La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Sesenta
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Capítulo Sesenta

MALINI

Había fuego, y luego no había nada.

Priya se había marchado.

Aún tenía la hoja de espina clavada en el costado. Estaba sangrando. El rojo se derramó de entre sus dedos al llevarse la mano al pecho.

“No voy a morir”. Su propia voz sonaba despegada de su cabeza. No sentía las piernas, los pulmones. No sentía el dolor que la atravesaba. No podía temblar. Su voz sonaba calmada y la calmó a su vez a ella, aunque seguía sangrando, sangre caliente entre los dedos.

“He llegado al trono. No voy a morir.

”Aún no”.

Sabía que no debía extraer la hoja. Sabía que tenía que ir a buscar ayuda. Un médico. Medicina. Algo que contuviese la pérdida de sangre y mantuviese a raya la infección.

El recuerdo de la flor de aguja en la lengua surgió en su cabeza y le dio náuseas. Con él venía la imagen de Priya inclinada sobre ella, con una quemadura en el cuello y el rostro triste.

“No he tenido alternativa”, había dicho Priya. Pero siempre había alternativa.

Intentó moverse. Arrastrarse. Pasaron horas o segundos.

Pasos.

Sonaban con ritmo firme contra el suelo. Unos lentos latidos.

Tap, tap, tap.

Y ahí estaba de nuevo el sacerdote. Kartik. Descalzo. Tenía la mirada despejada, libre de miedo o preocupación. La miró como si estuviese acostumbrado a ver a diario emperatrices ensangrentadas, como si nada de la situación de Malini lo impresionase o siquiera lo atañese.

—Te estás muriendo, heredera de Divyanshi —aseguró con tono circunspecto.

Se arrodilló ante ella, sobre el frío mármol manchado de sangre y agrietado por culpa de las flores. El modo en que se arrodilló fue casi una reverencia: la cabeza inclinada, una rodilla bajo el peso del cuerpo.

—Los yaksas han intentado cobrarse su deuda.

Los recuerdos la recorrieron. El templo de Kartik. El intento de llegar hasta ella. El modo en que había hablado del dios sin nombre. Profecías y certezas…, el precio del poder y la necesidad incuestionable de fe.

—Lo sabías —se obligó a decir.

—El dios sin nombre otorga visiones —dijo él—.

Si uno reúne suficientes visiones con atención, y las suma al conocimiento que obtenemos de las Madres, se puede construir una imagen del futuro.

Y prepararse, siempre que se tengan valor y fe.

—Alzó la cabeza, la miró a los ojos y dijo, con tono compasivo—: Tú, como todo el mundo, no eres más que única luz que baila al capricho de fuerzas cósmicas.

Los yaksas iban a regresar, no hay discusión.

Tu vida siempre ha estado secuestrada. Siempre has estado destinada a la hoguera.

Y aquí estamos. El fuego te espera, emperatriz.

”Debes elegir arder antes de morir —dijo. Le acarició el pelo para apartárselo de la frente—. Decídete. Yo me aseguraré de que se cumpla tu voluntad. Me aseguraré de que no sientas dolor.

Ella cerró los ojos y dejó escapar un sollozo.

Si te dicen durante toda tu vida que tu mayor valía es en calidad de sacrificio, inevitablemente llegará el día en que lo creas.

Quizás había llegado ese día para Malini.

Había luchado tanto y con tantas fuerzas para alcanzar el poder, e incluso en aquel momento, después de haber triunfado, le era arrebatado.

—Sí —se obligó a decir—. Por… por Parijatdvipa. Si he de morir…

Una inspiración entrecortada, manchada de sangre. Le corrían lágrimas por la cara.

—Si he de morir, moriré por el bien. Moriré por mi pueblo.

—Bien —dijo él con tacto—. Bien. Serás recordada con amor y reverencia por tu sacrificio, emperatriz. Te lo prometo.

—Ayúdame a levantarme —suplicó ella.

Así lo hizo Kartik.

—Ven —dijo con tono amable—. Te llevaré hasta el fuego. Llamaré a mis hombres…

Su voz se vio cortada de repente, convertida en un gorgojeo líquido. Se le desorbitaron los ojos.

Malini sintió calor en el rostro. Humedad. Ya no le latía el pecho. Había sido fácil, muy fácil, extraerse el cuchillo y hundírselo en el cuello a Kartik.

—Yo jamás —dijo—, jamás he sido mujer de mucha fe. Y te has olvidado de un detalle sobre mí, hijo sin rostro: nunca me ha dado miedo matar sacerdotes.

Él aún la contemplaba, con ojos vidriosos, conmocionado. Malini acabó de hundir el cuchillo y terminó de rajarle el gaznate.

Luego lo dejó caer y soltó el cuchillo de espina a su lado.

Había sido su fe y la fe de sus sacerdotes, la fe en la sangre y el propósito de Malini, lo que la había ayudado a alcanzar el poder.

No había esperado que el poder fuese así: el cuerpo encorvado sobre una herida, el sari manchado de sangre. Pero aquella vez había suficiente ira en su interior para permitirla arrastrarse hasta las puertas del salón. Para obligarse con uñas y dientes a ponerse en pie.

“Voy a sobrevivir”, se dijo a sí misma. Se apretó una mano contra la herida, que le ardía con un dolor antinatural. Fuera lo que fuese lo que aquella herida le había hecho, lo que Priya le había hecho, Malini pensaba curarse.

Entonces cerró los ojos y se obligó a gritar:

—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayudadme! ¡Asesinos!

Se oyeron pasos que corrían y corrían. De pronto, el Señor Khalil estaba frente a ella, con el rostro lúgubre, y la ayudaba a mantenerse en pie.

Vio que se acercaban Prakash y Narayan junto con un puñado de guerreros y nobles, así como varios sacerdotes que contemplaron horrorizados el salón ensangrentado y los cuerpos inconscientes de los guardias frente a la puerta.

—Intentó protegerme —masculló Malini, obligándose a pronunciar las palabras a pesar del dolor y las lágrimas—. El sacerdote… Kartik… intentó salvarme… de… de…

—De la ahiranyi —dijo un hombre con voz queda.

Las palabras se extendieron desde él, de boca en boca. La ahiranyi. La ahiranyi. La bruja ahiranyi.

—Que alguien vaya a buscar un médico —ordenó Khalil—. Ahora, soldados. ¡En marcha!

Más carreras. Alguien cargaba con ella. Le dolía. Le dolía.

Su trabajo casi había terminado. Casi.

—Me dijo que, si él debía morir, después de todo lo que había hecho para proteger nuestro imperio de la malicia de Chandra, entonces yo había de vivir por el bien de Parijatdvipa.

Malini se permitió llorar. Sus lágrimas no eran prueba alguna de debilidad, sino lágrimas nobles, valientes.

—Los yaksas se acercan y yo he de vivir.

—Cálmate, emperatriz —dijo Khalil, apretando el paso. Llevaba la túnica manchada de sangre—. ¡Un médico, rápido!

“He sido una necia”, pensó amargamente Malini mientras la vista se le apagaba y el cuerpo le flaqueaba, “al pensar que podría tener a Priya y todo lo demás”.