Capítulo Sesenta y dos
RAO
Los hombres que habían estado con él en la fortaleza, los hombres que habían visto morir a Aditya, ya empezaban a contar historias.
Le contaron a todo el mundo que habían conquistado la fortaleza gracias al sacrificio de Aditya.
Que el fuego había recorrido los salones de la fortaleza con un aullido ardiente, eso decían.
Que había quemado al gran príncipe y a todos sus hombres, a todos los que le eran leales.
Todos habían muerto en una terrible agonía.
El fuego había purgado todo el bastión-laberinto y no había dejado más que a los leales seguidores del príncipe Aditya a su paso.
A Rao no le quedó más alternativa que creer aquellas historias.
No recordaba nada. Solo recordaba las manos que le sujetaban los brazos, que lo guiaban.
Solo recordaba la sal que le manchaba el rostro de tanto llorar.
Solo recordaba el silencio, en las postrimerías de la batalla, silencio donde debería haber estado su corazón.
Las Madres habían llamado al príncipe Aditya, eso decían los hombres.
Las llamas lo habían envuelto con las propias manos de las Madres, firmes, amantísimas, implacables.
El príncipe Aditya no había sentido dolor.
Había ascendido con las Madres, cosa que ningún otro hombre había conseguido.
Aditya había nombrado emperatriz a su hermana, del mismo modo en que Rao lo había hecho en su día.
Aditya había muerto por ella, tal y como había muerto por ella un sacerdote en Harsinghar, para protegerla de los viles yaksas, que habían regresado.
Quizás ambos habían muerto en el mismo instante: dos muertes sagradas que escudaron a la emperatriz Malini de todo mal.
Nada de aquello era mentira. Nada de aquello era tampoco verdad.
Habían tenido que cargar con Rao hasta Harsinghar durante buena parte del camino. Derrumbado en un carruaje, inútil por completo. El brazo cercenado del yaksa repiqueteaba en la caja junto a él, un recordatorio constante de lo que había perdido.
Y entonces, de alguna manera, Rao había encontrado la fuerza para enderezarse. La fuerza para beber hasta quedar aletargado. La fuerza, luego, para montar en su caballo, con la cabeza retumbando y el cuerpo estragado por el pesar.
Al día siguiente, Mahesh le contó que Chandra había muerto, y cómo había sucedido.
Una vez que Rao hubo entendido que Malini se había hecho con el trono antes de que Aditya y él empezasen la incursión del bastión-laberinto, antes de que Aditya se entregase a las llamas, convencido de que era su destino, su inevitable final…
Bueno, Rao se entregó del todo a la bebida después de aquello. El viaje no fue más que una laguna vacía, un hueco en el que solo habitaba el dolor, nada más.
Había dejado de soñar. Alori. Prem. Aditya.
Pensó en la sonrisa de Prem, con una botella de vino. El chal anudado en su garganta. “¿Recuerdas cuando éramos niños? ¿Recuerdas nuestros juegos?”
En Aditya, que lo contemplaba con mirada apacible. Listo para dejarlo atrás.
Alori, con una corona de estrellas de madera, con el pelo en llamas, y sus gritos…
En el resto del mahal, los soldados que habían regresado junto a Aditya hablaban sin duda de lo que Aditya había hecho, de lo que les había pedido que jurasen a cambio. En pocos días, el relato habría recorrido toda la ciudad.
Quizás alzarían una estatua de oro en honor a Aditya, tal y como habían hecho con la hermana de Rao. Quizá sus seres queridos no serían más que efigies que Rao podría contemplar y recordar todo lo que había perdido.
Una vez que hubo visto a Malini, Rao se buscó un rincón en el que estar a solas. Una balconada que daba a los campos de entrenamiento donde Aditya y él solían practicar. Se asomó al borde y dejó yacer la frente contra el frío mármol.
—Rao.
La suave voz de Lata. Por supuesto.
Alzó la cabeza. El rostro de Lata estaba lleno de compasión.
—Rao —dijo—. Lo siento mucho.
—No lo sientas —respondió por mero reflejo.
—Estabas junto al príncipe cuando falleció —continuó ella, con ojos aún apenados.
Él asintió una sola vez, en silencio.
—¿Qué viste cuando ardió? —preguntó Lata—. Perdóname, pero debo preguntarlo.
—¿Debes? —Ella le devolvió la mirada—. ¿Es por curiosidad de sabia o por algo más?
Lata había estado con Malini, lo sabía. Parecía cansada.
—¿Por qué otra cosa habría de ser? —preguntó Lata.
—Curiosidad de sabia, pues —repuso él con amargura—. Dime, ¿qué escribirán los sabios sobre la muerte de Aditya? ¿Dirán ahora que mi hermana jamás debió morir en la hoguera? ¿Dirán que tendría que haber sido yo?
Se giró hacia ella. Odiaba cómo se sentía, pero no podía obligarse a no sentirse así.
—Esto no significa nada. Nada.
—No lo dices de corazón —dijo ella.
—Claro que sí. Por supuesto. —El aire alrededor de Lata tembló. Rao tragó saliva, la boca seca—. ¿Qué quieres de verdad de mí, Lata?
Una pausa. Lata se acercó. Se plantó junto a él en la balconada, las manos bajo el sol, pero el cuerpo a la sombra.
—La mujer ahiranyi. Priya. Dejó a alguien aquí. Creo… creo que no estará segura… si no la proteges tú.
—Sima —dijo él—. Te refieres a Sima. ¿La dejó aquí?
Lata asintió en silencio.
—¿La protegerás, Rao? Creo que te caía bien.
—En cierto modo… —dijo él, y suspiró—. En cierto modo.
Apretó las manos sobre la barandilla.
—No quiero tener que ocuparme de nadie más, Lata. No se me da bien. No puedo.
Lata guardó silencio.
—Está bien —claudicó Rao al cabo—. Lo haré.
Lata asintió.
—Gracias —dijo.
Él contempló el horizonte un instante. Pensó en la noche en la que Aditya y él habían bebido tanto vino, en la que Aditya descubrió su vocación en un monasterio del dios sin nombre.
Recordó la risa de Aditya mientras ambos avanzaban a trompicones, borrachos, por los jardines, y le daban a cada estrella del cielo el nombre de una de las Madres de las llamas. Intercambiando acertijos y poemas.
Con la voz sonriente y arrastrada por el alcohol de Aditya, pensó:
“¿Qué es una estrella sino un fuego lejano que llega hasta ti desde otros mundos?”