La espada de Kaigen
© inepub.com
1 El norteño
Monte Takayubi, península de Kusanagi
Provincia de Shirojima
Imperio kaigenés
Planeta Duna
5369 y. s. p.
L a subida que conducía al instituto era tortuosa.
Ochocientos veintiún escalones. Mamoru los había contado una vez a medida que ascendía; una tarea nada sencilla cuando estás concentrado en no despeñarte montaña abajo.
Para la mayoría de los guerreros de catorce, la sinuosa subida hasta el instituto era una verdadera prueba de valor y de agilidad; no obstante, Mamoru, que tenía unas piernas larguiruchas y una energía inagotable, se despertaba cada mañana con ganas de enfrentarse a ese reto.
—¡Mamoru! —jadearon sus amigos unas escaleras más abajo—. ¡Frena un poco!
Como vivían en la aldea occidental de más abajo de la montaña, Itsuki y Yuuta no tenían más remedio que recorrer el escarpado camino hacia el instituto.
El recinto de la familia de Mamoru estaba construido en una zona lo bastante alta como para que, si el muchacho así lo quería, pudiese escoger un camino más fácil, pero los Matsuda no eran precisamente famosos por escoger el camino fácil en ninguna circunstancia.
Se despertaba cada día antes del amanecer, entre los cantos de los grillos, solo para dar la vuelta, bajar la montaña hasta la aldea occidental y enfrentarse a la empinada subida con sus amigos.
—¡Sois un par de tortugas! —respondió Mamoru—. ¡Más vale que no lleguemos tarde!
—No vamos a llegar tarde —contestó Itsuki con irritación desde la niebla situada más abajo—. ¡Tú espera! Por favor.
—Vale, vale. —Mamoru se agachó sobre el saliente rocoso y se sentó, dejando que le colgasen los pies por el borde.
Cuando los tres chicos habían emprendido la subida todavía estaba oscuro, aunque, para entonces, la mañana se había colado por el manto de niebla para dar unas pinceladas pálidas a la pared de roca.
El pie de la montaña casi nunca podía divisarse desde los peldaños de Kumono.
Bajo las piernas de Mamoru, que pendían del saliente, solo había niebla, que llegaba en lentas oleadas hasta el muro e iba disipándose poco a poco con el amanecer.
En cuanto Itsuki y Yuuta llegaron a duras penas hasta el saliente donde estaba sentado Mamoru, él sonrió de oreja a oreja y se levantó de un salto.
—¡Ya era hora! —dijo—. ¿Estáis listos para seguirme el ritmo?
—¿Me estás vacilando? —jadeó Yuuta, que se dobló para recobrar el aliento.
—¡Eres un monstruo! —gruñó Itsuki.
—Os espero en la escuela —anunció con alegría tras darle una palmada en la espalda a cada uno, y luego empezó a subir la montaña a toda velocidad.
Los dedos de sus pies conocían cada saliente y cada roca que sobresalía, así que tomó la parte más escarpada del camino avanzando con saltos rápidos y seguros, a veces subiendo seis escalones de una tacada.
Acababa de doblar la última curva cuando sus pies desaceleraron.
Más adelante había una silueta encorvada en la niebla, la de un chico que se aferraba a la pared rocosa mientras jadeaba.
Por lo general, Mamoru no le habría dado muchas vueltas (docenas de alumnos subían esos peldaños cada mañana), pero la ropa de ese chico no cuadraba.
En lugar del azul de Kumono, llevaba un uniforme negro y moderno que Mamoru no había visto nunca.
—Buenos días —lo saludó Mamoru, y se acercó despacio para evitar que el recién llegado se asustase y se despeñase.
—Hola. —El chico levantó una mano para saludarlo antes de llevársela al pecho, todavía jadeando. Tenía un acento muy marcado.
—¿Eres un…? —empezó a decir Mamoru, y después cambió al kaigengua, la lengua estándar del Imperio—. ¿Eres un estudiante de intercambio?
—Me llamo Kwang Chul-hee. —Asintió—. Encantado de conocerte.
Un nombre norteño. Ese chico no solo no provenía de una provincia vecina, sino que había venido de muy lejos. Su uniforme era el típico que vestían en las grandes ciudades de la península de Jungsan, de estilo yamankka y con patrones de camuflaje, hecho de bogolán.
—Matsuda Mamoru —contestó él con una reverencia.
—Matsuda Mamoru… —repitió el chico—. ¿Cuánto falta para llegar a tu maldita escuela?
—Casi has llegado —se rio Mamoru—. Puedo acompañarte el resto del trayecto.
—No me da miedo perderme. —Kwang parecía un tanto exasperado—. Me da miedo despeñarme.
—Nadie se ha muerto cayéndose por los peldaños. —Bajo la niebla, había un lago que nacía de un manantial y que nunca se congelaba, donde desembocaban otros afluentes, listo para atrapar a los estudiantes torpes que resbalaban.
—Eso he oído —contestó Kwang—, pero apuesto a que aun así duele.
—Duele, sí —confirmó Mamoru. Una vez, en su primer año, Mamoru había saltado desde los peldaños para averiguar cómo sería volar.
Se arrepintió por completo de la decisión al impactar contra la superficie tensa del lago; sin embargo, jamás olvidaría la sensación del viento rugiendo con fuerza a su alrededor, con tanta violencia que parecía el océano—.
Tú tranquilo —prosiguió para calmarlo—. He subido estos peldaños cientos de veces.
Sé dónde están las partes más peligrosas, así que, si tropiezas, te sujetaré.
—¿Tan rápido eres? —Kwang no parecía muy convencido. A Mamoru no le importó. Que pensara lo que quisiera.
—En esta aldea la rapidez es un bien preciado —contestó Mamoru a modo de explicación—. Aquí todos somos espadachines.
—Ya veo. —Kwang señaló la espada de entrenamiento de madera que le sobresalía a Mamoru de la mochila.
—También podemos pelear a mano limpia —aseguró Mamoru—, aunque se prefiere el manejo de la espada tradicional como estilo de combate.
—¿Se te da bien?
—Soy un Matsuda.
—No sé qué significa eso.
—Significa que sí —contestó Mamoru—. ¿Qué estilo de combate es el más común en tu región? —preguntó; sentía curiosidad por saber qué clase de guerrero era ese chico.
—¿Estilo de combate? —Kwang enarcó las cejas—. El de los videojuegos.
—Aquí no se llevan mucho. —Mamoru se rio.
—¿Por qué? Tenéis dispositivos de comunicación, ¿no?
Mamoru negó con la cabeza.
—¿Qué? —Kwang parecía desconcertado.
—Bueno, creo que el alcalde tiene uno. Somos una aldea bastante tradicional.
—Ya veo.
Itsuki y Yuuta alcanzaron a la pareja en el último tramo de peldaños, y los chicos de la aldea occidental se presentaron.
—Me llamo Mizumaki Itsuki —declaró sin pensar en el dialecto de Shirojima con el que hablaban entre ellos—. Este es Yukino Yuuta.
—Ah. Yo m-me llamo Kwang Chul-hee —respondió Kwang en un valeroso intento por saludarlo en dialecto de Shirojima—. Yoroshiku onegashimasu.
—Querrás decir «o-ne-ga-i» —lo corrigió Mamoru—. Onegaishimasu. Además, el «su» no se pronuncia salvo que seas un crío.
—Ah.
—No pasa nada —indicó Mamoru—. Muchas clases se imparten en kaigengua. —Era la lengua estándar del Imperio.
Para cuando llegaron a la escuela, el chico de ciudad volvió a quedarse sin aliento.
Las columnas fueron la primera parte del edificio que se alzó sobre la niebla, con el acabado negro húmedo por la condensación, seguidas del tejado de arcilla curvo.
La Academia Kumono estaba construida en la pared rocosa, y sus estructuras internas habían sido talladas en la montaña.
La parte delantera del edificio, hecha de una madera esmaltada e intrincada, se sostenía sobre una red de columnas y vigas que chirriaban cuando el viento soplaba con fuerza, pero que habían mantenido la estructura en pie desde hacía cien años.
Kwang se detuvo en los escalones de la entrada y se apoyó en una barandilla de madera tallada; parecía como si fuese a echar los intestinos en la niebla de más abajo.
—¿Por qué alguien construiría una escuela en un sitio así? —preguntó, horrorizado.
—En realidad, Kumono no se construyó para ser una escuela —interpuso Yuuta—. Antes era un monasterio.
—Ah. Eso explica la decoración —respondió Kwang a la vez que echaba un vistazo a las estatuas de los santos del Ryuhon Falleya que vigilaban las puertas de la escuela.
—El edificio quedó abandonado después de que los monjes fina construyesen un templo nuevo en una zona más baja de la montaña, en la aldea occidental —explicó Yuuta.
—¿Así que decidieron que era un buen sitio para fundar una escuela? —preguntó Kwang con incredulidad.
—Bueno, Kumono es la escuela de élite para koro de Takayubi —indicó Mamoru a medida que subían los escalones de la entrada hacia el genkan—. Los funcionarios de la aldea creyeron que sería apropiado que un koro de élite pudiese llegar hasta aquí.
El olor a incienso nunca llegó a abandonar del todo los pasillos de madera de Kumono.
El aroma familiar envolvió a los cuatro chicos cuando se unieron al somnoliento grupo de estudiantes en los casilleros para dejar los zapatos y se arrodillaron para desabrocharse los tabi.
Mientras Kwang, que todavía temblaba, se desataba los zapatos con torpeza, la mirada de Mamoru fue a parar a los pies del norteño.
En vez de los tabi de dos dedos que vestían los chicos de Takayubi, Kwang llevaba unos zapatos aparatosos y brillantes de estilo yammanka, que se sujetaban con imanes alrededor de los tobillos.
Mamoru había visto esa clase de calzado en la tele, pero en Shirojima nadie lo llevaba.
—No tengo ni idea de cómo voy a hacer esa subida todas las mañanas —dijo Kwang a la vez que embutía los zapatos gigantescos en un casillero libre.
—Si quieres ir por un camino más fácil, siempre puedes transferirte al instituto público de Takayubi —sugirió Itsuki.
—Ni hablar. —Se rio Kwang—. Mi padre es incapaz de meterme en otra escuela que no sea la mejor de la región cada vez que nos mudamos.
—¿Os mudáis a menudo? —preguntó Yuuta.
—Mi padre es representante itinerante de una empresa de comunicación, así que viajamos por todo el país, aunque a veces también salimos fuera. —Asintió Kwang.
—¿Fuera? —repitió Itsuki, perplejo—. ¿Dónde has estado?
—Eh… —Kwang se lo pensó un segundo—. He ido un par de veces a Yamma, otro par a Kudazwe, una vez me quedé en Sizwe durante dos semanas…