Capítulo Cincuenta y nueve
ASHOK
Ashok regresó solo al mahal .
Para bien o para mal, Bhumika se había marchado. Y pronto Ashok, fuera quien fuese, un fantasma, un eco, una tela medio raída y convertida en polvo, también se iría. Sentía que se esfumaba. Tal y como lo recordaba, era un poco como morir.
Una consciencia antigua se agitaba bajo la suya. Ashok no era más que un bote en las aguas de aquella consciencia. Avanzó despacio. Unas piernas que casi no sentía como propias lo llevaban por los pasillos del mahal. El verdor, las flores, hasta el suelo se giraban hacia él. Veían cómo se marchaba.
En el cuarto de Padma no había nadie vigilando.
Sin embargo, Ashok sintió las flores en cuencos llenos de agua, las enredaderas que se entrelazaban al entramado de las ventanas.
Supo que los yaksas la vigilaban. Y también a él, en aquel momento.
Padma tenía los ojos cerrados con fuerza, las mejillas manchadas de sal. Había llorado hasta quedarse dormida.
Ashok sintió una lejana punzada de emoción. Le dolió como un diente podrido. Alzó a la niña en brazos. Ella no se movió. Ashok la sacó de la habitación sin que nadie se lo impidiese.
Quizá los demás tenían curiosidad. Quizá se preguntaban qué podría hacer con el hijo de su hermana, con su sobrina, en cierto modo, aunque no tuvieran ningún lazo de sangre. Quizá pensaban que iba a destruir a la niña, del mismo modo que casi había destruido a Rukh.
Recordó a la yaksa que llevaba puesta la cara de Sanjana. Recordó cómo había ladeado la cabeza. “Me resultará emocionante, creo, ver lo que se te ocurre”.
Padma apenas le pesaba en los brazos.
Era, pensó con frialdad, pequeña para su edad.
Como lo había sido Priya. La niña y Priya tampoco tenían lazos de sangre, pero Padma tenía la misma frente arrugada que Priya, el mismo modo de apretar las manos en puños, la misma furia contenida escrita en la piel.
Algún día sería formidable, o peligrosa, si vivía lo bastante para llegar a adulta.
Bhumika querría que la niña viviese. ¿Lo querría también Ashok?
No había vivido lo suficiente como para conocer a Padma o para amarla, para sujetarla en brazos y querer darle todo el mundo.
Así pues, se agarró a otro retazo de memoria: al pequeño cuerpo de Priya, al peso de Priya en los brazos, al amor y el miedo que lo habían colmado al sujetar a Priya. Siguió caminando.
La enfermería estaba casi vacía. Solo había un cuerpo tumbado en un catre, enroscado y con las sábanas apartadas. Ashok vio que de la columna vertebral le crecían hojas. El cuerpo se puso rígido y se giró. Rukh lo miró.
—Enderézate —ordenó Ashok.
Rukh no intentó huir, ni echar mano de un arma. Se limitó a sentarse en la cama tal y como le había ordenado, con las manos convertidas en puños.
—No estoy aquí para hacerte daño —le dijo Ashok.
No sonaba a mentira, ni tampoco le dio la sensación de que lo fuera, pero el chico no se calmó.
La última vez, recordó vagamente Ashok, le había dicho al chico que iba a ayudarlo. Y luego le había hecho daño. Quizás era razonable tanto recelo. Quizás el chico tenía razón al mostrarse cauteloso.
Ashok dio un paso al frente. La mirada de Rukh osciló del rostro de Ashok al de Padma, en sus brazos, y de nuevo a Ashok. Él le tendió a la niña.
—Tómala —dijo.
—¿Dónde…? —empezó a preguntar Rukh. Carraspeó y continuó—: ¿Dónde está la mayor Bhumika?
Ashok negó con la cabeza.
—Tómala —repitió.
—La mayor Bhumika —repitió el chico—. No… no se marcharía… sin ella.
“Qué poco sabes”, pensó Ashok, irritado.
¿Acaso no los había dejado Bhumika a todos en el Hirana cuando eran niños?
¿No había preferido ser noble en lugar de hija del templo?
¿No había elegido casarse con el regente y llevar a su hija en el vientre, en lugar de luchar con uñas y dientes por un mundo mejor, cosa que sí había hecho Ashok?
Bhumika lo había mirado, arrodillada entre los árboles, y le había dicho que era una egoísta. Le había dicho que se estaba liberando.
—A esta niña no le queda nadie más que tú —dijo Ashok—. Tómala o se la quedarán los yaksas. Tómala o nos la quedaremos.
Las manos de Rukh, sobre el regazo, temblaban.
Ashok lo contempló hasta que, por fin, el chico abrió las manos y alargó los brazos.
Tomó a Padma. La niña parecía mayor entre aquellos brazos más pequeños.
Más humana. Suponía un peso suficiente como para mantener al chico en el sitio, delgado y aturdido como estaba.
—Ahora es mía —dijo Rukh con tono vacilante, como si comprobase si era capaz de decir aquellas palabras.
—Sí —corroboró Ashok—. Tuya.
—Pero no… —Otra vacilación—. No sé qué implica eso.
—Implica que tienes que mantenerla con vida —le explicó Ashok—. Protegerla. Alimentarla y vestirla. Asegurarte de que no tenemos razones para hacerle daño. O no hagas nada, si no quieres. En cualquier caso, su vida está ahora en tus manos.
Una pausa. Ashok vio cómo Rukh asimilaba aquellas palabras.
—La próxima vez que me encuentre contigo o con ella, no será así —prosiguió Ashok. Una advertencia—. No seré tan… amable.
Los brazos del chico se tensaron. Padma se sacudió un poco y emitió un quejidito.
“Ya no estás siendo amable”, decía hasta el último centímetro del chico. “Me das miedo”.
Rukh tendría que aprender a ocultar aquellas debilidades, si es que quería sobrevivir.
Los yaksas, y Ashok mismo, no aceptarían la debilidad.
Pero el chico aprendería, o quizá no. En cualquier caso, pronto dejaría de ser una preocupación para Ashok.
Sentía cómo se iba desvaneciendo. Las aguas lo arrastraban consigo.
Recordó… a Meena, hace mucho. La sombra de Meena, manchas de tinta en las aguas inmortales…
Recordó a Priya. Priya. Le habría gustado despedirse, pero ¿qué tenían que decirse el uno a la otra? Lo único que los ataba era el dolor y la mala sangre. No había modo de despedirse felizmente de ella. Ashok sabía lo que le aguardaba a Priya.
Priya, en sus brazos. Priya, que solo podía contar con él. Y en aquel momento, frente a él, Rukh, un niño idiota que sujetaba a una niña aún más pequeña e intentaba lidiar con la crueldad que les habían infligido a ambos. Que intentaba sobrevivir.
Había una fiera satisfacción en la certeza de que nada acababa nunca, de que todos los pesares del mundo regresaban una y otra vez, girando en una rueda terrible.
En su día, Ashok había pensado que podría forjar un mundo mejor.
Había pensado que podría devolverle a Ahiranya toda la bondad y la alegría que había perdido.
Que solo hubiese conseguido devolverle aquello, su propia infancia, aún más extraña, como si la viese a través del agua, parecía adecuado. Parecía adecuado.
Dejó al chico sin pronunciar más palabra. Sin Padma ya en los brazos, los dejó colgar pesadamente a los flancos. La fuerza los abandonaba. A fin de cuentas, ya no eran sus brazos, y su piel ya no encajaba en aquellos huesos.
Sanjana lo esperaba. Estaba sentada en una franja de luz que entraba por el techo roto, medio en sombras medio iluminada.
—Te has traicionado a ti mismo —dijo. Sonaba extrañamente gozosa.
La parte del rostro visible a la luz esbozaba una sonrisa.
Elegantes estriaciones de madera formaban aquella boca, la mandíbula, el pómulo, y se movían, líquidas, mientras hablaba—.
Te has vuelto contra ti. Te has vuelto contra nosotros.
Has derramado nuestros secretos en una hija del templo y la has separado de sus raíces.
Se volverá decrépita, morirá y se marchitará, todo por tu culpa. ¿Piensas suplicar clemencia?
—Tú lo sabes todo —dijo Ashok con tono grave. Sentía las piernas como madera muerta. Apenas podía moverlas—. ¿De qué serviría pedir clemencia a los inclementes?
—¿Qué es lo que sabe?
Ashok no dijo nada.
—Hay un límite en lo que puede recordar un mortal, supongo —dijo Sanjana—. Da igual. Sepa lo que sepa, la guerra que se acerca no tendrá más que un resultado. ¿Qué has hecho con su hija?
—Ya no es hija suya.
—Le arrebatamos esa niña a la mayor de nuestro templo —convino Sanjana—. Pero le dijimos a la mayor de nuestro templo que tenía que obedecernos, o de lo contrario la niña moriría. Y no nos ha obedecido. Tenemos todo el derecho a matarla.
—En el estado en que se encuentra Bhumika ahora, esa muerte no le causaría dolor alguno. ¿De qué serviría?
—De equilibrio.
—La niña crecerá —dijo Ashok con una calma que no era suya—. La niña se hará más fuerte. Aprenderá a vaciarse de debilidades. Y sobrevivirá a las aguas inmortales, tres veces, y os servirá como lo habría hecho su madre. A mí me parece bastante equilibrio.
—No recuerdas quién eres —dijo Sanjana al tiempo que se ponía de pie—. Pero… qué curioso es el corazón, te guían los mismos instintos que siempre has tenido.
Él no alcanzó a responder. Le faltaba el aire. Se deshacía, se deshacía. No sabía dónde estaban sus pulmones. Sanjana cruzó la distancia que los separaba.
—Siempre los has adorado —dijo, con enorme cariño.
Le tocó la barbilla con el pulgar. Al contacto, Ashok sintió que la piel se marchitaba y cambiaba, sangre que se hacía hueso, hueso que se hacía madera, madera sobre la que empezaba a crecer la carnosa suavidad del liquen, que acariciaba la punta del dedo de Sanjana.
La sonrisa de la yaksa se suavizó.
—Criaste a los primeros hijos del templo. Los vaciaste con gran ternura. Y cuando murieron por nosotros, guardaste luto por ellos. Ataste sus ecos en tus raíces, como si pudieses quedártelos…
—Basta —suplicó él—. Basta, yaksa, por favor.
—Sssh —chistó ella. Le palmeó la cara como si Ashok fuese un animal o un niño al que dar una muestra de cariño. Al tocarla, la piel de Ashok se abrió y se remodeló con un dolor que lo erradicó.
No pudo apartarse de ella, solo emitió un sonido quejumbroso mientras lo inevitable se cernía sobre él. Los recuerdos se desliaban. La forma de Ashok se deshizo como el polvo que era. Muerto, muerto, muerto.
—Te lo dije entonces: hay demasiada debilidad mortal en ti. Demasiado de mortal y no bastante de lo que eres en realidad.
—Sacrificio —logró decir. Sentía como si no le cupiesen los dientes en la boca—. Era… inevitable… ser… mortal.
—Creo que esto ha durado demasiado —dijo Sanjana—. Antes de que regrese Mani Ara… Ay, querido corazón. Has de recordar quién eres. Creo que ya es hora.
—Yo soy —le dijo, aunque no quería. Estaba olvidando y recordándolo todo a la vez. Y luego ya no pudo hablar más. Las olas lo arrastraron y la marea lo ahogó.
Y era…
Era.
Era más alto, con huesos nuevos y más largos, y un cuerpo más grande, con dedos más gráciles.
Estaba arrodillado en el suelo. Una alfombra de hojas se extendió desde su cabeza al alzarla para agarrar a Sanjana de las manos, que se alargaban hacia él.
Conocía aquellas manos. Las reconoció bajo el velo de carne que llevaba.
—Arahli —dijo Sanjana. Le agarró el rostro. Medio nombre para medio ser—. Arahli Ara. ¿Sabes quién eres?
Arahli abrió los ojos.
—Sí —respondió.