearse con impaciencia de un lado a otro por el suelo chirriante frente a la puerta del vestuario.
Cuando por fin salió, seguía toqueteando el cinturón como si tuviese todo el tiempo del mundo.
—Esto es rarísimo —soltó a la vez que sacudía las mangas anchas y azules del uniforme—. Siento como si estuviese en una de esas pelis antiguas de samuráis.
—Bueno, para nosotros no es más que un uniforme escolar corriente —contestó Mamoru con el ceño fruncido.
—Qué sitio tan raro. —Kwang se pasó las manos por las mangas mientras observaba los pasillos con decoraciones talladas del templo que lo rodeaba—. Es como si hubiese cruzado un portal hacia el pasado.
Mamoru sintió que el enfado se le acumulaba en el interior.
No supo muy bien por qué. Abrió la boca para decir algo, pero antes de poder dar con las palabras adecuadas, la campana del antiguo templo repicó.
Esa única y vetusta nota reverberó por el pasillo para indicarles a los chicos que entrasen a clase.
MISAKI
—¿Es un niño sano, como sus hermanos? —preguntó Hyori, que se agachó para apoyarle una mano en la cabeza al bebé.
—Sí —respondió Misaki —, aunque es un pelín más pequeño.
—¡No me puedo creer que ya vayas por el cuarto!
—Ya —suspiró Misaki, y trató de suavizar el tono, intentando olvidar la pesadez que sentía en las extremidades—, con suerte será el último.
—¡No! —exclamó Hyori, escandalizada—. ¿Cómo puedes decir eso?
—Tiene razón, llevas un ritmo tan bueno, ¿por qué parar ahora? —bromeó Setsuko mientras se colocaba a su bebé en la otra cadera para darle un codazo a su cuñada.
—En serio, Misaki-san —espetó Hyori de forma dolorosa—. ¡Eres muy afortunada!
—Hmm. —Asintió Misaki a la vez que esbozaba una sonrisa forzada—. Supongo que tienes razón.
Misaki era afortunada. De acuerdo a los estándares de Shirojima, era la mujer con más suerte del mundo.
Tuvo la fortuna de casarse y de entrar en la mejor familia guerrera de Shirojima nada más salir de la academia theonita.
Y luego, tuvo la suerte de tener un hijo detrás de otro.
Hubo un doloroso espacio de unos años entre medias después de Mamoru en el que no consiguió dar a luz, pero hacía cinco años tuvo a Hiroshi, luego poco más tarde a Nagasa y ahora a Izumo.
Tenía a cuatro chicos fuertes y sanos, el sueño de toda mujer de Shirojima.
—¿Me permites? —preguntó Hyori con un brillo de emoción en la mirada.
—Claro. —Misaki le tendió a Izumo a su amiga, con cuidado de sostenerle la cabeza inestable al bebé.
—Tienes mucho mejor aspecto —comentó Setsuko conforme Hyori le hacía carantoñas a un Izumo que no se pispaba.
—Me siento mucho mejor —respondió Misaki a la vez que cuadraba los hombros—, al menos ahora que estáis aquí. Os echaba de menos.
Por lo general, las tres amas de casa se pasaban la mayor parte del tiempo en el mismo sitio: dejaban que sus hijos jugasen juntos, se encargaban de los bebés de las demás cuando las otras se iban a hacer la compra, cocinaban y cosían.
Desde que dio a luz a Izumo, Misaki había estado demasiado hecha polvo como para hacer otra cosa que no fuese cuidar al bebé, y Takeru había insistido en que no estaba lo suficientemente bien para recibir visitas.
Esa era la primera vez que Izumo veía a Hyori y a su tía Setsuko.
Podía ser un bebé quisquilloso, pero no parecía importarle ver caras nuevas, si es que acaso las distinguía.
Aún era lo bastante joven como para enfocar la vista.
—Cuatro hijos —caviló Setsuko mientras hacía eructar a su hija Ayumi, que llevaba echada al hombro—.
No sé cómo demonios voy a alcanzarte. ¡De todas formas, mirad qué bracitos tan rechonchos!
Ayumi podría dar el pego como chico. Igual empiezo a vestirla con ropa de varón y me limito a fingir que le he dado un hijo fuerte y sano a mi marido.
—La pequeña Ayumi, que solo era dos meses mayor que Izumo, era casi el doble de grande que él—. ¿Qué os parece?
—Yo creo que es perfecta tal y como es. —Misaki lo decía en serio, pero las otras dos mujeres se echaron a reír, como cabía esperar.
Cuando era más joven, Misaki siempre se había imaginado teniendo hijas.
Había disfrutado el sueño difuso de criar a mujeres jóvenes, fuertes y progresistas con la valentía para aspirar a algo más que su madre; sin embargo, no era más que eso, un sueño.
Hacía tiempo que Misaki había abandonado la idea de que podría criar a sus hijos como quisiera, o de que fuesen suyos siquiera.
Sus hijos eran, ante todo, Matsuda. Su único propósito era crecer para convertirse en guerreros fuertes, como su padre antes que ellos y el padre de su padre.
Pertenecían a la casa Matsuda, y ella también.
—Va en serio —insistió Misaki cuando Hyori le devolvió al bebé—. Yo estaría satisfecha si tuviese una hija. —Al menos, si la tuviese quizá le dejarían pasar un poco de tiempo con su descendencia.
—¡Qué poco te cuesta decirlo después de tener cuatro niños! —exclamó Hyori, indignada.
—Vas a tener que contarnos cuál es tu secreto —canturreó Setsuko, dándole la razón.
—Yo lo que quiero saber es cómo se las ha apañado para mantener la silueta —espetó Hyori.
—¡Venga ya, cierra el pico! —Setsuko le soltó una colleja a Hyori—. La mujer más mona y menuda de la aldea no tiene derecho a decir esas cosas.
—Setsuko-san —respondió Hyori, que se había puesto como un tomate—. Yo no soy la más guapa…
—Cierra esa boquita preciosa, Hyori-chan —dijo Misaki con ternura—. Con nosotras no hace falta que te hagas la tonta. Nos gustas más cuando eres lista.
Hyori no solía ser inteligente, pero Misaki pensó que, ya que estaba, podía darle unos pocos ánimos.
El saber popular decía que a las mujeres guapas como Hyori no les hacía falta ser listas.
Misaki creía que la palabra «guapa» ni siquiera le hacía justicia a Hyori.
Era una mujer preciosa, dolorosamente hermosa, con una sonrisa natural y unos ojos tan suaves como la nieve derretida.
En Shirojima ya había muchas mujeres «guapas», pero Hyori poseía esa clase de belleza legendaria por la que los hombres libraban guerras.