La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Sesenta y uno
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Capítulo Sesenta y uno

MALINI

Se despertó dolorida. No le supuso sorpresa alguna.

Lo que la sor prendió fue volver a despertarse.

La luz se derramaba a través del dosel de seda que cubría los entramados de las ventanas.

Rao estaba presente, mayormente en sombras, pero, ah, qué alivio verlo: sentado a su lado, sobre todo después de que casi todo el mundo en quien confiaba la hubiese abandonado.

Sentía el corazón entumecido. Priya. Priya. Priya. No era un aullido, sino un pesar mudo que se retorcía en su interior, un latido sordo en la herida.

Kartik le había dicho que moriría a causa de aquella herida. Pero Malini había visto, en el extremo de una hoja de espina, hasta dónde llegaban exactamente las certezas de Kartik.

Se enderezó.

—Malini —dijo Rao. Sombrío. Acto seguido se corrigió—: Emperatriz. Voy a llamar al médico.

Rao tenía una mirada extraña, casi insondable. Por un instante, al inclinarse sobre ella, Malini lo miró a los ojos y no vio pupila alguna, ni tampoco blanco que la rodease, solo fuego ardiente…

Luego Rao parpadeó y sus ojos volvieron a ser los de siempre.

Una ilusión de la luz, sin duda. Una ilusión causada por el pesar que sentía en el corazón.

—Rao —susurró—. Dime, ¿cuánto llevo durmiendo?

Un suspiro.

—Semanas —dijo él, con tono pesado—. Semanas y semanas. Tus generales gobiernan la ciudad. La Señora Raziya, la Señora Deepa, Lata…, todas hablan en tu nombre. Te has despertado unas cuantas veces, pero no lo recuerdas.

—No —convino ella—. No.

Lo miró. Aquel rostro exhausto y demudado.

—Háblame —dijo ella—. Quieres decirme algo.

Él inclinó la cabeza.

—Malini —dijo—. Lo siento mucho, tu hermano ha muerto.

—Lo sé —dijo ella en tono opaco—. Lo sé.

—No, Chandra no —dijo Rao—. No me refería a Chandra…

Tragó saliva y bajó la cabeza.

—Lo siento.

Malini lo miró sin comprender.

—No —dijo.

—Lo siento.

—No.

No iba a aceptarlo. No quería ni pensarlo. Ah, por las Madres, ¿acaso le quedaba espacio para más dolor?

—No.

Los ojos de Rao estaban enrojecidos, la voz rasposa.

Malini jamás lo había visto así. Mucho más demacrado de lo que correspondería a su edad, con un pesar tan palpable que todo el cuerpo de Malini quiso huir de él, enroscarse sobre sí mismo como si de ese modo pudiese conjurar el dolor de aquella mirada,

el dolor que empezaba a empaparle la sangre y los huesos.

—Fue por… el fuego —tartamudeó—. En la batalla. Aditya invocó… el fuego de las Madres. El fuego verdadero. Fue elección suya.

Aún le hablaba, pero Malini no lo oía. Ruido. Nada más que ruido. Apartó el rostro.

—El sacerdote —dijo con voz débil.

—Los sacerdotes querrán hablar contigo tarde o temprano —la advirtió él—. Exigen que vayamos a la guerra con Ahiranya.

Por supuesto que lo exigían. Malini pensó que no resultaría difícil darles lo que querían. Ahiranya, al parecer, también quería declararles la guerra a ellos.

—Déjame, por favor —rogó. Él guardó silencio un instante—. Por favor, Rao.

Al día siguiente volvería a ser ella misma. Al día siguiente se escudaría tras todas sus mentiras, su armadura.

Él le rozó los dedos. El más leve y tierno roce. Y luego se marchó.

Malini tenía el pecho vendado. Le dolía moverse. Aun así, se llevó las manos a los ojos, a la boca, y lloró.

Jamás había llorado así. Fueron sollozos guturales que le ocuparon toda la garganta, sin el menor atisbo de dulzura ni de suavidad, sin nada que inspirase lástima.

Aullaba como una bestia. Quiso destrozar por completo la estancia.

Destrozarse la piel. El imperio era suyo, Parijatdvipa era suyo, una perla en su mano.

Era la emperatriz de Parijatdvipa. Y no era suficiente. Jamás sería suficiente.

Dejaría que el dolor le limpiase por completo el corazón. Que lo erosionase hasta convertirlo en piedra. Y al día siguiente, y ya para siempre…

La aguardaba la verdadera guerra. Y pretendía ir a su encuentro.