La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cincuenta y ocho
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Capítulo Cincuenta y ocho

MALINI

Malini jamás había visto una mirada igual en los ojos de Priya.

Priya parecía algo alterada. Desesperada. Tenía las ropas manchadas de mugre. Había alzado el rostro. El oro del fuego de las Madres le resplandecía en las facciones.

—He confiado en ti, Malini —dijo Priya—. He confiado en ti muchísimas veces. Lo siento, pero ahora necesito que confíes tú en mí.

Malini avanzó un paso hacia ella. Y se detuvo.

Conocía aquella mirada. Y la conocía porque ella misma la había tenido en el pasado.

Era como… como asomarse a su propio pasado. Como contemplar un espejo oscuro que mostraba el reflejo, no de su rostro, sino de sus propios terrores.

Priya parecía un animal feroz, enjaulado, desesperado por escapar. Malini se mantuvo inmóvil gracias a algún instinto profundo, innato.

—Priya —dijo. Con dulzura—. Si es lo que necesitas de mí, por supuesto.

Despacio, se sacó la cadenita de debajo de la blusa. Depositó la flor de aguja sobre la tela para que Priya la viera.

—Tómala —dijo.

Priya se le acercó. Tenía en la mano una hoja, un artilugio extraño, estrecho y de filo tallado.

Más parecía espina que cuchillo. Sin embargo, estaba afilado como cualquier hoja de acero, y cortó la flor de aguja pulcramente del collar que la sujetaba.

Malini sintió el frío, la ligereza de su ausencia en la garganta.

—Ella no se refería a esto —susurró Priya. Su voz, sus ojos, estaban vacíos, una emoción que Malini no era capaz de descifrar.

—No comprendo —dijo Malini.

—Dijo que necesitaba que se lo devolviese. —Priya tragó saliva y la miró a los ojos—. Eso fue lo que dijo la yaksa.

Malini retrocedió por puro reflejo.

Una guerra en ciernes. Una guerra, y Priya ante ella, revelando un secreto entre dientes. Una yaksa. Había estado hablando con una yaksa.

—¿Me pides que confíe en ti después de mencionar a los yaksas? —preguntó Malini con tono tenso—. ¿Después de afirmar que has hablado con una de ellos?

Priya la contempló.

—No —dijo—. No. Aunque tú me has pedido mucho más. Me pediste que confiase en que mantendrías lo que le juraste a Ahiranya. Me pediste que arriesgase la vida, mi magia, todo lo que soy…

—Lo entregaste todo voluntariamente.

—Y aun así me lo pediste. No haré lo mismo contigo. Porque… porque… —Priya cerró los ojos y se balanceó en el sitio. Dijo—: Mi poder tiene un precio. Y si lo hubiese sabido, no lo habría pagado, Malini. Pero ahora he de hacer esto. Por mi familia. Por Ahiranya. No puedo traicionarlos.

Malini intentó avanzar, esquivarla y alcanzar la puerta. Qué estupidez. El mármol se agrietó con un sonido parecido a un trueno. Algo se le enredó entre los pies y la sujetó junto a la crepitante hoguera, ante el rostro cansado y torturado de Priya.

—Priya. —De pronto se le había alterado la respiración. Se estremeció—. Priya, no te atrevas a traicionarme. No. No.

“Por favor”, fue lo que no dijo. “Por favor, tú no. Tú, no”.

Priya daba el tipo de inspiración dolorosa de quien intenta no echarse a llorar. No era un espectáculo agradable. Malini se enfureció.

—Te di mi corazón. Necesito que me lo devuelvas —dijo Priya—. Necesito vaciarlo, al igual que todo lo demás. Al igual que el resto de mí.

—Fuera lo que fuera lo que me diste, no vive en esa insípida flor.

Malini ahogó un grito, furiosa por estar llorando, furiosa por aquella sal que le manchaba la cara, por el modo en que le martilleaba el corazón mientras retrocedía más y más, luchando contra el agarre mágico de Priya, que se acercaba a ella.

El fuego de las Madres llameaba pálido y extraño en las lámparas, en la hoguera.

—No lo digas —dijo Priya—. No.

Demasiado tarde.

—Vive en mi interior —repuso Malini. Furiosa—. Vive en mí, y no puedes quitármelo.

Priya se estremeció. El cuchillo se movió en su mano y se afiló aún más, como si estuviera dotado de voluntad propia.

—Te quiero —dijo Priya con tono ahogado—. De verdad que te quiero. No quiero hacer esto.

—Eso no me sirve —replicó Malini, con voz bronca—. ¿De verdad crees que nunca me ha hecho daño alguien que me amase? ¿De verdad crees que nunca me han dicho que no les he dejado otra alternativa?

—Sé que es así —convino Priya—. Lo sé.

—¿Es que no sabes lo mucho que te quiero? —preguntó Malini. No fueron palabras amables. Las lanzó como un látigo—. ¿No sabes que mantengo a raya a todo el mundo, que no puedo soportar amar a nadie y aun así te amo por completo? ¿Es que no lo entiendes?

Priya dio un paso al frente. La agarró. Fue casi un abrazo, casi como si la abrazasen con ternura. Qué crueldad que Malini no lo soportase; se echó hacia atrás y Priya la sujetó con más fuerza. Malini soltó un ladrido, un sonido que jamás, jamás había proferido, y se revolvió.

Intentó zafarse de un tirón. Priya se negó a soltarla.

Ambas se tambaleaban. Ambas cayeron. Ambas sobre el mármol, la frialdad de la piedra en la espalda de Malini, en la cabeza.

Priya estaba sobre ella, fiera, la respiración desbocada y los ojos húmedos.

Era hermosa, y Malini no quería nada más que apartarla de un empellón, librarse de ella.

Forcejeó y empujó a Priya con los puños, con las uñas.

Pero Priya era inamovible. Habló con voz demasiado cercana, demasiado familiar, demasiado.

—Si te quedas inmóvil, puedo…

—No —espetó Malini, y le arañó el brazo a Priya, tirándola de la trenza. Aferraba aquel suave pelo entre las manos. Deseaba arrancárselo de cuajo—. No, no. No te lo voy a poner fácil, Priya. Necia, ¿cómo te atreves…?

La hoja de espina se clavó en el mármol a su lado y Malini rodó sobre sí misma.

Se agarró al borde de la hoguera.

—No —volvió a decir. Suplicó—. No, Priya, no.

—Tengo que hacerlo —espetó Priya con voz desesperada—.

Había leños junto a la hoguera, listos para lanzarlos a las llamas. Malini agarró un leño sin ver, casi sin pensar en medio de la niebla del miedo y la furia que la embargaban, y lo hundió en el fuego. Luego lo alzó. Y se giró.

Atacó a Priya. Vio cómo el fuego trazaba un arco desde el leño, cómo impactaba y envolvía la piel de Priya.

Priya profirió un grito. Se llevó la mano al cuello al tiempo que la luz iluminaba la estancia, al tiempo que el suelo se sacudía y todas aquellas extrañas flores estallaban y morían.

Malini apretó los dientes y sostuvo el fuego con firmeza, con firmeza.

Que ardiera. Que ardiera, pues. Todo lo que Priya tendría que haber hecho era salir corriendo, y se detendría.

Todo lo que Priya tendría que haber hecho era no intentar matarla.

Priya se inclinó hacia delante, hacia el fuego, y dijo con voz tensa:

—Malini.

Y entonces…, ay. Suave, tan suave. A través de la piel, del músculo, del hueso…, Priya la apuñaló.

“No me ha acertado en el corazón”, pensó Malini como si estuviera muy lejos. “Espero que no me haya acertado en el corazón”.

La antorcha se le escapó de entre las manos laxas.

—No he tenido alternativa —repitió Priya.

—Sí que la tenías —logró decir Malini. Le daba miedo moverse. El dolor por fin llegaba: se movía a través de ella, le clavaba nuevos puñales en la sangre—. Sí que la… tenías.

Su cuerpo se derrumbó. Priya la agarró y la depositó con suavidad en el suelo.

Qué burla suponía aquella ternura.

—No morirás —sollozó Priya. Unas lágrimas de tristeza le caían por las mejillas—. No morirás. No te he cortado el corazón. No. Solo he…, solo he…

Sus palabras se desvanecieron. Hubo un silencio afilado, blanco, mientras Malini sangraba. Priya se enjugó las lágrimas de los ojos.

—Tiene que bastar haberte perdido —susurró Priya—. Tiene que bastar que quedemos separadas la una de la otra. Cercenadas. Tiene que bastar.

Priya se llevó la mano al corazón.

—Tiene que bastar —dijo.

Y quizá bastaba.

El fuego se retorcía, salvaje. Había flores que brotaban de la piel de Priya. Hojas que florecían en sus cabellos. Perlas de savia en sus ojos.

“Priya”, pensó Malini. Priya no tenía ya nada de humana. Era horrible seguir amándola.

—Jamás te lo perdonaré —dijo Malini con voz ahogada, en plena bocanada de sangre—. Jamás… jamás…

Una mano entrelazada de hojas blancas le tocó la cara. Le limpió la sangre.

—Pues sobrevive —dijo Priya—. Ódiame, pero sobrevive.

Hubo un sonido horrible. Los entramados de las ventanas, preñados de flores, se agrietaban. Se rompían.

Malini sintió que unos labios le rozaban el pelo.

El más leve roce. La herida en el pecho le latió como respuesta.

Caliente, rabiosa, viva. Se le nubló la visión.

Sintió que volvían a dejarla en el suelo.

Consiguió ver que Priya se alejaba de ella.

Vio las caléndulas que brotaban del suelo y rompían el mármol a su paso. Un rastro de oro.

Y vio la sombra de Priya, que desapareció tras el entramado roto de la ventana, un vacío en la noche.