La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cincuenta y siete
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Capítulo Cincuenta y siete

PRIYA

La celebración que tuvo lugar tras la batalla de Harsinghar fue casi un frenesí.

Los grandes jardines del mahal estaban repletos de mesas cargas de frutas y vino, de tandoors y arroz de distinta co loración.

Sima y Priya no tardaron en verse separadas en medio del a multitud.

Durante un largo instante, Priya se quedó sola, rodeada de ruidos y colores.

Se encogió un poco ante el barullo. Pensaba en lo que habían tenido que esforzarse en las cocinas para hacer posible una celebración así, en medio de su hogar, con la ciudad ocupada y el emperador capturado para luego morir por su propia mano.

Lata se había presentado ante ellas brevemente, una figura sombría que recorría el bullicio de la fiesta.

Se relajó al ver al Priya, apenas una pequeña descarga de la tensión en los hombros y en el ceño fruncido. Acto seguido volvió a adoptar una expresión severa. Se llevó a Priya a un aparte.

—Le diré a la emperatriz que estás sana y salva. Temía por tu seguridad.

—¿Está…?

—Casi intacta —dijo Lata—. Triunfante. Aliviada. Como todos nosotros.

Aplacó la mirada y añadió:

—Las demás mujeres de la emperatriz se encuentran en los aposentos de la antigua reina, en caso de que quieras ir a buscarlas. Se alegrarán de ver que estáis bien. Tú y Sima, las dos.

—Más tarde —consiguió decir Priya—. Gracias.

Lata asintió con ojos extrañamente amables, y volvió a zambullirse en el caos de la multitud.

Malini iba a ser realmente emperatriz. Parijat estaría bajo su control.

El emperador Chandra había muerto. En otra época, en una vida que no era la que vivía Priya, se sentiría eufórica en aquel momento. Malini iba a hacerse con el trono. Ahiranya se vería por fin libre de Parijatdvipa.

En otra época, Priya habría dejado a Malini atrás y se habría ido a casa, a ayudar a reconstruir Ahiranya hasta que fuese un país nuevo y completo, trozo a trozo.

Hasta que, quizás algún día, Ahiranya estuviese a salvo, segura, los campos libres de podredumbre, el consejo del templo lo bastante numeroso y fiable como para que Bhumika pudiese dormir tranquilamente por las noches.

Y luego Priya podría, quizá, volver a marcharse.

Iría a Harsinghar y lo visitaría en tiempo de paz.

Vería a Malini en tiempo de paz. Y entonces… entonces…

Qué sueños tan necios. Qué esperanzas tan necias. Nada de eso la aguardaba.

Solo estaban los yaksas. El dolor en el pecho de Priya. Su propósito.

—Eh, tú —dijo un noble, arrastrando las palabras—. ¿Se te permite estar aquí?

—Sí —respondió Priya en tono llano.

Él la contempló, el modesto salwar kameez que llevaba, las botas, el chunni anudado, arrugado por sujeto en la cintura.

Estaba claro que Priya no era ni bailarina ni cortesana.

El hombre frunció el ceño. Alargó hacia ella una mano grande que intentó agarrarla del brazo.

Priya dio un paso atrás. Él abrió la boca.

—Oye…

—La ahiranyi puede estar aquí —dijo al punto el Señor Ashutosh—. Déjala en paz.

Ashutosh no se movió del sitio mientras el noble desconocido empezaba a disculparse y, al cabo, se escabullía entre la gente.

—Mis hombres te están buscando —dijo Ashutosh con tono brusco—. Por no sé qué de una revancha.

Señaló de manera genérica la otra punta del salón y se alejó.

Priya se acercó hacia donde Ashutosh había señalado. Vio a Romesh y a los demás, con flores y enredaderas aún prendidas en las armaduras, rodeados de jarras de vino. Gritaban y se reían. Las mujeres de Raziya estaban entre ellos. Una se arremangaba en aquel momento.

—Si una criaturilla diminuta como Sima puede venceros —dijo—, ¿crees que a mí no me resultará fácil?

—Sí, sí, tú sigue hablando —comentó uno de los hombres de Ashutosh—. ¿Qué puedes apostar para respaldar tanto pavoneo?

—¿De verdad quieres apostar contra una arquera? —Ella flexionó el brazo en un gesto deliberado, y uno de los hombres soltó una exclamación como si se hubiese ofrecido a darle un beso—. No pienso apostar vino, cariño. Yo apuesto dinero de verdad.

—Quiero que me des lecciones de arquería —dijo el hombre—. Si gano, eso es lo que quiero de ti.

—Más te valdría que te enseñase ella. —La mujer Dwarali hizo un gesto hacia Sima, que estaba sentada con una jarra en el regazo, el rostro resplandeciente de alegría y de licor—. Es de lo más paciente. ¿Verdad, Sima?

—No se me da mal —respondió ella—. Pero si quieres que te enseñe, tendrás que ganarme en un pulso. Es lo justo. Y, la verdad sea dicha, no creo que vaya a pasar.

Hubo más gritos bienhumorados. Priya se acercó, entumecida por dentro, y Romesh alzó la mirada.

—Mayor Priya —dijo con una sonrisa. Aquel rostro siempre taciturno estaba… feliz—. Ven, únete a nosotros. Bebe lo que quieras.

—Tengo aquí tu vino favorito, mi señora —dijo Sahar, y agitó una botella en el aire—. Podemos compartirlo.

Una punzada de pena atravesó a Priya como un rayo.

Pensó en sentarse entre todos, beber aquel vino, compartir unas risas con ellos.

Pensó en dejarse abrazar por aquella nueva confianza.

Por la amistad. Pensó en lo lejos que llegarían juntos, en lo halagüeño del futuro, como si pudiera sacarse algo bueno de toda la sangre, la muerte, los sacrificios y los horrores que habían visto.

Iba a echarlo todo a perder. Tenía que echarlo todo a perder.

—Me encantaría —dijo aparentando ligereza—, pero antes tengo que hablar a solas con mi consejera.

Agarró el brazo de Sima con una sonrisa.

—Ven —dijo—. Tengo que contarte una cosa.

—Creo que ahora le caes muy bien a Romesh —musitó Sima—. Aun así, se niega a beber conmigo si no negociamos de alguna manera, ¿sabes?

Paseó la vista por el salón con una sonrisa en los labios.

—Maldición, qué alivio, ¿no, Pri? Lo hemos conseguido. Podemos hablar con tu emperatriz. Decirle lo que necesitamos. Por fin podemos irnos a casa, y esperemos que…

Priya consiguió reunir valor para decir:

—¿Recuerdas que en su día te dije que no quería que atravesases las aguas inmortales?

Contempló cómo reían los nobles, exultantes, las llamas de las antorchas que teñían el mármol y la arenisca del palacio de un tono dorado, líquido, ajeno. Vio que la sonrisa de Sima se esfumaba y daba paso a la inquietud.

—Sí que me acuerdo —respondió Sima en voz baja.

—Las aguas me han hecho algo. Me han exigido un precio a cambio. Y…

Le flaqueó la voz. Le dolía el corazón, tanto que no sabía cómo podía contener aquel dolor entre las costillas.

—Dentro de un momento me voy a marchar de la fiesta —dijo Priya—.

Quiero que hables con Lata, si es que puedes encontrarla.

O con la Señora Raziya. O el Señor Khalil.

Con quien prefieras. Diles que voy a traicionar al imperio.

Diles…, diles que voy a matarla. Diles que has acudido a buscarlos en cuanto lo has comprendido. Diles que tienen que detenerme.

—¿Q-qué? —Sima tenía los ojos desorbitados y la expresión horrorizada.

—Ya me has oído —zanjó Priya con tono destrozado.

—No voy a permitir que lo hagas —dijo Sima tras un latido de silencio—. Tú… tú no quieres hacer algo así. Sé que no. Tienes que explicarme qué pasa, Pri. No puedes decirme estas cosas… como si no fueras tú misma.

“Es que no soy yo misma”, pensó Priya, afligida. “No lo soy”.

—Cuando usé mis poderes en la batalla, algo acudió a mi encuentro —dijo—. Una yaksa volvió a hablar conmigo. Y dijo que, si quiero que nuestros seres queridos sobrevivan, tengo que hacer lo que me dice. Tengo que hacer esto. Sima, me temo que no tengo elección.

Se le quebró la voz. Se obligó a mantenerla baja para no llamar la atención.

—Pero necesito tu ayuda para que no suceda.

—Está bien —accedió Sima. Parpadeó varias veces como si intentase controlar el pánico—. Está bien. ¿Y luego qué hacemos? ¿Nos marchamos?

—No —dijo Priya—. Tú te quedas. Tienes que quedarte y advertirles. Y luego has de convencerlos de que te protejan, porque lo que hay en Ahiranya… es peligroso, Sima, y no nos ama. No ama a nadie.

—Estos parijatdvipanos me van a hacer pedazos.

—No, no lo harán —replicó Priya, sin saber si realmente lo creía o solo quería creerlo—. Eres inteligente. Sobrevivirás. Y me habrás traicionado. Quizá con eso baste.

—N-no seas idiota —tartamudeó Sima. Parecía a punto de echarse a llorar. Toda la alegría se había retorcido hasta convertirse en horror.

—Por favor —rogó Priya con un hilo de voz—. No puedo. No puedo salvarme a mí misma, ni a ti. Esto es todo lo que puedo hacer. Tengo que hacerlo por nuestra familia. Por Bhumika, Padma, Rukh y… todos. Los yaksas los matarán si no lo hago. Tengo que hacerlo por amor.

Amor y amor, como dos puntos opuestos que siempre intentaba alcanzar, que la estiraban en direcciones distintas. El amor por Malini. El amor por su hogar. El amor en forma de futuro y el amor en forma de sacrificio.

—Algo sucede en Ahiranya —dijo Priya, mientras las bailarinas giraban alrededor de ellas dos, mientras la canción de los saranguis llenaba el aire cargado de incienso—. Lo presiento. Y más que presentirlo… No, da igual. Ya he hablado demasiado.

Paseó la vista por la multitud. Los hombres de Ashutosh y las mujeres de Raziya jugaban algún tipo de juego de dados.

Sahar echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

Romesh negó con la cabeza, sonriente. Sonriente como si la guerra hubiese acabado por fin, como si no quedasen más que días mejores en el futuro.

—Aquí hay gente que te conoce. Gente que te quiere. Te protegerán si se lo permites.

—Priya, no puedes hacerlo —dijo Sima con aire impotente—. La quieres…

—Eso da igual —se las arregló para decir Priya, aunque tuvo que esforzarse para que le salieran las palabras—. También te quiero a ti, Sima. Y lo siento mucho.

Sima emitió un gemido ahogado.

—No llores —dijo Priya con tono duro, y apretó más a Sima contra sí—. Por favor, no.

—Está bien —accedió Sima—. Está bien. No lloraré. Voy a confiar en ti. Quién sabe por qué, maldita sea. —Un latido—. Oh, Pri, yo también te quiero.

Priya sentía una presión en el pecho. En el interior había algo que llameaba.

—Dame media hora —dijo—. Y luego cuéntaselo.

No había rastro de la emperatriz Malini en toda la fiesta. Nadie se había preocupado por ello. Al parecer, los emperadores de antaño solían llegar tarde a sus propias celebraciones, y luego se marchaban pronto. Así, sus hombres podían celebrar a gusto sin el menor recato, sin público imperial.

Eso le vino bien a Priya. Nadie estaba pendiente de Malini. Y Priya sabía dónde encontrarla.

Caminó y siguió caminando. Por alguna razón, nadie la detuvo.

Los pasillos del mahal eran hermosos. Seda en las paredes.

Gemas incrustadas en techos y columnas. El viento soplaba por las cortinas en las ventanas, las hacía bailar como alas suaves de pájaros dormidos.

La luna había salido. Era una noche preciosa.

El cuchillo de espina le quemaba en el flanco.

Sintió el repiqueteo de los árboles en el jardín.

Sintió la flor de aguja en la garganta de Malini. La llamaba como una canción.

Por supuesto, había guardias a las puertas del salón imperial.

Cinco de ellos parecían sacerdotes. Priya ni siquiera tuvo que acercarse.

Las semillas que llevaba entretejidas en la ropa florecieron, las enredaderas se expandieron por el suelo.

Los ahogó en silencio hasta que cayeron inconscientes al suelo.

Fue muy suave, como solían comportarse las enredaderas.

Priya estuvo casi segura de que volverían a despertar.

Entró.

Malini estaba sola en la corte. En lo alto, sobre una tarima, se encontraba el trono: un extenso almohadón de plata con respaldo de marfil en el que había talladas delicadas flores que la luz salpicaba de oro.

De momento estaba vacío. Junto a ella había una hoguera.

Las llamas se retorcían, extrañas, y menguaban.

Pronto no quedaría nada más que brasas chisporroteantes.

Malini se giró. La luz del fuego resplandeció sobre su rostro, que tenía un tinte frío, remoto.

Sin embargo, comprendió con claridad que Priya estaba frente a ella.

Se le enterneció el semblante con una calidez que iba más allá de la de aquellas llamas.

—Priya —dijo—. Lo hemos conseguido.

Priya se acercó. Mármol frío bajo sus pies. El rostro brillante de Malini ante sí. Aquel amado rostro.

—Tengo que cortar la flor de aguja de tu garganta —dijo—. Tengo que quitártela. Lo siento mucho, Malini.